En realidad es para contarles por qué no pienso leer un libro y por qué evitaría incluso acercármele más allá de una distancia prudencial. Que quede claro que no pretendo influenciar a nadie con esto, ni más faltaba. Ni siquiera a los editores piratas de la Décima. Me refiero a No hay causa perdida, las memorias del juliocésar del Ubérrimo, Álvaro Uribe.
La verdad es que el título es un desacierto. No sé por qué, me recuerda un cuadro de René Magritte: Esto no es una pipa. ¿Y qué hay en el cuadro? Una pipa. Lo del libro es parecido: No hay causa perdida, y en la portada aparece Uribe, la imagen misma de una causa perdida. Ahí están los resultados de sus protegidos en la última elección de alcaldes. Dada la pose de la portada, de cuerpo entero y con mirada lejana —yo habría sugerido una foto ecuestre, con corrosca y pocillo de tinto en la mano—, el título debió ser: Mi causa. Esta concisión le habría gustado y traído reminiscencias a sus seguidores. Sé que en Perú podría ser entendido como “mi compadre” o “mi llavería”, pero eso es lo bueno, la polisemia.
No pienso leerlo, lo digo en serio. Y por favor, que nadie me lo regale. Me basta con el minirresumen que dan las notas periodísticas. Por ejemplo, están los nombres de los capítulos: Amor, Coraje, Constancia, Confianza, Responsabilidad y Lealtad. Dios santo, ¡así se llaman los perros de Paulo Coelho! ¿Estará en Amor su turbulenta relación con Yidis Medina? ¿Se atreverá a contar sus lances con jóvenes periodistas que cubrían Palacio y que le tenían pánico a su “mano muerta”? Y en Coraje, ¿estará la creación de las Convivir? ¿Su relación con el DAS de María del Pilar Hurtado? —yo habría sugerido, para una cabal comprensión, acompañar este capítulo con un DVD de Orígenes del paramilitarismo en Antioquia, el debate de Petro en el Congreso en 2007—. Constancia debe de ser la parte dedicada a su reelección y en Responsabilidad, supongo, se hablará de Andrés Felipe Arias y un top ten de sus mejores frases, desde “le parto la cara, marica”, hasta el “¡sea varón!” con el que neutralizó filosóficamente a Chávez, expresando, por cierto, gran Respetabilidad hacia el género femenino.
La verdad es que rechazo ese libro sin siquiera leerlo. Más que unas “memorias” lo imagino como un gigantesco eslogan, un “tuit” de 342 páginas, otro intento por desprestigiar al gobierno de Santos, insultar a Chávez (nada más eficaz que insultar a Chávez) y tratar de abrirse a codazos el espacio político que perdió. Curioso, eso sí, que haya elegido el formato libro para expresarse, pues ni él ni la mayoría de sus “apóstoles” se caracterizaron por ser ardorosos lectores. Recuerdo la sorpresa de un alto funcionario de la Presidencia (hoy entre rejas), de visita en París, al enterarse de que García Márquez era conocido en Francia: “¿En serio lo conocen acá? Ah, ¡eso hay que aprovechálo! (sic)”.
No lo leeré, pero me asaltará por siempre una duda: ¿qué memorias habrá leído Uribe para buscar inspiración y cobijo intelectual? ¿Las de Chateaubriand, las Confesiones de San Agustín, las de Winston Churchill, las de George Bush o las de Carlos Castaño?