
Arístides Vega Chapú, Reina María Rodríguez, Guadalupe (esposa de Kozer), José Kozer y Alfredo Zaldívar.
Tendría que mentir si me viese obligado a decir cómo supe de la existencia de José Kozer (La Habana, 1940). Ese dato no lo tengo nada claro. Quizás leí algún poema suyo en las muchas antologías de poetas en las que él aparece, o alguien me lo recomendó o escuché simplemente su nombre y atraído por eso que se desconoce fui a su búsqueda. Lo que sí doy por seguro es que el primer poemario que tuve de él lo compré en Caracas. Fue el único gusto con que me gratifiqué en un viaje en el que estuve alejado de mi familia más tiempo del que soporto estar lejos de casa. Trasvasando, publicado por Monte Ávila Editores Latinoamericana fue prácticamente mi única lectura en todo ese período en que estuve viajando de un estado a otro de Venezuela. Si algo supe desde ese mismo principio fue que la poesía de Kozer tiene infinitas lecturas. Siempre es posible hacer nuevas relecturas, encontrar o entender algo nuevo, disfrutar de maneras muy diferentes de esos juegos verbales en que su escritura balancea lo imposible, junta y aleja lo que en un principio pareció inconciliable y más que eso donde las imágenes se acomodan en un espacio de entera libertad logrando paisajes globalizados que se convierten en escenarios posibles para exponer un caos, que poco a poco, sin percatarnos, se asientan y se nos hacen creíbles.
Su poesía dice y cuestiona, asevera y pone en duda constantemente esos hechos supuestamente triviales que el poeta magnifica para que saquemos una buena tajada de sapiencia, bebida directamente de una experiencia vital que es obvio la ha vivido a plenitud y de un saber académico y ecuménico que simula no tener fin.
Luego, mi amigo Alfredo Zaldívar me regaló el poemario que Ediciones Matanzas publicó en una impecable edición. Estos dos libros y muchísimos poemas, que un amigo cercano y generoso me hace llegar como resultado de su búsqueda en Internet a sabiendas de mi interés por el poeta, me han posibilitado la lectura de una buena parte de la obra de Kozer. Suficiente para pesar la magnitud del aporte de una poética que si bien es universal tiene sus fuertes amarras en ese tronco sabio del que se reproduce, germina, aflora la poesía cubana.
Por eso cuando supe que viajaría a los EU a presentar un poemario y mi última novela y más tarde tuve la certeza de que coincidiría en Miami con Zaldívar, no me limité en pedirle que me propiciara un encuentro con el poeta que ya, a esas alturas, conocía estaba residiendo Hallandale, una ciudad de la Florida.
En realidad sabía mucho más de Kozer, pues me había leído varias entrevistas y trabajos sobre su obra, lo que me hacía sumamente atractivo conocerlo personalmente.
En Miami también coincidí con Reina María Rodríguez y tuve la suerte de conocer al poeta pinareño Joaquín Badajoz, a quien llaman por Jochi, un apodo de una sonoridad cariñosa que le viene tan bien que desde entonces me atreví a llamarlo de esa manera. Fue él quien coordinó con Kozer la posibilidad de que todos pudiéramos visitarlo.
Ahora tengo una foto en uno de los libreros, en mi escritorio, en que estoy junto Kozer y su agradable e inteligente esposa Guadalupe, Reina y Zaldívar, pues Jochi se había ofrecido generosamente para quedar detrás del lente.
Llegamos a la ciudad de Hallandale sobre las once de la mañana. El confortable apartamento del poeta es sobrio y minimalista en sus escasos muebles y adornos. Un librero que ocupa parte de la pared derecha, a su entrada, es todo lo que pueda llamar la atención de un curioso, como lo soy y dar la única clave del oficio de su habitante.
Kozer es un hombre alto de estatura, mucho más de la que suponía cuando solo lo conocía por fotos. Por su mirada aguda y sus modales correctos puede dar la impresión de ser un hombre ríspido y distante. Pero al disponerse a conversar, con una gesticulación muy propia de los cubanos, esa primera opinión se borra.
Además de buen conversador tiene todas las claves para agradar; inteligencia y amabilidad, cordialidad. Deseos de escuchar a los demás. En todo momento llevó la iniciativa de los varios temas que se conversaron. Como buen anfitrión supo ser ameno y aún cuando en casi todo de lo que se habló demostró estar muy bien informado, Kozer está muy lejos de ser un pedagogo pedante.
Pese a que su esposa se ocupó con habilidad de todas los menesteres domésticos que exigen atender a una visita, no sé si por costumbre de la pareja o por permitirle a él conversar con nosotros, tal y como aparece constantemente en su poesía estuvo presente en toda nuestra visita. No solo como la mujer de la casa. Guadalupe no vaciló en intervenir durante toda la visita, dando criterios, aportando datos que se hacían necesarios en la conversación. Fue la primera conclusión a la que arribé apenas llevaba un rato en casa de Kozer: Guadalupe no es una invención de una poética que constantemente está ficcionando. Es la misma que ya había conocido a través de sus versos.
No solo se habló de poesía y de Cuba, un tema que no evade, sino del que se siente atraído como cualquier isleño lejos de su porción de tierra natal.
Hablamos de la familia, de sus dos hijas, de recetas de comida, de su larga estancia en España, de los poetas de la Isla y de todo lo humano y divino que pueda surgir en una conversación entre amigos.
Pese a ser yo el único que no conocía, Kozer fue el anfitrión ideal para sentirme bien acogido. Le hice saber que muchos jóvenes lo leían, que sus poemas eran referentes para muchos y él me respondió con una media sonrisa, de cumplido, de quién aún, pese a los reconocimientos, no ha encontrado la manera de responder ese tipo de halago.
Se habló también del criterio que muchos tenemos de la justeza de que le fuese distinguido con el Premio Nacional de Literatura.
Desde su balcón hay una espléndida vista en que las prolijas y extensas áreas verdes se juntan con un agua transparente y quieta en que flotan yates de diferentes calados. El cielo estaba algo nublado y un silencio poco común para un isleño permitía escuchar las voces que se escurrían desde la sala del apartamento.
Solo ahora, después de conocerlo, escuchándolo conversar con Reina, Jochi y Zaldívar pude entender de qué hablaba cuando se refirió a un sueño mesopotámico.
Arístides Vega Chapú, en Santa Clara, septiembre de 2013
Publicado en la Revista Matanzas, Año XIV. No 3, Sept-Dic 2013.
–***–
En casa de José Kozer
En Hallandale alinean los yates por tamaños,
entre la yerba que a cierta altura se pulveriza y el agua mansa
de una mezcla de azul con un gris tenue como las de un río
que por años ha mantenido el mismo cauce,
arrastrando las mismas piedras, solo las oriundas.
Absorto, no dejo de mirar un paisaje
que parece extraído del sueño de un niño.
Quizás el que vi en brazos de una vanidosa madre
que lo mostraba a sí misma,
como si ese reflejo de anteponerlo entre la luz y ella
le fuera imprescindible a su hijo.
Me amodorra la perfección pero preciso de ella
para darla por cierta a la hora de volver a necesitar
el sosiego que siento a cierta altura
por encima de mi imaginación.
Me hubiera gustado traer de regalo una iguana, un tomeguín
en una jaula de güines,
un catauro reboso de platanitos manzanos
que crecieron silvestres en el patio,
guayabas de Motembo, fáciles de encontrar
en los recuerdos de mi infancia,
no un libro de versos en los que puede encontrarse
bestiarios, figuras ficcionadas de una realidad
incomprensible, poco amena.
No por gusto escondo el libro, no por gusto me olvido
de todos sus versos.
Sobre la mesa de centro hay cáscaras de maní
que no retira Guadalupe,
como si fuesen parte de los mínimos adornos de su apartamento.
Recorro con la vista un librero frente al que me he acomodado.
A través del balcón veo el cielo balancearse sobre las hojas secas,
en busca de un sitio entre los libros,
donde el poeta cuenta su historia en las diversas lenguas
habladas en las tierras que a sus espaldas arrastra
como Patria única las recuesta a la sombra de una palma
nacida en un solar yermo de Santo Suárez.
Escucho la conversación, intervengo lo menos posible.
Son ellos los que están diestros para tomar por el camino
de la maleza verbal que alude a un pasado y presente
alineado en una misma historia
en que las palabras son solo afluentes
de un terreno baldío que mi vista roza
después de estacionarse en los yates,
uno al lado del otro, según su calibre,
entre las aguas y una pradera
que se pierde solo si cierro los ojos.