"Apenas me doy cuenta que soy José Kozer, carne, hueso, biografía"

Conversación con el escritor José Kozer

Por Amir Valle

A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es José Kozer? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: José Kozer, el ser humano y José Kozer, el escritor, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.

Entiendo que el día cuenta con 24 horas. No soy José Kozer durante 24 horas, más bien no sé quién soy, tampoco me quita el sueño no saberlo: me atengo al desconocimiento de la propia identidad (detesto la idea de identidad) una de tantas formas de desconocimiento a que me atengo. Gusto de desaparecer inmerso en los asuntos del día, caminar temprano de mañana conversando con mi mujer, volver, tomar fruta, abrir la computadora, trabajar. Trabajar es un horario, una rutina y una monotonía que amo, ese trabajo no implica desde hace años al tal José Kozer, mi felicidad hasta cierto punto es no ser José Kozer.

Cuando tenía unos 45 años empecé a leer sistemáticamente filosofía y literatura orientales, sobre todo japonesa y china (con el tiempo lo coreano se hizo espacio vital de mi mujer). Esa experiencia lectora, y leer es para mí vida, y hecho tan real como todo cuanto consideramos vida, me marcó profundamente: me llevó a la práctica del budismo zen, al estudio a solas y callado, a una diaria experiencia en solitario y sin Maestro de ciertas prácticas de concentración, meditación, contemplación. Creo por esa vía me empecé a curar de un exceso de “occidentalidad” y, más importante, de ese sentido de singularidad y de univocidad, de yo y de yo supremo, de toda esa dialéctica dualista que caracteriza la cultura occidental.

El neobarroco me trajo la dicha de convivir con poetas que no se sentían unos superiores a otros, que no categorizaban sitios según un orden numérico (ordinal): éramos (y somos) primus inter pares, no competíamos para llegar el primero en una carrera  enloquecida y malsana de galgos. Sumando zen a neobarroco llego con el tiempo y numerosos tumbos y traspiés a una zona de inmersión donde ser (prefiero estar en vez de ser) al igual que leer o hacer poemas se vuelven en mí naturales, propia naturaleza, olvido del acto en sí, sea el de comer, mirar un programa baladí de Netflix, escribir un nuevo poema o comenzar como acabo de hacer esta mañana la lectura de los diarios de Pekín de Derek Bodde.

Ya en verdad apenas me doy cuenta que soy José Kozer, carne, hueso, biografía. A mis casi ochenta años de edad cuento con no ser, carecer si se quiere de ontología, de epistemología, y en su lugar lisa y llanamente estar en lo qe estoy cuando estoy: como dice el zen, cuando tengo hambre como, cuando tengo sed bebo, cuando tengo sueño duermo. He ido poco a poco, todo gradual, aprendiendo a caminar, a sentarme, a mantener la postura, a escribir y leer centrado y concentrado, a vivir sin desvivirme demasiado, incluso a dejar de pensar en mi trabajo de “escritor” como una trascendencia o algo superior y más importante que, ¿qué?.

Existo, de momento, la Muerte se acerca (no creo hay un poema mío en donde de alguna manera no se alude a la Muerte) y sin embargo, créaseme, no siento el menor empacho, la menor problematicidad ante la venidera Muerte. No es que la busque ni la desee, todo lo contrario, se trata de una desconsideración universal, algo que me es, y cada vez más, del todo ajeno, porque la muerte de José Kozer participa del orden, tal vez necesario, de la realidad. Es algo natural. Y como todo lo natural está ahí, quiérase que no: produce un sentido de desgracia o de alivio, yo me veo y veo mi persona abocada a la Muerte como una absolución, la tranquila posibilidad de no ser yo, y adiós.

El “escritor” en mí empieza por no considerarse escritor. Sé que escribo, por ende soy escritor. Sé que hago poesía, por ende, horror, soy “poeta”. Sé que leo, soy lector. Ocurre que hago un poema, ese poema en general ocurre de mañana, a primera hora, tras mis rutinarias abluciones, me toma unos 25 minutos gestarlo, no viene determinado por nada en absoluto, empieza a suceder casi por cuenta propia, mis poemas son cuentapropistas: lo único que hago es a medida que el poema sucede lo voy limpiando de su broza, su hojarasca, posibles sentimentalismos y retórica, falsos saltos o vericuetos que me pueden hacer abortar el poema que escribo, hecho que intuyo y que asimismo ataco y resuelvo con la larga práctica de un oficio, y me obliga a generar de primera y pata un poema casi acabado: luego hay que darle el fino, claro está, una limpia que me puede tomar al día siguiente cuarenta minutos, una hora: terminado ese proceso lo guardo en mi computadora según un orden que me he montado, y ahí queda coleando, como saco roto y, para mí, otra de tantas formas de olvido. The fun is over. Y desde ese momento hasta el próximo poema que escriba (nunca sé si volveré a escribir, casi lo deseo) no escribo nada, por ende dejo de ser escritor. Es decir, mientras escribo un poema soy poeta, 25 minutos más tarde dejo de serlo, y como tampoco soy José Kozer (al menos no me tomo en serio) qué: pues qué sé yo. Vivo como todos, más o menos y como cada cual a su manera: como, dormito, leo, veo Netflix, contesto unos emails, hablo con mis hijas, hago cálculos de dinero, almuerzo, conversamos y zas.

Con otra de las grandes voces de la poesía cubana: Reina María Rodríguez.

Con otra de las grandes voces de la poesía cubana: Reina María Rodríguez.

No soy poeta a tiempo completo, lo soy por el contrario a destajo. Claro que puedo estar gestando poesía inconscientemente, hecho que hay que considerar como parte crucial del oficio de escritor, de poeta en mi caso. Funciono con total espontaneidad, nunca he escrito un poema por encargo, jamás un poema  “perpetrado” y mucho menos con premeditación y alevosía: el poema surge, resurjo yo de mis otras situaciones para escribirlo, lo hago como trabaja el Calígrafo japonés, que medita, a veces largamente, y de repente, ante el pliego de papel de arroz a sus pies, y su pincel en mano embarrado de gruesa tinta negra, inscribe en el papel sus ideogramas, in toto o en buena medida.

A manera de ejemplo, ayer tarde vi un documental de cocina callejera en Bangkok, se trata de una mujer de 72 años que lleva una vida cocinando en wok para ganarse el pan con el sudor de su envejecida frente, trabaja de lunes a lunes, 10 horas diarias, tesón, fuerza, concentración: esta cocinera ha llegado a un punto de actividad donde puede inventar variando las comidas clásicas tailandesas, crear otras nuevas, llegó a recibir una estrella Michelin, algo muy raro en su situación. Hubo momentos en que viendo el documental se me aguaban los ojos, soy un bicho sentimental, nunca lloro en poesía pero todo lo demás me hace llorar: y esta mañana, sin proponérmelo y para mi sorpresa escribo un largo poema sobre el documental de marras, por supuesto partiendo del mismo pero de inmediato dejándome llevar, cayendo en la propia invención, inmerso en el desconocimiento de cuál será la próxima palabra que escriba, ni feliz ni infeliz, inmerso y variando. Cambios bruscos (anacolutos) pasar de lo serio a lo jocoso, como ocurría en la poesía jocoseria del Barroco, aceptar módulos de lenguaje en español que pertenecen a toda la lengua peninsular e hispanoamericana, sin pararme en barras a la hora de utilizar cubanismos, mayormente los de mi adolescencia, años 50, y modalidades del castellano que pueden integrar en el texto refranes, idiotismos, frases hechas, vocabulario de andaluces, peruanos, mexicanos, etc.

El ser “biográfico” y el ser “literario” son inseparables, los dos viven en simbiosos, uno parásito del otro, dos jimaguas, dos amantes del brazo cantando y riendo, a estas alturas viviendo desde una despreocupación organizada y sana, cordial y solitaria, tal vez somera y nada honda, que le permite ir acabando desprendiéndose de toda materialidad: y muy en particular de esa materia que es José Kozer, que es y no es yo mismo.

 

La condición de lobo solitario parece ser una constante en muchos de los escritores cubanos que, sea por la razón que sea, han tenido que exiliarse después de 1959. Es curioso porque en Cuba el sistema cultural considera que ya no es cubano quien se exilia, y gran parte del mundo académico e intelectual que estudia nuestras letras en esos países consideran que la literatura cubana es aquella que se hace en la isla. Eso coincide con una de tus ideas cuando dices que “Por mi poesía y mi situación de cubano exiliado, por no tener el apoyo de un gobierno ni de una universidad y ser demasiado transparente y demasiado bocón, he hecho una vida muy solitaria. ¿Qué cree haber ganado y qué cree haber perdido entonces José Kozer, poeta, en esa vida de lobo solitario?
Retrato de José Kozer. Autor: Jack-Richard-Smith.

Retrato de José Kozer. Autor: Jack-Richard-Smith.

Salir de Cuba con veinte años de edad fue una bendición y una maldición. Más que nada una bendición. Razón: de haberme quedado a) tendría que haber hecho una vida de lobo estepario más absoluta que habiéndome ido, b) haberme largado me obligó de entrada a la multiplicidad, al bilingüismo (como mínimo) adentrarme con naturalidad en la polivalencia del mundo, sus lenguajes, culturas, variadas gentes, influencias mucho más amplias y profundas de las que la insularidad me hubiera ofrecido en las “nuevas” circunstancias cubanas, a raíz de la llamada Revolución.

Considérese: en Cuba nunca conocí a un puertorriqueño, a un dominicano, a un haitiano, nunca me codeé con latinoamericanos de ninguna índole, ni argentinos ni peruanos, paraguayos o venezolanos. ¿Qué decir de conocer a brasileños, a centroamericanos, mexicanos? En Cuba no existieron para mí; comenzaron a existir a partir de la década de los sesenta, en Nueva York, y más adelante através de los viajes.  Eso visto desde mi perspectiva actual, si me hubiera quedado en mi país, ateniéndome, hubiera sido un lastre y una enorme pérdida en cuanto persona, y para mi poesía en función de un estado de crecimiento que considero constante.

A la hora de la receptividad ajena, las prebendas, invitaciones, canonjías, premios y demás, vi (veo) tanta basura, tanto oportunismo, tanta mediocridad detentando el poder, siempre barriendo para dentro, siempre lucubrando cómo ocultar la falta de talento, de capacidad de riesgo que francamente a estas alturas ya no me inmuto, no siento la menor violencia ante mi “destino”, no me pongo bravo, no me emberrrenchino ni cabreo, no me encalabrino. No participo del quid pro quo, y si pierdo en premios, viajes pagados, conocer otros lugares, etc., gano en lectores (pocos) auténticos, mayormente jóvenes que en verdad son los más interesantes. Me resigno a no ir a Bulgaria y Japón, a no haber sido invitado a China o la India, pero por otro lado no me pueden quitar (parafraseo a Garcilaso) el trabajo propio, la vida que me ha tocado, el “reconocimiento” que  en vida voy recibiendo, todo pautado y lento, más hondo como creo debe ser: cuesta arriba. Todo llega, decía mi padre. Tarde o temprano si mi poesía tiene algún valor, más allá de la cantidad (hechizada) le tocará en la feria de vanidades del mundo su momento y lugar.  A cambio de una mínima participación conveniente, me he ganado a pulso ser “reconocido” por los fieles y hasta por algunos infieles. Vivo la dicha (bendición) de una casa en paz, una compañera que está a mi lado hace 44 años, una familia en orden, y libros, libros, poemas y poemas, cuadernos de apuntes, un sueldo correcto, una jubilación suficiente, mi rutina que me resulta enriquecedora: tal vez para muchos la soledad es una maldición, para mí no lo ha sido. Soy persona cordial, me gusta la gente, salvo los políticos de toda laya, y los fanáticos religiosos de toda religión (Dios no tiene religión, no es sectario) pero dado que el mundo es mundo y ese mundo es lo que es y como es, y yo no soy un quijote que quiera desfacer entuertos y enderezar por sí solo nada, mejor me quedo en casa, y sigo el consejo de mi padre que decía, “a ti qué se te perdió en la calle” o el de Pascal que dijera que todos los males vienen de salir de casa (parafraseo).

Soy cubano, no con exclusividad. Soy también japonés, indostano, menchevique, pacifista, belicoso, soy y soy en la contradicción y la paradoja, y dejaré de ser en su momento (inevitable) ni antes ni después. Anthony Kerrigan fue invitado con una beca de la Kellogg en la época dura de la Revolución a investigar lo que pensaba la intelectualidad cubana de la intelectualidad exiliada cubana (el resultado está publicado en un número de la revista Salmagundi): los intelectuales “revo” dijeron cosas muy feas de Cabrera Infante, Severo Sarduy, Reinaldo Arenas y otros, insultaron, despotricaron y más que nada, juzgo, se pusieron en evidencia como oportunistas y lamedores de embarrotillados traseros. Supongo que todos padecerán ahora de gastritis. En mi caso al ser preguntados, no pudiendo aducir como en el caso de otros, a mi preferencia sexual, a la forma y tamaño de mi pudenda, dijeron que yo era un israelita (ése es un israelita, dijeron): al leerlo me dije, pero cómo, si nací en Cuba y no en Israel, me da la impresión de que soy cubano y no israelita. ¿Algo más?

 

En República Dominicana.

En República Dominicana.

Entre los momentos especiales, de algún modo, recientes, son el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, en 2013, y más recientemente tu estancia en Dartmouth College, como Montgomery Fellow. Pero también una verdad que se impone: tu obra es cada vez más leída y valorada en Cuba, y curiosamente entre esos lectores se encuentran las nuevas generaciones. ¿Qué valor tiene para José Kozer, el eremita, estas resonancias públicas?

El Neruda es un premio noble: primero, entre los premios por obra, reconocidos y bien remunerados, es sólo de poesía, y segundo, dentro de lo que sé, y dado que fui jurado al año de recibirlo, puedo decir que es un premio que como tantos no está dado de antemano, no es fácil manipularlo ni se gesta por consideraciones ajenas a la poesía. El jurado se compone de cinco miembros, 2 chilenos y 3 internacionales, cada cual de antemano tiene que enviar tres candidatos y de cada candidato un razonamiento crítico indicando por qué dicho candidato merecería el premio. El que escoge un candidato lo hace a ciegas, o sea, los demás no saben quién lo ha escogido, de modo que el amiguismo es difícil de darse. Se dirime en varias sesiones, en general de dos o tres días de duración, por qué tal o cual candidato merecería recibirlo. El debate es intenso y serio, y a medida que se vota, del total de pretendientes al trono de ese año, a veces quince, a veces algo menos, van quedando en un pizarrón los nombres de los que han recibido hasta el momento más votos. Cuando quedan dos finalistas se procede, tras renovada discusión, a la votación, a ciegas: el ganador tiene que recibir tres votos o más. En mi caso resultó por unanimidad y se comentó por escrito que era de las pocas veces que alguien recibía éste u otro premio de literatura pese a tener una obra poco normativa, “rara” y diferente en gran medida a tanta buena obra que se escribe en nuestra lengua. Eso es lo que más me alegró ya que para mí implicaba (implica) que poetas que escriben de otra manera, menos accesible de primera y pata a una mayoría, tenían también la posibilidad de verse premiados como en mi caso.

La Montgomery fue una total y absoluta sorpresa: tengo entendido que fui el primer poeta latinoamericano que escribe en español, su idioma natural y materno (por igual paterno) y uno de los pocos cubanos, en recibirlo. Poeta cubano estoy casi seguro haber sido el primero. De nuevo gracias y qué bueno. Interesa abrir brechas en el sistema, y abrirlas no con base al oportunismo político sino a la calidad de la obra. Harta ya estar pisando huevos y templando gaitas, ver la aplastante mayoría de premiados por razones ajenas a la escritura, y desear se premie por el valor de la obra y no por razones de etnias, color del pellejo, sexualidad rampante, número de aretes o tatuajes del personaje en los brazos, el ombligo o el glande. Eso se va logrando, todo se satura, y en los años venideros creo se prestará más atención a la obra en sí y no a factores de conveniencia política.

En el caso de Cuba estuve décadas siquitrillado, ni más ni menos que muchos otros escritores exiliados, aquello se fue abriendo, y mejoró, sólo que no lo suficiente: sigue en pie la estrategia de dar un pasito al frente y tres pasos de gigante atrás: es lo que define el juego literario dentro de la Isla. No sé a qué rayos le tienen miedo. Mira que tenerle miedo a un Lezama, a un Virgilio o a un Cabrera Infante, un Baquero. En fin, allá ellos y sus estrategias, más bien pueriles y envejecidas, a nadie convencen salvo a los vejetes convencidos por conveniencia propia de siempre. Y a quienes menos convencen es a los jóvenes. Vengo palpando día a día a través de la red y los correos electrónicos como no es posible engañar a esos jóvenes lectores, escritores y críticos cubanos. No se chupan el dedo, todo lo contrario. Leen con voracidad, son cultos, manejan la teoría, tienen estudios y muchos a nivel universitario, saben escribir y leer, viven la desesperanza de poder acceder a un mínimo de comodidad material, a cambio tienen todo el tiempo del mundo para leer y escribir. Si se me lee como oigo decir últimamente entre los jóvenes cubanos es por este motivo, y porque leyéndome no tienen nada que ganar ni perder. Nadie me va a leer pensando que los voy a ayudar a publicar en el extranjero, pues se sabe que si por un lado tengo un grado de reconocimiento como poeta vivo (lo estoy) por otro lado no tengo el menor poder, la menor jurisdicción a la hora de recomendar qué se debe publicar. Desde hace unos años publico más bien porque me piden libros y como me sobra poesía inédita, pues por qué no: pero tiendo a publicar en pequeñas editoriales, es lo que más me atrae, ahí está lo más auténtico del momento, lo más riesgoso. Eso no me genera un quilo prieto partido por la mitad, pero me da lo mismo, nunca pretendí vivir de la poesía, mejor no, de hecho, mejor no: las grandes editoriales que quedan, y son pocas, no publican poesía porque no vende. Tampoco vende mucho la cúrcuma o el mochi japonés o coreano, pero se produce y algo vende. Lo que pasa con la poesía es que la guerra de los bandos y ciertos intereses creados impiden la venta media de obra poética y las grandes editoriales no quieren tocarla. Resultado: dinero cero, mi contento está en que escribo sin pausa ni decaimiento y se me va leyendo poco a poco en los lugares donde se habla mi lengua materna, y eso ya es bastante. Valéry: prefiero ser leído reiteradas veces por un lector que ser leído una vez por cien lectores. Concuerdo.

 

Algo tal vez más espinoso: en 2014, el escritor Arístides Vega Chapú propuso tu nombre al Premio Nacional de Literatura en la isla. Recuerdo que ya en 1997, en la Dirección de Literatura del Instituto Cubano del Libro, a raíz de la muerte de Gastón Baquero en España, se propuso abrir la candidatura a escritores exiliados que lo merecían de sobra, y en esa lista estaba tu nombre junto a Eugenio Florit, Manuel Díaz Martínez, Nivaria Tejera, Justo Rodríguez Santos, Edmundo Desnoes o Guillermo Cabrera Infante, entre otros… Primero, ¿qué piensas de esas discriminaciones? Y , de haberse dado esa posibilidad, ¿lo habrías aceptado?

Entiendo, y vaya por delante, que no sólo fue Arístides sino también otros escritores que viven en la Isla quienes propusieron mi nombre: lo agradezco.

De inmediato surgió la pregunta, ¿lo aceptarías? Mi primera reacción fue que no. Pasó un tiempo, aquello siguió coleando y algunos amigos que quiero y respeto y que están en desacuerdo con aquello me dijeron, en varias ocasiones, y cada uno por separado, que de ofrecérseme el premio por favor lo aceptara justo porque ellos necesitaban, viviendo dentro de Cuba, ese apoyo. Reflexioné y pensé que lo que aducían era no sólo interesante sino también justo. Y en ese momento decidí que lo aceptaría. Un día almorzábamops en casa con Abilio Estévez, gran escritor y persona, y hablamos del tema ya que a él lo mencionaba Padura como candidato y a mí Roberto Zurbano entre otros. Abilio dijo que él no lo aceptaría y yo le conté lo anterior. Se quedó callado un rato y me dijo: nunca se me ocurrió pensar de esta manera, tengo que reflexionar. Todo lo anterior implica que el tema, peliagudo, es dialéctico y bastante polivalente, tienes sus pro y sus contra, no es nada fácil de dirimir, y en última instancia de surgir la apertura, y de ser dicha apertura auténtica, y poder pensar entre todos o muchos por una vez en el bien de nuestro desastrado país, según contexto y situación del momento, habría que decidir. Siempre habrá oposición, una seria, otra de comecandelas. Y habrá quienes apoyan aceptarlo, y en ese campo percibo más idealismo y generosidad que en el otro.

Al respecto contesto el otro aspecto de la pregunta diciendo que por supuesto negarnos a los cubanos la posibilidad de aspirar al Premio Nacional de Literatura es discriminatorio, una auténtica barrabasada, del peor gusto ético, estético y político: no hay dos Cuba, no hay cubanos que no lo son por haberse ido por las razones que sean de la Isla, de modo que todos tienen, tenemos el mismo derecho a aspirar a un Premio que pertenece a todos los cubanos, sin fanatismos políticos que lo único que han hecho y harán es estancar a un hermoso país, hermoso en tantos sentidos, achantándolo y destrozándolo.

 

En La Habana, 2001 o 2002, no recuerdo, pero sí que se presentaba la fabulosa antología No buscan reflejarse, que Jorge Luis Arcos preparó para la editorial Letras Cubanas, le escuchamos decir “José Kozer no es un libro de poesía, o algunos libros de poesía, como sucede con otros poetas: es toda su poesía. Para entender su concepción de la poesía hay que recorrer toda su obra, porque es alguien que se renueva y redescubre en cada nuevo poema”. ¿Estás de acuerdo? Y, si quisieras contradecirlo, cuáles de tus libros crees que explican “el Kozer poeta”. ¿O acaso la poesía sustituyó a ese desespero liberador de escribir diarios que te hizo rescatar el idioma y reconquistar el terreno de la literatura?

Lo estoy y no por ser un comentario que considero halagüeño sino por considerarlo verdadero. Arcos es una crítico de primera fila, y da en el clavo muchas veces a base de intuición, estudio, disciplina, generosidad de miras, y rectitud. Así, me tomo muy en serio cuanto diga de mi trabajo, y lo agradezco.

Desde hace años supe y divulgué en conversaciones privadas o en voz alta y en público que no hago libros sino que escribo poemas, periódicamente, y sin centrarme en la idea de un libro particular que voy gestando. Si tengo libros es porque a la hora de publicar no queda más remedio que tomar un fajo de poemas de la ingente masa, y organizar ese grupo como libro, así de sencillo. Tengo, creo a pies juntillas, un solo libro, último, remate de una vida y una obra en curso, que avanza, da tumbos, zigzaguea, no tiene un centro sino varios centros, no tiene una estructura sino una serie de estructuras, se puede organizar de varias maneras: yo apenas me dedico a pensar en esa posible organización ya que me bastaría se publicaran después de mi muerte (la actual) todos mis poemas de manera cronológica y consecutiva, sin otra visión o consideración.

Mallarmé habló del Libro como totalidad, la Biblia se considera el Libro (de libros) para mí ese libro al que aspiro (con su cúmulo de poemas) no es Libro ni totalidad sino libro (con minúscula y muy minúscula): una sucesión, testimonio de una existencia, que se deja como hormiguero, enjambre, desconocimiento. Si algo me hace dichoso es pensar que un libro mío, un poema, un aspecto por escrito de mi existencia pueden servir a un lector para ser momentáneamente dichoso, como lo he sido yo tantas veces escribiendo un poema (desde hace tiempo escribo sin ponerme nervioso ni creer en nada de particular, voy escribiendo, llego a un punto, suelto la pluma, hoy bolígrafo, gel en vez de tinta y me voy).

Si se me aprieta y como hace la pregunta me veo obligado a escoger algunos libros, no que expliquen nada de mí pero que me parecen más acertados, escogería Ánima, Tokonoma, No buscan reflejarse, Una huella destartalada (prosa) Acta est fabula, Acta (centrado en la muerte de mi madre) y sin duda, Carece de causa.

El final de la pregunta me desconcierta un tanto, la escritura a nivel de diarios no es sino una puesta al día de una cabeza que tiende a destartalarse, una especie de recogimiento, no la veo como rescate ni conquista de un lenguaje mayor o especial sino como un módulo más del quehacer.

 

Finalmente, ¿qué ha cambiado entre aquel José Kozer que vio en 1972 su libro Padres y otras profesiones y este José Kozer que en 2018 vio su obra regresar de nuevo a Cuba en Ejes, edición preparada por Vigía, en Matanzas?

Para volver a la primera pregunta del cuestionario, la respuesta a esta última habría que dividirla en dos: cambio biográfico y cambio literario.

De entrada diría que no creo en cambios sino en suaves progresiones del ser y de la propia experiencia, preferiría hablar de modificaciones, rectificaciones (en el sentido que Confucio le diera a ese concepto y que en él se convierte en rectificación de las palabras). En tal contexto y desde mi propia vida si en algo creo que me he beneficiado y modificado es en que me noto en la última década de mi vida más dulcificado y apaciguado, menos ansiedad y más concentración, hago mis cosas inmerso y desde una especie de olvido, y no me preocupo ya demasiado por corroboraciones materiales ni materialistas, soy menos violento y prepotente, me noto más en paz con mi entorno, la vida cotidiana, mi relación con los demás, la familia, mi trabajo, la Muerte, Dios.

En lo literario puede resumir lo que creo me ha ocurrido diciendo que dejé de escribir de mí al mundo, o de afuera hacia adentro,  ahora escribo de mí a nada ni nadie, sin el menor propósito, poco desconcierto, apenas sufro ni cavilo, no rezumo ocupación sino que estoy ocupado y, bien visto, escribo un poema tras otro desde una extraña espontaneidad más bien despreocupada, hago con naturalidad creciente mi trabajo, salta (no me asalta) lo escucho, más bien nos entendemos, somos una doble organización respetuosa de cada espacio propio y ajeno, lo que resulta (el poema en su primera versión) se corrige luego, se guarda en una carpeta de mi computadora, ahí se suma y se sume y yo a mis asuntos del resto del día: a diario, en cuanro despierto, digo el Sutra del Corazón en mi propia traducción al español por la vía de trasmano del inglés, acto seguido repito tres veces consecutivas el Namu Amida Butsu y me añado, mira a sostener, NO PRETENDER, NO DISPUTAR, NO IMAGINAR.