Las infinitas vidas testificadas por José Kozer

Sobre su poesía

Arístides Vega Chapú

  a Joaquín Badajoz

 El poeta cubano José Kozer nació en La Habana en 1940. De padres judíos venidos de Europa Occidental (Polonia y Checoslovaquia) a los veinte años se radicó en los Estados Unidos de Norteamérica. En una primera etapa en la ciudad de Nueva York donde por más de treinta años fue profesor de Lengua y Literatura en español en Queens Collage. Luego se radicó en Miami, España, para finalmente asentarse en la ciudad de Hallandale, en la Florida. Una ciudad en la que pocas veces se escucha hablar español, aunque es el idioma en el que prefiere comunicarse.

Es considerado por la crítica como el poeta más relevante cuya obra ha sido totalmente creada fuera de la geografía física de su país natal. También lo consideran como el poeta de expresión castellana más importante de cuantos escriben hoy desde el territorio norteamericano. Innovador incansable de la literatura hispanoamericana contemporánea, muchos estudiosos al referirse a su obra lo hacen bajo la singular definición del Efecto Kozer.

Hasta el momento ha publicado en nuestro país Réplicas, una edición de apenas cuarenta y cinco páginas y una corta tirada de escasos doscientos ejemplares manufacturados por Ediciones Vigía, en Matanzas, en 1997. Este poemario tuvo la selección y prólogo del poeta y ensayista Víctor Fowler. Posteriormente, en el 2001, con selección y prólogo de Jorge Luis Arcos, publicó Letras Cubanas la antología No buscan reflejarse. La Torre de las Letras, proyecto capitaneado por la Premio Nacional de Literatura Reina María Rodríguez, dio a la luz seis años más tarde, Semovientes, un poemario de ciento sesenta y tres páginas, semiartesanal y de una corta tirada. Recientemente, en el 2012, Ediciones Matanzas publicó el poemario Índole, que contiene varios anexos con una relación de su obra impresa hasta esa fecha, así como los libros, tesinas y tesis que se le han dedicado,  junto a un trabajo crítico de Andrés Fisher y Diez pautas, según Kozer, que debe tener en cuenta un poeta. La editorial Letras Cubanas, al año siguiente, publicó junto a la Torre de las Letras el poemario BBBBB160, estos dos últimos títulos editados en Cuba con más de ciento cincuenta páginas.

La numerosa obra publicada en diferentes editoriales y países por José Kozer lo ratifican como uno de los poetas contemporáneos más activos dentro del panorama de la poesía hispanoamericana, a la vez que una de las más singulares y paradigmáticas obras poéticas en nuestra lengua.

Más que nada me llama la atención su arraigo por la tierra natal, de donde, a escala de poesía, no se ha marchado, teniendo en cuenta que residió solo veinte años en Cuba y que lleva muchos más años radicado en un país cuya cultura es muy diferente. La cual, para nada, ha rechazado o ignorado, sino que la ha sumado a la suya con una autenticidad que nos condiciona a disfrutar de esa rara experiencia de hombre universal que reconoce una Patria. Su tierra natal no como tierra del pasado, como origen, o punto inicial de una espiral, sino como una rotunda definición de nacionalidad expresada a  través de un arraigo por costumbres, recuerdos, vivencias y un reiterado paneo por sitios, rostros y paisajes de la Isla.

Merecedor de importantísimos premios como el Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, en el 2013, obtenido anteriormente por la cubana Fina García Marruz y posteriormente, en la edición de este año, por Reina María Rodríguez.

Kozer hace de toda su obra un relatoría de lo ficcional anclado en lo visionario, logrando hacer de cuanto refiere en sus textos una irrealidad verdadera. Partiendo de mitos que contextualiza hasta hacernos creer que somos parte de ellos, que son nuestros propios mitos. Su poesía como enemiga de los límites, es una aventura que aspira a compartir las experiencias múltiples y sus claves nos orientan a través de una infinita onda expansiva a percibir las más variadas maneras de llegar a una verdad a través de una erudición avivada por una rica experiencia de vida.

Ningún tema le es ajeno, como tampoco lo es el ecuménico mundo que refiere, quizás dado por su condición de extranjero durante mucho tiempo en un país donde se habla un idioma diferente a su lengua natal, casado desde hace muchos años con una española e hijo de dos emigrantes europeos. A lo que se suma el ejercer el oficio de traductor al inglés, de esenciales obras japonesas, además de reconocerse un gran lector de poesía y filosofía chinas. Toda esa cosmovisión asimilada como cultura de conjunto está reflejada en su extensa obra poética cuyos motivos se ponen a tono con todas las encrucijadas ancestrales y con esas maneras tan diferentes que tenemos los seres humanos de deslumbrarnos, aferrarnos, decidir de una u otra manera nuestro camino.

El sujeto lírico de esta obra, siempre con asombro y a su vez con irreverencia,  refleja cuanto ha permanecido oculto a los ojos de otros o en un segundo plano de otras poéticas y que él jerarquiza como si solo esas extrañas o insólitas referencias de la cotidianidad llamaran su atención y a la vez fueran el eje conductor de todo cuanto está a simple vista, al alcance de cualquier experiencia común.

La verborrea sustanciosa, desde un conocimiento extremo de su lengua y el dominio de disímiles culturas, se confabula con ese abigarramiento con que refiere su realidad más inmediata. La cotidianidad más simple la convierte en un hecho poético imprescindible para la comprensión de todo lo que testifica a través de un lenguaje que se aventura por senderos inéditos o poco transitados. Sin prejuicios con términos o palabras y mucho menos con tema alguno.

Una poesía sostenida desde la pasión, en que los estados de ánimo generados en sus textos dan sentido a lo que hasta ese momento profesamos sin sentido. Nos hace creer como cierto lo que siempre creímos posible solo a escala de fabulación.

Escasos versos no se apoyan en su propia vida; la que le ha tocado o la que ha elegido o incluso la que ha querido inventarse. Pero la huella biográfica de su obra es más que evidente en cualquiera de sus textos.

Lo cultural, muchas veces explícito en su obra, junto a lo sensorial y afectivo, hacen un todo que más que nada validan su poesía como documento auténtico del devenir de un hombre que no ha encontrado fronteras, ni límites para  de una manera muy peculiar referir su propia experiencia.

Su poesía es personalísima, pero como toda experiencia de madurez tiene sus fuertes y múltiples raíces. Tal y como asevera el crítico Reynaldo Jiménez en el prólogo a la antología de Kozer, Y del esparto la invariabilidad, publicada en España en el 2005, (su poesía posee un) espíritu sincrético, la pulsión mestiza y cosmo-polita, el origen mixturado. En esa confluencia asimilada de poéticas muy diferentes una de otra, la de Kozer se acomoda con prestancia en un neobarroco que tiene como uno de sus padres fundadores, en nuestra área,  al cubano Lezama Lima. La desmesura, su oscuridad, densidad textual, su apatía por el lenguaje lineal, su interés por lo sonoro y su rechazo al significado como elemento esencial de una poética, lo prueban.

Una zona importante de esta poética se inscribe en el ejercicio de la escritura que genera escritura. De cuerpos textuales de abundancia verbal que a la vez provienen de otros textos, que han sido leídos y asimilados con anterioridad y que él reactualiza a través de un riquísimo imaginario creativo que recorre disímiles experiencias soterradas y que llegan hasta el lector como emergiendo de múltiples espacios que él expone ya unificados.

Junto a todos los anteriores señalamientos me gusta destacar que él con su discurso muestra universos muy complejos y a la vez cercanos, para lo cual tiende constantemente sólidos hilos a una realidad común a todos, que continuamente, bajo cualquier pretexto o sin él, reaparecen con marcada obsesión hasta convertirlos en códigos de su realidad. Mostrada sin tapujos, ni miedo alguno a relatárnoslas tal y como la aprecia. Es esta una poesía de apegos a una sinceridad extrema, poco común a la escritura de estos tiempos.

La memoria extendida a un pasado lejano o inmediato trae al presente un tiempo al que no está dispuesto a renunciar. Un tiempo que transgrede cualquier espacio, tal y como si le fuese posible juntar a través de su poesía la infancia y el ocaso de los seres humanos.

Tronco primordial de su lírica está en la memoria. Pasado y presente se juntan, partiendo de lo ancestral para llegar a un presente en que se conjugan, armoniosamente ese vasto conjunto de referencias culturales, símbolos, paisajes, sitios, maneras diferentes del vivir humano, tal y como si vivos y muertos, occidentales y no occidentales, personajes reales y no reales poblaran el espacio imaginario que convierte en verídico para que fluyan creíbles sus historias. Las que pocas veces encuentran un punto exacto en su geografía afectiva, pues suelen sus personajes habitar variados contextos, como suelen poseer disímiles vidas.

Son muchos los personajes históricos, literarios, bíblicos, reales o no, que aparecen en su obra. Pero junto a ellos sobresale, en la exposición de recuerdos e invenciones, su familia, de la cual se hace acompañar con frecuencia. Sus versos llegan a dibujarnos con nitidez a su padre y con él al resto de la familia. Pero obsesivamente Kozer se refiere a Guadalupe, su compañera de vida, tal y como si en ella sumara todas las experiencias de las mujeres que han incidido en su existencia. Respaldo, guía de algún modo, asidero, inspiración, entrega y acompañamiento. Guadalupe, mujer inteligente y carismática, como fetiche de su obra adquiere una presencia y dimensión protagónica.

Versos larguísimos y muy cortos. De un aliento sostenible. Presume de un trazo profundo el significado de cada una de las palabras que puntualmente utiliza para darle color, sonido, textura a cuanto nos revela. A sabiendas que no tendrá consuelo, de que no le será posible decirlo todo, escudriñar cuanto espacio advierte o inventa. Más que nada porque no cuenta con una contención, con freno alguno. Con la parquedad de otros poetas. Su obra parece no tener fin y precisa de un lector dispuesto a sumergirse en mundos regidos por un tiempo infinito y el deseo incondicional de hacerse convencer que está pisando una geografía real, un mapa meticulosamente dibujado por un experto cartógrafo.

Quizás por eso algunos lectores se paralizan ante esta descomunal obra. Pero muy pocos abandonan la lectura de una historia que sin bien parece no tener fin,  reitera solo lo necesario, lo esencial, para desde ese punto regresar de nuevo a otro afluente en que se generan nuevas ideas, nuevos conflictos y experiencias y a otro más, hasta el infinito de una compleja cosmovisión que no reconoce final alguno.

En este instante Kozer acaba de terminar un poema. Lo lee en alta voz por encima del rotundo silencio de Hallandale. Está sentado en un butacón, frente a un balcón que limita un cielo azul con las apacibles aguas de un mar sereno que equilibra varios yates de diferentes calados. Luego se desplaza hasta la cocina de su apartamento para que Guadalupe lo escuche. Ella atenta asiente con su cabeza, le hace repetir los últimos dos versos. El poema está ya en el universo. Ha terminado su parte. Hagamos nosotros ahora la nuestra y propongámoslo para Premio Nacional de Literatura, su obra lo merece y nuestro Premio sumaría su prestigio a esa lista de imprescindibles de nuestras letras.

Arístides Vega Chapú
En Santa Clara, mayo del 2014.