Cuando urdió esa maravilla musical que es “La catedral sumergida”, Claude Debussy tenía en la mira una vieja leyenda bretona de la ciudad de Ys, que quedó sumergida por las aguas y de la que pueden verse durante las mareas bajas los cimientos de la catedral. Visto así, parece sencillo. Pero esa pieza te hace pensar en muchas cosas: el reflejo en el agua de algo no definible sumergido en las profundidades; el fin de toda la gloria que encierra esa arquitectura ahogada; el tiempo detenido; o el breve atisbo de algo que está hundido, atrapado en un pasado que, sin embargo, hurga en el presente siempre que las aguas bajan.
Siempre me vienen a la mente todas esas alegorías cuando pienso en la obra narrativa de la española Juana Salabert; narradora que, como ya he dicho en alguna ocasión, destaca por la singularidad de sus propuestas novelísticas en medio de un escenario donde prima la frivolidad, los modismos temáticos aplastados por el facilismo, la improvisación superficial disfrazada de cuestionamiento social, enseñoreado todo lo anterior por un cada vez más preocupante mercantilismo literario.
En los tres libros que he leído de esta autora: Velódromo de invierno, El bulevard del miedo y La noche ciega, las tramas, como es ya usual en otros narradores que abordan estos temas sólo apelando al impacto que ellos mismos encierran, no se limitan a la persecución de los judíos en París o Francia (Velódromo…), el mercado ilegal del patrimonio artístico y cultural expoliado en Europa por los nazis (El bulevard…) o la Guerra Civil en España (La noche…). Nada hay de carnavalesco, de superficial ni de oportunista en estas historias. Bastaría apuntar al poder lingüístico de Salabert: un verdadero despliegue de esa rica sonoridad, limpieza y precisión de nuestra lengua, sin hacer concesiones facilistas al lector. Pero vuelvo a remitirme a la idea de catedral sumergida: en cada una de estas obras hay una humanísima profusión de elementos esenciales que se convierten en el mejor caldo de cultivo para convertir a estas historias en un análisis serio, profundo y (repito) humanísimo del pasado de una nación (La noche…), de un triste fenómeno hoy renaciente, el antisemitismo (Velódromo…) y de un crimen contra la cultura universal (El bulevard…).
Son espejos, atisbos de la permanencia de un pasado supuestamente derrotado, aplastado, sumergido bajo las aguas de la historia, en el presente que habitamos. Y llama mucho mi atención, por ejemplo, que Ilse Landerman, protagonista de Velódromo de invierno, al invocar desde la actualidad (1992) recuerdos de una vida que salvó luego de abandonar a su madre y a su hermano en un graderío del velódromo (culpa de la cual no puede desprenderse), esté lanzando un claro grito al resurgimiento del pensamiento antisemita en España y la Europa actual (curiosamente encabezada esta tendencia en España por la izquierda y buena parte de sus intelectuales). O que Federico Fernet, en El Bulevard del miedo, desande con sus conflictos, sus vacilaciones y sus pactos de conveniencia entre una fauna humana podrida por sus miserias muy parecida a esa fauna actual, igual de podrida y contaminante, que depreda la sociedad española actual aunque hoy sean otras las mercaderías y tengan el sello de la corrupción política, financiera y social. Como también me sorprendió que La noche ciega sea una de las más profundas reflexiones, desde el alma de la familia española, sobre todos esos traumas, todas esas pérdidas éticas, o todas esas cosas que el franquismo truncó; y me sorprende por lo raro, pues percibo hoy mayormente una expansión palpable de la desmemoria sobre un tema como la Guerra Civil que, sin dudas, las generaciones presentes y futuras están obligados a revisitar debido a todos esos puentes invisibles que construyó a la fuerza hacia la modernidad española actual.
Esa es mi propuesta: léase cualquiera de las obras escritas por Juana Salabert con el prisma de que estamos mirando una catedral sumergida bajo las aguas y, estoy convencido, encontraremos un mundo de búsquedas secretas, pasadizos morales ocultos, matices de una exquisita reflexión sociológica, destellos diamantinos de esa preocupación ética y humana que derraman en sus obras los grandes escritores.