Categoría: El divan de narrativa

Aliens vs Catarro

Fausto Arnaldo Pompa Abreu. Fue primer lugar en el encuentro debate taller municipal de Plaza de narrativa en el 2009 (en La Habana) y tercer lugar en el debate taller provincial del mismo año. Finalista en el concurso Cosecha Eñe 2009. Publicación en revistas como: Catálisis (México); y Pez Ciego (México). Entrevistas en: www.polvo.com.ar, www.havanatimes.org. También en publicaciones digitales, tales como: www.isliada.com, otrolunes.com, la8ctavanota.com, www.halmas.org, www.esquife.cult.cu, entre otras. Durante dos años hizo lecturas en un espacio propuesto por el Instituto del Libro, donde la lectura y la crítica eran los eslabones principales. En la actualidad trabaja para revistas digitales independientes en Canadá. También ha participado en proyectos comunitarios en la zona donde vive. Autor de la novela inédita: Apología sobre la acidez (actualmente en progreso). Leer más…

A solas con Magallanes

Abu Duyanah ( seudónimo de Niovel A. Tamayo). Manzanillo 1984, Cuba). Escritor, poeta, crítico literario y periodista. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardozo en 2012. Coordinó el grupo artístico literario Kbzapiñón desde el 2005 hasta el 2011, que tributó activamente en las peñas Descargulia y Cuatro de mala música, vinculadas en algún momento al Centro Iberoamericano de la Décima. En el año 2010 fue mención especial de narrativa en los Segundos Juegos Florales de Siboney, y un año más tarde, en la Terceras edición de dicho certamen, se alzó con el Primer lugar de narrativa; en ese mismo año obtuvo el Segundo lugar de narrativa en el encuentro provincial de talleres literarios de La Habana. En el 2012 ganó el Primer premio del concurso “La casa del trompo”. Colabora como periodista y crítico con diferentes publicaciones digitales. Parte de su obra aparece en revistas y antologías. En la actualidad coordina, junto al escritor y fotógrafo Ariel Maceo Tellez, el grupo artístico literario Demóngeles. Leer más…

Los Black Loyalists

Enrique del Risco Arrocha (La Habana, 1967) Licenciado de Historia, Universidad de La Habana, 1990 y Doctorado en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Nueva York. Sus relatos han aparecido en una docena de antologías y sus ensayos en las antologías Guayaba Sweet: literatura cubana en Estados Unidos (Valencia, 2003), Todos los libros, el libro (Virginia, 2004) y Aldabonazo en Trocadero 162 (Valencia, 2008). Habitualmente contribuye con ensayos y artículos en varias publicaciones de España y Estados Unidos. Obras suyas han sido traducidas al inglés, al alemán y al polaco. Ha escrito para teatro, televisión y cine. Además es autor de la colección de artículos El Comandante ya tiene quien le escriba (2003) y del libro de ensayos Elogio de la levedad. Mitos nacionales cubanos y sus reescrituras literarias en el siglo XX (2008). Ha publicado varias colecciones de cuentos, entre ellas: Obras encogidas (1992), Pérdida y recuperación de la inocencia (1994), Lágrimas de cocodrilo (1998), Leve Historia de Cuba (2007), ¿Qué pensarán de nosotros en Japón? (2008), merecedora del V Premio Iberoamericano Cortes de Cádiz; Siempre nos quedará Madrid (2012) y la antología de textos sobre historias de intelectuales cubanos con la policía política El compañero que me atiende (2018). Reside en West New York, New Jersey.

Con la novela Turcos en la niebla, a la que pertenece este fragmento, acaba de ganar el XX Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones.

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Eltico:

No recuerdo bien si fue aquella noche en que llamé a la policía para acabar la discusión en mi terraza cuando el Cenizo habló de los Black Loyalists. Debe de haber sido otro día porque el tema era lo bastante extraño como para tranquilizarnos sin necesidad de llamar a la policía. Eran negros —los Black Loyalists, digo. Esclavos negros que durante la guerra de independencia de las Trece Colonias americanas fueron puestos en libertad por los ingleses para que lucharan contra Washington y su gente. Antiguos esclavos luchando en contra de la independencia de las Trece Colonias. Después de perder la guerra los ingleses no sabían qué hacer con los negros que habían luchado en su bando. Así que, en lugar de llevárselos para Inglaterra, los mandaron para Nueva Escocia, en Canadá. Nueva Escocia era colonia inglesa, pero entre el frío y el desprecio de los colonos blancos leales al rey de Inglaterra, los negros estaban locos por irse a cualquier otro sitio. Y surgió la idea de mandarlos a África, así que terminaron creando una colonia para ellos en lo que ahora es Sierra Leona. Pero ni en África consiguieron adaptarse del todo. Resulta que allá los nativos también los rechazaban porque también los veían como extraños.

Decía el Cenizo que la historia de los Black Loyalists le recordaba nuestro caso. No importaba que los americanos hubieran ganado la Guerra Fría y nosotros estuviéramos de su parte porque al final el exilio, los gusanos, los cubanos libres o como quiera que nos llamen éramos los perdedores. Incluso llamarnos perdedores sería darnos demasiada importancia. Porque de aquí a unos años esos principios a los que ahora dábamos tanta importancia no iban a tener ninguna. Conceptos como “libertad”, “democracia” o “derechos humanos” parecerían palabras pomposas inventadas por unos cuantos cabrones para explotar a los pobres comemierdas que se las creyeran. Se tomarían con la misma sospecha con que ahora los cubanos nos tomamos “patriotismo”, “solidaridad”, “justicia social” o “igualdad”. En un par de décadas nadie sabría por qué había tantos descendientes de cubanos en Miami o acá arriba. Nuestra migración se confundiría con otras y nuestra emigración sería cosa de especialistas. Y como ustedes saben —decía el Cenizo— a los especialistas no se le puede hacer mucho caso.

Eso decía el Cenizo. Yo creo que el nuestro —y estoy pensando en gente como yo que aunque nunca nos vamos a convertir en americanos nos hemos adaptado al medio lo suficiente como para no imaginarnos la vida fuera de él— no es un caso tan grave. Jodidos están los que se metieron en el ejército americano a luchar otras guerras como si fueran suyas. O los que se pusieron a trabajar para la CIA con la ilusión de que luchando contra el comunismo en general iban a ayudar a derrotar el de su país. Gente que mató inocentes, que puso bombas a tipos de los que nunca habían oído hablar, que traficó armas por toda Centroamérica, o hasta drogas para financiar la compra de esas armas, aunque por principio no se fumaran ni un pitillo de marihuana. Que pilotaron aviones en África o cortaron orejas en Viet Nam. Muchachos que se dejaron matar en alguna de esas misiones en lugares que no conocían por gente que tampoco conocían. Y el reguero de lágrimas que dejaban detrás. Del carajo.

Ahora a los muertos los olvidan y a los presos los desprecian o se desentienden de ellos; a esos que el mismo gobierno americano que los adiestró y les dio órdenes de matar los tiene ahora presos por cualquier cosa. Y no hablo de tipos sádicos o aventureros que se meten en una guerra para darles alguna salida a sus instintos, que siempre los hay. Hablo de gente que hizo cosas terribles por pura convicción, por principios. Gente a la que le revolvía el estómago cumplir ciertas misiones pero que confiaba en que al final todo tendría sentido y serían considerados héroes o al menos verían sus sueños más o menos cumplidos.

Si el tiempo fuera borrando todos aquellos horrores no habría problemas: uno se iría tranquilizando con el tiempo y asumiría que ya ninguna de las razones por las que luchábamos con todo el orgullo del mundo tiene sentido. Pero entonces desde Cuba empiezan a llegar disidentes, gente joven y no tan joven que te habla de libertad y de democracia con el tono de quien las acaba de descubrir. O de inventar. Con un entusiasmo y un optimismo que a uno le da vergüenza no sentir ya. Hasta te ves obligado a recuperar esa vieja ilusión aunque sepas que te estás engañando a ti mismo. Que por mucha bulla que armen estos muchachos no van a conseguir nada. Gente que saca la cara por un pueblo infectado de una cobardía tan enfermiza e incontrolable que hay que volverse budista para que no te revuelva el alma.

A partir de que Cuba eliminó el permiso para viajar no paran de aparecerse por acá: desde disidentes a tiempo completo con años de prisión hasta muchachotes que lo único que hacen es escribir artículos en internet. No importa cuál sea su historia: todos tienen la misma desconexión con el mundo de las cosas reales donde esto vale tanto y ese dinero se consigue trabajando tantas horas haciendo esto otro. Y fíjate, no es que no sepan de la existencia del dinero. A diferencia de nosotros —los marielitos que vinimos para acá en el 80— o luego los balseros del 94, no piensan que el Yuma es una fiesta infinita y el dinero sale por la llave del agua. Estos de ahora saben cómo funciona el mundo —con sus reglas, con sus obligaciones— pero han decidido vivir como los hippies, de lo que vaya apareciendo. Y somos nosotros los que tenemos que asegurarnos de que no les falte nada. Gente que no tiene dinero ni para comer y cuando les das diez pesos se los gastan en una tarjeta de teléfono para compartir con la humanidad sus impresiones sobre el frío que está haciendo en Nueva York o lo diferentes que son los amaneceres por acá. O prefieren gastarse el dinero en contar en Facebook lo mucho que extrañan a la abuela o al perrito que dejaron en Cuba que en llamar a la abuela o mandarle comida al perro.

Así mismo se inventan giras por Estados Unidos (o por todo el mundo) sin preguntarse cuánto cuestan los pasajes, la estancia en los hoteles, la comida, el transporte. Antes de darte tiempo a prepararte te llaman desde alguna ciudad remota pidiéndote que los ayudes a completar su gira. Pero no como un favor que se le pide a un amigo sino como una especie de deber patriótico que uno tiene que cumplir o le caerá encima alguna maldición no menos patriótica.

Quizás estoy exagerando. Porque la verdad es que no se enteran de nada. Los que te llaman son amigos mutuos que te avisan que tienen a alguien en casa que quiere llegar a la ciudad donde tú vives y presentarse ante doscientas personas. Es en plena conversación con tu amigo que descubres que no tienen ningún medio para hacerlo: sólo la voluntad y la confianza de que de manera mágica todo va a ocurrir según sus deseos. Hay quien se molesta porque luego de pasarse la vida trabajando, sin salir nunca de viaje, vienen estos a pedirles dinero para ir a lugares donde sus benefactores nunca han podido ir.

Entre una cosa y la otra en los últimos tiempos la casa casi siempre estaba llena. Sobre todo cuando hacía mi famoso puerco a la bañadera. Y es que mi fama gastronómica se iba extendiendo por el barrio y más allá. Cada vez que algún amigo de un amigo venía a darse una vuelta por Nueva York y Nueva Jersey terminaba en mi casa porque se decía que yo los recibiría con brazos y calderos abiertos. Pero la base de mi clientela seguía siendo la Banda de los Cuatro con la adición ya permanente del Cenizo. Ahora los acompañaba gente recién mudada para el barrio entre la que había músicos, pintores, arquitectos, escritores, críticos, cineastas. Y hasta alguna que otra persona normal, de las que no te decía el nombre con la esperanza de que te sonara conocido. Que no te decían “Me llamo Pepe” con la ilusión de que tú le respondieras “Ah, el famoso Pepe”.

Pero lo que más abundaban eran los pintores, escultores. Artistas visuales, como les gusta llamarse ahora. Los suficientes como para que el British les sugiriera hacerse llamar “La Escuela Cubana del Hudson”. Pero el nombre no prendió. Les gustaba lo de “escuela” y lo de “Hudson” pero no les convencía lo de “cubana”. Les parecía demasiado provinciano. Y ellos eran universales, como Picasso o Da Vinci aunque entonces el British les recordó que Vinci era un pueblito de mierda y a Leonardo no le avergonzaba cargar con él a cuestas. Y si tan universales querían ser mejor empezaban a janguear con iraníes, belgas, japoneses. Pero nada. Entre ellos no vi nunca siquiera a un dominicano. Todos cubanos. Todos hablando de las mismas mierdas cubanas una y otra vez. Pero ellos eran universales.

Ya las tertulias no bajaban de ocho o nueve personas entre semana o de quince o veinte los fines de semana. Más que las discusiones de política lo que más me gustaba era cuando alguno traía la guitarra y así me daba la oportunidad de sacar los bongoes. No es que los toque bien pero al menos sé llevar el ritmo. O si se calentaba la cosa, repartía claves, güiros, maracas y chekerés, así que al final de la noche teníamos armada una descarga ensordecedora y la terraza parecía que iba a despegar hacia otra dimensión si antes la policía no allanaba mi apartamento. Aunque como ya te dije, de algo tiene que servir ser el dueño del edificio.

Basura

Marco Tulio Aguilera Garramuño (Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amorMujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía «El libro de la vida», cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.

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