A principios de año y luego de una ausencia sumamente larga, pasé algo más de dos semanas en mi patria. Aunque se trataba de una visita de carácter familiar, tuve oportunidad de ver, indagar, preguntar a la gente sobre el estado del país. Como es natural, hablé mucho con mis hermanas, y también con los amigos de otros tiempos, con intelectuales, choferes, amas de casa…, en fin, con personas procedentes de los más diversos estratos sociales. Una de las cosas que más llamó mi atención en la Cuba de hoy fue la apatía política que observé en la población. Sin embargo, esta falta de entusiasmo por los asuntos ideológicos no obsta para que la mayoría de los cubanos espere cambios reales en la sociedad. “Que esto cambie”, fue la respuesta que más oí cuando preguntaba a este respecto a conocidos o amigos.
Pero no todo el monte es orégano, como dice el refrán. Incluso entre quienes claman por los cambios se palpa un cierto pesimismo con relación al porvenir del país. La decepción y el desencanto se han hecho fuertes en el pecho de muchos amigos o camaradas de mi generación. La mayoría de ellos son personas que creyeron en la revolución, que sacrificaron su juventud por ella y que, al cabo de una vida entregada a la causa, ven sus esperanzas rotas y sus sueños frustrados. Unos son capaces de reconocer el naufragio; otros se limitan a esbozar un gesto de resignación, admitiendo tácitamente que los ideales por los que lucharon no han servido para traerle prosperidad al pueblo. Algunos se refugian en viejos dogmas o consignas vacías, aunque también a ellos se les nota la tristeza en los ojos. Todos siguen viviendo en Cuba, pero en muchos casos sus hijos se han ido al extranjero. Y aunque nadie lo dice abiertamente, no doy por descontado que algunos de estos viejos amigos sigan un día la huella de su prole. Quién sabe si no estarán haciendo planes para ello. No sería extraño, si se tiene en cuenta el increíble número de personas que, sin proclamarlo en público, han vuelto la espalda al gobierno que ha llevado al país al estado en que vive.
Un comentario aparte merecen otros cubanos que, aun trabajando en ciertas instituciones estatales, se expresan en privado con un discurso completamente reformista. Son personas inteligentes, hombres y mujeres de buena fe que piensan que el modelo cubano se agotó desde hace varias décadas. Es una pena que el sistema totalitario imperante en Cuba no les permita pronunciarse en voz alta sobre lo que ellos consideran mejor para el país. También hay quienes reconocen que la revolución ha fracasado en muchos de sus objetivos cardinales; pero aun así enarbolan el argumento de la soberanía nacional recuperada (“jamás los americanos volverán a mandar en este país”) y, sin demasiada convicción, hablan de “la dignidad de un pueblo que es dueño de sus destinos”. En cierta ocasión uno de mis mejores amigos de toda la vida me recitó aquello de que “…es verdad, aquí hemos cometido grandes errores y tomado decisiones equivocadas; pero…”, y a mí no me quedó más remedio que interrumpirlo para decirle que no debía usar la primera persona del plural. Entonces le recordé que quien tomó durante medio siglo las decisiones en Cuba fue el máximo líder, Fidel Castro, quien ha tenido además la habilidad de hacerles creer a él y a otros millones de cubanos, que son ellos, los otros, los responsables por el desbarajuste nacional. En fin, que hay de todo, como en la viña del Señor. Hay de todo, sí; pero entre la buena gente cubana priman la decepción y el desencanto. ¿Esperanza en un futuro mejor? Pues de eso vi muy poco, por no decir que nada.
En mi opinión, en la mente del cubano de a pie está ocurriendo un proceso de involución ideológica. No sé si será debido al hartazgo de tantos años o a la desinformación a la que está sometido; pero la mayoría de la gente en el país no tiene otro credo político que el de su propia supervivencia. Durante más de medio siglo le han repetido hasta la saciedad la historia del futuro mejor, un futuro que, piensan muchos, jamás llegará. Cansado de esperar por algo en lo que ya no cree, el hombre corriente de la Isla parece haberse decidido finalmente por ir a buscar en otra parte aquello que se le niega en casa. Por eso desea viajar y, si fuera posible, establecerse en otro país. Allí quiere criar a sus hijos y construirles él mismo el porvenir que le prometieron sus gobernantes y que ya dio por perdido. Por un sencillo reflejo del instinto de conservación de la especie, quiere darle a su descendencia el bienestar que sus padres no le supieron dar a él. Intuye que, al menos en lo que le resta de vida, la situación en Cuba será siempre difícil, tanto o más que ahora. Que lo será incluso si hubiera un cambio de gobierno. Y como la vida es solo una, él quiere emplear del mejor modo posible el tiempo que le resta en ella.
Hay, pese a todo, quienes apuestan por ese futuro en su tierra. Gente más informada, a veces incluso cercana al poder, que se prepara para el inevitable cambio político que se vislumbra en lontananza. Es significativo el hecho de que una parte de este empresariado en ciernes proviene de altos cargos en los organismos del estado. Algunos son antiguos miembros del Ministerio del Interior, oficiales retirados de las Fuerzas Armadas o ex funcionarios que ya tienen organizada y puesta al día su red de contactos internacionales. Han comenzado –bajo el paraguas del llamado cuentapropismo– a organizar sus propias empresas y a recibir beneficios materiales por ellas. Estas personas, que no han vivido mal al calor del poder totalitario en estos años, están ya trabajando para crearse a sí mismos y a los suyos una vida de riqueza en la Cuba de mañana. ¿Quiénes vivirán mal en esa Cuba? No lo sé; pero presumo que serán los mismos que viven mal ahora, los trabajadores honrados y sencillos, los empleados que están acostumbrados a obedecer las leyes y seguir las reglas del socialismo real. Y también, pienso, aquellos funcionarios que no han previsto el cambio y serán incapaces de crear su propia estructura empresarial. Estas personas no han sabido utilizar sus puestos en el gobierno para relacionarse con los inversionistas extranjeros y no estarán, por tanto, aptos para representarlos en sus primeros pasos en el país.
Estas líneas no tienen la pretensión de ser una verdad inapelable. Son solo observaciones personales, apuntes sobre mi visita a la Isla tras once años sin pisar su suelo. Como no podía ser de otro modo, durante el tiempo de mi estadía en Cuba traté de comprender lo que ocurría allí. Así he visto a mi patria y así he tratado de referirla aquí. Hay, por supuesto, mucho más que contar. Tal vez en otro momento escriba sobre las emociones que sentí al verme de nuevo en los lugares que tengo siempre presentes y que recuerdo con especial cariño; o sobre el reencuentro con mis familiares o mis viejos amigos. Aprovecho para reiterarles a ellos mi reconocimiento infinito por considerar, al igual que yo, que las amistades verdaderas están muy por encima de las ideologías. Creo que algún día volveremos a vernos y abrazarnos, a compartir las horas. Ojalá sea en una Cuba mejor. Puede que no todo esté perdido y que la recuperación del país sea algo más que el sueño imposible de unos pocos. Si así fuera, nuestro pueblo tiene, pese a todo, un potencial enorme para convertirlo en realidad.