Un negro cubano revolucionario, así se autodefine Roberto Zurbano en cierto texto firmado desde el Callejón de Hamel, Centro Habana, el pasado 14 de abril. Sin embargo, fueron otros sujetos pretendidamente revolucionarios quienes lo sacaron de su cargo tras el polémico texto que el hasta entonces director del Fondo Editorial de Casa de las Américas había publicado, días antes, en el New York Times.
Realmente me parece superfluo argumentar en torno a la subsistencia del racismo en Cuba. El fenómeno existe y, como la energía, no se destruye, apenas se transforma. Adquiere matices más sutiles y, acaso, más dañinos, porque la falta de evidencias propicia la extensión del mismo, cual si se tratara de un cáncer social, experto en ocultar sus síntomas externos mientras agudiza los internos.
A los razonamientos expuestos por Zurbano, sería conveniente recordar el cúmulo de frases de explícito contenido racista que muchos cubanos comparten a diario. “Negro, cucaracha y mierda, es lo mismo”; “hacer las cosas como los blancos”; “adelantar la raza”; o, sencillamente, “no seas negro” para indicar que no se obre de forma incorrecta.
Por demás, si alguien pudiera pensar que tales locuciones no son responsabilidad del gobierno sino de la plebe vulgar y corriente (a la cual, a propósito, todos pertenecemos de un modo u otro), pensemos en la historia que desde niños nos imparten, elemento trascendental dentro de nuestro sistema educativo y base del desarrollo intelectual de quienes crecimos en la mayor de Las Antillas. Con excepción de Antonio Maceo, quien hubo de recibir un sinfín de heridas para ganarse un puesto, pareciera que los próceres cubanos son todos blancos. ¿Dónde quedan Flor Crombet, Juan Gualberto Gómez, Aracelio Iglesias, Jesús Menéndez, Evaristo Estenoz, José Antonio Aponte, José Maceo, Quintín Bandera, por citar algunos de los mestizos más destacados en nuestros distintos períodos de lucha (incluyendo el revolucionario)? Sí, se mencionan, aunque relegados a un injusto rol secundario sino restringidos a un ámbito mucho más estrecho del que representaron.
Existe, incluso, un detalle curioso y revelador en este sentido. Por si acaso alguien no lo ha notado (o lo ha olvidado ya entre dólares y euros) les presento a continuación la relación de las distintas nominaciones de los billetes cubanos (me refiero al CUP, aunque el fenómeno no difiere con el CUC) y el héroe que lo representa:
Un peso: José Martí (blanco)
Tres pesos: Ernesto Guevara (blanco importado de Argentina)
Cinco pesos: Antonio Maceo (mulato)
Diez pesos: Máximo Gómez (blanco importado de República Dominicana)
Veinte pesos: Camilo Cienfuegos (blanco)
Cincuenta pesos: Calixto García (blanco)
Cien pesos: Carlos Manuel de Céspedes (blanco)
La proporción racial habla por sí sola. Siete nominaciones, siete héroes, un único mestizo. Increíble que hasta los extranjeros superen en número a este último.
El pecado de Zurbano no yace en el señalamiento sobre la persistencia del racismo en Cuba, sino en la acusación implícita a la Revolución por guardar silencio sobre el mismo. Si a eso le agregamos que, dentro de la oficialidad ―cualquiera esta sea― cada palabra suya habría de ser juzgada, primero, como funcionario de Casa de Las Américas, luego, como ciudadano y, si acaso, al final, (en medio de un “tal vez” demasiado esperanzador), como negro víctima de la situación que bien expone, entonces, sobra decirlo, estaba acomodando la cuerda en su propio cuello. No creo que nadie, en su sano juicio, alterara ese orden de prioridades. La ingenuidad de Zurbano, él lo afirma, no radica en la selección del New York Times para publicar su texto, empero sí en la incorrecta estimación de las dimensiones de su impacto.
Es una verdadera lástima que Zurbano, en su cruzada a favor de la igualdad racial, no contara con el apoyo que sí obtuvo Mariela Castro en otra cruzada necesaria a favor de la aceptación de la diversidad sexual. Uno y otra rotularon la subsistencia de un anatema social que, por las más diversas razones, permanece en el oscurantismo gubernamental. Sólo que a la hija del presidente, respaldada por obvias y genéticas razones, le sobraron aplausos mientras que al ex funcionario de Casa de las Américas apenas le dedicaron rostros volteados. Otro tinte anecdótico en esta obligatoria comparativa: ambos ocuparon, en algún momento, los titulares de la BBC. Ella, para recibir elogios por su faena (léase, su trabajo); él, para ser usado como ejemplo de la intolerancia gubernamental (léase, su persona).
Ah, si la hija del presidente fuera negra, seguramente al buen Zurbano le hubiesen trocado remoción por promoción. Pero es blanca y mujer. Dos características que la Revolución ha favorecido durante más de medio siglo. La primera entre bambalinas; la segunda, publicitada hasta el cansancio. Recuerdo un buen amigo, que un poco en broma y un mucho en serio, me pedía reunir firmas para crear la FHC (Federación de Hombres Cubanos) y así contrarrestar las hinchadas ínfulas y privilegios de la FMC. Aquí se desglosa otro elemento inquietante. ¿Será que las iniciativas sociales siempre rondan a Raúl Castro? Mucho antes de que su hija se hiciera notar con las campañas a favor de la diversidad sexual, Vilma Espín, entonces esposa del actual mandatario, prestaba su nombre para promover la igualdad de géneros.
Definitivamente, Zurbano debió acercarse más al presidente y despegarse un poco de sus ideales que, por demás, no son reconocidos del todo. Las publicaciones virtuales, gracias a esa cruenta combinación donde se permite la concurrencia del anonimato y la facilidad de publicación, han sido particularmente ácidas en este punto. Lo han tildado, directa e indirectamente, de comunista, marioneta, cobarde, oportunista y sí, también, de compañero.
A muchos le molesta que, tras la debacle, Zurbano se defienda como gato bocarriba y justifique a partir del cambio de título que el New York Times se tomó la libertad (e irrespeto) de cometer con su trabajo original, que lo despidieran de Casa de las Américas, lo desaparecieran de “La Jiribilla” y hoy le endosen el cartelito de proscrito, igual que si se tratara de Robin Hood, pero sin ser blanco, hablar inglés y menos tener una banda de hombres felices a su mando. A fin de cuentas, si alguien aún le es fiel, no se sentirá particularmente feliz y su condición la mantendrá desde las sombras so pena de perder también su trabajo.
Está claro que la sustitución del título cambia la proyección de la obra. Tan claro como que la intención del periódico gringo con el trueque era buscar mayor espectacularidad y no perjudicar a su autor (sin que esto le importe un bledo), pero así se hubiese llamado “El país que viene y mi Cuba negra” o “Para los negros en Cuba, la Revolución no ha terminado” (opciones sugeridas por su autor), en lugar del apócrifo “Para los negros en Cuba, la Revolución no ha comenzado”, las consecuencias de sus actos difícilmente habrían cambiado. Al contenido no se le cambió una coma sin previa aprobación, o al menos de eso no se queja Zurbano, y es en el cuerpo del texto donde afloran las críticas hacia el (y las hipocresías del) gobierno cubano.
Quienes pretenden encasillarlo en un tipo bueno o un cabrón sinvergüenza, olvidan lo más importante, Zurbano, antes que intelectual, negro o cubano, es un ser humano y en estos momentos, cuando algunos se dedican a ultrajarlo vía Internet y otros, como yo, nos dedicamos a embadurnar con palabras olvidables algún que otro articulillo, él debe preocuparse por conseguir el plato de comida que ha de servir sobre su mesa.
En cambio, no debería molestarse (no creo que lo haga, pero igual) por su brusca evaporación del sitio web “La Jiribilla”, pues increíblemente la desorganización, el descuido o el desinterés que prima en algunas instituciones cubanas lo mantienen activo (y sin saberlo) en la red de redes. ¿Te acuerdas, Zurbano, de “La Isla en Peso”?. Pues al momento de componer estas breves líneas me tomé la molestia de comprobar si aún existía. Y sí, ahí está desde su edición inaugural (http://www.uneac.org.cu/LaIslaEnPeso/num01/inicio.htm), junto con tu firma en calidad de director durante los primeros dieciocho números de diecinueve que vieron la luz (sólo en el último aparece Alex Pausides ocupando tu cargo), a pesar de que ningún nuevo texto se ha colgado en esa revista virtual durante los últimos siete u ocho años. Eso sí, buen Zurbano, seamos realistas, sospecho que después de ser publicado este artículo, ese sitio web, de camino con tu nombre, también desaparecerá.
No importa. La tarea está hecha… o al menos parte de ella. El precio de la osadía sobrepasó tus cálculos de riesgos y duele reconocer que la trastada iniciática te llegó de arriba y no de al lado, pero qué más da. Consuélate con otros antecedentes. Confiemos en que, como deseas mientras exiges, no habrá un Caso Zurbano, (ese triste privilegio se lo dejamos a Padilla). No todo está perdido, peor le fue a Antón Arrufat y mira hoy dónde se encuentra. Claro, tú puedes usar otros métodos de reivindicación. Ojalá sigas en la pelea. Ya hiciste lo más difícil, sacar a flote la podredumbre de un sistema que se niega a reinventarse con tal de ignorar las críticas. La última curiosidad de este magro trabajo justifica mis palabras. No fue tu texto, sino sus consecuencias, las que avalan que el racismo sigue imperante en Cuba porque, a fin de cuentas, querido Zurbano, ¿a quién jodieron en esta historia? Al negro.