Los poemas sin querer de Abad Faciolince

Elidio La Torre Lagares

Testamento involuntario, de Héctor Abad FaciolinceSobre la poesía, habría que decir un par de cosas, dice Juan Gelman. Como, por ejemplo, que nadie la lee mucho. Pero Gelman también dice que esos nadie son pocos. Lo cierto es que es una particularidad conocida por todos el hecho que el género de la modernidad sea, por supuesto, la novela, y más en estos días cuando todo el mundo parece escribir una. Y ciertamente, desde las operaciones láser en los ojos de los editores, es el que mejor retribuciones pega. O paga. Así las cosas, justamente en un momento de esos que uno duda la poesía en uno –si alguna vez estuvo-, me llegó como un obsequio el poemario Testamento involuntario de Héctor Abad Faciolince.

Su forma de producto cultural rememora particularmente un cuaderno de notas Moleskin. Su tamaño se asienta fácil en mis manos como las alas de un sándwich. Pude haber dicho ave, pero me apetece más la palabra sándwich porque, si la poesía es aquello en lo que mora el ser sobre la tierra (Heidegger, ¿alguien?), sin comida no hay energías para ser. Además, suena mejor decir la poesía es un sándwich que la poesía es una pipa, como pretendiera Bretón.

En fin, que la poesía de Abad Faciolince me ha abierto una puerta que da un diván al que no quería entrar pero que, ni modo, aquí estoy, en medio del polvo, el olvido y las consecuentes alergias nasales. Ya Huidobro me lo había advertido: «el verso es como una llave que abre mil puertas». Pero con una a veces basta.

Así, Testamento involuntario llegó, pues, sin querer, y pasó a ser devorado.

La colección recoge siete secciones: Poemas ensimismados, Casi poemas de amor, Poemas de viaje, Poemas de la tierra, Poemas desesperados, Poemas políticos y Poemas familiares. En suma, son como los siete pecados capitales de los poetas: ensimismarse, enamorarse, viajar, desterrarse, desesperarse, politizarse y, sobre todo, hacer familia (que sería algo así como,  ¿familiarizarse?). En todo caso, los poetas mejores poetas son unos creídos, enamorados, terreros desesperados, agentes políticos que, por alguna extraña razón, les gusta creerse que pertenece a algún lugar o que les espera algún núcleo o centro.

Abad Faciolince pretende hacerse de la vista larga. “De todos los géneros literarios, el que yo más quiero es la poesía”, dice sin recato en el prólogo del libro. Y es que, como dice el poeta, hacer poesía es filtrar por la mente todas las cosas del mundo. Tamaña tarea para un oficiante cuya única herramienta es la palabra, esa tecnología humana que solo puede mediar la realidad, nunca asirla por completo. Eso sí: “la poesía es el alcaloide del arte literario, la parte más difícil y decantada de ese maravilloso don humano: la palabra”.

Luego llega la admisión, el error inevitable: “La poesía fue mi primer amor”, admite Abad Faciolince y no lo culpamos. La poesía es una torre de babel, ha escrito Jorge Torres. Una forma superior de emoción estética, diría Carpentier. O una manera de que no escuchen a uno.  Sí, puesto que el poeta, ese ser desplazado temprano al entrar la modernidad, se enfrenta al mundo de los usos y re-usos (como un «retuit») y no acaba de hacerse del espacio perdido, y ahí va por el mundo, degradado de chamán, brujo o sacerdote a loco. De ahí que en el poema “Rutina”, la voz del poema nos diga: “Esa felicidad,/esa seguridad/de repetir los mismos gestos cada día”. El poema progresa como un listado de actividades más o menos cotidianas, que ante nuestros ojos podrían dorarse de insignificancia, pero no; se trata de “lograr que la aventura de tu vida/ esté en las páginas que escribes”. Seguro que caminar por la calle ausente, o cortarse el pelo, o visitar a la hermana los veranos no hace a nadie heroico, pero sí a un poeta.

“Mi sombra”, otro de los poemas de la primera sección, es un dialogo con una sombra, o ir de karaoke con Paul Éluard. Es el silencio que se obtuvo de la vida, el mismo que antes perteneció al amor. Ya nadie escucha, ya nadie oye, habría dicho Éluard. Pero aquí queda la sombra, “mi fantasma”, el “réptil elegante”, “la perra que me cuida”. Seguro que, como se apalabra el hablante del poema, “si yo fuera mi sombra… me odiaría”. Es un ejercicio de absolución y reclamo de la otredad, que en este poema juega como un quiasma: la sombra –el lado oscuro- es el recatado, mientras que la voz lírica –el lado liminar- es despreciable.

A la voz unitaria de Testamento involuntario no le queda nada que su propia minucia, la cual, a falta de pan, se conforma con poetizar. Ya cité a Éluard antes, así que después del amor, también reside el silencio. O desdice. “Bigamia” parte de la pérdida de dos esposas anteriores al momento de enunciación del poeta y a las que recuerda y se debe en más de una complicada manera. En efecto, el matrimonio, concluye, “…de algún modo/ dura/ para toda la vida”. El tema de la pérdida de la relación amorosa y la perseverancia de la experiencia en su modo compacto de unidad mnemónica (la maldita memoria) incide también en “Divorcio” y “Alas”. “Sexo”, “Segundo madrigal” y “Gin and tonic” hablan de la gana que regresa sin ninguna otra atadura que la gana en remix, vuelta en sí misma una y otra vez por el bien de la gana misma.

Los Poemas de viaje no solo versan el desplazamiento geográfico de los diversos hablantes, sino que estos, en su variedad, suponen una forma de viaje en sí mismo –transmigración o encarnación poética, da igual-. Moscú, Lisboa, Verona, Cartagena de Indias, Madrid, no importa: «Poesía es todo lo que se mueve», diría Parra. “Se sufre en demasiada compañía”, diría Abad Faciolince («Alma turbia»). En fin, el sentido, recesar es morir. Lo que no progresa, se estanca; muere (Blake). De ahí, tal vez, el reconocimiento de lo terrenal como la fisicalidad necesaria donde aterrizan los vuelos poéticos. “Lo que nace en el trópico//nunca fuera del trópico/ podrá sentirse en casa.//Nada es hospitalario/ porque fuera de aquí// todo tiempo es invierno”. Basho o Dante, en “Cedro de altura” Abad lo resume todo: “El hombre solo un árbol que se mueve”.

En la sección Poemas desesperados, los versos se estremecen con un tono más sombrío, como si de pronto esa sección del libro absorbiera toda la tristeza y la melancolía residual de estos poemas. “La felicidad del triste”, el poeta le dice a su amada: “Morir así, aquí, era lo que soñábamos/ pero sobrevivimos impertérritos”, y resiente el paso del tiempo, la vejez y el “destierro de decrépitos”. Es la tiranía del tiempo, el reducto de la velocidad en el viaje, como decir «tanto correr para morir en el poema». Pero es una muerte pírrica, pues “todo dura tan poco/ y ya empieza a fallarnos/ la memoria./ ¡Qué bendición:/ para no darnos cuenta!”.

En los Poemas políticos subrayan la frivolidad estéril de los círculos poéticos (metonimizados por el Pen Club) y “Dos poemitas de protesta” sobre la coja distribución de las riquezas. No hace falta más. Para eso, Abad Faciolince tiene otros foros. Si quiere poema político, escriba un ensayo, me dijo un poeta político una vez. De todos modos, el poeta es un ente político, más en estos tiempos donde la brevedad se alarga por lo seguido de su repetición mimética.  Y llegamos a los Poemas familiares, donde el magistral “Manicomio” es un magistral poema cuya belleza habita justamente donde la sinalefa de la sangre se arrastra más allá de la muerte o la sinrazón. Y en fin, los amigos, el padre, la hija querida, entre otros actantes, cruzan el espacio poético hasta consumarse en esa categoría filosófica del ensueño que Bachelard llamaba  la inmensidad íntima. Son precisamente esas resonancias del paisajismo exterior que reverberan en el interior del poeta.

Al final, nos queda un testamento, donde, revestido de todas las protecciones de la legitimidad, el poeta resuelve en su autoridad de haber vivido y nos los lega, aunque sea para satisfacer a un poeta en remisión como yo, el que se repite en su misión inicial.  Y de pronto, la poesía me vuelve a encontrar.