Ataques de risa

Sobre el libro de cuentos homónimo, de David Betancourt

Marco Tulio Aguilera Garramuño

Ataques de risa
David Betancourt
Editorial Universidad Veracruzana, Colección Ficción, México 2019.

 

Hubiera querido que cuando conocí a García Márquez, nuestro Premio Nobel más renombrado, me hubiese tratado como yo traté a David Betancourt, este joven cuentista colombiano a quien alguien, no sé quién, ha llamado el Mike Tyson de la literatura colombiana. En el caso mío con García Márquez lo que hubo fue un simpático enfrentamiento de egos en el que salimos, conjeturo, empatados. Ese encuentro y otros que tuve con nuestro superstar los conté en un libro publicado precisamente en la Editorial Veracruzana.

Conocí a David Betancourt tras la presentación de un libro no sé si suyo o mío en la Feria del libro de Puebla hace varios años. Era muy parecido al de la foto oficial, la que aparece en todas sus solapas de sus libros y en las pocas entrevistas periodísticas que ha concedido; incluso lucía su gorra de muchacho de barrio de clase media de Medellín, que es, según parece, una especie de uniforme.

De algún íntimo reducto de generosidad que generalmente no tengo saqué mi heroica tarjeta de crédito para  invitarlo a él, a su esposa, colombiana también, y a mi esposa, y a mí mismo, naturalmente, a un elegante restaurante que subsiste en el Complejo Cultural Universitario de Puebla. Tomamos buen vino, lo que no sé si le hizo gracia a David, pues los paisas colombianos (es decir, los antioqueños) más bien gustan del rudo aguardiente.

David habló poco, casi nada; me dedicó un libro con abundancia de generosas palabras. Su esposa, estudiante de Filología en la Benemérita Universidad de Puebla, además, becaria, y por lo tanto, parte fundamental de la supervivencia de la pareja en Puebla, fue la que llevó la voz cantante (mientras David callaba, sonreía y asentía con entusiasmo): habló de viajes en bicicleta, mucho ahorro, mucha reclusión de parte de David, que resulta ser  becario de la becaria). Nos tomamos fotos y, cursi que soy, le prometí amistad eterna. Por el rumbo andaba el editor de la Editorial de la Universidad Veracruzana, a quien recomendé entusiastamente los libros de este muchacho -no sé cuántos años tiene pero posee el empaque y espíritu de muchacho.

Aquí se corta la historia durante un año. El siguiente capítulo es el que hoy  estamos viviendo: la presentación en sociedad de Ataques de risa, un libro de cuentos algo particular. Lo primero que se me ocurre decir sobre este libro es que es regocijante, patético, simpático, muy natural, tiene gracia, tensión en cada uno de sus cuentos, recupera el final sorpresa inverecundamente, sabe engañar al lector y siempre, siempre le arranca una carcajada al final, y a veces le arranca muchas, como en el caso del cuento que se llama “Entre todos”, drama cómico en el que toda una familia y un vecindario se involucran en la empresa de hacer que la protagonista logre aprobar todas sus materias en Quinto año de bachillerato.

El primer cuento del libro es de un atrevimiento bárbaro: Betancourt se atreve a abrir su libro con lo que podría llamarse en música sinfónica un gran finale: una chica,  llamada Risa, batalla durante 10 páginas para alcanzar un orgasmo con un aparatito cómplice apodado Lenguas; persigue tozudamente un laborioso orgasmo al que se opone el mundo entero. Al terminar de leerlo –obviamente no contaré el final- lancé la primera carcajada del libro.

Risa, una chica con ideas fijas y bastante heterodoxas, a quien ya conocemos y quien comienza a cautivarnos, se gradúa de licenciada en filología hispánica y se lanza al mundo a buscar trabajo, a ser independiente, a buscar una satisfacción que complemente sus solitarios orgasmos. El final lo habrían podido firmar Cortázar o Gombrowics. O más bien Ribeyro.

“Vacío”, el cuarto cuento, nos habla de las peripecias de Risa por ganarse un enorme premio literario que le permita emigrar a México a reunirse con su amado: Risa manda a todos los concursos del mundo sus textos (como lo hacía el famoso protagonista de un cuento de Bolaño –ese chileno sobrevalorado: en eso coincido yo-reseñista con Risa-protagonista y tal vez Betancourt-autor-; Risa manda sus cuentos a todos los concursos como lo hacía el Sensini del cuento de Bolaño. “Vacío” es una tierna, desesperada y sangrienta sátira  de los esfuerzos que hacen los escritores novatos por salir adelante en un mundo en el que prima el canibalismo. El final de nuevo es de knok out.

En “El baúl”, siguiente cuento,  el autor juega con las ilusiones de Risa y del lector de una manera cruel, sádica y minuciosa.

Todos los demás cuentos comparten con los anteriores el atrevimiento y la ternura, la efectividad y la gracia, la síntesis y la holgura, un arte indudable que, reitero, me recuerda a los grandes, buenos, inolvidables cuentistas: O’Henry, Ribeyro, Chejov. No lo dudo, andando el tiempo será uno de los clásicos del género corto. Apuesto.