Elvira Hernández es, en la actualidad, una de las voces poéticas más potentes en Chile. El mes pasado tuve la oportunidad de reunirme con ella junto al ‒también‒ poeta Carlos Cociña, en la cafetería del MAVI (Museo de Artes Visuales), en el barrio Lastarria. Semanas antes, había conseguido un libro de Elvira: Santiago Waria (una segunda edición de Cuarto Propio del año 96). Cuando llegué, lo primero que hice fue dárselo para que me lo dedicara. Después de dos horas y cercano el término de nuestra reunión, aún no lo había firmado, de esta forma, justo antes de pagar la cuenta me lo devolvió (yo no me percaté en qué momento me lo dedicó). Al llegar a casa, leí con agrado una dedicatoria muy breve: “Para Antonio, habitante también de esta ciudad”. Dicha dedicatoria pasó totalmente desapercibida para mí en su momento, como si hubiera sido el cometa Halley que, por su brevedad, ni siquiera alcancé a vislumbrar. Boté el libro en algún rincón de la casa luego de terminar de leerlo y me olvidé de él. No sería sino hasta unos días más tarde, quizás semanas, que empezó a acosarme, a rondarme, a angustiarme incluso, su dedicatoria y, de repente, en mi cabeza sólo resonaban esas palabras: “habitante de esta ciudad”. Y mientras más retumbaban más grandes se iban haciendo, más reales, como si en el momento en que ella las escribió, no hubiesen existido, como si las hubiese anotado con una suerte de tinta invisible, la cual que se iba colorando al pasar de los días, y mientras más color tomaba más crecían las palabras dentro de mi cabeza, dentro de mis reflexiones, se volvía una implicación política una frase tan breve, tan sencilla, tan “inocente”, tan amable, tan generosa, tan cálida, tan sobrecogedora, porque así, justo así es Elvira. Y, al parecer, en todo lo que toca resuena su poética.
Habitante de esta ciudad, habitante del cometa Halley, habitante de Santiago Waria, habitante de la bandera de Chile, habitante de La Chimba, habitante de Lastarria, Habitante del café del MAVI, habitante de la comuna de Santiago Centro, habitante de la región Metropolitana, habitante de la República de Chile, habitante de Sudamérica, habitante de Latinoamérica, habitante de América. ¿Habitante de dónde? ¿Habitante desde cuándo?
Para una persona con un desarraigo tan personal como yo, decirle tres o cuatro palabras tan contundentes como “habitante de esta ciudad” resulta desastroso, resulta un desajuste para su psique ya que, efectivamente, nunca he sido habitante de ningún lado. Para los mexicanos siempre fui “guanaco”, para los salvadoreños siempre fui “el mexicano” o “el chilango”, para todos los demás siempre fui un híbrido extrañísimo que no tenía patria: en ese sentido un despatriado. Pero cuando llegué a Santiago, me volví un habitante de la ciudad, un fantasma acuoso que deambulaba entre los bares a altas horas de la noche; un transeúnte empedernido de sus avenidas catastróficamente inundadas de edificios; una vicisitud de los lugares más extraños e impensables por poéticos; un pasajero de los buses de horarios nocturnos, que en ellos atravesó la ciudad bebiendo ron y bailando con sus pasajeros, desde Cerro Navia hasta Peñalolén, desde Pudahuel hasta Conchalí, desde Lo Espejo hasta Colina; un taxista camuflado de uberista, que instaló en su memoria el mapa total de la ciudad: sus puntos cardinales, a través de todas sus autopistas, de sus vías rápidas, de sus túneles y circunvalaciones, convertí la ciudad en un mapa tatuado a las pocas neuronas que le permití usar a mi cerebro para trabajar como piloto de otros. He estado en las poblaciones más “brígidas” como El Volcán en Puente Alto, La Legua en San Joaquín, Quinta Bella y La Pincoya en Recoleta, La Santa Olga en Lo Espejo y un largo etc., que no recuerdo; yo que he dormido dos veces en la calle, la primera luego de que me dejaran inconsciente enfrente de La Moneda después de un asalto, pasé 5 horas dormido en la cuneta, en un prado acolchado y verde que me sirvió de arrullo, y la segunda, bajo una banca en la Plaza Ñuñoa por capricho y representación de la gente en situación de calle que ahí vive.
No obstante todo lo anterior, me pregunto: ¿En verdad soy un habitante de esta ciudad? La definición de habitante es: “Cada una de las personas que constituyen la población de un barrio, ciudad, provincia o nación”. En ese sentido me pregunto de nuevo ¿cómo es que yo soy constituyente de esta población, en qué medida, de qué forma, en qué contexto, por qué y para qué? Después de cuánto tiempo viviendo en determinado lugar es que comienzo a constituir parte de su tejido social, a intervenir en él, a trabajar por él, a configurar las hebras societales de su locus, en suma, a ser parte identitaria (valga la palabra ambigua) de sí mismo, y en qué momento ese hábitat se vuelve parte de mí, me estremece, me acongoja, me sublima, me entristece, me cohíbe, me cohabita, me sustenta, me retroalimenta, me desdobla, me ahíta. Desde cuándo, desde dónde, hasta cuándo, hasta dónde.
Todo eso me rondó la cabeza, primero durante días, después semanas y, ahora, llevo meses pensando en una dedicatoria tan sutil como breve, tan efímera como contundente, tan poética como atroz, tan sinsentido como brillante, tan premonitoria como surreal, tan acorde a mí como si Elvira fuera habitante de mí y tuviera de conocerme años, décadas, pero no, la verdad es que Elvira y yo nos hemos visto sólo un par de veces y, en ese sentido, es que esa dedicatoria me pareció la sentencia de una chamana, o de una machi, que me ha tirado la suerte diciéndome: Sí, Antonio, tú eres también un habitante, y esta ciudad te abraza con el manto poderoso de un horizonte rodeado de cordillera.
