Las nalgas, primero las nalgas. Resulta imposible mirar hacia otro lugar. Si colgaran esa foto bajo la cruz del Señor, antes se notaría el minúsculo triángulo de tela roja que adorna (aceptémoslo, su función es únicamente estética) la parte superior de aquellos glúteos inmensos que la sangre en las rodillas o el costado de nuestro Jesús redentor.
La muchacha tampoco nos observa con lascivia evidente, su gesto parece, más bien, provocador. Y no señalo, insisto a la par que aclaro, la ancestral provocación a goces carnales, aun cuando carne es lo que abunda. Es casi un convite al riesgo. Es casi una manera de decir “a que no te atreves”. Es casi, casi casi, una advertencia. Como el peligro sempiterno que rodea cuanto no conocemos.
Si nos fijamos con mayor detenimiento aparece un tatuaje en su redondez derecha. Perceptible apenas. No logramos definir el contenido. Igual que esas trampas escondidas al pie de un contrato con letras pequeñitas. Mas no pensamos en ardid alguno, juzgamos que sobra lienzo donde falta tinta. Además, así son las cubanas, están en Internet (esta mulata voluptuosa, compruébelo usted, claro que también está), adornan las revistas, las películas, los shows musicales, con sus cuerpos excesivos dentro de tangas diminutas, lo único que recuerda al “chico” con que nos bombardean, luego, fuera de suelo patrio.
La foto esta ahí, afortunadamente lejos de cualquier efigie cristiana, y mi amigo asevera “está mejor que Niurka”. No necesita apellidos, mi amigo es mexicano y en tierra azteca pareciera que solo existe una Niurka. Corriente, sí; malhablada, sí; grosera, sí; pero buenísima, y eso la salva de todo descalabro. “En Cuba hay muchas así” le digo, y no miento. Él niega, despacio. Entiendo que mis palabras se mueven en una dimensión lejana que su cerebro apenas logra dilucidar. La baba se le escurre entre los labios. Igual que un cubano frente a la portentosa imagen de un bistec de res, firme, humeante, lujurioso inclusive. Él no sabe. Él no puede saber. Sigue absorto en las curvas de la mulata. Sospecha un engaño. Algún truco baladí con Photoshop. No hay tal y no lo cree. Tampoco creería que muchos de mis compatriotas cambiarían a la mulata de tanga roja por una huella en tierra foránea. Sé de inmediato que él se imagina adentro de ella, inmerso en ese agujero negro y libertador; así también sé que mis amigos, en Cuba, ahora se imaginan fuera del archipiélago retenedor. Ironías de una geografía compartida, de un tiempo convergente. Los unos quieren entrar, los otros suplican salir.
La noticia, es normal en mí, me llegó con un par de días de atraso. “¿Ya vas a traerte a tu hija?”, me preguntaron a quemarropa, en plena entrada de la Universidad Autónoma del Noreste. Mi estupor no requirió notas al pie. Enseguida se desgajaron las aclaraciones. Lo dijeron en la televisión. Lo escribieron en el periódico de anteayer. Lo subieron a Internet en un montón de sitios. “Los cubanos pueden viajar”.
Se me ocurrió que podía tratarse de un cuento inédito de Virgilio Piñera, por lo genial de la idea, por lo absurdo: “Los cubanos pueden viajar”. ¿Por qué no? Dumbo pudo volar. Pero Dumbo es una creación del enemigo. Alimaña elefantina con orejas enormes y un ratón por única compañía y tutor. Comprenda usted, estimado lector, fueron más de treinta años de educación y experiencias escatológicas. Muertos que nos movíamos por callejones cíclicos donde cada paso estaba predestinado a perecer en un mismo lugar, nuestro origen. Otra vez la circunstancia del agua por todas partes. Otra vez la maldición de las negaciones. Otra vez la odisea para que mi pequeñuela conozca las tierras áridas que hoy habita su padre. Y de pronto, así, sin más, alguien se me acerca y me dice: los cubanos pueden viajar.
No jodas, pensé. No chingues, dije. Pero el tipo era honesto. Sus buenas intenciones acerca de la posibilidad de que mi hija visitara México no las entregaba desde la vacuidad de un deseo fatuo. Las justificaba, a su parecer. Por ley, repetía, ante mi testarudez. “Por la Virgen te lo juro” y a partir del 14 de enero. Hmmm, “28 de enero sonaría mejor” otra vez pensé aunque nada dije. Homenaje implícito a Martí y sus causas de lucha. El deseo de libertad al fin en libertad transmutada. El milagro secreto. La noche bocarriba. Dios que escucha por encima de la mulata casi en cueros y los sueños que no son tales, que son realidades disfrazadas de los sueños de otros. ¿Cuánto dolor para los que se fueron y no pueden regresar? ¿Cuántas posibilidades para los que, sin pensar en regresar, pueden irse?
Y me supe diablo. Diablo que sabe por viejo. Y me supe viejo. “Grande” me dijo, por primera vez, una alumna recientemente. Me sonó como patada al oído. Recordé de inmediato la primera vez que, años atrás, alguien me llamó “compañero” en La Habana. Para los de afuera, que quizás no entiendan: “compañero” es equivalente a señor. Para los de adentro, que quizás no entiendan: “grande”, en México, es equivalente a persona mayor. Nada que lo relacione con el concepto de grandeza. Suma años, no triunfos. Igual que la sabiduría codiciada del diablo. Que treinta años son diez más que nada.
Por eso me puse a leer. Sufro de tal manía. Los rótulos de la “BBC”. Los sumarios de “El Universal”. Las diatribas de “El Nuevo Herald”. Los regodeos de “El Granma”. Fatigué comentarios de Internet. Dialogué con conocidos y desconocidos. Me cansé a mí mismo hasta que vi las letras chiquitas, idénticas al tatuaje de aquella mujer con trasero exorbitante. Ya no habría tarjeta blanca, eso era un hecho. Sin embargo, sobrevivían los mismos requisitos de antes, ahora no para obtener ese cartoncito pendenciero sino para guardarnos el pasaporte al fin. Ah, me dije. ¡Qué hermosa estrategia!
Igual que en La Sierra Maestra, cuando los fracasos militares eran opacados por entrevistas espectaculares. Igual que en los hogares cubanos, cuando los comentarios contrarrevolucionarios eran ahogados por las consignas radiofónicas. El mundo ve avances en Cuba. Y es que el mundo no lee más allá de los titulares. Los viejos sienten que se les acaba el tiempo y no pueden desperdiciarlo en explicaciones cansinas. Los jóvenes ni sienten. Para ellos suman demasiadas letras. Si las más llamativas aseguran que los cubanos pueden hacer sus maletas, pues que las hagan. Ellos las han hecho siempre.
Fuera de Cuba salir del país no es la gran cosa. Cuestión de dinero y entusiasmo. Pero en el interior las cosas cambian. Están los permisos. Está el partido. Está tu condición de talento revolucionario. Está el sindicato. Está la incertidumbre de tu madre que no sabe si regresarás. Está la certidumbre de tu pareja que sabe que no regresarás. Está tu hija que no sabe nada aún, pero a la fuerza sabrá. De la peor forma. De la única posible en ese archipiélago enorme donde una mujer te reta con la mirada mientras te muestra un par de nalgas enormes. “A que no te atreves”.
Mi amigo no percibe el desafío. Sigue embobado ante lo que parece una posibilidad única: gozar del privilegio de las nalgas de esa mulata exuberante frente al mar. Sueña, en silencio (así ha de ser todo sueño pecaminoso) con morder largo y tendido ese par de bultos. Descansar sus cachetes grasientos en la pulpa tibia de tales globos. Besarlos. Humedecerlos a la par que su boca se humedece. Nada de glúteos anoréxicos como (dicen) gustan en Europa. Estos son enormes, gruesos, de cuero recio. Y no sabe, nunca sabrá mi amigo, que tengo otro amigo en Cuba que comparte una quimera similar.
Sólo que este otro no se deshace por las sentaderas de ninguna mulata. Ha visto muchas, demasiadas casi y, para sus pupilas, no hay mejor par de nalgas que las de una vaca. Juro que eso jura. No existe verdad más grande. Tan real es que sueña en silencio (así ha de ser todo sueño pecaminoso) con morder largo y tendido la suave carne de una res. Hincar, voluptuoso, satisfecho, sus dientes en las hebras de un filete grasiento y humedecerlo a la par que su boca se humedece. Sin temor a que la policía lo reprenda por comerciar con mercancía ilegal. Sin apurarse tras el último bocado porque el restaurant cierra tarde y después no hay guagua que pase.
Yo, en silencio (así ha de ser todo sueño pecaminoso) le dedico una sonrisa a mi amigo. A todos mis amigos. Los dejo que defiendan sus utopías porque algunos son viejos y no tendrán mayor tiempo para rectificaciones, mientras otros son tan jóvenes que a duras penas pasan de los titulares y, afortunadamente, muy pronto olvidarán las desilusiones. Si bonita se ve una mulata que nos ofrece su trasero portentoso a la orilla del mar, mejor se nota el portento de la libertad prometida a orillas de ese mismo mar.
Tarde o temprano mi amigo mexicano comprenderá que no es tan sencillo hincar el diente en el trasero de una cubana y, de camino, mi amigo cubano habrá de aceptar que no es tan fácil horadar el suelo de un país extranjero. Mientras tanto, permito que la baba de uno y otro surque la comisura de sus labios y gotee a la altura del mentón. Ya aprendí, a base de bruscos despertares, la falsedad que se agazapa al otro lado de la frase “soñar no cuesta nada”. Mas asimismo aprendí que tras los golpes aparecen los callos y estos nos protegen de futuros porrazos.
Hoy Cuba gana. Vende, cual si se tratara de diamantes, cuentas de cristal a extranjeros y nacionales que las compran al por mayor. Se mercadea con la promesa de salir. Se lucra con promesas de libertad. Se ofrece, sencillamente, mercancía que no hay y todos pretenden adquirir. Mi amigo, el mexicano; mi amigo, el cubano; y yo, que daría todo el dinero del mundo, por mi hija poder abrazar.