Oración a José Martí bajo el cielo de Cuba
Que yo pueda rogarte si viviendo me aflijo,
si miro con el ojo tan negro del canario,
pues mi día mambí ya transcurre en tu diario
y mi hora en el reloj que dejas para el hijo.
Que yo pueda alabarte sin que nadie me lleve
ni me traiga al final en trono o parihuela,
cuando asomen los odios la visceral espuela
y desangren tu sol como a buey en la nieve.
Que yo pueda invocarte sobre la patria herida
y venga tu decoro, tu arte de ser cubano,
a embridar el horror, la sombra, la estampida;
a fijar los destinos de nuevo con tu mano.
Que yo pueda nombrarte como nombro la vida
y que no tenga paz si te nombrase en vano.
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Escenas cubanas
En Santa Clara, yendo por la avenida del Papa,
llamada así tras la visita del sumo pontífice:
hombre para quien todas las dignidades
nos deben parecer pocas-según la prensa-
recordé que ayer mismo, ayer,
nuestros cristianos eran perseguidos
como a cristianos.
El ojo de Saulo de Tarso, el persecutor,
entraba en las provincias a buscar profesores
y maestras de kindergarten.
Pero soy muy joven realmente para contarlo.
Sobre Luanda y Etiopía,
donde ningún sueño nuestro ha fructificado,
están las almas todavía de aquellos muchachos;
almas que el mucho viento y la memoria
no dejan reposar, y vagan por la pradera
junto a comunes almas, junto al mismo abrevadero
y duermen con leones a mediodía,
bajo el sol ingente, como estudiantes de la patria.
Soy tan joven realmente como ellos.
Otras cosas ya resultan casi baladíes:
la destrucción, por ejemplo, de un piano
donde ejecutó Lecuona.
Tenazmente han cuidado nuestra alma.
Procuran no recordar ciertos episodios nacionales
que bien pudieran llenarnos de turbación.
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Café La Marquesina
Asistiré al desastre de mi patria
ANACREONTE
Asistir al desastre de la patria
cuando uno es la patria:
muchacho que se contempla
en el cristal de los comercios
y se arregla la camisa, el pelo un poco;
joven animal turbado
en los espejos de algún bar, de algún hotel.
En los bajos del teatro La Caridad,
los locos, los pordioseros piden caridad
a turistas sentados en La Marquesina:
gente que bebe sus mojitos
y mira pasar espléndidos cuerpos.
Con extranjero te habrá confundido
la vieja que pedía en inglés
para el almuerzo, para el nieto siempre.
Hasta ayer vivías como Anacreonte,
el anciano cantor del vino,
griego que pensamos
solo conocía los placeres.