Esta columna debió haber sido la primera de este emblemático año de 2019, pero mis propios avatares médicos y un comienzo de año atípico en nuestra revista, pospusieron su realización.
Mi verdad alude al título del libro de memorias escrito por la Dra. Hilda Molina (Planeta, Booket, 2011) con el subtítulo “De la Revolución Cubana al desencanto: la historia de una luchadora” publicado en Argentina. Me había propuesto que, al cumplirse los 60 años –seis décadas seis, una vida entera- de la mayor estafa sufrida por un pueblo en siglos, con toda su secuela de miseria, represión y perfidia, el mejor homenaje que podía hacerle al pueblo cubano sojuzgado, era la de leer esa obra antes que ninguna otra. Amanecer el año leyendo sobre la Libertad y sus eternos enemigos, para luego escribir sobre ello. Aquello lo cumplí en la primera semana. Esto intento hacerlo ahora.
El azar, ese eterno bromista, hizo que me encontrara, en la Feria del Libro de Buenos Aires, con la presencia de Laurence Debray, hija del celebérrimo Régis, presentando su libro “Hija de revolucionarios” (Anagrama, 2018) donde la autora ajusta cuentas con sus padres y con la propia historia. El regio Debray, revolucionario francés de exportación, tiene mucho en común con la Dra. Molina: aparte de su contemporaneidad, ambos vivieron, dentro mismo de las entrañas del Régimen castrista, y ambos fueron, en su tiempo, íntimos del Hechicero Mayor, todo lo íntimos que se podía ser de ese encantador de serpientes que vivió su vida rodeado de soledad.
Se pregunta Debray hija ¿cómo es posible que mis padres apoyaran un proyecto político como el cubano, fundado sobre la represión, la exclusión y el poder absoluto? , pregunta válida no solamente para Régis Debray y Elizabeth Burgos –fascinados con la violencia “partera de la historia” que pregonaba el Che- sino para toda la “gauche caviar, que admira las revoluciones latinoamericanas a prudente distancia, refugiada en la comodidad de economías capitalistas desarrolladas de las que sólo reniegan de palabra”
La misma pregunta se hace una y otra vez Hilda Molina rememorando sus tiempos de juventud (la Revolución le estalló en la cara cuando solamente tenía 16 años) en los que la marea llevaba a toda su generación hacia un solo lado. No se podía ser joven en Cuba y no ser parte de esa Historia que, se decía, estaban escribiendo a diario. Literalmente, no era posible. Aunque fuere, como en su caso, alguien con firmes convicciones religiosas, de profundos arraigos familiares -esa rémora burguesa- y con una vocación por la profesión médica que excluía todo otro posible compromiso.
Ese compromiso, asumido como ineludible aunque no exento de una molesta voz interior discordante, le llevó a que, siendo ya una especialista de nota, se integrara a una de las publicitadas “Misiones internacionalistas” en donde el Régimen brindaba supuesta ayuda humanitaria, esta vez en Argelia en la década de los años 80. Aunque no fuera el objetivo principal, cada cubano que salía en esas circunstancias, tenía la expectativa de que, junto con la ayuda que proporcionarían, también tendrían la oportunidad de mejorar en algo su situación económica personal y familiar, hartos ya de “períodos especiales” y planes nunca cumplidos. No sabían entonces, que eran parte de una próspera industria que aún vive y rinde millonarios resultados, no para sus obreros, sino para el Régimen que las pergeñó.
Por estos días circula por el Universo Internet un artículo publicado por BBC en News Mundo, titulado “El mundo oculto de los médicos cubanos enviados a trabajar al extranjero”, en el que, mediante diversos testimonios de los propios involucrados, dan cuenta de lo que constituye una aberrante práctica de esclavismo agravado porque es perpetrado, con total alevosía y premeditación desde hace décadas, por un Estado y no por una mafia particular cualquiera. Nada nuevo nos dicen. Algo que ya sabíamos los que no solemos andar por la vida con anteojeras, y que contribuyó a dejar aún más al desnudo el “ultraderechista neofascista” Bolsonaro quien se negó a seguir siendo cómplice del gran negociado montado por los Castro de consuno con el preso insigne Luis Inácio Lula Da Silva. Lo que sí causa escalofríos es conocer el grado de explotación, las condiciones de persecución y represión, y las monumentales ganancias acumuladas a lo largo de los años. Las amenazas a las familias en la Isla-Cárcel, usadas como rehenes para evitar fugas. La inclusión de agentes de inteligencia encargados de prevenir posibles disidencias. El manejo obsceno de privilegios y la siempre presente utilización del poder para obtener favores sexuales o dinero a cambio de ello. Todo esto permitido por los corruptos gobiernos que contratan tales “ayudas humanitarias” pagaderas en dólares contantes y sonantes en cuentas encabezadas por el apellido Castro o cualesquiera de sus testaferros. Para mi vergüenza y las de todos los uruguayos de bien, que quiero creer somos la amplia mayoría, el venal y corrupto gobierno uruguayo del Frente Amplio, ha hecho uso y abuso de los esclavos, llegando al colmo de la obscenidad cuando les utilizan como arma política. Y todo ello con la bendición de la progresía internacional que se solaza en apoyar una Revolución que no cesa de demostrar los valores humanísticos que le lleva a sacrificar a su propio pueblo en pos de brindar ayuda a quienes la necesitan. Cursiva para la ironía.
El azar, ese eterno bromista, hizo que estas dos historias, la de la Doctora Molina y la de Laurence Debray se cruzaran en Argentina, esa feraz tierra que supo parir a gente como Juan Bautista Alberdi, pero que también le dejó al mundo al Che Guevara, ícono de la vesania totalitaria latinoamericana; tierra capaz de poner en el Trono de San Pedro a un montonero a la par de denostar a un Jorge Luis Borges. Como no podía ser de otra manera, ambas figuras cayeron –ipso facto- bajo el fuego inmisericorde del Régimen cubano, a través de las voces oficiales y oficiosas que nunca le han faltado por estos lares. Molina se convirtió de la noche a la mañana, en agente de la CIA, lacayo del Imperio, acusada de traición a la Patria y al Socialismo – que en Cuba son la misma cosa- y de haberse vendido al mejor postor quedándose con una fortuna de 10 mil dólares (¡) por haberle salvado la vida a un diputado argentino que integraba su selecta clientela habanera. A Debray también le regalaron similares epítetos, aunque no pudieron endilgarle traición alguna porque nunca fue parte de la farsa. Si no se les puede ejecutar, como al General Ochoa, accidentar como a Camilo Cienfuegos, encarcelar por décadas como al Comandante Matos, torturar como al poeta Heberto Padilla, pues entonces toda la artillería propagandística del estalinismo castrista y sus acólitos, se enfila a provocar la muerte civil del que ha osado calificar al régimen como lo que es: una cruel tiranía perpetrada contra un pueblo sano y valiente que creyó luchar por recuperar la libertad y ganando, la perdió para siempre.
Por eso, mi humilde homenaje a quienes no hesitan en afrontar el fusilamiento propagandístico, en aras de mantener la dignidad humana que pasa, siempre, por el más irrestricto respeto al individuo y sus inalienables derechos, entre ellos el que más, el de pensamiento e ideas. Esa, por lo menos para mí, es también Mi verdad.
