Abu Duyanah ( seudónimo de Niovel A. Tamayo). Manzanillo 1984, Cuba). Escritor, poeta, crítico literario y periodista. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardozo en 2012. Coordinó el grupo artístico literario Kbzapiñón desde el 2005 hasta el 2011, que tributó activamente en las peñas Descargulia y Cuatro de mala música, vinculadas en algún momento al Centro Iberoamericano de la Décima. En el año 2010 fue mención especial de narrativa en los Segundos Juegos Florales de Siboney, y un año más tarde, en la Terceras edición de dicho certamen, se alzó con el Primer lugar de narrativa; en ese mismo año obtuvo el Segundo lugar de narrativa en el encuentro provincial de talleres literarios de La Habana. En el 2012 ganó el Primer premio del concurso “La casa del trompo”. Colabora como periodista y crítico con diferentes publicaciones digitales. Parte de su obra aparece en revistas y antologías. En la actualidad coordina, junto al escritor y fotógrafo Ariel Maceo Tellez, el grupo artístico literario Demóngeles.
— ***–
A solas con Magallanes
Para Magallanes
Nos mudamos para el barrio chino porque no teníamos donde vivir. Por un tiempo habíamos estado en la casa de mi madre y luego en la casa de la madre de Mona, pero mi madre y Mona no lograron entenderse y la madre de Mona no me soportaba. Por suerte el padre de Mona vivía en la casa de su mujer y nos prestó aquel apartamento, con la condición de que no tocáramos ninguno de sus libros ni para quitarles el polvo.
La verdad era que yo no tenía ningún interés en salir de la casa de mi madre, sobre todo porque me quedaba a cinco cuadras de la Facultad de Filología donde aún trabajaba, pero Mona me convenció con el argumento de que por fin íbamos a poder hacer vida de casados, y que además, Centro Habana era un buen lugar para nutrir mi literatura; pero lo que de verdad me convenció fue Magallanes, un viejito alegre que se pasaba todo el tiempo hablando de cosas insólitas en las que siempre era el protagonista.
Una tarde que regresaba de la universidad, con tremendo dolor de cabeza por falta de cafeína, Magallanes estaba sentado en un taburete en la puerta de su casa contemplando el paisaje.
—Te veo mal —me dijo.
—Si me hubieras hecho caso ya tendrías espejuelos nuevos.
—No. Que te veo cansado quise decir.
—¡Ah! Un poco.
—¿Cómo estuvo la pincha hoy?
—Normal, lo de siempre. Lo que pasa es que se me olvido llevarme el café y tengo la cabeza que se me quiere reventar.
—Sí, yo sé bien lo que es eso. Recuerdo aquella misión en Colombia donde se nos acabaron los víveres y no encontrábamos la comandancia de Tirofijo. Estuvimos una semana comiendo hojas y raíces, y yo escapé porque al segundo día nos cruzamos con un cafetal, y estuve masticando semillas de café hasta que dimos con el campamento de las FARC. Pero ese cuento te lo hago otro día.
Con Magallanes la cosa era así. A veces te hacía el cuento completo y otras veces no, pero yo siempre trataba de mantenerme en silencio para no perderme nada por muy inverosímil que me pareciera, aunque a veces se me hacía muy difícil y terminaba riéndome en su cara.
—Mira, si consigues azúcar podemos montar la cafetera —me dijo— aún me queda un poco del café que me regaló tú mujer.
—No te preocupes, ahora yo hago un poco y te traigo.
—De eso nada, tú trae el azúcar que yo voy montando la cafetera.
—Bueno, dame un minuto y regreso —dije y me fui.
Revolví la casa buscando de alguna pastilla para el dolor de cabeza pero no encontré nada. Agarré un pomo de cristal y lo llené de azúcar. Cuando regresé Magallanes estaba sentado en su taburete y seguía con la vista las nalgas de una mulata que empujaba un carrito de granizados.
—Siempre arriba de la carne —le dije con una sonrisa.
—¿Quieres un granizado?
—¿Usted quiere uno?
—Yo lo que quiero es llamar a la mulata.
—Magallanes ¿qué edad usted tiene?
—¡Yo todavía soy un tronco, no te creas!
—¡No, si yo no digo nada!
—Mira, ayer me llegó el dinero que manda mi nieta y lo primero que hice fue llamar a mi amiguita Yeney. ¡Tremenda hembra esa!
—¡Candela, me imagino!
—¿Tú conoces a Yeney?
—No. Nunca la he visto.
—Bueno, ya me dirás cuando la veas.
El olor a café recién hecho llegó hasta nosotros.
—Dame el azúcar y entra que ya eso está —dijo y agarró el pomo.
—Quédate con la otra.
—¡Y pensar que en algún momento este país fue el mayor productor de azúcar del mundo! —dijo mientras caminaba hacia la cocina.
—Y si no lo fue, por lo menos estaba en la pelea.
—Antes del 59 fuimos los mejores y los primeros en muchas cosas —gritó desde la cocina— éramos la cuarta economía de Latinoamérica.
Me senté en el sofá porque la única butaca que había era la cama del gato y estaba llena de pelos. El gato era un bengala atigrado al que Mona le puso Bukowski, básicamente porque a ella no le gustaban los gatos ni el realismo sucio; pero Mona intentaba hacerme creer que el nombre se debía a que aquel animal era idéntico al escritor norteamericano.
Magallanes era una especie de tanque pensante. Con él podía hablar sobre cualquier tema, era un tremendo estadista y además siempre tenía alguna historia extraordinaria para contarme. Por ejemplo, y esta me gusta bastante, según él su nieta pudo salir de Cuba gracias a un reloj de pulsera que le había regalado Nikita Jrushchov en el año 59. En los primeros meses de la revolución Fidel había creado el Comando élite de destino especial con Magallanes al frente, y la primera misión que le asignó fue la de entrar en el Kremlin, informarle a Jrushchov su resolución de que en el trascurso de dos años Cuba sería una república socialista, y regresar sin que nadie lo detectara; luego, cuando la Invasión de Bahía de Cochinos, le ordenó que preparara la zona por donde iba a ser la cosa para cuando él llegara, y mientras Magallanes se disponían a hacer el primero de los hueco para apostar a los franco tiradores, decidió quitarse el reloj y colgarlo en un gajo de mangle, pero en ese momento el enemigo abrió fuego sobre ellos y tuvieron que retirarse a toda velocidad sin poder recoger el reloj. Inmediatamente después de que el enemigo fue derrotado, regresó a buscar el reloj pero no lo encontró. Más de 30 años después, en pleno periodo especial y a punto de retirarse, Fidel le asignó la misión de supervisar el trabajo de los carboneros en el sur de Matanzas, y dio la casualidad que un día, mientras ayudaba a cortar mangle para armar un horno, escuchó un tic tac que le recordó a su reloj. Desesperado le ordenó a todos que detuvieran el trabajo, y guiado por el sonido encontró el reloj en el mimo lugar donde lo había dejado; y luego en el año 2000, un jefe de la mafia rusa que había conocido en Londres, vino a comprárselo. Fue en ese momento cuando supo que aquel era uno de cien relojes atómico que los soviéticos le habían regalado a súper agentes de distintos países para tenerlos detectados en todo momento. El mafioso ruso le dijo que necesitaba el reloj para salvarle la vida al hijo de su hermano que se encontraba en coma. Y Magallanes se lo dio a cambio de que sacara a su nieta para los Estados Unidos.
—¡Con espumita y to! ¡No te puedes quejar! —me dijo de regreso a la sala.
—¿Le echaste agua al mío?
—Se me olvidó. Espérate, ahora vuelvo.
—Tranquilo, no hace falta —dije y me levanté— yo me lo tomo así mismo —y agarré mi taza.
Magallanes arrastró el taburete y cerró la puerta.
—Siempre se me olvida —dijo y se sentó.
Lo del café con agua es porque no soporto nada caliente, pero me dolía tanto la cabeza que no podía esperar. Me lo tomé de un trago.
—Si quieres puedes coger más. Lo dejé en la cafetera.
—Sí, voy a echarme otro poco.
Caminé hasta la cocina.
—Y junto al refrigerador hay un pomo con agua. Ahórrala que es la única que queda.
Me serví un poco de café con la misma cantidad de agua y lo bajé de un trago. Cuando regresé Magallanes estaba tratando de encender un cigarro pero los fósforos perdían la cabeza. Saqué mi fosforera y se la di.
—Quédate con ella —le dije y me senté— cuéntame algo.
—¿Y tú no estabas dejando de fumar? —me preguntó y le dio candela al cigarro.
—Sí, estoy en eso. Pero ando con la fosforera por si tengo una recaída.
—Hablando de ahorrar agua, te voy a contar sobre la última vez que vi al comandante en persona —dijo y soltó un chorro de humo.
—Deja, no hace falta. ¿Viste el partido de argentina?
—Sí, lo vi. ¡Tremenda basura! Pero escúchame, que esto que te voy a contar está bueno y a lo mejor te sirve para una de tus novelas.
—¿Pero tiene que ser sobre Fidel?
—Tú escúchame y luego me dices.
—Está bien, pero quiero más café.
—Dale, sírvete todo el que queda y ven pa acá.
Quedaba una taza de café, le eché un poco de agua y volví a mi lugar en el sofá.
—Déjame preguntarte ¿terminaste por fin el cuento de los militares y el científico?
—Hace como dos días. Más tarde bajo con la laptop y te lo leo.
—¿Y le cambiaste por fin el título? —dijo y le dio una chupada al cigarro.
—Sí, le puse como me dijiste. Me parece un buen título.
—A mí me hubiese gustado ser escritor —se quitó una hebra de picadura del labio inferior y soltó el humo, despacio.
—Todavía estás a tiempo, y buenas historias son las que se te sobran.
—No lo creo. Alcánzame el cenicero —me dijo señalándome una lata de leche condensada que tenía sobre una mesita junto al sofá— mejor yo te hago los cuentos, y cuando tú los escribas me los dedicas y ya.
—Jajá. Creo que vas a ser un personaje en lo próximo que escriba —dije mientras le alcanzaba el cenicero.
—Para mí va a ser todo un honor. Ahora déjame hacerte el cuento sobre el comandante —le dio un golpecito al cigarro para tumbarle la ceniza.
—¡Bueno, qué remedio me queda! —dije y me tomé el café. Puse la tasa sobre la mesita junto al sofá.
—Era el 5 de agosto de 1994.
—¡El día del maleconazo!
—Exactamente. Aquel era un día como otro cualquiera, quitando que no teníamos electricidad, ni comida, ni agua.
—Sí, yo sé. Yo tenía como 8 o 9 años, pero me acuerdo bien de todo.
—Bueno —hizo una pausa para darle la última chupada al cigarro y lo apagó contra la latacenicero mientras soltaba el humo— déjame hacerte el cuento.
—Está bien, pero si te coge la gente de mi grupo te fusila, ese cigarro todavía está entero.
—Pero no me lo puedo fumar. Está malo.
—Sí, últimamente está pasando eso con los cigarros.
—Bueno, la cosa es que yo estaba ese día preparándome para ir a Güines a buscar un saco de plátanos para hacer picadillo. ¿Tú llegaste a comer picadillo de plátano?
—Yo he comido de todo. Jajá. ¡Y ahora le dicen picadillo de proteína vegetal!
—Tú te ríes, pero en aquella época eso era lo más parecido a la carne.
—¡El verdadero realismo socialista!
—Bueno, estaba por salir cuando tocaron a la puerta. Ya la gente llevaba más de dos hora protestando en la calle y muchos habían bajado para el Malecón.
—Y comenzaron a romper las vidrieras y a robarselo todo.
—No. A la hora que yo te digo aún no habían comenzado a robar, sobre todo porque la policía tenía órdenes de no intervenir hasta ver qué hacía el pueblo. La gente estaba protestando por culpa de la diarrea asesina.
—¿La diarrea asesina?
—Sí, un virus que si te cogía te ponía a mear por el culo, y con peligro para la vida.
—¿Pero la protesta no era porque Fidel había mandado a detener cuatro embarcaciones que se iban para los Estados Unidos?
—Esa fue la noticia oficial. La verdad era que la gente estaba asustada porque pensaban que la diarrea asesina era una especie de cólera y el gobierno no estaba haciendo nada para eliminarla.
—¡Mira tú! ¡Primera vez que escucho eso!
—Pero así mismo fue. Y lo que te estaba diciendo, era que la policía tenía orden de no hacer nada hasta saber qué quería hacer la gente, y como no se decidían si tumbar el gobierno o no, el comandante mandó a dispersar la manifestación, y ahí sí fue cuando la cosa se puso fea. Pero si se hubiesen decido por tumbar el gobierno, la orden era meterle los tanques y la infantería del ejército occidental, como pasó con los chinos en la plaza Tian’anmen, en el 89.
—¡Una verdadera masacre!
—Bueno, volviendo al cuento. Como yo no esperaba a nadie, agarré mi bicicleta y fui a abrir, listo pa despachar a quien fuera y partir para Güines. La libra de picadillo costaba 20 pesos, y el que tuviera esos 20 pesos era rico.
—¿Y tú ibas hasta Güines en bicicleta?
—En aquel tiempo yo había acabado de retirarme y estaba en perfecta forma. Imagínate que mi entrenamiento consistía básicamente en correr cincuenta kilómetros un día sí y otro no. Y bueno, yo tenía una bicicleta china, nuevecita, que me había ganado haciendo carbón en la Ciénaga de Zapata. Y esa bicicleta, a pesar de ser china, no tenía nada que envidiarle a una de carrera.
—¡Qué casualidad! Horita mismo estaba pensando en la Ciénaga de Zapata.
—La cosa era que en aquella época el transporte estaba malísimo, y yo me iba en la bicicleta para cualquier parte. Bueno, déjame seguir con el cuento.
—Dale, no te interrumpo más.
—Abrí la puerta y ahí estaban tres blancos bigotuos que por el uniforme supe al momento que eran de la seguridad personal, además, andaban en uno de los carros del comandante, un GAZ-69. ¡Que por aquellos años el comandante aún se las daba de comunista! En cuanto me vieron se pusieron firmes e hicieron el saludo militar. ¿Usted es Victoriano Magallanes? me preguntó el que estaba al frente del grupo, un teniente flaco y alto al que nosotros en mi comando llamábamos La sombra, porque nunca se despegaba del comandante.
—¿Pero usted no se llama Santiago? —le dije.
—No. Alguna gente me dice Santiago porque soy de Santiago de Cuba.
—¿Pero usted no es de Holguín? ¡Yo creía que usted era de Holguín!
—Lo que pasó fue que unos meces después de que yo naciera mi padre consiguió trabajo como capataz en Holguín, y por eso nos mudamos para allá.
—¡Para la finca de los Castro!
—Así mismo. Pero déjame seguir con el cuento.
—A mí me gustaría que algún día habláramos más sobre cómo fue su vida en la finca de los Castro.
—Está bien. Otro día hablamos sobre eso. Te decía que La sombra me había preguntado que si yo era yo. Pensé en decirle que no, que yo era mi hermano gemelo y que Victoriano se había ido para Güines, pero no me dieron tiempo. La revolución necesita su casa, me dijo La sombra. ¿La revolución necesita mi casa? pregunté pero ninguno me contestó. Descargaron tres sacos y entraron hasta la cocina como si conocieran la casa. Pero claro, tenían que conocerla. Parte del trabajo de ellos consiste en eso. Un saco de arroz, un saco de viandas, y el otro es de carne de res, me dijo La sombra, pero acuérdese que la carne de res tranca, y que en este barrio hay demasiados chivatientes. Y cuando me dijo eso ni se rio ni me hizo ninguna seña. ¡Imagínate como estaba yo con aquellos tres sacos en la cocina! Sobre todo con el saco de carne.
—¡Me imagino!
—¡Hacía como cinco años que no veía tanta carne junta! Pero con más de treinta años de servicio es imposible que alguien pueda detectarme, por eso insistí en mi pregunta: ¿Para qué la revolución necesita mi casa? pero siguieron sin contestarme. En casos como este procedimiento es hacerse con el control de la situación, y una de las primeras cosas que tienen que lograr es convencerte de que solo ellos hacen las preguntas. ¿Cómo son las condiciones de su baño? me dijo La sombra. ¿Podemos pasar a ver? Y sin darme tiempo para dar una respuesta, uno de los otros dos se metió en el baño. ¿Pero me pueden acabar de decir para qué a la revolución le hace falta mi casa? insistí, pero fue por gusto. Magallanes, necesitamos que se ajuste al protocolo, me dijo La sombra. Y como acabo de decirte, el protocolo es que solo ellos hacen las preguntas. El que había ido para el baño regresó y le hizo la seña a La sombra de que todo estaba bien. Entonces me puse firme. Si la cosa era de ajustarse al protocolo, supuse que ellos debían saber quién era yo. Hice el saludo militar y les dije, con voz de mando: ¡Firmes! y los tres respondieron a mi orden sin titubear. Yo soy el militar con mayor grado en esta casa, soy el único General de Cuerpo elite que ha tenido la revolución, héroe de la república, veterano de siete guerras, tengo 789 misiones de primer grado y le he salvado el culo a los dirigentes del país en más de 1000 ocasiones, pero en lugar de culo dije… la vida, solo por el tema del protocolo. Y de los 638 intentos de atentados que prepararon contra el comandante, continué diciéndoles, yo evité 501, así que ustedes son los que tienen que ajustarse al protocolo. Permiso para hablar, me dijo La sombra. Permiso concedido, le dije. Las órdenes se cumplen y luego se discuten, y la orden que se me dio fue que viniera a informarle que la revolución necesitaba su casa, y más específicamente, su baño.
—¡Imagínate tú! ¡A mí, que conozco bien todo lo que se ha hecho en nombre de la revolución, decirme que la revolución necesitaba mi casa!
—Yo no les doy ni los buenos días.
—Bueno, La sombra le hizo una seña al que había entrado en mi baño y el hombre salió prácticamente corriendo. Sería conveniente que nos sentáramos, me dijo La sombra. Se me hizo claro que algún pez gordo iba a entrar por esa puerta. Tranqué la cara, acomodé la butaca de frente a la puerta y me senté. ¿Usted tiene algún inconveniente en que la revolución necesite su baño? Inconveniente ninguno, le dije, pero me gustaría saber para qué lo necesitan. Lo digo porque si van a hacer el dos, aquí hace cuatro días que no entra el agua y lo normal es que no la pongan hasta pasado mañana, y además, tampoco tengo papel. La sombra me hizo señas de que hablara más bajo y de que no me preocupara. Pero si es el uno no hay problema, continué diciéndole, pero en un tono más bajo, porque pueden hacerlo en el lavamanos. Eso con un vaso de agua se resuelve. Pero ya te digo, si es el dos tienen que darme un chance para salir a buscar una jabita de nailon. En ese momento la puerta se abrió y entró el bigotuo que había salido, y más atrás entró el comandante. El comandante estaba pálido…
—¿Fidel? —pregunté.
—Sí.
—¿Fidel Fidel?
—Sí. El comandante. Te dije que te iba a hablar sobre la última vez que nos vimos.
—Ya.
—Te estaba diciendo que entró el comandante, y estaba pálido, sudoroso. En mi vida nunca lo había visto así, y daba brinquitos como si fuera un pollo amarrao por el culo.
—¿Se estaba cagando?
—Pero déjame hacerte el cuento.
—¿Pero se estaba cagando?
—¡Sí compadre! pero déjame hacerte el cuento.
—Está bien. ¡Candela! ¡Fidel cagándose el día del maleconazo!
—¿Qué tiene? ¿Acaso el comandante no es un ser humano?
—Nada, que esto está pa escribir un cuento.
—Claro, pa eso te lo estoy contando.
—Me gustó eso de que daba brinquitos como si fuera un pollo amarrao por el culo. ¡Así mismo lo voy a escribir!
—Pero acuérdate de dedicarme lo que escribas.
—Eso es lo primero que voy a hacer.
—Bueno, déjame seguir.
—Sí sí, claro. Sígueme contando. Ahora sí se puso bueno.
—Mira, aquí pasa algo muy interesante. ¿Tú sabes que en los años setentas nosotros inventamos el agua deshidratada?
—¡Viejo! —estuve a punto de reírme, pero me controlé— ¿Agua deshidratada?
—¿Qué tiene? Sí, agua deshidratada. Y diez años después inventamos el agua en polvo.
—¡Viejo afloja! ¡Ahora sí!
—¡Eso es lo que siempre me pasa contigo!
—¡Pero viejo, eso está duro!
—¿Y qué tú quieres que haga? Tanto el agua deshidratada como el agua en polvo, los inventamos para resolver el problema del abastecimiento de agua en las ciudades.
—¿Y ahora me vas a decir que las dos son ideas de Fidel?
—¡Para nada! No sé a quienes se les ocurrió, pero sí sé que no fueron ideas del comandante. Y te estaba diciendo, que la cosa era que el comandante estaba apurao. Me saludó en taíno clásico y me dijo que necesitaba que le prestara el baño.
—¿Fidel habla taíno? ¡No jodas!
—¿Qué?
—Nada. Eso. ¿Que si Fidel habla taíno?
—¡Ah! Sí. Taíno clásico. Que no es igual que el taíno siboney. Ese sí lo habla bien. El taíno clásico no. Con el taíno clásico tiene problema con la sintaxis.
—Jajá. El problema de los taxis es viejo. Desde antes de la revolución venimos arrastrando con eso.
Magallanes trancó la cara.
—Sin, taxis —le dije.
—Yo entendí. Pero si me sigues interrumpiendo vamos a estar todo el día en esto, y yo tengo cosas que hacer.
—¡Tranquilo! Si quieres vuelvo más tarde, o mañana.
—Lo que quiero es que me dejes terminarte el cuento.
—Ok. Ahora sí no te interrumpo más.
—Lo dudo. Me vas a seguir interrumpiendo hasta que termine.
—No, en serio. Ya no te interrumpo más. Espérese espérese, otra pregunta y ya. ¿Y usted también habla taíno?
—Jajá. ¿Qué te dije?
—Ok, pero después de esa ya no te interrumpo más.
—Déjame decirte. Yo hablo 24 idiomas, 16 lenguas muertas y 40 dialectos, y de los 24 idiomas, hablo la lengua de señas de 20.
—¡No te creo!
—¿Cómo?
—No, este… quise decir que es algo impresionante.
—Sí, yo lo sé. Pero yo he conocido a algunos que hablan hasta 80 idiomas. Eso sí es impresionante.
—Do you speak english?
—¡Y sigues preguntando! ¿No te dije?
—El que más pregunta aprende más. Eso es algo que usted siempre me dice.
—Es verdad.
—Entonces… Do you speak English?
—Perfect!
—Et Français?
—Parfait aussi. Déjame decirte que tienes que mejorar el sonido de la ere.
—Lo sé. Con el árabe me pasa lo mismo. ¿También hablas árabe?
—Piensa un poco. ¿Tú crees que siendo el árabe el octavo idioma más hablado en el mundo, y siendo yo el mejor superagente de Cuba, no voy a hablar árabe?
—No sé. Por eso es que pregunto.
—Mira. Yo hablo árabe, hebreo, maltés, arameo, acadio y otras leguas semíticas como el amárico y el tigriña. ¿Podemos seguir con el cuento?
—Sin ningún problema.
—Bueno —dijo Magallanes, agarró un cigarro y lo encendió— el comandante estaba apurao. Me saludó y me dijo que necesitaba que le prestara el baño, pero no me dio tiempo a contestarle. El bigotuo que lo acompañaba le entregó la mochila, y le indicó dónde estaba el baño.
—¿La mochila? ¿Qué mochila?
Magallanes se me quedó mirando. Supongo que pensó que yo había estado entretenido y por eso no me acordaba de la mochila. Recuerdo que en ese momento creí que me iba a soltar un disparate, pero dijo:
—¡La mochila rosada con bolitas blancas! —y le dio una chupada al cigarro.
No pude evitar decirle:
—¡Ah! ¡Esa mochila!
—Bueno el comandante se metió en el baño prácticamente corriendo —dijo mientras soltaba el humo— ¡qué malo están estos cigarros!
—Pero déjame aclararle, que usted en ningún momento me habló de ninguna mochila.
Magallanes apagó el cigarro contra el cenicero y lo siguió escachando hasta que lo desbarató.
—Charly, yo creo que es mejor que vuelvas otro día —me dijo— ¡yo estoy muy viejo pa esto!
—Magallanes, discúlpeme. No lo puedo evitar. Usted sabe que yo tengo dislexia.
—Yo sé que tú tienes ese problema de la dislexia, pero es que ya los otros días me hiciste lo mismo con el cuento del carro, y hace como dos semanas con el cuento de los puercos ¡y yo estoy muy viejo pa esto!
Lo que me pasaba con Magallanes es que él era lo más parecido al Juan Candela de Onelio Jorge Cardoso. Muchas de sus historias eran extremadamente exageradas, y aunque él las contaba con toda la seriedad posible, habían ocasiones en que se me hacía difícil tomarlo en serio. Por ejemplo: En 1980 Deng Xiaoping le regaló un carro que funcionaba con agua. El motor tenía una serie de obturadores que dividían la molécula de agua para usar el hidrógeno y el oxígeno como combustibles, y en teoría, aquel carro era capaz de alcanzar la velocidad de la luz. Si quitamos esto último el cuento es tragable, pero Magallanes lo complicó diciendo que el único problema era que aún no habían inventado las luces para ese tipo de carro. Según Magallanes, nunca pudo llevar el carro hasta su máxima velocidad de noche, porque iba tan rápido que las luces delanteras se quedaban atrás, y tenía que estar disminuyendo constantemente para que lo alcanzaran. Y como es fácil de comprender, con un cuento como ese, terminé riéndome de él en su cara.
—Hábleme de la mochila —le dije— rosada y con bolitas blancas. ¿Para qué era la mochila? ¿Qué había en la mochila?
—No, la mochila no era nada. La mochila del comandante era para lo mismo que la tuya. ¿Para qué son las mochilas? Lo que se decía era que él tenía en esa mochila una serie de cosas de las que no podía separarse, pero yo en realidad nunca supe qué cosas eran. Yo me imagino que además tenía cepillo de diente, desodorante, jabón y cosas como esas.
—Ya entiendo.
—Bueno. El comandante se metió en el baño y al momento comenzó a tirarse unos peos que estremecieron la casa.
—¡No me jodas!
—Fíjate si estaban fuertes, que la pintura de las paredes y el techo comenzó a descascararse.
—Jajá. ¡Candela!
—¡Así mismo! Y entonces La sombra me invitó a que saliéramos a comernos una pizza, pero como en aquel tiempo la gente inventaba con cualquier cosa, le dije que no tenía hambre.
—Yo estoy cansado de oír a la gente diciendo que como en aquella época no había queso, a las pizzas les echaban preservativos.
—¡Así mismo! Pero sin dudas la idea de La sombra era sacarme de la casa, para que no siguiera escuchando los estentóreos del comandante. Pero además, como estaba la cosa, pa lo que menos estaba la gente era pa vender pizzas.
—¿Los estentóreos?
—¡Sí, los estentóreos! ¿Qué tiene?
—No sé. Nada. Pero… es que creo que esa palabra no se usa así. Además de que nadie la usa.
—Eso pasa porque la gente cada día tiene menos cultura.
—Eso es verdad.
—Déjame decirte que una de las estrategias para instaurar el Nuevo orden mundial es esa.
—¿El Nuevo orden mundial?
—¡Sí, el Nuevo orden mundial!
—Ya sé. Esa es la teoría de Lenin sobre la revolución mundial.
—Para nada. Te explico. El Nuevo orden mundial es el nombre de un plan de dominación que los judíos vienen implementando hace más de 1000 años.
—¿Los Judíos? ¿1000 años?
—¡Exactamente!
—¿Y por qué es que yo nunca he oído hablar de eso?
—Eso no puedo saberlo. Lo que sí sé es que aquí se trata de evitar el tema porque no conviene. Sobre todo porque si la gente se pone a investigar van a terminar descubriendo que el gobierno de Cuba es uno de los principales bastiones del Nuevo orden mundial.
—Bueno, eso sí puede ser posible. El gobierno de aquí se va pa donde sople el aire.
—Pero ya verás que dentro de unos años, cuando comience la reforma del sistema cubano, va a ser inevitable que todos hablen de él.
—A ver si te entiendo. ¿Lo que me estás queriendo decir es que los judíos quieren controlar el mundo? ¿Y que además los comunistas los apoyan?
—Lo primero es que ya los judíos controlan el mundo. Y lo segundo es que los judíos inventaron el comunismo como parte del Nuevo orden mundial.
—Sígueme haciendo el cuento sobre Fidel.
—Si quieres darme por loco no importa, pero luego cuando se te ocurra escribir algo no vengas corriendo a pedirme que te explique de qué va la cosa.
—¡Pero viejo! ¿Cómo usted quiere que le crea que 5 millones de judíos gobiernan el planeta, y que además inventaron el comunismo?
—Lo primero es que los judíos son casi 12 millones.
—¿12 millones? Usted querrá decir dos semillones ¿no? jajá. Dos semillas grandes.
Magallanes trancó la cara.
—Mejor seguimos con el cuento —le dije.
—Creo que es mejor. Pero ahora me perdí. ¿Por dónde era que iba?
—Me estabas diciendo que los peos que se estaba tirando Fidel eran tan fuertes que estaban descarando la pintura, y que la sombra te invitó a comer pizza pa sacarte de la casa y que no siguieras escuchando los regüeldos de Fidel.
—Así mismo. Los regüeldos, las ventosidades, las flatulencias. Aquello era tan fuerte que yo me dije: ¡eso solo puede ser la diarrea asesina!
—De eso era de lo que me estabas hablando horita.
—Exactamente. Por aquella época estaba ese virus dando vuelta, y si te cogía te pasabas hasta tres semanas con diarrea. La gente prácticamente hacía su vida diaria en el baño. Esto nunca se hizo oficial porque era difícil de creer, pero la diarrea asesina fue uno de los factores que provocó el llamado Periodo especial. Imagínate, la gente dejó de ir al trabajo por miedo a cagarse en la calle, las producciones decayeron, el país dejó de ganar divisas y todo se fue a la mierda.
—Nunca mejor dicho.
—En ese tiempo el comandante aún se las daba de comunista, y como parte de su personaje se aparecía de sorpresa en cualquier comedor obrero a la hora del almuerzo, y se sentaba a comer con los trabajadores. Pero aquello era por la mañana, por eso supuse que la diarrea debía ser por culpa de otra cosa.
—Pero la diarrea la podía tener desde el día anterior.
—El comandante es alérgico a los mariscos, pero eso nunca le ha impedido tomarse en el desayuno un batido de ojos de langosta. El ojo de langosta es lo mejor que hay para la inteligencia, y como él tiene acomplejo con su coeficiente intelectual, se decía que siempre que la cosa se ponía mala en el país, los nervios lo hacían tomarse hasta cinco batidos en el desayuno, pero después se pasaba todo el día tomando batido de ojos de langostas en lugar de agua.
—Ni idea tenía que el ojo de langosta era bueno para la inteligencia.
—Eso es algo que descubrieron los médicos de un faraón que se llamaba Narmer, que me parece que fue el fundador de la primera dinastía, pero ahora no recuerdo bien. Luego te doy el dato.
—¡Mira pa eso! Déjame hacerte una pregunta.
—Dime.
—¿Esa puede ser la razón por la cual el gobierno le prohíbe al pueblo comer langosta?
—Diste en el clavo. Y no solo la langosta, también todo aquello que pueda extraerse del mar y sirva como alimento, y si no ¿cómo se explica que en un país como este, rodeado de mar, no haya pescao?
—Con eso namá ya se puede hacer un buen cuento.
—¿Tú conoces a Enrique Serpa?
—Sí, claro. Para mí Enrique Serpa es el mejor narrador que ha dado Cuba, después de mí, por supuesto. Jajá.
—Con toda la humildad y la modestia que no te caracterizan.
—Así mismo.
—Enrique Serpa tiene un cuento sobre este mismo tema.
—¡Aletas de tiburón!
—Aletas de tiburón. Eso es para que veas que el problema del mar y la inteligencia es algo que este gobierno heredó de la república.
—Este gobierno heredó muchas cosas de la república, sobre todo las cosas malas.
—Lo que te estoy diciendo es que Cuba lleva formando parte del Nuevo orden mundial desde que se fundó la república.
—Otro día hablamos sobre el Nuevo orden mundial. Ya ese tema me interesa. Ahora termíname el cuento sobre Fidel que tengo tremenda hambre y quiero ver si salgo a comer algo.
—Aquello fue rápido. De pronto la puerta del baño se abrió y el comandante salió como si nada. Los bigotuos se pusieron de pie, uno corrió a abrir la puerta de la casa y los cuatros se fueron sin despedirse. Luego la sombra regresó y me dijo: Alejandro me mandó a decirte que te comuniques con katiusca, para que manden una brigada que venga a repararte la casa. Pero nunca la llamé. Yo soy un patriota y nunca me ha gustado vivir a costilla del pueblo.
—¿Alejandro es Fidel?
—Todo lo que tengo me lo he ganada con mi propio esfuerzo. ¡Ah! Sí, Alejando es el comandante. Ese es su segundo nombre.
—¿Y quién es Katiusca?
—¿Katiusca?
—Sí.
—Ah, Katiusca es una especie de secretaria.
—Claro.
—Mira. Yo te estaba diciendo que creía que el hombre tenía diarrea, pero cuando entré al baño de diarrea nada. Aquello era un voleibolista soviético con complejo de luchador de sumo.
—¿El mojón?
—¡Así de este tamaño! —dijo Magallanes y levantó las manos separándolas unos 30 centímetro— ¡y con tremenda peste!
—¡Cándela!
—Así mismo. Pero ahí no terminó la cosa.
—¿Regresó?
—No. ¡Por suerte! Pero mira lo que hice. Lo primero que se me ocurrió fue darle con un palo hasta desbaratarlo.
—Viejo me tengo que ir. Tengo tremenda hambre y además no se me quita el dolor de cabeza.
—Dame un minuto y ya. Un cubo de agua valía 20 pesos y aquel animal por lo menos me iba a costar 40 o 60 pesos. Es verdad que cuando vendiera el saco de carne iba a sacar más de 4000 pesos, pero en ese momento no tenía ni un quilo prieto partido por la mitad. La cosa estaba fea. Entonces se me ocurrió meter al animal aquel en una jaba de nailon.
—Todavía aun hoy hay gente que tiene que hacer eso.
—No. Lo que se me ocurrió fue guardarlo para el futuro.
—¿Qué?
—A ver, dime tú. ¿Cuánto tú crees que pueda estar costando en este momento un mojón del comandante?
—¡Coño viejo! ¡Qué asco!
Por suerte en ese momento comenzó a sonar el teléfono.
—¡Miles de dólares! —dijo Magallanes.
Le clavé la vista al teléfono para que dejara de hablar y lo atendiera.
—O tal vez cientos de miles.
—Viejo coja el teléfono que a lo mejor es importante.
—¡Y me imagino que cuando el comandante la pasme, puede costar hasta un millón!
—Viejo me piro —dije y me puse de pie.
—Espérate un momento.
—Me piro que tengo hambre y la cabeza se me quiere partir.
—Espérate que aún no te he contado lo mejor —dijo y descolgó el teléfono—: Buenas tarde —guardó silencio para escuchar a su interlocutor y me hizo seña de que me esperara un momento, luego me dijo—: es Yeney. Viene para acá —se despidió y colgó el teléfono.
—Viejo de verdad que tengo que irme.
—Espérate pa que conozcas a Yeney.
—Otro día.
—Bueno, como tú quieras. Pero aún no te he contado lo mejor. Yo sé que a mucha gente le cuesta trabajo creer las cosas que me han pasado, pero en este caso tengo la evidencia.
—¿La evidencia?
—¡Sí, la evidencia! Espérate, voy a aprovechar que el gato no está y voy a buscarlo. El gato no puede verlo. Siempre que lo saco para enseñárselo a alguien me salta encima y comienza a morderme y a arañarme. Como te dije, metí a aquel animal en una jaba de nailon y para que no se descompusiera lo guardé en el congelador.
—Viejo ese es el final. Ahora si me piro —le dije y lo dejé pidiéndome que me quedara para que viera el mojón de Fidel.
Cuando abrí la puerta Bukowski entró corriendo y se subió en su butaca.
—Dame un segundo —me dijo Magallanes.
—Nos vemos luego —le dije y unos días después le pedí que nunca más me hablara sobre ese tema.
—Con una condición —me dijo.
—¿Cuál?
—Que escribas algo con eso.
Y esto fue lo que salió.
