La inocencia del imán y la libertad imaginativa
Desde la época de los imbroglios y laberintos gracianescos, había una grotesca e irreparable escisión entre lo dicho y lo que se quiso decir, entre el aliento insuflado en la palabra y su configuración en la visibilidad. El ícaro verbal terminaba en los perplejos de cera. Engendraba ya primorosas y pavorosas equivocaciones en el manierismo, una palabra de dos cortes y un significar a dos luces. (…). Un argentino en Europa, en la misma unidad temporal, revisa los laberintos de sus juegos de infante, y un porteño musicaliza los laberintos de Bomarzo, en la Italia barroca del siglo XVII. En la historia de los laberintos, se igualan Rayuela y Bomarzo, los dos se nutren del inagotable paideuma infantil.
José Lezama Lima: prólogo a Rayuela, de Julio Cortázar8
“En la historia de los laberintos”, el hilo de Ariadna no puede ser otro que el recurso de la intuición. Descifrar el prólogo de Lezama sobre la novela de Cortázar (digo: descifrarlo desde la perspectiva de las formas; quiero decir, de la racionalidad de este mundo), es una empresa ardua en que también va incluida la lectura de Rayuela, que es inagotable en sus interpretaciones, y que puede ser un ejemplo importante de cómo funcionan los vasos comunicantes. Pero de ambos, Lezama y Cortázar, como de muchos (por ejemplo, en este caso, sería el Bomarzo de Manuel Mujica Láinez) se puede esgrimir otro recurso: la infinita diversidad de interpretaciones intuitivas que presentan estos escritores, es decir, el afán de la interminable sucesión de imágenes por asociación espontánea que provoca su lectura. Aun cuando Cortázar ha sido un creador en el límite de lo real y lo imaginario, Lezama, por su parte, se ha constituido en un verdadero imbroglio de lo imaginario (“una intrincada o complicada situación”, como explica el Merriam-Wester Dictionary), quizás una especie de James Joyce caribeño, como ha dicho algún crítico. Esto significa que la escritura de este poeta cubano está mucho más allá del umbral cortaziano hacia lo imaginario. Porque mientras Cortázar está oscilando en el límite con lo fantástico, y que lo hace de una manera maravillosa, podríamos decir entonces que Lezama escribe desde la Imago, desde otra perspectiva no menos inefable y resplandeciente, desde donde cada una de sus palabras puede implicar una multiplicidad de significados, puesto que cada una de sus frases e imágenes conlleva una plurivalencia que se presta a provocar un impulso de interpretación por asociación intuitiva. Cuando leemos: “El ícaro verbal terminaba en los perplejos de cera”, pudiéramos creer que se trata de una proyección o estallido de la frase (“el ícaro verbal”) en un vuelo metafórico de tal magnitud que nos deja “perplejos”, atónitos, y que esto, por supuesto, sucede en el discurso novelístico de Rayuela.
También podríamos pensar que esta novela se engendró en la arrogancia de la palabra, de los imbroglios y los laberintos por cuanto Rayuela quiso alcanzar el Sol y a pesar de que este quemó las alas del Icaro mitológico, el ser-ícaro de Rayuela siempre logró su trascendencia. Pero ello no sería más que el reverso del caos, un nuevo ordenamiento del mundo a través de nuestro propio asombro como lectores. Rayuela vuela entonces como el hijo de Dédalo hacia el astro mayor de nuestro sistema pero no se incendia ni perece, sino que se desborda y se proclama centro de un nuevo sistema planetario, como mismo sucedió con Paradiso en otro sistema metafórico de infinitas gónadas… En fin, la interpretación suele ser vasta, tan polisémica como es toda buena lectura.
“Una palabra de dos cortes y un significar a dos luces” (y yo me atrevería a decir “a tres luces”) induce a pensar en un argentino en París y otro en Buenos Aires, para hacernos ver cómo Bomarzo (en Italia), Rayuela (en Francia y Argentina a modo de un solo conjunto) y Paradiso en Cuba y el Caribe se reunifican en sus propios laberintos que conforman uno solo, y que en definitiva no son más que puentes comunicantes de una realidad imaginaria que lo encierra todo, y en la que tanto Rayuela al igual que Bomarzo, y fundamentalmente Paradiso, se interaccionan unas con otra y viceversa, en una insólita manera de contar. Estas novelas son de estilos violentamente subyugantes por la imaginación de un azar concurrente (Rayuela), el resurgimiento de personajes históricos (Bomarzo) y la magia de una “realidad cubana secreta” (Paradiso), así como de una palabra que reproduce un movimiento vertiginoso en la imaginación, y las tres seducen en su grafía, en su sonoridad, en su significado sugerente y en sus atmósferas que son realmente envolventes. Para un escritor otro —supongo— resulta imposible que este pueda contenerse de escribir algo propio al leer los tres libros y no sentir el estímulo de sus lenguajes, que se imponen como incitador de ideas e imágenes.
Es así en estos casos, pero aún más en el de Lezama, donde el lenguaje alcanza un portentoso nivel en su presencia, este, el lenguaje, se hace sustancia viva. En él se produce un intenso ritmo interno como si quisiera abarcar el mundo y la historia, lo hermético y sugerente de las mitologías, y como si hubiera un despegue en espiral de lo fónico, para también fustigar con la posibilidad de los significados. La palabra se personaliza y se convierte en protagonista ella misma. Pero junto a su espectáculo gráfico, de símbolos malabares, de un tono barroco, y hasta rocambolesco, la palabra es aquí una suerte de puerta hacia otras dimensiones, independientemente de lo que se quiera significar en el mundo de las formas, del discurso racional, independientemente de su propia trama planteada por el autor (los autores). La creación en este tipo de novela, o de disímiles poemas lezamianos, incluso en la circunstancia nada denotativa de sus ensayos, es vasta, plural, y se deja interpretar con la mayor libertad imaginativa.
Desde la perspectiva de su lenguaje y la correlación asociativa de mis ideas, más que de mis ideas, mis imágenes y fuero interno, lo que me interesa es la conexión entre varias frases que podría re-imaginar y hasta re-dimensionar hacia la comunicación de otro laberinto temático acorde, en este caso, con la llamada “identidad cubana”.
Tomemos, por ejemplo, un fragmento de uno de sus ensayos, “Preludio a las eras imaginarias”, que nos podría proponer disyuntivas angulares de un encontronazo creativo entre la “causalidad” y lo “incondicionado”. Si selecciono un párrafo al azar, a simple gusto o a simple búsqueda por asociación, no podría hurgar en lo que quiso significar Lezama, sino en lo que salta en mi mente de manera automática como asociación mental. Pero lo curioso e interesante de todo esto es que siempre podré descubrir una conexión, un tokonoma que conduce a un ámbito de realidades subyacentes entre el poeta y yo como lector. Veamos cuando dice:
“La lucha por la causalidad y su incondicionado era de raíz mucho más trágica que la que ofrecían la causalidad y las metamorfosis. Trasladada la antítesis causalidad y metamorfosis al mundo griego de la poiesis, la causalidad parecía convertida en sustitución y la metamorfosis en imagen. La condición para que ese reemplazo se verifique era que esa metamorfosis imagen se redujese a su identidad. La semejanza en la imagen, o la totalidad del espejo, confluían en la identidad. La última contemplación de sí mismo, o la esencia de los objetos, confluencia del género triángulo con la especie triangularidad, alcanzan la identidad, en que coinciden el sí mismo y su trágica y tesonera reproducción. La persistencia en la identidad tiende como a crear un doble en la extensión. Yo diría que la sustitución o metáfora es posible en la identidad, porque la identidad es posible en su prolongación, que es la extensión”9.
No voy siquiera a intentar explicar lo que quiso decir Lezama en este párrafo por la sencilla razón de que cuando se escribe, en muchas ocasiones, y este es el caso, no se escribe para un párrafo, sino para toda una unidad ensayística y, de hecho, no estoy analizando aquí “El preludio a las eras imaginarias”, pero sí azarosamente me llama la atención la oportunidad que me brindan estas palabras citadas, extrapoladas, quizás, digamos, para hablar intuitivamente de cómo podría haber sido vista la “identidad cubana” por parte de mí mismo, al decidirme a extraer del párrafo unas cuantas frases y palabras indicadoras de ideas subyacentes. Me explico: cuando se habla de “causalidad” y “metamorfosis” dentro de la poiesis del mundo griego, de alguna manera siento que se me está sugiriendo una visión de la “identidad cubana” como proceso, reconociendo la identidad como “imagen” y “lo cubano” también como una imagen cambiante, que se podría traducir, desde la perspectiva —supongo— de Lezama, a modo de una espiral hacia adelante, que en comparación es cuando confluyen el “género triángulo” y la “especie triangularidad”, porque la “identidad” realmente es una coincidencia entre el “sí mismo y su trágica y tesonera reproducción”. En razón abierta al derecho que le puede asistir a los nacionales de un país a buscar sus orígenes, es cuando siento que tiene veracidad la “persistencia” de reproducirnos en una manera transcultural —como lo veía muy probable y acertadamente Fernando Ortiz—. Y es en Lezama la visión del “doble en la extensión”. Es decir, la “extensión”, nuestra posibilidad como cubano de avanzar en el tiempo. De ahí que nuestra identidad conlleve la fuerza de un ser y no ser para ser. Nos estamos recomponiendo eternamente. Esta es nuestra constante fórmula de afirmarnos y negarnos, lo que de alguna manera —y ahora no es desde la perspectiva de Lezama, sino de la mía personal— que el cubano puede verse en positivo y negativo, según sea el período histórico por el que transita el proceso de esta móvil identidad cubana. Para mí, desde 1959, hay un antes y un después, y el “después” continúa con una espiral negativa, de reducción estrecha de las cualidades y valores del cubano en contradicción con las que antes de esa fecha se venían palpando en la integridad antropológica y social del isleño (y hablo de la década de los años 50, cuando el cubano se venía palpando en progreso muy diferente al isleño de las décadas anteriores). Pero esta comparación no la veía Lezama como tampoco la logró advertir José Martí en su visión de un futuro nacional. Ni mucho menos lo veíamos nosotros como simples habitantes de esa isla. Brevemente podría decir aquí (y ello merita otros ensayos y estudios de diversas disciplinas), que la “extensión” en el cubano es la hibridez (transcultural) de una espiral que en alguna medida puede ser para bien o para mal. Su extensión es la marca originaria de que todo comenzó en los remotos deseos de un español con una mestiza, y también de un español con una negra, y también chinas (os) y mulatos y todo el sinnúmero de razas que fueron llegando a la Isla antes de 1959 (cuando Cuba fue y era receptor de inmigrantes) y a partir de ese “después” se convirtió en diáspora.
En fin, este párrafo del “Preludio a las eras imaginarias” me trajo todas estas conjeturas asociativas, en las que quizás se puedan hallar hilos de Ariadna para salir de uno de los tantos laberintos lezamianos.
En realidad, no quiero discutir la esencialidad o profundidad que Lezama le habría querido imprimir al concepto de lo cubano, desde una perspectiva de lo imaginario. En ello, el poeta que fue pudo haber quedado “hechizado” al mostrar la perspectiva de su ingenuidad política y antropológica, para no decir que pudo haber estado presionado por un contexto señalizador y castrador. En relación con esto último (el señalamiento que sufrió y el intento de castrarle la creatividad), su propio lenguaje se constituyó en valladar y defensa de su integridad como persona, y aún más: como autor, y así sorteó los difíciles riesgos sociopolíticos que le rodearon. De aquí que Lezama asimilara y re-creara su propio aislamiento con una energía como infantil pero enormemente creativa (esa fue, pienso, su descomunal defensa contra el burdo y falso ambiente que le rodeó), defensa con la que pudo rebasar los deslices de sus breves ingenuidades ideológicas si es que realmente fueron ideológicas.
Solo el niño es el prospecto y portento de lo creíble y, por ende, de lo creado. La energía de los inocentes —por la pureza misma— tiene la fuerza del ámbar, y por ello tiene un alcance infinito. Mucho más, cuando a ello se le une la acumulación imaginativa de lo libresco. Es cuando la fantasmagoría de lo corpóreo, las amenazas a la vida y a su acervo intelectual, el poeta las transforma en pura corriente de ámbar, y hace de su derredor una dimensión fantástica, proyectando una fuerza centrífuga para convertirse en imán, es decir, alguien que disemina ese poder inagotable —como el que Lezama tuvo en su ser interior— y que iba (va) de una sensible inocencia a la más desconcertante libertad imaginativa.
Este ensayo forma parte de su libro inédito, Viaje inverso. Hacia el reino de Imago (Una mirada al centro de la fábula), que será publicado próximamente por Neo Club Ediciones.
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