Choukri

Sonia García Soubriet

ChoukriLa vida de Mohamed Choukri estuvo llena de bares y alcohol, igual que su literatura: El Negresco, El Juana de Arco,  El Dean´s, El Paname, La Poste, El Pilo, El Ibis, El Alhambra… Unos ya desaparecidos, otros efímeros como flor de un día, muchos legendarios como el bar restaurante Burdeos, de Baba Daddy, el viejo boxeador que presumía de ser el primer comunista tangerino, o aquellos del glorioso Tánger Internacional que el escritor nunca lamentó perder: el de Madame Portes  donde el chef preparaba un magnífico cóctel Alexandra, o el bar Granada donde la bella Fati,  encandilaba a los clientes recitando versos de la poesía árabe, o el bar Sevilla, de la tan deseada Magdalena, Magda o Umeljer, con su nariz de Cleopatra y sus labios del tamaño de una fresa partida. La lista es muy larga y las historias que escribió sobre ellos, memorables. Por aquellos años noventa, cuando descubría alguno nuevo daba el parte: “es  limpio”, decía,  “alegre, servicial, con buenas tapas y buen precio”. Luego llegaban los primeros encontronazos con el dueño y los camareros, la decepción y finalmente la ruptura con el juramento de no volver a poner los pies allí. Porque Choukri, en todos y con todos, se enfadó. El más duradero en aquella época, fue El Negresco, donde tenía su despachito: una mesa pegada a uno de los ventanales  que daban a la calle Méjico. Allí con su correo, el periódico y un vaso de Pastis, se sentaba un Choukri mañanero, afable  y atento, que  acogía a aquel que lo buscaba atraído por su leyenda de escritor maldito y por su novela El pan desnudo, el libro prohibido, censurado, que mostraba las sucias entrañas de Tánger. En los bares, hacia el mediodía, lo buscaba la mujer que trabajaba en su casa para que le diese dinero para la compra. Fue en los bares donde muchos nos hicimos sus amigos y donde él nos fue descubriendo con sus historias  contadas en ese castellano suyo tan correcto, con acento suave y su voz un poco cantarina,  muchas cosas, no sólo sobre la ciudad, sino también sobre  hombres y  la vida. Cuando uno iba a su encuentro por la mañana, ya sabía que entraba en el tiempo de Choukri y que después de aquellas horas intensas saldría del bar, medio borracho,  emocionado por la conversación y tan tarde que ya era la hora del paseo en la calle Méjico. En los bares inmortalizó muchos de aquellos rostros inolvidables de sus historias,  hombres y mujeres solitarios, alcohólicos y marginales. Y allí, en los bares, con su copa en la mano y el pitillo siempre encendido, era donde Choukri iniciaba su descenso a los infiernos y arremetía contra la basura de la humanidad o confesaba que estaba harto del “maldito libro” que había matado a todas sus otras novelas, y como protesta por la falta de consideración de Maradona, el camarero, hacia su copa vacía, volcaba el cenicero rebosante de colillas. Entonces, con los demonios  despiertos por el alcohol, iniciaba su propio camino, acompañado a ratos, amigable a veces, iracundo otras, y se iba  ensombreciendo conforme avanzaba el día, y la tarde se cernía sobre Tánger. A veces irrumpía en El Negresco por la noche  huyendo de una “¡loca que lo perseguía y decía que lo amaba!”, o de una discusión que acababa de tener con alguien, y se entrometía tirano e impertinente en las conversaciones de los demás, o daba collejas a los conocidos y provocaba a las mujeres,  hasta que aburrido de todo y de todos  regresaba de nuevo a las calles. Otras, desesperado, se marchaba a su casa y allí sacaba su linternita para no subir a tientas por las escaleras, siempre sin luz, hasta “su nido de cigüeña” y desaparecía dando un portazo a la noche, a la vida y a la humanidad. Después de abandonar definitivamente El Negreso,  Choukri se trasladó al restaurante El Dorado, a un nuevo despachito con mantel de papel a cuadros, donde se servían copas entre horas, pero también allí se enfadó y acabó en el restaurante del hotel Ritz que luego se llamó El Langostino. Durante todos esos años y en todas estas oficinas ambulantes y provisionales fue dejando fotos suyas dedicadas al bar o al propietario con su firma amplia, rizada y generosa, y su dibujo de la paloma. En la de El Negresco  aparecía con la cabeza rapada, el bigote poblado, la nariz aguileña; los ojos surcados de esas arrugas que, tal y como él dijo no perdonaban a los que solían trasnochar. En las del Ritz, donde llegó a hacer su pequeño museo particular, aparecía acompañado de otros escritores o visitantes ilustres de la ciudad, con la cartera debajo del brazo y aire de profesor. Todas ellas muestran el resultado de su recorrido vital, lo que hizo de sí mismo: Convirtió al pillo de su infancia desgraciada y brutal, tan miserable que tenía que comer de las basuras de los cristianos, en el joven analfabeto de veinte años que aprendió a leer y a escribir y se hizo maestro de escuela hasta conseguir ser lo que quería: un escritor, una de las voces más importantes y valientes de la literatura árabe. La última vez que lo vi fue en el hall de ese hotel. Descansaba sentado en un sillón; debía ya sentirse enfermo. Dijo que no le iba a dar el gusto a sus enemigos, que eran muchos, de verlo sucio, descuidado y abandonado. Y así fue. Ahora Choukri descansa en el cementerio del Marshan, tan incrustado en el barrio que los vivos parecen convivir con los muertos, y que estos, desde sus tumbas frescas y profundas siguen el palpitar de la vida; perciben los viejos olores y oyen lejanas las voces de los hombres. Allí yace Choukri en una tumba sencilla, como lo fue él, con su rostro mirando hacia La Meca, tal y como predijo, fundido ya para siempre en Tánger. Es verdad que nos quedan sus historias pero se le echa  de menos.