Elia y Elias

Rubén Sánchez-Trigos

Elia-docente da por concluida la clase, se sacude los restos de tiza de las mangas (a Austria ya han llegado las pizarras digitales, pero no a este aula), y se despide de sus alumnos antes de trotar en dirección a los despachos. Por el camino, un poco antes de alcanzar su puerta, se cruza con Elia-investigadora, se saludan con un asentimiento de sus cabezas, y es justo, justo en ese instante, cuando Elia-docente se esfuma en el aire. Como si una sola mirada de Elia-investigadora bastara para ahuyentarla. Vete. Tú ya has terminado aquí.

Elia-investigadora toma entonces las riendas de este lado de la realidad, y se sienta a la mesa del despacho para retomar el artículo en el que lleva semanas trabajando: en parte, rescata algunas ideas de su tesis doctoral (sobre los arquetipos del terror en la obra de Cortazar), en parte no. Todavía no tiene un título, y eso le inquieta. Sabe que, cuando se trata de un texto académico, tener claro un título equivale a tener claro la mitad de los objetivos.

Así se le escapa la tarde. Hacia las seis, ya es noche cerrada. Afuera hay un simulacro de invierno, y el viento silba una nana suave entre los árboles. Elia-investigadora escucha entonces un ruido que la devuelve de golpe al mundo real. A un mundo sin citas ni pies de páginas. Alguien manipula el pomo de la puerta de su despacho desde el otro lado. Es sólo unos segundos. Enseguida, el pomo cede, la puerta se desliza hacia el interior y una figura se recorta, hambrienta e impaciente, bajo el marco. Elia-investigadora comprende, asiente en silencio, y mientras cierra los libros y apaga el ordenador, con esa docilidad que le es tan propia, su imagen se va volviendo cada vez menos nítida, como los fotogramas que encadenan una escena con la siguiente. Por fin, desaparece. Y Elia-escritora, que permanece bajo el marco, con un agujero en el estómago que le pide alimentarse, sabe que es su hora. Que a partir de este instante ella tiene el mando.

Más tarde. A las diez de la noche. Encorvada sobre la pantalla del ordenador de su casa, Elia-escritora siente que ya se ha saciado. Ha comido tres páginas nuevas y otras dos que ha reescrito. El agujero en el estómago ha cedido, y por hoy (pero sólo por hoy), la bestia que la impulsa a desangrarse en una página desde hace años ya está satisfecha. Lo que esta semana tiene entre manos es un cuento. La acción tiene lugar en dos líneas temporales dispares (la actualidad y un pasado medieval) que acaban por contaminarse entre ellas. Estrictamente, el cuento se erige sobre una premisa fantástica, un quiebro temporal imposible desde el punto de vista ontológico, pero ¿a quién puede importarle eso? Elia-escritora ha ganado premios en el terreno de la ciencia ficción y también en el de la literatura juvenil, y nunca ha tenido la sensación de hacer géneros puros, sino de partir de las constantes que se le presuponen a cada uno de ellos para escribir lo que quisiera. O lo que necesitara. Las dos cosas son lo mismo.

Hay otras Elias, por supuesto, además de Elia-docente, Elia-investigadora y Elia-escritora, y todas dialogan entre sí, se contaminan, se influyen. De la misma manera que el agua de una cubitera es la misma, pero cada hielo es un estanco cerrado en sí mismo. Posiblemente habrá también una Elia-mujer, una Elia-amiga, una Elia-conversadora, pero esas me están veladas. Yo sólo soy un lector. Uno que ha disfrutado mucho con El secreto del orfebre, con Las largas sombras, con un puñado de cuentos, y los lectores, a veces, tenemos la manía de fantasear con las vidas de aquéllos a los que leemos.