Acuarela sobre un tema veneciano

Cuento

Galina Álvarez

Galina Alvarez nació en Moscú en 1948 y cursó estudios de ingenería química en la Universidad Politécnica Mendeleev de su ciudad natal. Tras graduarse en su carrera, se trasladó a Cuba, donde vivió durante 22 años. En este tiempo trabajó como ingeniera química en diferentes industrias del país. Posteriormente ejerció como traductora e intérprete en la organización internacional COMECON, en Moscú. Vivió 20 años en Estocolmo, Suecia, donde trabajó como ingeniera en el Instituto de Investigaciones de la Química de Superficie. Desde el año 2014 reside en Guardamar del Segura, Alicante, y se dedica a la creación literaria. Es ciudadana sueca y habla cuatro idiomas. Ha publicado relatos en diferentes periódicos de España, Alemania y Chile. Su relato «El cumpleaños» mereció el premio del XXI Concurso de Narrativa Corta Real Villa de Guardamar. Hasta la fecha ha publicado los libros Aventuras de una estrella perdida (Literatura infantil, Guante Blanco, España, 2016),  Prefiero que me pongan a volar (Cuentos, Círculo Rojo, España, 2016), Los difuntos inocentes (Novela, Círculo Rojo, España, 2018). El cuento aquí publicado pertenece a su libro de cuentos Ana y las páginas perdidas, recientemente publicado por Letrame Editorial.

 

–***–

El aviso sobre la muerte de la tía Dora cogió de sorpresa a Samuel Goldman. No lo esperaba, pues aquella prima de su madre disfrutaba de buena salud, pese a haber rebasado ya los ochenta y dos años de edad. Era una mujer alegre, bulliciosa, siempre con un chiste o un criterio tajante sobre cualquier tema y marcando su presencia con una voz grave, casi masculina. En su compañía era imposible pensar en la muerte o las enfermedades, como si la gente pudiera vivir eternamente.

Samuel supo que el fallecimiento fue instantáneo. Durante una velada con sus amigas, la anciana de pronto sintió una gran flojera y acto seguido perdió el conocimiento. No se pudo hacer nada, pese a que la ambulancia llegó rápidamente. La autopsia reveló la causa de su muerte: un fuerte derrame cerebral. No había salvación posible. Al recibir la noticia, Samuel sintió una profunda tristeza, pues siempre había tenido un cariño especial por la tía Dora. Por suerte, su final fue rápido y carente de dolor. Una muerte feliz, capaz de provocar envidia en cualquier persona de edad avanzada, pensó con triste ironía.

Samuel se enteró de los detalles del infortunio gracias a una conversación telefónica con una amiga de Dora, de nombre Sara, que presenció el suceso. Mientras hablaba con él, le temblaba la voz, se le notaba gran agitación. Sara le pidió que llegara lo más pronto posible, pues la tía de Samuel era soltera y vivía sola, y allí no había nadie que pudiera ocuparse del funeral y arreglar los asuntos que suelen acompañar a la muerte: el entierro, el testamento, las cosas personales y quién sabía qué más.

Por el camino al pueblo de la difunta, Samuel pensaba en la vida y sus vicisitudes, en cómo todo puede acabar en un momento. También pensaba en la fallecida. ¿Por qué no se había casado nunca? Él no lo sabía con certeza; nadie lo sabía. Cuando alguien le preguntaba sobre el tema, Dora contestaba con una broma. Para ella el matrimonio estaba descartado, afirmaba. Era demasiado lista para tener que soportar a su lado a un marido estúpido y demasiado simple para poder embaucar a un hombre inteligente. Y se reía con ganas. Sí, su tía era una mujer muy alegre y amaba a la vida. Aquella cualidad suya tal vez la había ayudado a superar múltiples pruebas. Samuel sabía que durante la guerra ella tuvo que separarse de su madre, que era judía, y que eso le salvó la vida. Ocultando las raíces étnicas de la niña, una hermana de su padre la sacó del país como hija propia y se la llevó a los Estados Unidos. A la tía no le gustaba hablar del tema, que era muy doloroso, aunque poco a poco Samuel logró conocer la historia de Dora y sus padres biológicos. Supo que, después de la huida de la pequeña, la madre fue enviada a un campo de concentración. Fue gaseada y quemada en uno de los muchos crematorios que en aquel tiempo teñían de negro el cielo del este de Europa.

Debido a su corta edad, Dora no entendía bien lo que pasaba a su alrededor. No comprendía por qué su mami la había dejado, obligándola a viajar con los tíos a bordo de un barco abarrotado de gente y atravesar un mar tan enorme. Se sentía triste y asustada. Al principio extrañó mucho a sus padres; pero al final se acostumbró a vivir con su nueva familia.

Siempre supo que era hija adoptiva, y que su verdadero padre había perecido en la guerra, luchando contra los fascistas en La Armia Krajowa, de Polonia. Sabía también que su madre había muerto. Al cumplir los dieciséis años conoció la verdad, una verdad que era demasiado dura para habérsela revelado antes. A partir de entonces, su odio hacia el fascismo alcanzó nuevas dimensiones. Se hizo historiadora y dedicó muchos años de su carrera profesional a las investigaciones sobre la shoah.

Samuel, nacido en otros tiempos y en un país geográficamente alejado del escenario de aquella guerra, creció y se educó en un ambiente tranquilo y feliz. Sin embargo, los asuntos relacionados con el acoso a su pueblo comenzaron a interesarle desde la edad escolar. No podía entender las causas del odio profesado a los judíos por los ideólogos del nazismo alemán. Y aborrecía profundamente al responsable máximo de aquella doctrina, que era Adolf Hitler.

Los recuerdos y pensamientos que pasaban por la cabeza de Samuel hicieron que el viaje pareciese más corto. Y al cabo de cuatro horas, su coche entraba en el pueblo de la difunta. Sara, que lo esperaba en casa de la tía, fue quien le abrió la puerta. Antes de emprender el viaje, Samuel se había comunicado con la funeraria y con el rabino de la sinagoga local, gracias a lo cual la preparación del entierro había podido ser adelantada. Los amigos de la difunta y sus hermanos en la fe se habían encargado de los detalles de la ceremonia, que se celebró esa misma tarde. Todo fue sencillo, pero solemne.

Al regresar del cementerio, los presentes realizaron la ablución de manos y pasaron al comedor, donde esperaba una mesa servida para la cena en recuerdo a la fallecida. El gran espejo frente a la ventana estaba tapado con un paño, y una vela solitaria desprendía una triste luz amarilla; al verla, Samuel pensó una vez más en lo efímera que era la vida, tan parecida a la llama de aquella vela, que podía extinguirse en cualquier momento.

Una vez terminada la cena y tras despedirse del último invitado, Samuel se sentó en el salón. Estaba agotado física y emocionalmente. Sus padres, que habían llegado justo antes del entierro, subieron a descansar a uno de los dormitorios del piso superior. Se notaba que ya no eran jóvenes; el viaje en avión desde el otro extremo del país y el entierro los habían dejado sin fuerzas.

No era tan tarde, al menos para Samuel, que solía acostarse pasada la medianoche. De manera que estuvo un rato tranquilo, con los ojos cerrados; después se levantó y empezó a pasear por el salón. Un gran armario pegado a la pared de enfrente le llamó la atención y él quiso investigar su contenido. Así podría pasar un rato, mirando los tesoros de la difunta. Allí había muchos libros de historia, una Biblia muy vieja y varios álbumes con fotografías. Abrió uno y empezó a ojearlo. Eran fotos viejas, desteñidas por el tiempo. La joven tía Dora le sonreía desde aquellas imágenes, tomadas en diferentes lugares del mundo. Viajó mucho, tanto en el continente americano como por Europa. Repasando las páginas del álbum, Samuel descubrió una foto diferente. La triste y severa cara de su parienta tenía la mirada enfocada en un conjunto de edificios parecidos a una cárcel y rodeados por una verja metálica. Sobre la entrada había una especie de anuncio escrito en letras grandes: ARBEIT MACHT FREI (El trabajo te hará libre). En la página siguiente vio la imagen desteñida de un ferrocarril; en la otra se vislumbraba un tramo de una cerca de alambre de púas. Otra foto mostraba la cavidad de un gran horno con el interior cubierto de hollín. Así Samuel se enteró de la visita que la tía Dora había realizado al lugar de la muerte de su madre. Ella nunca habló a nadie sobre su viaje al campo de Auschwitz.

El hecho de ver aquellas terribles fotos el mismo día del entierro de la anciana lo hizo sentirse aún más deprimido. Por eso Samuel cerró el álbum y reparó en un cartapacio repleto de viejas cartulinas. Al abrirlo, descubrió algunos dibujos y acuarelas. Tía Dora nunca pintó nada, pensó Samuel, perplejo. ¿De quién serían aquellos trabajos? Entonces recordó algunos comentarios sobre el padre adoptivo de su tía, a quien sí le gustaba pintar. Claro, eso era. Y se imaginó que muchos de los lienzos del salón pertenecían a la mano de aquel hombre, a quien Samuel apenas había conocido.

Siguió observando los dibujos y su mirada se posó en una acuarela con una vista de Venecia. Estaba ejecutada en tonos marrón y beige, con trazos en negro y gris. A Samuel le encantó la pintura. Con unas pocas pinceladas, el autor había logrado trasmitir el aliento de aquella bella ciudad, que él había visitado tres veces y de la cual se había enamorado desde el primer instante que la vio, siendo todavía un adolescente. Dos edificios majestuosos, un puente arqueado sobre un canal que desembocaba en una ancha superficie acuática, algunas personas contemplando el paisaje y cuatro góndolas. Eso era todo. La protagonista de la acuarela era el agua, el agua que parecía viva por los reflejos del sol y las sombras. Daba la impresión que se movía. La firma del autor apenas se distinguía; estaba casi borrada por el tiempo. De todas formas, a Samuel no le importaba el nombre; lo principal era la obra. Además, estaba casi seguro de que su autor era el padre adoptivo de Dora. Enamorado de la pintura, Samuel tomó la decisión de pedirla a la hora de repartir los objetos de la difunta entre los miembros de la familia.

 

Habían pasado tres meses. Terminado el período de duelo, la vida volvió a su cauce. Para Samuel, sin embargo, el recuerdo de la tía Dora seguía vivo. La acuarela sobre el motivo veneciano llevaba ya tiempo colgada en su despacho, frente a la mesa de trabajo. Cuando usaba el ordenador, Samuel levantaba de vez en cuando la vista, trasladándola a la estampa de la vida veneciana, y admiraba la maestría del pintor. Si quería relajarse, cansado de leer documentos y analizar números, dirigía la mirada hacia el paisaje acuático, matizado con los reflejos del sol y las sombras.

Ese día estaba esperando a un compañero de colegio para comer juntos. Hacía tiempo que no se veían, pues la vida los había separado después de la graduación en el High School. Mientras Samuel estudiaba finanzas en California, su compañero de aula se convertía en especialista de arte en Nueva York. No era de extrañar que hubieran estado tanto tiempo sin verse. Ahora los dos vivían en la misma ciudad y se habían encontrado en la calle por pura casualidad. Sin embargo, como aquel breve encuentro no fue suficiente para revivir los tiempos pasados, acordaron comer juntos y conversar.

―¡Tiene una visita! ―anunció la secretaria mientras abría la puerta.

Y entró él, su amigo Robert, algo cambiado tras quince años de ausencia; pero con su sonrisa de siempre, imposible de confundir. Después de los fuertes abrazos y palmaditas en la espalda, llegaron las preguntas obligatorias sobre la familia, los hijos y la vida en general.

―Siéntate aquí, por favor ―dijo Samuel y le pidió a la muchacha que les trajera café―. ¿O prefieres otra cosa? ¿Algo más fuerte, quizás?

―Por ahora me quedo con el café. ―Se sentó y observó el local―. Tienes un despacho muy bonito ―comentó―, con un panorama espectacular. Toda la ciudad está a tus pies.

De repente, su vista se posó en el cuadro. Lo observó durante un rato. Después se levantó y se le acercó.

―¿Qué crees sobre esta acuarela? ―preguntó Samuel―. Es buena, ¿no? A mí me gusta mucho, sobre todo por el tema veneciano. Adoro esa ciudad.

―Podrías sacarle bastante dinero en una subasta. Pero lo que más me asombra es que el dueño del cuadro seas tú.

Samuel lo miró asombrado y dijo:

―¿Y por qué? ¿Qué tiene de particular esta pintura?

―Su autor. Y tomando en cuenta que eres judío…

―No entiendo qué insinúas. ¿Quién es el autor?

―Es Hitler, Adolf Hitler. En su juventud quería ser pintor; mantuvo el amor por el arte durante toda su vida. Pintó cientos de óleos y acuarelas. Y le encantaba pintar Venecia.