La palabra movilizadora, provocativa, que pregunta y que interroga, está siendo suplantada en esas publicaciones por el aturdimiento.José Saramago
El poder es intrínsecamente plúmbeo silencio. Cuando habla, si habla, impone un discurso uniforme, monolítico, monocorde, gris, mortalmente soporífero, clara manifestación del vacío y la estolidez que representa, discurso construido con eslóganes, consignas, eufemismos, clichés, frases hechas, hipérboles, interjecciones y onomatopeyas, obviedades sin cuento que quieren pasar por mensaje significativo, lógico y coherente, amparándose, por lo general, en el deslumbrante reverberar de los datos y las cifras, de los complejos cuadros estadísticos, de los contundentes tecnicismos.
Es por ello que el Poder requiere para perpetuarse de la legitimación de la cultura y de la palabra. Necesita disfrazar su grisura. Así que tradicionalmente capta a intelectuales y plumíferos con atractivas dádivas y regalías (nombramientos en posiciones públicas relevantes, publicación y difusión de sus obras, intervenciones en importantes actos institucionales, viajes al extranjero, homenajes y reconocimientos, otorgamiento de premios, becas y pensiones, etc.), para que éstos trabajen de forma entusiasta y entregada en la dirección que se les dicta y señala, o por lo menos no mantengan una actitud frontalmente crítica ni beligerante contra el poder y sus representantes.
Los intelectuales y artistas que no se avienen a las exigencias y requerimientos del Poder, literalmente no existen y viven como auténticos exiliados en su propio país, reducidos sin más al ostracismo, al más escandaloso silencio. ¿Cuántos de estos intelectuales desterrados, que viven en un auténtico exilio interior, tenemos en nuestra cálida república que quiere aparecer ante los ojos del mundo como moderno Estado democrático en impetuoso avance hacia el pleno desarrollo y el total progreso? Penosamente quizá sean hoy en día bastante más de los que estemos dispuestos a reconocer.
El asunto tiene además otra consecuencia de alta rentabilidad para el Poder y de muy marcada negatividad para el conjunto de los ciudadanos, pues la productividad artística y bibliográfica artificialmente incentivada desde la burocracia estatal (o que florece de un modo u otro bajo su estímulo y amparo: véanse por ejemplo los productos de la Editora Nacional o de la Editora FeriLibro) ofrece al espectador no avezado la visión deslumbradora de todo un real auténtico “Renacimiento” cultural nacional (aquí hasta los políticos publican libros y más de uno hasta se ha colado en la Academia de la Lengua), cuando la verdad es que hay sí en efecto cantidad notable de actos y eventos y actividades “culturales” y publicaciones bibliográficas y puestas en circulación de libros, etc., pero de ningún modo calidad, dado que el único criterio para su gestación, selección, impresión y promoción efectiva es el entreguismo al Poder que las genera y propicia y las hace posibles. Nada ciertamente garantiza en un tal estado de cosas la hondura, pertinencia y trascendencia de obra humana alguna, mucho menos de las literarias y artísticas.
Es por esta vía de la falta de significación y fundamentación real de los productos culturales y literarios dirigidos o nacidos ya de por sí sin auténtica vitalidad creativa ni nervio crítico, que retorna de nuevo el Poder a su cerrado mutismo, a su oscuro silencio de cosa muerta.
Y es por ello que “nuestra cultura” nacional no llega al conjunto de la población ni prende en el alma de ésta. Todos los esfuerzos realizados en nuestro país durante estos ya largos años de vida cultural democrática y el loable empeño de creación de un Ministerio de Cultura (2002), no ha hecho del dominicano un pueblo más culto, más amante de la cultura y decididamente degustador o consumidor de productos culturales de alto nivel. ¿Tenemos real y verdaderamente un público lector en nuestra media isla hoy, hay espacios para el debate de ideas y la civilizada discusión de los grandes temas nacionales, se renuevan las artes y las letras impulsadas por una poderosa creatividad en perpetua ebullición y renovación transformadora que las internacionalice de una vez por todas, que de una vez por todas las inscriba por derecho propio en la corriente de la cultura universal?
Año tras año se suceden sí la aparatosa y costosísima Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, los Premios Anuales de Literatura, Música, Teatro, Ensayo… que otorga el Ministerio de Cultura y el Premio Nacional de Literatura que auspicia la Fundación Corripio, y de igual modo las charlas y conferencias y la puesta en circulación de libros proliferan de mes en mes, pero cada vez tenemos un pueblo más inculto y menos instruido, encerrado en su feroz individualismo, volcado de forma frenética al consumismo de bienes y servicios, que invierte sus horas de recreación y de ocio en el consumo desbordado de bebidas alcohólicas y de deleznables productos de la cultura de masas (culebrones, cine mediocre, revistas de sociedad y de farándula, bachata, merengue de calle, reguetón, dembow…).
Aquí conecta de nuevo el Poder con su interesada conveniencia y sale notablemente fortalecido y ganancioso, porque el ruido atronador que se produce de la mañana a la noche a lo largo y ancho del país en colmadones (que desbordan su frenética actividad a las vías públicas), bancas de apuestas, liquor store, car wash, etc., generado por una población idiotizada y narcotizada, siempre en permanente francachela, dispendio y relajo (por no hablar del caos inverosímil del tránsito urbano e interurbano que protagoniza, el cual cobra anualmente su alta cuota de muertes, así como los elevados niveles de violencia intrafamiliar con su alarmante índice de feminicidios), es sin lugar a duda un lograr imponer de nuevo de forma contundente, como si dijéramos con otra terrible vuelta de tuerca, el sinsentido, la no significación, el vacio, la pura mudez, el opaco silencio, la horrible y dolorosa presencia de una humanidad menoscabada y degradada, corrompida, cosificada en suma.
El sosiego y la paz alterados por un consuetudinario, estruendoso desorden y con esto toda posibilidad de emplearse un segundo a la reflexión y el pensamiento, a la conversación rica e inteligente, al “otium cum dignitate” que decían los latinos, de nuevo (reitero) a cuantos no comparte tal forma de vida –esta “moderna cultura nacional” deliberada y perversamente dirigida desde arriba–, no le queda más recurso que el refugio en su propia interioridad preservada e invicta, el exilio interior, único modo hoy por hoy y hasta nuevo aviso de escapar, en el degradado y exiguo espacio de esta media isla por completo a la deriva, a la implacable corrosiva doble dictadura de la Masa y el Poder.