Leopoldo Minaya (1963) es un poeta y escritor y abogado dominico-norteamericano, perteneciente a la generación literaria de 1980. Doctor en leyes por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), realizó una maestría en Ciencias de la Educación en Mercy College (Nueva York). Entre su producción literaria –en la que se evidencia la búsqueda lírica y ontológica- destacan los títulos: Oscilación de Péndulo (1984), Preeminencia del Tiempo (1993), Preeminencia del Tiempo y Otros Poemas (1998) y Poemas Imaginarios (2007). De esta producción quiero detenerme –en estas breves notas– en su poemario Preeminencia del tiempo de 1993.
Estamos ante un poemario (Preeminencia del tiempo) bien escrito, bien elaborado. En estos poemas se percibe de manera clara la voluntad de forma, la voluntad de estilo por parte del poeta, Leopoldo Minaya. El lenguaje, preciso, conciso, está al servicio de lo que se quiere expresar, al servicio de la intencionalidad poética. Nada falta y nada sobra en estos versos contenidos, de tono mesurado, casi clásico.
Los temas son: el tiempo y su fugacidad, el retorno cíclico de la historia, la trascendencia y la muerte. También aparece la mujer, el cuerpo de la mujer como asidero material y como Norte seguro y tangible; el amor y su recuerdo. Asimismo, se evoca la infancia como la época de la imaginación viva y feraz (“En la infancia lejana I y II”) y de los primeros amores (“Remembranza”; “Agosto, 1981”) que ya habrán de formar parte para siempre de la personal mitología. Sin duda, central en el poemario que nos ocupa es la figura del padre (como se aprecia en los poemas “Homenaje a Cortázar”, “Alguien por lo bajo”, “Otra vez mi padre” y “Carta a mi padre”): el padre como un ser contradictorio y lleno de misterio, revestido de atributos casi míticos:
Estoy confundido./ ¿Era éste mi padre o era aquel/ Hombre terrible y duro/ Que inventaba su mundo y lo vivía?
Hay pesar y pesadumbre en estos versos, tragedia y drama (“Cuchillo de desastre de caos de hecatombe”, “condenado a morir”, “Pero el tiempo la fiera desprovista y cobarde/ Y lo duro y lo adverso de este mundo pactaron”), pero también alegría de vivir y aún incluso burla y humor e ironía. Sí, no está exento de sentido del humor este grave poeta (véanse si no los poemas “Zoo ilógico”, “Río Nagua”, “Pasaje Gaucho” y el magnífico “El puente”), que escudriña en lo contradictorio, en lo disímil y diverso, y ahonda en el misterio de la divinidad, de los números y del Universo.
Estamos, pues, ante una poesía reflexiva, meditativa, de ideas, que con ritmo sereno acomete el análisis de diversas facetas de la vida del hombre. Esta reflexión se concretiza en un lenguaje depurado, sensitivo, sensual y carnal pero sereno, pleno de ritmo y de belleza sin estridencias: la adjetivación es parca y apenas sí aparece la metáfora, no hay pirotecnia verbal, todo es contención; sin duda lo más difícil: la sencillez extrema y el extremo recurso: apurar el lenguaje hasta lo más delgado, llevarlo a ese punto en el que casi no se nota, que parece que no existe, de suerte tal que sentido y forma se aúnan en un sólo y único haz indivisible.
En esta misma tónica, el acarreo de lo cultural y libresco se hace con naturalidad, sin alardes: la Biblia y los clásicos grecolatinos se incorporan (Moisés, Yudith, Holofernes, Héctor, Marco Antonio y Cleopatra, etcétera) al tejido vivo del poema como elementos estructurales, no como elementos de puro adorno o de exhibición vana de saberes.
Los numerosos elementos tomados en préstamo a autores clásicos y contemporáneos (Cortázar, Cavafis, Howard Fast, etcétera), a los que Minaya, de paso, les rinde homenaje, conviven con el material que aporta la propia experiencia del poeta, su observación de lo real, de su entorno, del espacio-tiempo que le ha tocado en suerte vivir (así las evocaciones del padre, la infancia, los abuelos; la recreación de territorios y espacios geográficos, próximos y distantes: Georgetown, Perú, New York, Costa Rica, el río Nagua…) y su propia interioridad, la realidad honda que se desvanece como el humo y es aún más inasible e inaprehensible que la externa: la conciencia del poeta:
Las cosas se transforman/ Con la facilidad del agua,/ Más volubles que el humo y el pensamiento mío:/ En teniendo la idea/ Sube y se desvanece. Frente a la fugacidad y caducidad de lo real, el poeta (que modela el poema, nos confiesa, “arrimado a los bordes del infierno”), se lanza, justo con y a través de la poesía, a la búsqueda de la trascendencia, tal como expresa en “Arte poética”:
El lucha por hacerse sempiterno, /Sin saber contra qué ni contra quiénes.
Para afirmar más adelante, en versos de clara resonancia quevediana:
Quien escribe estos versos no comprende/ Que es polvo, que es humo, que es ceniza.
El hombre, pues, nos dice el poeta Minaya, es humo, y “Al cabo del vaivén, nada es eterno”; pero el espíritu trasciende a la materia y se perpetúa (“La oda sagrada”); y el amor, sin duda uno de los grandes temas del libro, logra desafiar a la muerte. Así, en Los amantes, el poeta se pregunta:
¿Quién desafía al guerrero invencible/ Colocado a la puerta de una muerte segura?
Y con voz tajante y sin titubeos, responde: “Los amantes”.
