Supe de José Kozer por unos poemas que leí en los 90s en una revista de Reina María Rodríguez por cortesía de Víctor Fowler o en una Gaceta con palabras de Pocho (Ambrosio Fornetr o de Jorge Luis Arcos) dedicada a la literatura del exilio. Nos vimos por vez primera en La Cabaña en La Feria Internacional del Libro de La Habana, el 2 de febrero de 2002. Arcos y Fernández Retamar presentaban su libro No buscan reflejarse (Letras Cubanas, 2001), en La Tribu de la Poesía. Ahí me dedicó su libro: (Para Rafael el puente (puerta) abierto (abierta) a la amistad), escribió.
Desde la primera lectura de sus textos pasó a ser unos de mis poetas de cabecera, junto a María Elena Cruz Varela, Rafael Alcides, Carlos Galindo Lena, Eliseo Diego, Gastón Baquero, Delfín Prats, Roberto Manzano, Manuel Díaz Martínez, Raúl Rivero y Luis Felipe Rojas.
En 2013 René Coyra me pidió que le hiciera una entrevista, y Michael H. Miranda y Pablo de Cuba Soria nos pusieron en contacto.
Fui y regresé de Miami con dos deseos incumplidos: reunirme con María Elena Cruz Varela y con José Kozer.
Hace unos años que mi voto y mi fe están puestos en que José será nuestro próximo Cervantes y nuestro primer Nobel. Su poética es universal, pero, sobre todo, cubana. Cubana de todas partes, es un poeta polaco, checo, español, de Norteamérica, de cualquier lugar. Su literatura es una selva de manigua, donde se entretejen la buganvilla con el aroma dulzón de las frutillas de guásima, el del ajiaco, el aguardiente, la mulata calle abajo, salta un charco, una zanja, y no están ni Lennon ni McCartney tendiendo su sobretodo bajo los pies de la muchacha.
Es este nuestro más grande poeta, canta a los días sus insatisfacciones y alegrías. Sus reminiscencias vienen de los dolores sangrados por los judíos, la escritura hebrea, del guarapo sacado de los trapiches con el sudor de los esclavos mirando a sus hermanos en el corte de caña. Y de su convivencia con Guadalupe, por el largo camino recorrido en su compañía, la existencia misma.
