Resulta frecuente (y los ejemplos sobran en la literatura) que autores tocados por la poesía no solo escriban versos sino también relatos para niños. Es el caso del poeta y narrador cubano Nelson Simón (Pinar del Río, 1965), quien se dio a conocer como hacedor de versos cuando rebasaba apenas la adolescencia y enseguida simultaneo la lírica adulta, indagadora en temáticas duras como la homosexualidad y las contradicciones sociales, con la narrativa para niños, a la que suma ya varios títulos; y gracias a la cual ha ganado reconocimientos y lectores.
Anclado en la más occidental de las capitales de provincia cubanas, donde tiene “amistades y familia”, Nelson comparte la pasión por su ciudad, Pinar del Río, con el pintor Pedro Pablo Oliva y la escritora Nersys Felipe, quienes han conquistado renombre en la lejanía del capital, gracias a la originalidad de sus obras. Sin embargo, desde su casita y su parque, casi anónimo entre la gente, el poeta siente “El peso de la isla”: “Y ahora que soporto el peso de la isla, / que cargo con mi país / como quien carga una pesada cruz/ o el más necesario de los equipajes; / no sé hacia dónde voy, / no sé lo que me aguarda si logro amanecer…” De nuevo el artista da voz a la multitud. Valiéndose del tono coloquial y de un aparente intimismo que caracteriza la poesía de su generación, el escritor recoge en su palabra los sentimientos de quienes le rodean como espectros y que en su voz reflejan dudas y angustias: “Y ahora que llevo mi país / como quien lleva una corona de espinas / hiriéndome la frente, / es mi país el sitio más querido, / también el más odiado, / es el ruedo de muerte, es la desesperanza, / otro golpe de mar, su inminente presencia.”
Dan fe de la evolución de su lírica, cada vez más reconcentrada en la experiencia, desinteresada de la polémica, sosegada y desnuda de artificios retóricos, los poemarios: El amolador de tijeras pregunta por su casa (1988), Ciudad de nadie (1992), El peso de la Isla (1993 y 2002), Con la misma levedad de un náufrago (1995), Criatura de isla (1996), A la sombra de los muchachos en flor (2001), Carta inconclusa a Dulce María Loynaz (2002), Para no ser reconocido (2002), De la mala memoria y el verano (2008).
Jugando a romper fronteras entre realidad y ficción, su literatura destinada a los niños divierte y enseña, al tiempo que permite diversos niveles de lectura. Piensa que “un buen libro para niños tiene que ser reconfortante para todos y de múltiples lecturas, que cada quien cuando entre a él halle algo. […] No escribes un cuento para un niño, sino que haces un texto con determinadas temáticas que pueden ser interesantes para un niño.” En el cofre de un pirata (poesía para niños, 1998); Brujas, hechizos y otros disparates (narraciones para niños, 2000); Cuentos del buen y mal amor (2007); y Marilola la vaca que canta (narrativa, 2008), demuestran que Nelson Simón no solo es un poeta de originalidad demostrada en libros osados y hermosos sino también un autor respetuoso de la inteligencia de los pequeños lectores.