Félix Luis Viera, convertido en uno de los escritores imprescindibles en la historia de la Literatura Cubana desde que sus libros de cuentos Las llamas en el cielo yEn el nombre del hijo adquirieron la categoría de “clásicos nacionales” y “libros de culto” para varias generaciones de escritores en la isla, nos comentó en un mensaje electrónico que le gustaría rescatar aquella tradición de épocas pasadas en la que escritores que hoy consideramos “universales” convertían a miles de lectores en perseguidores cautivos de sus novelas por entregas.
Confesamos que nos surgió la duda: ¿podria ocurrir lo mismo con las nuevas generaciones de lectores, acostumbradas más a la lectura rápida en pantalla que al goce con las historias contadas a retazos y sazonadas con el olor fresco de la tinta de imprenta, como sucedía en siglos pasados?
Así, como un reto, surgió la idea de publicar en OtroLunes, por entregas, la novela La sangre del Tequila de este reconocido escritor y amigo. Y nos complace decir que Félix Luis no se equivocaba: miles de lectores clickean en cada número de la revista sobre estos capítulos de su novela, como demuestran nuestras estadísticas de lectura. Y en cada nueva entrega, nuevos lectores se suman.
Aquí, como en los números anteriores, ofrecemos a esos “cautivos” un nuevo capítulo, como se dice mucho en español, “recién acabadito de sacar del horno”.
Redacción de OtroLunes
El sur
La embajada de Cuba en la ciudad de México resulta un edificio de arquitectura más bien moderna y hechura reciente que se halla en la avenida Presidente Masaryk, en la glamorosa colonia Polanco. Un edificio de dos alas grandes, pintado de amarillo pollito moribundo. Mirando desde fuera el ala de la izquierda es el consulado. Habíamos estado allí seis días atrás y la mulatica breve, risueña que nos atendió en la ventanilla nos entregó un recibo y nos “orientó”, como dicen en la Cuba castrista, que fuéramos a pagar ahí enfrente en la avenida, en un banco.
He dicho “nos” porque Irene iba conmigo (por momentos parecía ser mi ayudante, por otros que yo era su pupilo). En el banco, ella pagó con una tarjeta de crédito; es decir, una papeleta de plástico con la que uno compra y por ahí se lo registran en un banco para que pague luego. Antes yo había sabido de esta tarjeta, pero no el ciento por ciento su intríngulis; ahora, Irene me explicó
Hoy, a los seis días, volvimos y la breve y placentera y alada mulatica nos trató igual de grata y me entregó el pasaporte actualizado. Según mi cálculo le echó una mirada entre amable y despreciativa a Irene, quien no la estaba mirando en ese instante. Cuando salíamos, el portero —un negro casi viejo, con un saco gris claro de tela rugosa perfecta y sin duda recientemente planchado, un pantalón azul de Prusia—me devolvió mi llavero y otras pertenencias —por ley había que dejarlas con él al entrar—, pero antes había detenido el llavero, con la efigie de José Martí, por unos instantes delante de mis ojos, “el héroe”, dijo, o me dijo.
De ahí enrumbamos hacia el Instituto Nacional de Migración, al pie de la Glorieta de Insurgentes. Estuvimos o estuvo Irene buscando el estacionamiento demasiado rato si tomo en cuenta que la cita con el licenciado Osvaldo Serra era a las doce del día. Cuando me identifiqué en la recepción, justamente a las doce del día, la señorita (así se les debe decir, no tienen otro título, aunque orgánica, virginal, sexualmente no sean señoritas) me dijo que el licenciado me estaba esperando. Nos indicó el ascensor y el piso. La secretaria del licenciado nos hizo pasar enseguida, nos acompañó los seis u ocho pasos que separaban su escritorio de la puerta del despacho. El licenciado Osvaldo Serra nos brindó café y reportó una amabilidad desbordante. Dijo estar preocupado porque no me hubiese llegado su aviso para la cita (su secretaria me había dejado el recado con Marisela).
El licenciado portaba un reloj que tal vez valiese todo lo que yo había consumido en mi vida. Luego de un etéreo diálogo de trámite, nos indicó, hablando en plural perfecto, que debíamos pasar al piso tres y ahí ver a la licenciada Laura Arias, que nos estaría esperando.
La secretaria de Serra tenía uno de esos culos de mujer que hace que la portadora, cuando camina, al parecer lo va jalando en contra de la ley de la gravedad que, al parecer, lo va jalando desde el centro de la tierra. Una pugna infinita.
Laura Arias ha sido hasta hoy una de las mujeres más dulces que he conocido en esta ciudad. Me trató como a un niño perdido y habló de que un poeta nunca debería estar “desregularizado” en este país ni en ninguno. Celebró el vestido de Irene (azul marino, de una sola pieza de blusa y pantalón, que se ceñía en la cintura y al llegar al busto tenía una miríada de alforzas verticales que finalmente, cuando arribaban a la base del tetamen, impulsaban el principiar de sus senos angelicales). Leyó el oficio que yo le había extendido, firmado por el licenciado Carlos E. Mainero del Castillo, Director de No Inmigrantes del Instituto Nacional de Inmigración, con copia a otros dos licenciados jefes, donde se me avisaba que debía abandonar el país en un plazo de tres días a partir de la fecha de recibo. Aunque Mario Trejo me recomendara lo contrario: esperar por si él lograba una conexión de Palanca, yo me había presentado en ese mismo edificio donde ahora estaba frente a Laura Arias para confiar una vez más en lo Justo, algo tan lejano de la Ley; es decir, un pedido para que me autorizaran a vivir en este país. Según las normas, fui catorce días después a buscar el veredicto, que ahora la licenciada Laura leía como si aplicara una retórica visual y mental. Yo había decidido, después de conocer al Almirante y de saber de la existencia del licenciado Osvaldo Serra, que sería lo honesto enseñar esta carta mediante la cual me habían instruido salir “del territorio nacional”. No la enseñes, me aconsejó Irene cuando se lo hice saber camino a la oficina de Serra; antes, ella desconocía que yo llevaba la carta. La saqué de mi saco de marca Sesenta Pesos en el Eje Central cuando calibré el trato dulce de Laura Arias. “Gracias, pero no habrá problemas”, dijo ella luego de leerla y me sonrió de nuevo como se le sonríe al niño jodido. Anotó para mí de su puño y letra los documentos que debía presentarle lo antes posible, que incluían una solicitud para un trabajo que un mexicano no pudiese realizar a totalidad.
Cuando tomábamos por la avenida Sullivan, Irene me dijo que era necesario pagar el agua, ahora mismo, no “podemos” esperar más. Tenía una deuda de tres bimestres. (Marisela, encargada de hacer los pagos, por lo menos dos veces delante de mí le había recordado la deuda. Y a mí me había pedido que se lo recordara a la “señora”, lo cual hice varias veces en los últimos treinta o cuarenta días).
Cuando estacionó frente a la Tesorería, Irene me preguntó si yo traía una calculadora.
—¿Para qué?
—Quiero tener una idea del recargo que debo pagar.
—¿Y ahora? ¿Cómo tú crees que yo pueda traer una calculadora?
Movió la cabeza como expresando una sensación de incomprendida. Luego chasqueó la lengua, quedó mirando hacia afuera por su ventanilla unos segundos. Volvió la vista hacia a mí y dijo en alta voz:
—¡¿No se te ocurrió que podríamos venir a pagar el agua?!
La celda
Desde niña, catecismo mediante, escuchado allá en San Mateo Oxtotla de parte de la madre —que no lo leía, porque no sabía leer, pero lo había heredado de memoria y de memoria se lo heredaba a las hijas—, Sandra Vélez tenía conciencia de que el destino de hombres y mujeres era crecer y multiplicarse. Cuando parió su cuarto hijo, el marido le dijo que había un problema: ¿cómo podrían resistir ese paso de tener un hijo cada uno, dos años a lo sumo? A final de la primaria, la única escuela que Sandra conoció, la maestra, cuyo nombre ella no olvida: Fátima Armenta, se pasó quizás un semestre indicando lo que era la contranatura, la ofensa a Dios, el castigo, inclemente, que recibirían aquellos que fuesen contra las leyes Divinas, los que olvidaran para qué nos habían creado y asumieran una conducta diabólica mediante cualquiera de las infracciones carnales. ¿Qué sería esto?: por mucho que habló del tema la maestra, a Sandra no le había hablado claro. La madre, con metáforas dulces, comprensivas para una niña de once años que, debió pensar la madre, se interesaba de modo alarmante por el tema, le explicó: un gallo y una gallina estaban hechos para hacer pollitos, y los pollitos se hacen por aquí —y tocó la entrepierna de la niña—, no por otra parte; el gallo le anda a la gallina por aquí, no por otra parte, ya te diré más cuando seas mayor. Y cuando fue mayor le explicó. Y aún más: vieron ambas cómo el Diablo se había apoderado de una vecina que dos días y dos noches, dando gritos, corría y se revolcaba por el camino de terracería, los platanales, por la orilla del río; gritaba en cada casa de San Mateo sin que el marido ni los hijos ni las amigas ni nadie pudiese controlarla, hasta que se la llevaron en una ambulancia que tardó eso: dos días en llegar. La vecina había sido castigada por Dios por hacer el sexo en contrasentido, comentó la madre, comentaron vecinas y vecinos; ella, la maldecida por Dios, había presumido de su contranatura con dos vecinas y así había bastado para que lo supieran las 36 mujeres de San Mateo Oxtotla. Algo del mismo corte, se sabía, les había ocurrido a dos jóvenes en el pueblo cercano, Izúcar de Matamoros: llevaban amores contranatura, se exhibían por el pueblo como si fuesen hombre y mujer, o mujer y hombre, hasta que un trueno soltado por Dios los convirtió en dos manchas rojizas, esa tarde en que paseaban por la orilla del río. Y había más ejemplos de la mano de Dios contra quienes cometían pecado carnal, muchos más ejemplos, me dijo Sandra allí en la colina. Sin embargo, ella, a los dieciséis años, cometió pecado carnal. Con el güero, el argentino, allí, junto al río que pasaba a unos cien metros por detrás de su casa. Ella era la novia del güero, el argentino. En las postales que había visto y leído en los calendarios, las láminas y composiciones con que había trabajado en la escuela, los anuncios en las tiendas y farmacias de Izúcar de Matamoros, constaba, era fácil de descubrir, que los güeros rara vez eran novios de una morena, aun de una morena clara como ella. Únicamente una morena con mucha fortuna podría ser la elegida de un güero. De modo que años después, cuando su marido, el albañil, una de esas noches de borrachera, cuando ella estaba menstruando, decidió, decidió él, penetrarla por el ano, no podría imaginar que ella, por ahí, no era virgen desde los dieciséis años. Y conforme le había sucedido con el güero, el argentino, no sintió ella gusto entonces con el marido, sino más bien un dolor leve que, si bien leve, le llegaba aun a los ojos. ¿Habría diferencia entre el pene del argentino y la del albañil? Sí, creo —me contestó—, haz de cuenta que el del argentino era más aguadito y más chiquillo. Como en muy poco respondía en esas ocasiones en que el marido, casi siempre borracho, la penetrara por el ano cuando ella estaba menstruando, él la mandó al centro de salud para que buscara el remedio. Pero Sandra rechazó en dos ocasiones el dispositivo intrauterino y quedaban tres caminos, le dijo la doctora del centro de salud: llevar el sexo seis días antes y seis después de la menstruación; tomar unas pastillas que, precisamente eran caras y no las había en el centro de salud; o inscribirse para recibir quincenalmente tres paquetes de condones —“de esos a los que la gente gacha les dice ´lienzo azteca´”—. Cuando él se emborrachaba no estaba en condiciones para sacar esas matemáticas de los seis días antes y seis después, le dijo el marido y decidió, decidió él, por la inscripción para los condones.
El sur
La estación del metro Indios Verdes está en el copo Norte de la ciudad de México. Me he puesto a revisar y las regiones Sur de muchas ciudades suelen ser las de mejor vida; y por tanto las más mansas para el transcurrir. Quién sabe por qué. Además de la zona Centro, con sus más y menos, una gran porción del Norte de la ciudad de México clasifica entre lo más descuidado por la mano de Dios, lo más peligroso, lo más pringoso.
El peligro mayor en el metro Indios Verdes, yo lo sabía, todos lo sabemos, está en los alrededores, entre su infinitud de vericuetos con puestos de venta callejeros, en los vendedores pregoneros junto a las escaleras de salida, en las interminables bases de microbuses hacia destinos varios; y de allí, sobre las cercanías a las salidas del metro Indios Verdes, se han impreso, radiado, televisado, comentado, solo en los últimos años, cientos de asaltos. Uno lo sabe. Todos lo sabemos. Aun los que piensan que los asaltados deben ser otros, no ellos, en el fondo saben que los asaltados, golpeados, matados, pueden ser ellos. Pero uno debe partir hacia las zonas más peligrosas, hacia el Norte en este caso, por la sola razón de que tiene que ir. Allí, cerca de la estación Indios Verdes, está ese periódico de Izquierda. Si me bajo del metro dos estaciones antes, agarro un pesero, o si las finanzas dan, un taxi, llego hasta ese periódico sin aparecerme por la Indios Verdes. ¿Pero qué hacer cuando los comunistas han bloqueado las calles de salida de una estación del metro? ¿No sabemos que los comunistas, además de ser capaces de cerrar una o varias calles, a veces por causas baladíes, están capacitados incluso para bloquearlas por el tiempo que ellos estimen, sabedores de que la democracia permite estas desdichas?
Los comunistas habían cerrado las calles aledañas al metro Potrero; protestaban porque el Gobierno había sugerido construir un aeropuerto en un paraje cercano al norte de la ciudad de México. No supe bien por qué a los comunistas no les convenía la construcción del aeropuerto en aquel lugar. Solo que, según los reportajes, a quienes vivían allí no les cuadraba o no estaban de acuerdo con el pago dicho por el Gobierno por sus tierras. Como tantas veces —y las que faltan—, los comunistas se sumaron al himno de los reclamantes, aunque el asunto no tuviera que ver con ellos ni les importara aeropuerto más, aeropuerto menos. Ya lo sabemos: los comunistas se hacen rémoras de cualquier causa siempre que esta vaya contra el orden auténtico; excepto cuando esta determinación signifique trabajar o estudiar duro. Porque es de todos sabido: a los comunistas no les gusta trabajar, solo discursear, disertar, sermonear, y suelen cursar la Universidad en 10 o 12 años acaso mientras sermonean, disertan, discursean.
Desde que me vi frente a la escalera de salida, a las cinco de la tarde más o menos —la hora en que abría la pagaduría de aquel periódico de Izquierda—supe que me iban a asaltar. Es decir, estuve seguro de que me iban a asaltar, no que lo supe. Es decir, ya era hora de que me asaltaran allí: la ley de probabilidades no me favorecía: por varios motivos, unas veces la escasez de tiempo, otras una lluvia cerrada y larga que me aconsejaba seguir hasta la Indios Verdes, y otras porque la molotera de entrada y salida del vagón no me había dado chance para bajarme en Potrero, había seguido hasta el final. Es decir, yo, aún sin haber tomado hacia las escaleras de salida, ya daba por seguro que el asalto era inaplazable. Como les ocurre a tantas personas que así lo sienten en semejantes circunstancias, y luego, ya ven, no pasa nada. Eso pensé, pensé, pensé: no pasa nada, y sin embargo, estaba seguro de que iba a pasar.
En medio de la barahúnda de personas que salían y entraban de la estación, pensé en retroceder; pasarme de andén y regresar hacia el metro Potrero. ¿Pero habrían concluido los comunistas su bloqueo de calles?, ¿ya estarían humanizadas las salidas de la estación Potrero, donde cientos y tal vez miles de personas se apelmazaban adentro, en las aceras, buscaban escurrirse por algún intersticio para acercarse a su destino? Lo más probable sería que no: los comunistas son extensos en sus ofensivas.
Solo di cuatro pasos al terminar las escaleras y ahí estaba el tipo, y junto a él otro que miraba hacia la entrada, hacia atrás, hacia los lados, como los guardaespaldas. Desde la altura de su cintura me mostró una navaja que de este modo quedaría fuera de la vista de quienes pasaban cerca, chorros y chorros de seres que entraban y salían. Me dijo “ya valiste”. Me conminó con su avance a que yo avanzara en retroceso hacia el muro. A ver qué traes, me dijo indicando con un gesto de cara hacia la bolsa de vinil que yo traía colgada del hombro. Pensé que de todas formas el asalto no estaba siendo muy trágico, hasta ahora se cumplía el protocolo de una ratería elemental. Pero entonces, cuando me recosté al muro, sentí el miedo; un poco más de miedo que cuando estaba al subir las escaleras seguro de que me iban a asaltar. El guardaespaldas le dijo al principal, “de volada, Tamal”, y seguía moviendo la vista hacia uno y otro sitio. El Tamal me arrebató la bolsa, que yo ya me había bajado del hombro. La abrió de un jalón impiadoso de la cremallera. Quienes pasaban muy cerca de nosotros tres (sí, éramos tres, tres personas según los cánones biológicos y religiosos) se daban cuenta del lance y apresuraban el paso, miraban para otro lugar. El Tamal se enrabió cuando comprobó que la bolsa sobre todo contenía papeles impresos. ¿Y esto?, decía en la medida que sacaba una y otra hoja. ¿Debía responderle al Tamal que eran poemas, excepto tres cuartillas del artículo que iba a entregar al periódico? ¿Y la lana?, inquirió el Tamal encimándome el rostro y entonces me llegó su aliento avinagrado. Tenía un bigote marchito, los labios amarillentos, sus ojos incoloros estaban sumamente hundidos. Ándale, cabrón, el dinero. Y me pegó la navaja en el bajo vientre, porque a esa distancia estaba su cintura de mi cuerpo y él no querría subir la mano para que ahora sí la navaja fuera vista por los pasantes. Yo evadía hablar para no enseñarle mi acento. El noventa y nueve por ciento de los delitos en la ciudad quedan impunes. En ese instante de pánico comprendí que si el Tamal, su guardaespaldas y yo teníamos la suerte de caer en el uno por ciento restante, yo me las vería de muerte: la Policía, para levantar el acta, me pediría los documentos con que yo no contaba. De modo que debía elaborar rápidamente. ¿Sesenta y cuatro baros?, ¿es eso todo lo que tienes?, me dijo el Tamal cuando le entregué el dinero que me había sacado del bolsillo interior del saco, encimándose aún más, casi cuerpo contra cuerpo y la navaja pellizcándome allí abajo. Nada más, dije, tratando de que la voz no me temblara y de pronunciar con acento neutro. Pinche puto, ¿y la morralla?, me dijo escupiendo más bien las palabras contra lo alto de mi pecho y le pasó los billetes a su custodio, que se había puesto a su lado pero de espaldas a mí. Metí la mano en el bolsillo izquierdo de mi pantalón y le entregué las monedas. Los calcetines, Tamal, le dijo el guardaespaldas volviendo la cabeza hacia acá un momento. El Tamal me registró los bolsillos del saco, impetuosa, rápidamente, mediante la mano que tenía libre, y luego me ordenó, casi gritando, que volteara mis calcetines. Cuando me incliné para hacerlo vi que él tenía en un pie una chancleta negruzca y en el otro un tenis percudido que tal vez había sido rojo. Me dijo que caminara hacia la entrada del metro y no mirara hacia atrás.
Trasbordé en varias líneas para llegar a la estación Mixcoac. Agarré a pie hasta la casa. Unos dos kilómetros quizás entre pocos peatones y sinfín de automóviles, microbuses, camiones; ruidos no solo de motores y cláxones, también de voces, radios, altoparlantes venidos de sitios imprecisables. Caminaba con la sensación de que me habían violado; un estado semejante al que debe sentir una mujer cuando ha sido violada sexualmente por cualquiera, al azar, al bulto; cuando ha tenido dentro de sí el falo a la fuerza de alguien que ella entonces siente como otra inmundicia con que nos ha castigado el hacer de la naturaleza, o de la sociedad. Adicionado, me amargaba que el Tamal ni siquiera llevaba una navaja decente; estaba suficientemente mohosa, como pude apreciar; me abrumaba además cuánto se había descantillado la Humanidad desde que Tomás Moro concibiera aquella islita de ensueño hasta el momento en que un hombre, en plena luz del día, resultaba asaltado con fuerza por otros dos, rodeados los tres de voces, pregones, personas a las que no les importaba.
Le conté el lance a Marisela. Lloriqueó. Me preparó una infusión para los nervios, dijo. Ella tenía en su cuartico yerbas curativas y estimulantes de todo tipo, aseguraba. Se movió de la sala a la cocina y de regreso con esa rapidez vacilante que la caracterizaba.
—¡¿Y cómo será posible que te metas en un lugar como ese?! ¡¿No se te ocurre que ahí te pueden asaltar?!
Me dijo Irene en la noche, al regresar del trabajo, cuando yo apenas iniciaba el cuento.
La celda
El río que pasaba a unos cien metros por detrás de la casa de adobe y parte de carrizo y techo de guano de la familia de Sandra Vélez, donde ella, desde niña, lavaba sobre unas piedras, era límpido; se podían observar aun los pequeños peces que nadaban en sus aguas, grupitos que, al sentir a algún cristiano acercarse demasiado a la orilla, huían para aparecer de nuevo un poco más allá. “Así jugaban”, dice Sandra.
Debemos suponer que esa tarde en que el güero, el argentino, poseyó a Sandra por primera vez contranatura, es decir, por el ano (es fea esta palabra, pero los sinónimos son peores y sus apelativos aún más), así estaba de limpia el agua. Ella se veía con el güero en la orilla más distante de su casa, a la cual pasaba sobre unos maderos puestos sobre el caudal más bajo. Esa tarde, luego de la insistencia acumulada día tras día por el argentino, ella cedió al fin, cuando, me ha dicho, el calor que sonaba en su cuerpo en esos momentos le anuló el pensamiento. El argentino, como en otras ocasiones, la había masturbado allí —esa tarde tres veces casi sin interrupción de una para la otra—entre los árboles, le había libado los senos durante mucho tiempo, o le pareció a ella que había sido mucho tiempo, y fue esa tarde también cuando Sandra Vélez le lamiera el pene a él por primera vez. El güero, quien aseguraba que era fiel creyente, ferviente hijo de Dios —lo cual, por si no bastaran sus palabras, quedaba demostrado en las tantas oraciones, citas, máximas bíblicas que decía de memoria—le había explicado convincentemente a Sandra Vélez que no le faltarían a la palabra a Dios si se hacían estas cosas entre un hombre y una mujer, un hombre y una mujer, recalcaba, que se amaran con tanta lealtad y desinterés como ellos dos.
Pero existían las leyes de los humanos: para ninguno de los dos sería prudente hacer el sexo por delante, pues esas leyes condenaban a los varones mayores de edad mayor como él, con cuarenta y dos años cumplidos, que poseían a una mujer Menor de Edad, como ella, con dieciséis. Y había más: ¿no sería posible que ella quedara embarazada por muchos esfuerzos que él, el güero, destinara para lo contrario? ¿Si quedaba embarazada, no sería una vergüenza mayor para los dos, para la familia?, ¿tendría él valor para reconocer ante los padres de ella, a quienes ya les había anunciado el casamiento, que no había sabido cumplir su palabra, se había adelantado? ¿Quedaría para la buena memoria de ambos que entonces realizaran un casamiento atropellado, sin la fastuosidad que un evento así merecía, y por demás sin el acomodo financiero que él veía cercano de acuerdo con su progreso como funcionario allí en las minas? Así, por el momento, hacer el sexo por donde él le proponía era lo más acertado para ambos, Dios lo comprendería.
Pero estos parlamentos del argentino no habían convencido hasta entonces a Sandra Vélez, ni la convencieron en realidad esa tarde. Solo que, casi totalmente desnuda, sintiendo que por cuarta vez el güero frotaba su clítoris —mientras ella sostenía el pene enhiesto de él—, no tuvo conciencia, no la tiene aún, no lo puede recordar con justeza, de ese momento en que tomó la mano del argentino y la puso en su entrenalgas. Entonces él, junto al árbol de anonas en que la tenía recostada, le sacó la ropa completamente. La indujo a que caminara unos pasos, la puso en cuatro patas.
¿Qué sentiría el argentino al ver ante él, levantadas, las nalgas de Sandra Vélez, de dieciséis años, convidantes? ¿El sol de chanfle del ocaso, iluminaría tenue la espalda, las nalgas, el dorso de los muslos de Sandra Vélez?
Entonces, quizás durante unos cinco segundos, ella pensó que los blancos, los güeros, sabían mucho más que ella y su familia toda, de manera que no estaba mal ofrecer lo que en ese momento le ofrecía al argentino. El güero le pidió calma, unos minutos de estoicismo mientras Sandra sentía el glande de él indagando en su ano y una mano de él, la izquierda, apoyada en una de sus caderas, la izquierda, que oprimía ligeramente. ¿Sería con la savia de alguna planta de las que estaban a su alcance con la que él estaba untando su ano?, porque ella sintió que él le untaba algo luego de intentar seis, siete, más penetraciones fallidas.
Sandra Vélez, entonces aun con menos conciencia que cuando tomó la mano de él y se la puso en la entrenalgas, pidió a Dios que el argentino, quien con intermitencia, quitándole la mano de la cadera, pespunteaba con un dedo, velozmente, en su clítoris, lo lograra. Ella miró en dirección al río en esos instantes y vio como una brisita suave, de marzo, movía con ligereza la yerba. Entonces sintió un calambre, cierto crepitar en las tripas al parecer —y ese dolor leve—, cuando el güero llegaba hasta el fondo, retrocedía a la mitad, volvía hasta el fondo, entretanto le acariciaba con suavidad los pezones, y así, fue estableciendo un movimiento acompasado hacia adelante y hacia atrás. Cuando el argentino eyaculó en las honduras de Sandra Vélez, ella sintió algo así como un montón de alitas que recorrían todo su cuerpo.
