En el poemario Valdivia, publicado en 2006 por Mantra Editorial, el chileno Galo Ghigliotto escribía estos versos:
“cuando grande quiero ser fantasma
lo pienso al escucharlos jugar a las escondidas
o cuando me llevan a la iglesia
y los veo tomando el sol en las plazas
cuando grande quiero ser fantasma
y penar en las bibliotecas
no pasar hambre ni sed ni sueño
ni perder el tiempo en cama
ni entablando conversaciones estúpidas
todos los fantasmas son inteligentes
podría soplar las ideas que se me ocurran
escribir sueños
y leerlos
cuando los vivos estén durmiendo”.
Todo indica que en los últimos siete años Ghigliotto ha logrado ser fantasma. Y penar en las bibliotecas y soplar las ideas que se le ocurren y escribir sueños y leerlos mientras nosotros, los vivos, dormíamos. Me atrevo a decir, incluso, que A cada rato el fin del mundo (Emergencia Narrativa, 2013) es la prueba de que Ghigliotto ha sido fantasma. Es su promesa cumplida en palabras. Ocho relatos como ocho peldaños de unos “paisajes de la mente” –como llama a los pensamientos uno de los personajes de estos cuentos– que suben y bajan por distintas dimensiones. Porque los protagonistas de estas historias tienen la capacidad de desdoblarse y viajar por la conciencia mientras el cuerpo asume una ruta paralela o incluso permanece estático. Siempre habrá más de una vía, más de un cuerpo para canalizar los itinerarios mentales. Pero no crean que se trata de relatos esotéricos o paranormales. Lo que ocurre aquí es de lo más común, es la vida misma en sus expresiones ordinarias. Pero es también la aparición de una veta extraordinaria que de pronto sacude a esas vidas y las expone a un abismo que antes han sido incapaces de advertir. Entonces es el delirio pero también el aterrizaje. O la tensión, más bien, del aterrizaje moldeando al delirio y viceversa. Y siempre viceversa.
A lo que se resiste Galo Ghigliotto –o sus hablantes, más bien, suertes de alter ego en varios casos– es a seguir una perspectiva unidireccional, una mirada plana de la existencia. Y la escritura ensayada como una forma concreta de la existencia conduce también a la renuncia de las posibles estructuras lineales. Véanlo. Así parte “A cada rato el fin del mundo”, el texto inicial, que da título al libro completo:
“Si esto fuera un relato, tendría un comienzo, un desarrollo, un desenlace definido, además de un personaje principal y quizás, al final, un aprendizaje o moraleja. Pero no he querido escribir relatos, quizás porque no sé hacerlo o porque creo más en la fuerza de los sucesos”.
Y así termina el libro (no se preocupen, no les voy a contar quién es el asesino):
“La vida es eso: escritura, trazo del que sólo se tiene claro que existe un comienzo y un final imprevisible, al que espero podamos llegar, sea como sea”.
Ya lo ven entonces. Estos no son cuentos tradicionales, con principio, medio y fin atornillados. Porque, como decía Grace Paley, “tanto los personajes reales como los imaginarios merecen el destino abierto de la vida”. Y porque estos son cuentos que se nutren precisamente de la vida –y también de la muerte y de los sueños y de las proyecciones y de los delirios que salen a la superficie.
Pero volvamos al inicio. Al del escritor Galo Ghigliotto, que en el poemario Valdivia ya dejaba configurados de alguna manera los temas, el tono, las constantes en su escritura: la idea de habitar un espacio regido por las palabras. Sin embargo en A cada rato el fin del mundo hay algo fundamental, algo que no estaba antes o estaba escondido porque la realidad no había golpeado aún con su vara de concreto. Me refiero a la pérdida del diseñador y artista visual Arturo Aguilera, amigo, hermano, compañero de ruta, a quien Ghigliotto no sólo dedica este libro sino que trae desde algún lugar insospechado –acaso el paisaje mental definitivo– y lo instala como una presencia silenciosa en cada una de las líneas de estos relatos. Escribir para establecer diálogos secretos, para hablar con nuestros vivos, nuestros muertos y nuestros seres imaginados. Escribir para detener el tiempo. Y escribir también para ser los lectores de nuestra propia historia. Así lo zanja el narrador del primer cuento, tal vez el más galoghigliottano de este libro que hoy empieza su viaje propio:
“La vida es de quien lee, no de quien escribe. Vaya y busque entonces el principio y el final verdaderos, el argumento, el desarrollo, y si necesita desenlace, ya le digo: cualquier cosa sirve, incluso una pequeña manchita de tinta circular”.