Rascacielos

Marco Tulio Aguilera Garramuño

dinero-sucioNo puedo decir a quién le sucedió esta historia. Sólo estoy autorizado a reproducirla sin usar los nombres verdaderos:

Me encontré con un queridísimo ex compañero universitario. “¿Cuánto ganas al mes?”, me preguntó después de hacer una especie de investigación minuciosa sobre las circunstancias de mi vida. Le dije mil ochocientos dólares al mes al mes, más o menos. Mi amigo, al que llaman Rascacielos por su desmedida y flaca estatura, siguió con su indagatoria: ¿Esposa, hijos, condiciones de vida? Respondí a todas sus preguntas sin reserva alguna. “Triste vida”, dijo, “podrías mejorar si buscas buenas compañías”. Luego me habló, de forma un poco ambigua de su organización. No aclaró nada de su organización. “Simplemente es un grupo de inversionistas”, dijo. “Ridículo”, agregó, “ridículo, que una persona como tú lleve una vida tan mediocre; te voy a presentar al jefe de nuestra asociación comercial, estoy seguro que aprovechando tu good will y tu conocimiento de logística, puede hacerte ganar un diez  mil dólares en una semana. Vamos a verlo”, me dijo. Fuimos al Hotel Aristocrat. Subimos al pent house. Mi amigo tocó a una puerta con un ritmo de evidente clave, algo como el ta ta ta tan de la Quinta Sinfonía pero con un golpe de más. Cinco hombres armados nos revisaron. Permanecimos en una sala donde todo era de un blanco deslumbrante. Había grandes espejos. Permanecimos allí varios minutos. Sentí que nos estaban vigilando. Aparecieron tres rubias de esas que quitan el aliento, tres mujeres bestialmente hermosas, que me hicieron pensar en tres perras en celo que respiraban y transpiraban fuego. Traían bandejas, hielo, whisky etiqueta azul.

Rascacielos vio mi turbación: “Se llaman Georgette, Lucinda y Canela. Son tuyas. Puedes usarlas aquí mismo y llevártelas a la Suite Imperial. Ellas harán todo lo que quieras”.  Georgette, Lucinda y Canela respondieron a coro, casi cantando, como si hubieran ensayado: “¡Todo!” Sonó un timbre.

“Ya podemos entrar”, dijo mi amigo, “las chicas te estarán esperando aquí”. Lo primero que vi fue un escritorio con pilas de medio metro de altura de dólares. En torno a ellos cinco mujeres contaban billetes, todas con minifaldas que exhibían unos culos de exposición y tetas de antología. No se ocuparon de mirarme.

Un hombre estaba observándome. Tenía un pistolón brillante a su lado. Botas cabeza de cobra. Los pies cruzados y subidos en el escritorio. Inexpresivo como un kilo de carne seca. La cara atravesada por una cicatriz que iba de la ceja derecha al mentón. Eso explica su inexpresividad, pensé. Un tipo de esos al que uno le entrega la billetera antes de que diga una palabra. Sin esperar a que me presentaran comenzó a hablar muy bajo:

“Me dice Rascacielos que trabajas en …, que conoces a mucha gente, que hablas inglés sin acento, que manejas los muelles de entrada y salida, que sabes de logística, que eres amigo del jefe de aduanas y de toda la chusma del puerto, me dicen que eres buen artemarcialista”. Le respondí que sí a todo. Sobra decir que ya sabía a dónde iba el asunto.

“Tenemos en el puerto un negocito muy bien montado pero nos falta una persona como vos”. “Respeto lo que hacen, señor, le dije, pero prefiero no meterme en asuntos delicados, tengo mi familia, mi casa, mis hijos”.

–Precisamente, dijo, porque tienes que proteger a tu familia, a tus hijos que estudian en el Gimnasio Moderno, a tu mujercita que va a los aeróbicos de lunes a viernes, porque tienes que cambiar tu casita de miseria, estás obligado a ser cooperador con nosotros.

Queriendo ganar tiempo y sólo para probarlo le pregunté:

–¿Qué tengo que hacer?

–Tenés que hacer todo lo que yo te diga sin chistar.

–¿Todo? ¿A quién hay que matar?

–Tienes que hacer todo lo que te diga: si te digo que mates a tu madre, vas y me la matas y me la traes en pedacitos. Te ofrezco cien mil dólares mensuales.

No me asusté. Respiré profundo. Fingí asombrarme. La idea era que sintiera que yo admiraba su actividad y su sangre fría, que estaba impresionado por su actuación. No le dije que soy un hombre decente. Eso lo habría ofendido. La verdad es que tengo deudas y estoy jodido, pero soy un hombre manso, un hombre de familia; prefiero conseguir las cosas poco a poco, dije.

–¿Y si le digo que no acepto?

El padrino intentó sonreír y sólo logró esbozar una mueca de reptil.

–Veo que no le salen las cuentas, amigo: antes de que llegue al estacionamiento tendrá un hueco en la nuca del tamaño de una bola de billar.

Lo miré directamente a los ojos, lo miré con el poder que aprendí del japonés Hiroshi Taninokushi, mi maestro, el que me transformó de grandote flacuchento en Séptimo Dan.

El Padrino Dos me sostuvo la mirada sin parpadear. Apretó la mandíbula. Calculo que pasaron treinta segundos. Yo tampoco parpadeé, respiraba lentamente y a fondo. El tipo había contenido la respiración. Súbitamente se desinfló.

–Puede irse, me dijo, guardaremos la bala para otro, me parece que no vales el precio del plomo, eres un pendejo comemierda, un vómito de cerdo.

Reprimí la sonrisa. Sabía que el Padrino Dos estaba pensando exactamente lo contrario. Se estaba tragando la lengua de coraje. Rascacielos, que había asistido a la escena, me siguió sin decir palabra. Trascendimos las puertas. Los guardaespaldas se apartaron silenciosamente. Las mujeres se alborotaron como pájaros sorprendidos en la espesura pero inmediatamente se calmaron al ver que pasábamos de largo. No hubo palabras de despedida.

Rascacielos (el mejor amigo que tuve durante mis años de universidad) me siguió hasta el elevador, me siguió a través del lobby, me siguió, caminando unos pasos atrás, por la calle.

Sólo al sentir la vaharada de aire caliente en la cara fue que me dio miedo, me comenzaron a temblar las piernas.

Rascacielos me colocó una mano en el hombro. La espanté como a una mosca de caca. Insistió en acompañarme hasta el estacionamiento. En silencio.

Antes de despedirnos dijo en voz muy baja, compungido:

–Perdón, perdón.

Varios meses más tarde me entré que a Rascacielos le habían incrustado treinta balazos, todos en la cara. Eso sucedió en pleno centro de XX. Cerca de la cancha de básquet donde juegan los negros ociosos.