Eso que llaman pueblo

Amir Valle

gente-de-cubaCuatro hechos ocurridos en los últimos meses me han lanzado a escribir este comentario. Hechos aislados, en apariencia, que apuntan a una verdad que muchas voces de la isla y el exilio cubano repiten desde hace un tiempo sin que nada pase: ¿a qué tanto alboroto internacional si quienes queremos un cambio en Cuba no hemos sabido movilizar al pueblo?

Primero, el comentario que un colega periodista alemán me hizo ayer a través de Facebook: “¿viste al pueblo en masa apoyando los cambios de Raúl en los desfiles por el primero de mayo en la isla?”, me dijo, y me fue fácil oler detrás del tono de sus palabras ese tufillo que desprenden los que se creen vencedores, en nuestro caso, de una cordial y larga discusión de varios años sobre ese peliagudo y complicado asunto que es el apoyo o rechazo de los cubanos al sistema social implantado por Fidel, Raúl y camarilla en la isla.

Segundo, la visita de un familiar de mi esposa, llegada desde Cuba y su respuesta a la pregunta sobre qué decía la gente en la calle: “no pasa nada, todo el mundo habla, es verdad, pero luego se va a lo suyo, a luchar y se olvida de lo que dijo”, convencida de que nada pasaría porque al cubano de a pie, como ella, que era la inmensa mayoría, lo único que le interesaba era buscarse la vida, resolver, y ya no importaba siquiera quién dirigía el país. Los supuestos cambios anunciados por el gobierno sólo les importaban en la medida en que facilitaran “resolver” la vida. Pero todavía más chocante fue saber que ella vive en Centro Habana, a una cuadra de una reconocida Dama de Blanco y nos dijo: “ah, sí, son mujeres que visten de blanco, y piden que dejen libres a sus maridos. La gente dice que los yanquis les pagan y a veces les hacen actos de repudio, pero a esos traen gente de otras partes y sólo se les unen los comecandelas del barrio”. Así tan simple, llano y reductor como se oye. ¿Y por qué esa abulia política?, pregunté, y respondió, sin pensarlo: “Lo que comenta todo el mundo es que la vida está muy jodida para andar metiéndose en esa candela de la política”.

Tercero, la llegada a Berlín, casado con una pintora alemana de un muchacho a quien tuve de alumno en mis clases de narrativa en Centro Habana hace unos años. Tiene 25 recién cumplidos, acaba de graduarse de derecho y suelta una visión muy apocalíptica de la política: “allá, la mayoría de los jóvenes no cree en la gente de Fidel; cree que los pocos disidentes que hay, se pasan la vida fajándose unos con otros por un poder que ni siquiera tienen y dicen que si con los que tenemos nos ha ido mal, con esos otros opositores nos irá peor…, la idea más extendida es que el futuro está en otras partes”. Ha tenido la oportunidad de conversar con algunos disidentes y sostiene que “no tienen idea ni de cuáles son los fundamentos de la ideología del grupo o partido al que pertenecen, ¿crees que así pueden convencer a alguien de sus programas?”.

Y cuarto, un exiliado cubano, que pudiéramos llamar “de los históricos” pero que hace muchos años no quería saber nada de política cubana porque, me confesó cierta vez, le dolía ver con cuánta genialidad Fidel Castro había logrado dividirnos y hacer que “los cubanos se maten unos a otros por una simple diferencia de criterios”. Ahora, cuando supo que varios opositores cubanos estaban dando giras políticas por el mundo, volvió a seguir las noticias sobre Cuba y su reflexión realmente me congeló: “aunque muchos no quieran darse cuenta, estas giras han dividido todavía más al exilio en bandos todavía más irreconciliables. Ahora no se dividen entre castristas y anticastristas; ahora están los antiyoanis, los proyoanis, los antirodiles, los prorodiles, los elieristas y losantielier, los propayá y los antipayá, y así… Y lo peor es que unos a otros se pasan todo el tiempo usando este rollo de internet para denigrarse entre sí. Cada uno de estos, aunque se conocen desde Cuba, todo el tiempo hablan sólo de ellos mismos, de sus proyectos, y no sé, me suena a capilla, a caudillismo, eso de evitar mencionar a otros destacados opositores. Pero aun “mapior”, como decía mi padre que en paz descanse, es que nada de eso que ha pasado acá afuera, si llega a saberse, moverá una hoja en Cuba. Raúl y Fidel deben estarse meando de la risa”.

No estamos hablando de Venezuela, un país dividido en dos partes claras: los que siguen al chavismo y los que están contra el chavismo. Porque aunque muchos digan que la gran mayoría de los cubanos quiere un cambio, la realidad se muestra tozuda: mientras incluso los más conocidos opositores sólo logran que algún que otro vecino o amigo los apoyen, el gobierno moviliza y llena las plazas de cientos de miles de cubanos. Ya sabemos a qué métodos sucios acuden, qué presiones utilizan, qué resortes de represión silenciosa utilizan para lograr que muchos “descreídos” acudan a esas movilizaciones. Pero negar que otros cientos de miles de cubanos apoyan realmente a la dictadura cubana es, más que ceguera política, idiotez política.

Hace unos meses, curiosamente días después de que comenzaran las giras de los opositores, un diplomático cubano le confesó a otro diplomático alemán, amigo personal a quien respeto mucho, que “sabemos lo que va a suceder: la prensa extranjera hablará primero de estas visitas, serán noticia y luego sólo aparecerán en periódicos menores, en publicaciones del exilio cubano, hasta ser sólo tema de una pequeña nota en una esquina de cualquier periódico; primero esa escoria va a ser recibida hasta por altos funcionarios, pero una vez que se hayan ido de sus flamantes oficinas ya nadie ni se acordará de lo que allí hablaron porque así son los políticos en cualquier parte del mundo, hasta los que están contra nuestra Revolución son así de hipócritas”. Pero sobretodo a mi amigo alemán le llamó poderosamente la atención el absoluto convencimiento que tenía el diplomático cubano de que “hagan lo que hagan esos mercenarios, digan lo que digan, hablen donde hablen, nada pasará dentro de la isla porque allá en Cuba a esos opositores no los conocen ni sus madres.  Y a partir de ahora nadie nos podrá acusar de no permitirles que manifiesten públicamente sus ideas. Ahí está la mayor prueba en su contra: los hemos dejado recorrer el mundo, reunirse con sus patrocinadores en el extranjero, tener plataformas públicas para que hagan sus críticas”.

Obviando el cinismo de las palabras de este “diplomático” de la dictadura, hay un detalle en sus palabras que no podemos perder de vista: el trabajo con los cubanos de a pie, con la gente, o con eso que los dictadores llaman pueblo (como si se refirieran a corderos a pastorear) es todavía la lección pendiente de cualquiera de los dirigentes opositores o los grupos ideológicos disidentes que representan.

Para ello (y es también una tarea pendiente, y creo yo que es el primer paso), es obligatorio establecer pactos entre los grupos opositores dentro de la isla; y entre estos grupos y los grupos del exilio, uniéndonos en los objetivos comunes (dejando a un lado las diferencias, las capillas, los caudillismos, las paranoias paralizantes y divisorias, etc.).

Ya se ha dado un gran paso: se ha reafirmado de cara al mundo, en voz de quienes luchan en la isla buena parte del horror dictatorial que se vive dentro de Cuba. Pero, aclaro, no se puede olvidar que ya el mundo conocía esa situación gracias a la voz de opositores, instituciones, organismos, medios de prensa del exilio que han dedicado largos años a combatir la dictadura. Es decir, lo que el exilio cubano lleva décadas denunciando, ha podido al fin ser ratificado con testimonios de opositores cubanos que luchan dentro de la isla. Querer monopolizar la lucha de la dictadura en una sola facción es un error capital.

¿Qué nos queda? Fijar la mirada, los pasos futuros, todos los esfuerzos en eso que llaman pueblo. Oswaldo Payá, que fue quien más logró a través de ese asombroso trabajo buscando apoyo popular en la recaudación de firmas del Proyecto Varela, tampoco logró lo que se necesita en realidad. Porque no se trata de lograr firmas; no se trata de que la gente sepa (y piense en silencio) que es necesario que el país cambie, se democratice, se libere de la dictadura: se trata de lograr la participación ciudadana en la oposición.

Y eso, me queda claro, no lo va a lograr ningún caudillo por sí solo. Ya tuvimos bastante con cinco décadas bajo la bota de un caudillo. Ahora debe hablarle al pueblo la voz de la democracia, es decir, la voz de todos los opositores, pero a una misma voz, en un mismo tono de respeto y movilización y complicidad, con un solo mensaje: el de la unidad. O nos unimos (en el exilio y la isla) y salvamos el país. O la dictadura nos enterrará a todos. Es así de claro.