Nos dice Platón en la República que es tan imposible implantar la verdad en el alma de un hombre como implantar la facultad de ver en el ciego de nacimiento. Para Platón el modo de develar la verdad era la dialéctica. La verdad es la hija del pensamiento y el método dialéctico, es hija de un tipo particular de lenguaje, el dialéctico.
Se puede intentar definir al ser humano, seguidor o no de la dialéctica platónica, como aquella creatura que vive inmersa en el lenguaje, que construye un mundo. El hombre es la creatura simbólica por excelencia; el concepto, sigo la visión del pensador alemán Ernest Cassirier, como un instrumento de organizar el conocimiento humano, es preexistente antes que cualquier tarea de clasificación de los eventos particulares pueda ser emprendida. La capacidad simbólica del hombre, la capacidad de estructurar su experiencia en formas simbólicas, es el lenguaje.
El lenguaje, como dice la conocida frase de Heidegger, es la casa del ser, y el hombre el pastor del ser. El ser humano puede abrirse al ser por el lenguaje, o puede cerrar su acceso y perderse a sí mismo.
La filosofía occidental puede verse en gran medida como una continuación de Platón y Aristóteles. Para este último las formas superiores se explican por las inferiores, y de algún modo, la pretensión de la biología moderna de reducir el hombre y la vida a biología molecular, está ya implícita en la concepción aristotélica; para Platón por el contrario, la idea no es nunca un producto de los sentidos, sino un más allá que los sentidos copian más o menos acertadamente.
En cierto modo ambas perspectivas son correctas, serían más bien puntos de vista del despliegue de las posibilidades del vacío cuántico, o si se prefiere una expresión más familiar, hegeliana, del espíritu. Es decir, desde la dimensión humana, aquella dimensión de las creaturas vivas que se expresa y construye desde el símbolo, diversos juegos del lenguaje que puedan dar mayor o menor domino y comprensión del mundo circunstante, mas no determinan nunca del todo la esencia de lo que es el hombre, si es que a este puede otorgársele esencia alguna.
No obstante el hombre es, es un ser social, es en sociedad, es con los otros, y es una duda en sí mismo. Una duda y un anhelo, un descenso y un perpetuo movimiento hacia algo que no está del todo dado en él, pero como que le atrae irresistiblemente, la hace ser perpetuo inconforme, le lleva a instaurar un propósito al juego quizás sin propósito del universo.
El ser humano es la creatura del ideal, es la creatura que explora el mundo desde el símbolo, por el símbolo, y le moldea creando nuevas percepciones del universo, nuevas expresiones del símbolo. El símbolo en su irreductible naturaleza a concepto, mas como guardián del concepto, sostiene el signo, escribe, es lenguaje.
De modo que en el lenguaje la condición humana se despliega creando sentido, mundo, y a la postre intentando superar el mundo; aquella condición, insistamos, que es siempre un yo y otro, sociedad e individuo, interrelacionándose, fundiéndose y negándose pero sin poder separarse nunca porque desde ellas, como yo y el otro, somos humanos y no meros entes biológicos. El lenguaje, puede afirmarse entonces, es el modo de ser de la humanidad. Puede ser la puerta a la máxima expresión de la libertad humana, pero también de la decadencia humana.
En última instancia toda ideología, religión, o creencia es una construcción de lenguaje (el fundamento que pueda estar detrás de ellas como lo originario, ya no es ideología, ni religión ni siquiera creencia, sería en todo caso lo inefable e innominable, expresable, si lo es, a la manera de la mística). Como toda ciencia es a la postre un modo de organizar las palabras en dependencia de cierta información de los sentidos más o menos fiable, en dependencia de nuestra técnica y paradigmas o cosmovisiones.
La palabra, el lenguaje, guarda y sostiene el espacio de la humanidad en su camino al conocimiento de sí, me gustaría decir a su trascendencia, pienso en lo que Nietzsche quiso expresar con el superhombre, pero, al mismo tiempo, pierde y extravía la dimensión de lo humano en el horror y el sufrimiento insensato, en la sevicia y la degradación que también marcan el rostro de nuestra especie, nuestra aventura en la historia. El ejemplo de Nietzsche es ilustrativo al respecto; su concepto de superhombre como algo semejante al dios fue usado y tergiversado como manifestación de lo demoniaco, de lo más abyecto y obsceno que el hombre pueda lograr: el asesinato en masa, la crueldad y la racionalización técnicas hermanadas en el crimen.
Ya Sócrates nos advertía que una vida no examinada no vale la pena de ser vivida, y un lenguaje que olvida esa raíz básica que lo lleva de retorno al fundamento, un lenguaje que no funda, que reduce y oscurece, es un lenguaje donde la humanidad se pierde a sí misma, se aboca a la noche de las dictaduras, de la barbarie en la cual la vida no vale la pena de vivirse.
El arma mayor de los enemigos de la libertad, entendida esta tanto como libertad política como espiritual, es la palabra, dije antes que las ideologías se construyen desde el lenguaje, en última instancia son el lenguaje de lo que los judíos llamaban la idolatría, esto es, dar valor absoluto a lo relativo. Pero también el arma mayor de los defensores de la libertad, del espíritu, es la palabra, el habla que apunta a lo que Derrida trató de expresar como la fisura tras la clausura, y Heidegger diciendo que “el cambio de la era no acontece porque en algún momento irrumpa un nuevo dios o vuelva a resurgir el antiguo desde el trasfondo. ¿Hacia dónde podría volverse el dios a la hora de su retorno si previamente los hombres no le han preparado una morada? ¿Cómo podría nunca un lugar ser adecuado al dios si previamente no ha empezado a brillar un esplendor de divinidad en todo lo que existe?”.
Ciertamente la morada de los dioses venideros se prepara y se aclara en el lenguaje que vuelve a sus orígenes, y que, cuando pasa al espacio público, funda, hace la libertad; el lenguaje, cuando se ejerce en el espacio público, desde semejante dimensión, es decir, desde la libertad, es la expresión más pura de la política. Esto no está directamente relacionado con la democracia, entendida como el gobierno de la mayoría, en realidad puede concebirse perfectamente en una aristocracia, o una monarquía, mucho más difícil en una oligarquía y de ningún modo en una tiranía, sino con algo mucho más esencial, con el espacio de expresión pública de una acción puramente humana, el habla que expresa más allá de la necesidad, que funda, y también conserva, el lugar y la emergencia de la libertad.
Las democracias occidentales adolecen en estos momentos de la falta de un lenguaje capaz de devolver la fuerza de sus raíces, de devolver el espacio de lo sagrado a lo secular. Y digo el espacio de lo sagrado no de lo religioso, el espacio que provea de fe y sentido, de cultura y espíritu, de nobleza y ciudadanía. Los significados lingüísticos pueden dar lugar a una sordera ante las realidades que corresponden, pero no por ello pueden olvidarse estas palabras, al contrario, es necesario que el pensar, que la palabra, descongele el significado a la vez que lo instaura nuevamente como actualidad y no fosilización pasada, como presente y no sólo memoria o utopía.
De hecho la gran fascinación que produjo la modernidad, la ilustración en sus comienzos, estaba sin dudas en la capacidad de su lenguaje de provocar un reencuentro con esa dimensión de libertad que subyace en el lenguaje cuando es creación, acción, en el sentido que Hannah Arendt le otorga a la palabra en su expresión política, o sea, pública, de riesgo, como el sustento de la polis.
“La polis, dice Arendt en su monumental obra La condición Humana, no es la ciudad estado en su locación física, sino la organización de la gente que se erige por el acto de hablar juntos, y su espacio verdadero yace entre la gente viviendo juntas para este propósito, no importa donde puedan estar. Es el estado de aparición al más amplio sentido del mundo, el espacio donde yo aparezco a los otros y los otros aparecen a mí, donde los hombres existen no meramente como otras cosas vivas o inanimadas, sino que hacen su aparición explícitamente.”
Ahora bien, este espacio que aparece por el habla de los hombres en la acción pública no es una necesidad, no es algo que pueda garantizarse por instituciones o leyes, que pueda reducirse a otra cosa, es algo que escapa a la predicción simple, a la categoría de los objetos inanimados, o de la mera existencia biológica. No depende en última instancia de ciclos o instituciones, al contrario, es lo que funda las instituciones y da origen a un nuevo ciclo en la acción humana.
Conviene detenerse un poco en el pensamiento de Arendt para aclarar lo anterior. En La Condición Humana Arendt establece una distinción que, pese a su profundidad, no ha sido suficientemente, creo yo, asumida en el pensamiento político, y mucho menos en el económico. Distingue entre labor, trabajo y acción. Labor no se diferencia esencialmente de los procesos biológicos, la producción de bienes para la sobrevivencia es labor. Su fin es mantener la vida, es producida para el consumo inmediato. El trabajo por su parte apunta más largo que al mero consumo inmediato, pretende la durabilidad, en cierto sentido la inmortalidad. Está más allá de los límites de los procesos biológicos y los ciclos naturales, como la cosecha por ejemplo, o el proveer el sustento básico del hogar. El trabajo es la actividad del artesano, del artista, del creador de cosas y un mundo durable para sí mismo y la posteridad: una pintura, una ciudad, un libro o una institución. Ambos, labor y trabajo, tienen que ver con cosas, en el más amplio sentido de la palabra; ambos pueden ser realizados en solitario: el artista en su mundo, el campesino en su finca, el investigador en su laboratorio.
La acción para Hannah Arendt es diferente. Es la actividad no de un hombre, sino de los hombres, requiere a los otros. La actividad que va directamente entre los hombres sin los intermediarios de las cosas o la materia. Su material es la red de relaciones en la cual todos estamos y somos. La acción es realizada por las palabras de los hombres entre los hombres. Su condición es la pluralidad y su principal característica es que es el comienzo de algo nuevo, el punto de arranque de una cadena de eventos más bien que la realización de un producto. El nacimiento es la acción humana en su más fundamental sentido, el comienzo de algo nuevo, de una persona totalmente única. Claro que en la acción la labor y el trabajo pueden estar incluidos, y viceversa, pero lo esencial para la acción es este acto de pluralidad, de lenguaje y hechos que le distingue del trabajo y la labor.
El lenguaje puede o no puede ser la acción a la que Arendt se refiere, pero en cuanto la asume es justo el espacio de la libertad, de lo político, es la libertad en acción. Por ello la decadencia del lenguaje, cuando deja de ser acción en este sentido fundador, humano, espacio de aparición de lo posible y lo único, usando palabras de Arendt, del milagro, aquello que rompe con la repetición meramente cíclica o predecible, es siempre un retroceso del espacio político de la libertad, y por extensión, de la condición humana como un todo.
Los totalitarismos se basan en una manipulación y degeneración burda del lenguaje, pero en las democracias actuales la banalización y la vulgarización del lenguaje, junto con una especialización cerrada en sí misma, y con pretensiones autoritarias, puede producir un daño aún mayor que el de los totalitarismos del siglo XX, justo por ser más sutil, por no poder ser identificada fácilmente y arrastrar consigo a los ciudadanos, a los hablantes de ese lenguaje.
La cultura del espectáculo que parece ser imparable en la actualidad, devorando toda disidencia a la manera de los dioses hindúes que absorben en sí a los dioses de otras religiones; la trivialización y comercialización de toda dimensión humana, la relativización y el igualitarismo que son siempre el deseo de disminuir lo superior e igualar por lo bajo, son amenazas a la libertad y a la condición humana tan peligrosas como las de los totalitarismos clásicos. Más a la manera de un Mundo Feliz, la novela de Aldous Huxley que de 1984, el clásico de Orwell, es verdad, pero compartiendo la misma reducción del lenguaje, y el olvido, o negación franca, de ese espacio de sacralidad, no religiosidad aclaro de nuevo, donde el lenguaje se convierte en acción humana, en creación. Esta sacralidad donde el lenguaje manifiesta la libertad en el espacio público de lo humano, no ha desaparecido sólo por obra de un agente externo, sino que ha sido absorbida por otra cosa, la sociedad, la economía, la instrumentalización de la política, la técnica. Y en todas ellas, cuando se absolutizan, cuando olvidan esa dimensión de la acción a la manera de Arendt, está el germen de la opresión, de la decadencia y la tiranía.
Cierto que este espacio de la libertad es siempre precario, está amenazado, y por lo demás, cito a Arendt en Qué es la libertad: “Ningún hombre puede vivir en él todo el tiempo. Pero estar privado de él significa estar privado de realidad, lo cual, humana y políticamente hablando, es lo mismo que privado de apariencia. Para los hombres la realidad del mundo es garantizada por la presencia de los otros, por su aparecer al todo, lo que aparece como todo, es lo que llamaos ser, y lo que carece de este aspecto viene y desaparece como un sueño, íntima y exclusivamente nuestro pero sin realidad.”
La alienación de las sociedades modernas, esa que Marx y Nietzsche, cada uno a su manera, vieron tan lúcida y agudamente, es justo eso: la desaparición del ser, de lo real. Y más que la alienación del sujeto consigo mismo que Marx atribuía al capitalismo, es la alienación del hombre con el mundo, el extrañamiento que se ha nombrado como nihilismo, la nota predominante del mundo moderno.
La alienación tiene numerosas expresiones, y soluciones, pero en el espacio público, en la política, su único antídoto es el lenguaje donde esté intacta la facultad de la libertad en sí misma.
Ciertamente las razones para el pesimismo pueden ser considerables, el espíritu que trajo consigo el nihilismo y la alienación y los horrores del totalitarismo en el pasado siglo no da señales de estar en retirada, los dioses que han de venir aún no se vislumbran, las democracias occidentales parece que han perdido su rumbo, y occidente está en una crisis que mucho más que económica es moral, espiritual, de sentido y esencia. Las palabras de Arendt en ¿Qué es la libertad? son el recordatorio de hacía donde debe mirarse, y de donde es posible refundar y reencontrar el sentido de pertenencia, el antídoto contra la alienación y la crisis, son justo esa relación vital, esencial, fundadora e irreductible del lenguaje y la libertad:
“Lo que usualmente permanece intacto en las épocas de petrificación y ruina predestinada es la facultad de la libertad en sí misma, la pura capacidad de comenzar, que anima a inspira todas las actividades humanas y constituye la fuente oculta de la producción de todas las cosas grandes y bellas.
Pero mientras este origen permanece oculto, la libertad no es una realidad terrenalmente tangible, esto es, no es política. Es porque el origen de la libertad permanece presente aun cuando la vida política se ha petrificado y la acción política se ha hecho impotente para interrumpir estos procesos automáticos, que la libertad puede ser tan fácilmente confundida con un fenómeno esencialmente no político; en dichas circunstancias, la libertad no es experimentada como un modo de ser con su propia virtud y virtuosidad, sino como un don supremo que sólo el hombre, entre todas las criaturas de la Tierra, parece haber recibido, del cual podemos encontrar rastros y señales en casi todas sus actividades, pero que, sin embargo, se desarrolla plenamente sólo cuando la acción ha creado su propio espacio mundano, donde puede por así decir, salir de su escondite y hacer su aparición.”