Mayo de feria

Uriel Quesada

En un cuento mío titulado “La niña que hacía cantar a los pájaros”, los personajes centrales reflexionaban sobre el mes de mayo.  Uno de ellos incluso lo llamaba el más humano de los meses, pues ser caprichoso estaba dentro de sus características.  Ese cuento, que escribí hacia 1988, suponía que los años transcurrían con cierta regularidad, por lo tanto, era posible predecir el clima, al menos en grandes bloques, desde la transición a la época seca en febrero y marzo hasta las lluvias torrenciales de octubre y noviembre.  Mayo, por su parte, traía mañanas soleadas y muy húmedas.  Por la tarde, aproximadamente a las 2:30, un fuerte aguacero venía a refrescar.  La lluvia podía durar de dos a tres horas, pero de seguro la noche iba a estar en calma.  Asociados con las lluvias podíamos esperar ciertos animales, desde una especie de termita voladora que buscada en grandes bandadas la seguridad de los bombillos eléctricos hasta unos sapos torpes, lentos y enormes como nunca más he vuelto a ver.

Eso era antes.  Uno de los rasgos de los largos exilios es que la cotidianeidad se desdibuja.  No hablo de un recuerdo nostálgico, sino de un recuerdo borroso, que pone en duda si las cosas fueron realmente así.  Después de vivir muchos años en Nueva Orleans, mayo se ha convertido en la muy breve transición hacia el verano.  Implica temperaturas que suben sin misericordia, altos niveles de humedad y, también lluvia. ¿Cuándo llueve?  En cualquier momento. ¿Celebramos la lluvia?  No necesariamente, dada la tendencia de la ciudad a inundarse.  El domingo 12 de mayo, por ejemplo, cayó una tormenta en horas de la madrugada, y mi calle amaneció inundada.  Hubo que esperar a que las estaciones de bombeo se hicieran cargo del exceso agua antes de considerar, al menos, la posibilidad de salir. Por las precipitaciones y la nieve que empieza a derretirse al norte de los Estados Unidos, el nivel de río Mississippi ha aumentado tanto que las autoridades han emitido un aviso, pues podría ser que se desbordara en ciertas zonas.  Cuando los niveles de agua suben peligrosamente, las autoridades abren exclusas al norte y sur de Luisiana para que corra el agua por el campo y las ciudades estén seguras.  A veces, sin embargo, no es suficiente, y el Mississippi insiste en amenazar.

Volví a Costa Rica en mayo de 2017 y 2018, pero no tengo recuerdo alguno del paisaje ni del tiempo.  En ninguno de los casos tenía planeado ir, pero mis padres se enfermaron seriamente (uno a la vez, como si esperaban a propósito para acompañarse).  En 2017 yo iba manejando rumbo a mi casa cuando se empezaron disparar mensajes de “WhatsApp”.  Era mi hermano mayor que comunicaba una extraña emergencia:  mi padre había sido internado en el hospital esa mañana, y el doctor le había pedido a mi hermano que buscara un sacerdote para darle al viejo la extremaunción. Ese fin de semana había un magna reunión de curas locales, por lo que ninguno estaba disponible. El asunto lo resolvió sabiamente mi madre. Dijo que todas las semanas una señora venía a orar con ellos e impartir ciertos sacramentos. No eran necesarios ritos adicionales.  En cuanto pude tomé un vuelo rumbo a San José.  Mi padre había sobrevivido a una septicemia y a una cirugía. Se reponía físicamente (aunque con limitadas probabilidades de sobrevivir), pero se estaba demenciando. Veía gente que no estaba ahí, hablaba con los clientes del puesto en el mercado de abarrotes en el trabajó hasta su retiro. Salió del hospital a una casa de acogida para adultos mayores. Ahí volvió a sus cabales y aprendió a usar andadera.

En 2018 yo estaba preparando un viaje a Barcelona a un congreso que me gusta mucho.  Mi madre tenía síntomas de trombosis pulmonar y estaba hospitalizada.  En lugar de tomar un avión rumbo a Europa volví de prisa a la que fue mi casa.  Tal como le ocurrió a mi padre, los días de internamiento empezaron a afectar las facultades mentales de mi mamá.  Yo la cuidé unos días, pero esa persona ya no era la misma y desde entonces no parece recuperarse.  Vive agotada, tiene problemas de demencia, pareciera que la vida le resulta un peso. Ella era la parte fuerte y activa de la pareja. Sin embargo, ya no cumple ese rol, aunque de cuando en cuando la señora de antes vuelve a brillar.

Hace apenas unos días volví de un tercer viaje consecutivo a Costa Rica en mayo, pero esta vez para participar en el festival literario Centroamérica Cuenta y la Feria Internacional del Libro de Costa Rica. Estuve apenas cinco días en el país, pero fue como una visita al parque de la fantasía de los escritores, con sus mesas redondas, presentaciones de libros y celebraciones; con la gente que conocés o te reencuentras.  Principalmente, la feria y CAC son dos puntos donde lectores y escritores tienen oportunidad parar verse y hablarse.  Además, mis padres están bien de salud (dentro de lo que cabe a sus 86 y 82 años) y mayo se comportó de manera previsible: soles mañeros, lluvias vespertinas.

El hecho de volar desde New Orleans me puso en la curiosa situación de ser autor local y extranjero a la vez.  Como le pasa a cualquiera que visita un país extranjero, no todas las reglas del juego le son claras y comete errores, le es fácil perderse o malentender el entorno.  Como alguien que regresa, uno se aferra al mundo conocido, desde los amigos hasta los lugares para tomarse un trago, y se acerca con cautela a lo nuevo.  Es así como mayo, el ahora mes impredecible, se convierte en una metáfora del país que dejé hace más de veinte años: tiene algunos ritmos en los que me identifico, pero a la vez se ha vuelto inasible, un otro que nunca tengo tiempo de entender por completo.

Del Autor

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Uriel Quesada
(Costa Rica, 1962). Escritor. Estudió en la Universidad de Costa Rica, New Mexico State University y Tulane University, donde obtuvo un doctorado en Literatura Latinoamericana. Es autor de los libros Ese día de los temblores (cuentos, Editorial Costa Rica, 1985), El atardecer de los niños (cuentos, Editorial Costa Rica, 1990; Premio Editorial Costa Rica y Premio Nacional Aquileo J. Echeverría 1990), Larga vida al deseo (cuentos, EUNED, 1996), Si trina la canaria (novela, Editorial Cultural Cartaginesa 1999), Lejos, tan lejos (cuentos, Editorial Costa Rica, 2004; Premio Áncora de Literatura 2005) y El gato de sí mismo (novela, Editorial Costa Rica, 2005; Premio Nacional Aquileo J. Echeverría 2005). Actualmente vive en Baltimore, Maryland, y enseña en McDaniel College.