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Cinco metros de poemas [1927]
Carlos Oquendo de Amat
Si alguien me preguntara por la diferencia arquitectónica entre una ciudad y un pueblo, de hecho lo primero que señalaría yo como construcciones significativas de la gran urbe serían sus altos edificios: no sus casitas a dos aguas, sino sus azoteas coronando elevados inmuebles; no el armonioso condominio de moradas de una planta con jardines comunes, sino la elevadísima mole de concreto con números de apartamentos en vez de nombres de vecinos; no sus edificaciones medianamente «subibles a pie», sino sus construcciones supraterrenales, imposibles de conquistarse sin ascensores, y que parecen seguir una especie de estilo gótico ultramoderno, como espigados monstruos de cemento intentando estar lo más cerca del cielo. No por nada las imágenes que se evocan al pensar hoy en día en alguna de esas grandes urbes son aquellas donde reinan excelsos edificios, desde rascacielos y alzados bloques lujosos hasta verticales favelas de hormigón, como hay en Nueva York, Tokio, Dubai, Londres, París, Frankfurt, Milán, Río de Janeiro, Buenos Aires, Caracas.
Yo crecí paralelamente al desorden urbano y arquitectónico en el que lo hacía Lima, mi ciudad natal. En ese entonces se acababa de construir en 1970 el edificio más prominente de la capital, de poco más de cien metros de altura, llamado Centro Cívico, que albergaba a oficinas del Estado y a cuya parte superior, que servía de mirador, se accedía con un modernísimo ascensor. Así, el típico elevador citadino, que ya se había vuelto a nivel mundial en el signo inequívoco de una ciudad en progreso y que también había ocupado espacios en las literaturas mundiales de vanguardia —como en el poema de uno de Los Novísimos: «Te acompañan las barras de los bares / últimos de la noche, los chulos, las floristas, / las calles muertas de la madrugada / y los ascensores de luz amarilla…» (Jaime Gil de Biedma)— era en aquel caso concreto el símbolo limeño de cierto avance tecnológico y prosperidad cívica. Progresos y adelantos urbanos aparentes, pues eran años en los que a Lima se le había dado ya hacía rato por expandirse desaforadamente en dirección horizontal, al punto de que la ciudad se había ido pegando a los nacientes pueblos jóvenes periféricos de los años cincuenta hasta convertirse en una capital con una superficie de más de dos mil kilómetros cuadrados a comienzos del segundo milenio. Precisamente hacia el final del siglo XX se podía rastrear en edificios contemporáneos y en centros comerciales de Lima Metropolitana aquella otrora época en la que habían nacido los ascensores y las escaleras eléctricas para volver a decaer y quedar obsoletos, como las escaleras eléctricas de la alguna vez próspera Galería Boza del Jirón de la Unión o el ascensor del más reciente bar Yacana.
En la actualidad Lima cuenta con varios edificios lujosos y bastante bien elevados, que albergan empresas transnacionales o locales de poderosos bancos, pero también hoteles de categoría y viviendas de lujo. Sus ascensores son de un confort tal que se tiene la sensación al transportarse en ellos de que se trata, de verdad, de un aproximación hacia el firmamento. Tal vez todo se deba a que nos hemos olvidado de que el edificio más antiguo de la humanidad, la mítica torre de Babel, no tenía ascensor sino siete escaleras, y que su cúspide de color azul, que pretendía mimetizarse con la eternidad del cielo, en vez de traerles bienestar a sus constructores les ganó una eterna maldición de los dioses: recibir distintas lenguas, para mantenerse incomunicados y no poder seguir con la construcción de aquella ambiciosa torre. Bien mirado: hete ahí el origen de la convivencia multilingüística en las grandes urbes. Lo que el mito inmemorial presenta como un castigo, no obstante, se me presenta a mí en lo personal como una bendición del cosmopolitismo actual que supone una ciudad grande y poblada de gentes de todas partes, hablantes de diversos idiomas o hasta de los mismos, mas con distintos giros y acentos. ¡Mágica ciudad grande!: ascensor de los niveles del discurso en todos sus sentidos.
