Cuenta, corre la leyenda negra sobre el artista Carlos Enríquez que, encontrándose enemistado con el novelista Alejo Carpentier por un asunto de faldas, estaba un día sentado en el Malecón habanero con la falda, hembra dentro de la falda, objeto de la disputa, disfrutando de una cerveza de espaldas al mar, como corresponde a todo cubano que se respete, cuando apareció enfurecido el escritor francés que posaba de isleño a reclamar su falda, hembra dentro de la falda, que se le había corrido (corrido acá no como movimiento sino como orgasmo, o como movimiento que antecede al orgasmo) con el enloquecido semidiós de los pinceles y que, parece, procuró alevosamente abofetear a éste, para toparse con la gran sorpresa de su vida, nada menos que la del plástico apuntándole una pistola al pecho y que, acto seguido, el autor del Reino de este mundo puso pies en polvareda rompiendo el record para ese entonces de los cien metros planos seguido del pistolero que, endemoniado, descargaba el 38 no sé sabe si al aire o al voluminoso bulto que bufando huía a la desesperada y al que no alcanzaría a acertar porque de la borrachera quizá no viese un bulto, sino dos, y disparaba al que no era, o al que sólo era duplicado del real.
Y es que Carlos Enríquez, nacido un 3 de agosto de 1900 en el poblado de Zulueta, en la provincia de Las Villas, se destacó como nadie de su tiempo en llevar al lienzo la belleza estilizada del físico femenino, y quizá también en el goce no ya estético, sino erótico del físico femenino y, claro, junto a lo erótico lo etílico, y, por lo mismo, el asumir luego las consecuencias, las dosis de dolor que siguen a las dosis de deseo, de deseo satisfecho, dolor y deseo como sube y baja en el cachumbambé, negociado de la existencia. Un negociado tramposo, las trampas del tiempo, de las divinidades envidiosas que terminan por inclinar la balanza a favor del dolor, de manera que numerosos huesos rotos y sucesivas curas de alcoholismo, curas de caballo, lo llevaron a la muerte en mayo de 1957, abandonado de familiares, féminas y amigos.
En 1920 Carlos Enríquez viaja a la ciudad estadounidense de Filadelfia para estudiar economía y, en 1924, matricula un curso de verano para aprender pintura en la Pensnsylvania Academy que no llega a terminar por contradicciones con el profesorado (no se sabe si contradicciones de índole ética, estética o etílica), regresando a Cuba en 1925, acompañado por Alice Neel, pintora norteamericana con quien se casó, para comenzar entonces a trabajar de contador en la habanera Lonja del Comercio, pero sin dejar de lado sus inquietudes artísticas.
En 1927 participa en el II Salón de Bellas Artes e inicia sus colaboraciones en diferentes publicaciones de la época y, ese mismo año, interviene en la Exposición de Arte Nuevo, en la que presentó ocho obras, aunque dos de estas obras, que representaban unos despampanantes desnudos femeninos, fueron retiradas de la muestra bajo la acusación de sostener lo que los censores llamaron un realismo exagerado. Pero en ese mismo año deja de ejercer su oficio de economista, se marcha de nuevo a Estados Unidos y se dedica por completo a la pintura.
Radicado definitivamente en Cuba a partir de 1934, Enríquez quiso exponer una muestra de sus obras en la Asociación de Reporteros de La Habana, pero la directora del centro negó el permiso que previamente había otorgado y tildó sus obras de inmorales e impropias. También por esa fecha presenta una exposición en la Sociedad Lyceum de La Habana, que fue clausurada horas después de su apertura, debido al audaz tratamiento del desnudo femenino. Pero lejos de amilanarse, el artista no trata de amoldarse a la moral al uso sino que va a definir sus perspectivas plásticas y, en ese sentido, aborda al mundo rural de la isla, sin abandonar el erotismo y la anatomía femenina como el centro de sus universos creados, obras que absorben las leyendas del campo, la imagen de héroes y bandidos que se transmiten de generación en generación a la manera de la oralidad literaria de los antiguos cantares de gesta. Es en ese tiempo que nos ofrece obras antológicas dentro de la plástica isleña y continental, obras como Manuel García, Rey de los Campos de Cuba, Las bañistas de la laguna, El rapto de las mulatas, Campesinos felices, Dos Ríos y Combate. Escenas todas dotadas de una violencia, unas líneas audaces y un ritmo, sentido del ritmo, que vienen a situarlo a la vanguardia de la vanguardia de lo pictórico cubano.
El rapto de las mulatas, una reminiscencia del mito arcádico de El rapto de las Sabinas múltiples veces tratado con más o menos acierto del Renacimiento para acá, pudiera definirse por su nivel artístico como una pieza sin parangón dentro de la plástica isleña, devela una escena trágica bajo un cielo que presagia tormenta sobre un campo de palmeras y verde brillante en contraste con el rojo, rojo que retoza con unos blancos y luminiscencias de un trópico sabiamente tamizado, elementos que dan la sensación de una atmósfera fantasmagórica y violenta a un tiempo. Figuras estilizadas en unos trazos raudos que parecen dotar a los personajes de unos movimientos que les entrelazan los unos con los otros, obteniendo una idea de agitación, nervio y proximidad de la muerte acorde con la audaz acción del rapto que tiene lugar. Pero, además, la acción está cargada de sensualismo en medio del combate, de los caballos que se embisten, de los afilados machetes que hienden el aire, y de las mulatas que se resisten o se ofrecen, nunca se sabrá, para al final ser sometidas sin remedio por la fuerza de los machos alzados en armas y, más que nada, alzados sobre la punta de sus entrepiernas enhiestas. Nalgas de mulatas y caballos que se funden y confunden en un remolino de muerte y de deseo, deseo exacerbado por el olor, proximidad de la muerte.
Carlos Enríquez desbordada también su sensibilidad en el ejercicio literario y llega a escribir las novelas Tilín García, La Vuelta de Chencho y La Feria de Guaicanama, la primera en la década del 30, y las dos últimas en la del 40. Los críticos isleños José Antonio Portuondo y Salvador Bueno apuntan a la tesis de que Enríquez es un narrador que aporta a la prosa su peculiar visión plástica del mundo. Por su parte, el dominicano Max Henríquez Ureña se refiere a Tilín García como una obra donde el don de observación y la amenidad narrativa superan eficazmente a la anterior novelística realista de corte rural en la isla y cuyos mayores aciertos no pasan de la descripción del ambiente y la buena presentación de tipos, caracteres y costumbres.
Luego, la narrativa es para Carlos Enríquez como continuidad de la plástica por otros caminos, caminos donde lo erótico se mantiene como modo de expresión. En su primera novela leemos: “Así desnuda, parecía frágil entre la luz transparente de la mañana y el cristal del agua. Sus muslos, pálidos y suaves tenían un desenlace luminoso al quebrarse en el río; sus pechos erectos temblaban como campánulas de luz acariciadas por manos invisibles; firmes y redondos, húmedos y relumbrones se prodigaban por los pezones oscuros de virgen selvática; las ancas se ensanchaban propicias al goce bárbaro y salvaje que latía feroz en la sangre de Tilín García” Para, más adelante, describir en otro fragmento: “Unos pechos abundantes y temblones, al descuido de la vida marital, y unas nalgas masudas y altas, terminadas en pantorrillas flacas, hacían de ella el tipo propio y proporcional de una señora de rango (…) El camisón sucio y desflecado acentuaba los pliegues de grasa, que luego, bajo el artificio de los arreos interiores, le darían ese aspecto suculento de matrona sabrosa. Sus axilas sudorosas, de oscura pelambre…”
Entre 1939 y 1946 el artista realiza una intensa labor expositiva de su obra pictórica en Estados Unidos, México, Haití, Guatemala, Argentina y Cuba y, por otro lado, pronuncia conferencias, escribe artículos e ilustra libros.
Carlos Enríquez rompe, entre otros, los estereotipos establecidos acerca del artista medio muerto de hambre recluido allá en su mísera buhardilla, pues además de mantener una muy activa vida social era un hombre rico desde su misma cuna allá en Las Villas, lo que le permitió no sólo viajar a su antojo por el mundo, sino hacerse de un retiro, refugio romántico a las afueras de La Habana donde pintar su obra, libar industrialmente con sus amigos y refocilarse a destajo con sus amantes, y al que bautizó como El Hurón Azul. Un chalet convertido en mito, un sitio de misterio, donde fantasía y realidad se entrelazan para configurar el más auténtico símbolo de la bohemia habanera; templo sibarita donde a trallazos de alcohol se bordó un alargado camino con los fondos de las botellas consumidas en el transcurso de los meses y los años.
Los rumores aseguran que el extraño nombre del chalet proviene de un hurón que, obsequiado por un amigo, Carlos Enríquez pintó de azul en medio de una borrachera sin cuento para que el animal pudiera combinar con el color de las puertas y ventanas, y que, al morir el roedor, el pintor colocó su piel en la puerta de entrada como un recordatorio de vida sacrificada, ofrendada en el altar de las artes. Sin dudas un presagio de lo que haría el pintor con su propia vida. Paisaje de hombre y hurón unidos en vida y muerte. El hurón como símbolo. El hombre como cosa simbolizada.
Las obras de Carlos Enríquez pueden apreciarse al presente en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, en el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba y en numerosas colecciones privadas a lo ancho y ajeno del mundo. Obras, hebras de luz que se sostienen sobre un oscuro mar de mujeres muertas, semen y alcohol, travesía no en un barco de papel por el piélago de las Antillas, sino en la piel de un hurón azul por las miasmas del inconsciente; piel de hurón como piel de onagro.