Cada cierto tiempo revive en Estados Unidos el debate Evolucionismo Vs Creacionismo, pero esta vez lo que me motivó a escribir sobre el tema no es una nueva ola de fundamentalismo religioso sino una discusión entre amigos, aunque cualquier observador externo al grupo hubiera dudado que el encendido enfrentamiento estuviera ocurriendo entre personas que dicen tenerse mutuo afecto. Así son las cosas cuando hay disparidad de pensamiento en política y, especialmente en religión.
Lo que más llama la atención cuando se participa o simplemente se escucha a grupos opinando sobre el tema, es la común ignorancia de los debatientes acerca de lo que están pontificando. Es inevitable encontrar a los que apelan a su fe blandiendo la espada del antiguo testamento, específicamente del Génesis judaico, hombro con hombro junto a aquel que acaloradamente increpa a los demás por pretender que es erróneo creer en el “burdo materialismo de Darwin” quien afirmaría que el hombre desciende del mono, hasta llegar a los que plantean el Diseño Inteligente como la opción de la pseudociencia a la teoría de la evolución.
Como elemento que resalta la ignorancia de estos contendientes está la afirmación de lo que antes señalé. Que el hombre desciende del mono es el discurso de loros repetido por doquier e indica que ningún escrito darwiniano paso jamás por las manos del sabio parlante. Darwin señala que los mamíferos provenimos de un antecesor común y hablando de los homínidos pues por supuesto que homo sapiens y monos debemos tener antecesores comunes.
Y como errar es humano, lo que significa que es muy fácil meter la pata hablando de lo que no se conoce, se descalifica el libro de Charles Darwin, El Origen de las Especies, porque se trata de una teoría, con lo que quieren significar que es una especulación como lo son algunas de las reflexiones sobre cualquier cosa que se le ocurren al dichoso hablante, quien evidentemente ignora que, en terrenos de la ciencia, una teoría es un conjunto de conocimientos, o de teoremas, o de leyes que se han organizado sistemáticamente y pueden ser sometidos a verificación experimental para establecer su veracidad científica.
Sin embargo, en un nivel mayor que el de las charlas de amigos “filosofando” entre tragos los viernes o sábados en la noche, hay que tener en cuenta que en Estados Unidos, la lucha de los creacionistas por obtener carta de legitimidad para la enseñanza oficial de su doctrina en el sistema escolar del país, ha pasado por varias etapas que han sido cada vez más agresivas como lo demuestra lo ocurrido durante las últimas dos o tres décadas del siglo XX, y lo que va del actual.
Durante el siglo XX, el evolucionismo se afianzó en la comunidad científica, pero el creacionismo hizo lo propio en las comunidades fuertemente religiosas que son sin duda mayoritarias en Norteamérica. En los años 80 aparece Phillips Johnson quien se convirtió en el mayor difusor y sostén del Movimiento Diseño Inteligente, que es en últimas una reescritura del creacionismo con disfraz evolutivo, apoyada en que algunos de sus postulantes son individuos con doctorados en filosofía, matemáticas, física y teología. Con esto y el apoyo de gobernadores y legisladores cristianos, el creacionismo sigue luchando por imponerse en las aulas de escuelas y universidades norteamericanas en abierta contravía con el desarrollo del conocimiento científico.
Con Darwin como centro del debate se pierde de vista mucho de la verdad. ¿Quiénes, cuándo y dónde, fueron los primeros en plantear que las especies vivientes que hoy conocemos descienden de otras anteriores? La mayoría de los debatientes desconoce que veintitantos siglos antes de Darwin la idea ya se discutía en occidente por parte de los griegos, padres del pensamiento occidental,y uno de los elementos básicos para entender la evolución, que es la observación de que la vida se originó en el caldo de cultivo marino, fue expuesto por Anaximandro en el siglo VI antes de cristo.
Lo moderno comienza con Linneo, botánico del siglo XVIII quien planteó que los seres vivos han sufrido sucesivas transformaciones a lo largo de la historia de la tierra y esa historia se debe contar en millones de años, es decir, delinea puntualmente la evolución. Contemporáneos de Linneo fueron Buffon, quien en 1776 sostuvo que unos animales proceden de otros diferentes, y Erasmus Darwin (abuelo de Charles), quien esboza la evolución, pero siguiendo una especie de cronograma divino.
Luego, en 1809, aparece el último antecesor importante del Darwinismo; 49 años antes del día en que Darwin dio a conocer su teoría en la Sociedad Lineana de Londres, Jean Baptiste de Lamarck enuncia en su Philosophie Zoologique, cuatro leyes sobre los mecanismos responsables de los procesos de cambios biológicos. El prestigio de Darwin se derivó no de ser el primero en explicar el fenómeno, sino por la novedosa y coherente explicación del mismo.
Posteriormente el primer espaldarazo científico a las explicaciones de Darwin aparece con los descubrimientos de Mendel que dan origen a la genética, fundamento de la biología moderna. Cada uno de esos hallazgos se va convirtiendo en un nuevo escalón que complementa la sustentación de cómo funciona la evolución. A partir de los años 50 del siglo pasado, los avances en biología y genética han sido arrolladores: en 1953 Watson y Crick descubren la estructura del material genético, en 1960 Monod y Jacob reportan el descubrimiento de los mecanismos de regulación genética, y en 1962 Nirenberg descifra el código genético.
Lo que asusta al creacionismo es la opción científica con ausencia de la mención de Dios. Acepto que la fe es la aceptación racional y libre de las verdades reveladas por Dios, pero esas verdades no tienen que ver con la estructura de la materia y el universo, sino con la salvación del hombre. No es necesario dejar de ser cristiano para entender que la evolución en términos terrícolas hace parte del modelo cosmológico que comienza con el Big Bang, pero si es imposible entender la ciencia desde el fundamentalismo religioso.
