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Nunca me habría atrevido a escribir la historia de mi familia y relatarla si no fuera por mi padre, quien me animó mientras me rapaba la cabeza en su discoteca madrileña y me decía: "Escribe lo que te venga en gana. No puede ocurrir nada peor de lo que ya ha sucedido... Este es un mundo jodido". Entonces no hice ningún comentario; me limité a seguir sintiendo su cuchilla que casi me estaba excoriando la piel de detrás de la oreja.
Todo empezó cuando mi padre, Noé, llevó a mi hermana Istabrak a los médicos de la ciudad para que la curasen de una enfermedad que la estaba minando, y que le hacía supurar un líquido amarillento en la ropa. No le sirvió de nada el algarrobo molido que se tomaba religiosamente, siguiendo las recomendaciones de las viejas curanderas del pueblo. Perdió peso de forma alarmante, hasta tal punto que los pechos le colgaban flácidos, cuando no era más que una muchacha de catorce años. Tenía la cara pálida y amarillenta como las hojas de tabaco; pero aun así, era más hermosa que las demás campesinas de su generación, al no exponerse al sol del campo que deja la piel curtida, del color de la madera vieja. Se limitaba a realizar sencillas tareas domésticas como hacer las camas, fregar los platos, barrer la casa y tender la ropa. Istabrak nació con una hermana gemela que murió a los nueve meses. Las dos eran muy débiles y muy pequeñas, se retorcían en la cuna como si fueran dos ratoncitos mojados en leche. Todos pensábamos que Istabrak tampoco tardaría en morir, pero siguió viva y, aunque sea muy flaca y pálida, es guapa y tiene buen corazón.
A última hora de la mañana, Noé salió de Alsubuh, nuestro pueblo de origen, acompañado de Istabrak, que se había perfumado la ropa, para llegar una hora más tarde a Tikrit Andaba un paso por detrás de él, mientras él le iba abriendo camino por la acera del mercado. Justo antes de entrar en una de las consultas de la clínica, un Mercedes negro se acercó muy despacio; de una de sus ventanillas salió una mano que le tocó el trasero a Istabrak, al mismo tiempo que se oía: "¡Bonito culo!". La muchacha gritó del susto y el padre se dio la vuelta. Enrarecido, se abalanzó hacia el Mercedes y agarró al conductor por el cuello gritándole a la cara: "¡Bastardo, hijo de perra!". Lo levantó por el cuello, como si fuera un botijo, hasta que consiguió sacarlo por la ventanilla del coche. Era un joven delgado que llevaba unas gafas azules encima de un bigote apenas perceptible, una amplia chilaba blanca y un ancho cinturón de cuero del que colgaba una pistola. El coche negro, vacío, prosiguió lentamente su camino hasta chocar con otro que estaba estacionado y se paró. Mientras tanto, Noé se ensañaba con el muchacho pegándole e insultándole. El joven gritaba: "¿Tú sabes quién soy?". Y Noé, indiferente, repetía implacable, sin dejar de pegarle: "Sí... lo sé. Eres un bastardo... Eres un hijo de puta". El blanco de la chilaba se manchó con el rojo del joven que hizo un intento desesperado de sacar su pistola; entonces Noé le torció el brazo, lo levantó en alto y dio con el cuerpo en el suelo de un fuerte golpe. El joven se quedó inmóvil. La furia de Noé había llegado al límite, se agachó, sacó la pistola del cinturón y extrajo el cargador. Cogió tres de las balas en la palma de la mano y tiró la pistola en una boca de alcantarillado. Descubrió el trasero del joven, caído boca abajo y empezó a introducirle las balas por el ano. Iba por la segunda cuando se encontró rodeado por los comerciantes y "las bestias del zoco", como solía llamarlos; un grupo de ellos intentaba sujetarle como si fuera un toro de lidia, gritándole: "¡Estás loco...! ¡Es el sobrino del cuñado del secretario del vicepresidente!".
Tras lo sucedido se vio transportado por los golpes secos de los policías en el vientre hacia la tenebrosa oscuridad de las entrañas del calabozo, sin noticia alguna de Istabrak quien, al ver sangre, supuró el líquido amarillo en su ropa perfumada y se sentó delante de uno de los escaparates de un comercio cercano, llorando y temblando como una hoja de palmera bajo una lluvia tempestuosa, hasta que unas almas piadosas la llevaron a su pueblo, Alsubuh. Mi madre la bañó y la arropó en la cama. Istabrak le contó a su abuelo Mutlak, que estaba sentado en la cabecera de su cama, lo que había ocurrido. En un destello de furia, éste se incorporó gritándole a la familia: "Si el perro te ladra, no le ladres. Pero si te muerde, muérdelo". Aquella frase se había convertido en su filosofía de vida y le había hecho famoso en los demás pueblos desde niño, cuando asistía con asiduidad a las clases del alfaquí mulá Abdulhamid, con un bolso de tela que su madre le había confeccionado cortando la parte inferior de un saco de arroz, bordando en él un niño desnudo con alas en un lado y cosiéndole una correa para que se lo colgara al hombro.
El bolso, por debajo de la axila, contenía un ejemplar del Corán, un cuaderno de hojas grises, pan, un puñado de dátiles y una cebolleta... como todos los bolsos de los demás niños de los pueblos que habían aprendido el Corán con el muía Abdulhamid. Un día se le presentó un perro cuando iba de camino hacia la mezquita. Le ladró y, cuando Mutlak aligeró el paso, el perro hizo lo mismo. Luego echó a correr y el perro tras él; se paró para coger una piedra y entonces el perro se le tiró a la espalda. Mutlak se dio la vuelta y empezó a luchar con él en el suelo. El perro le arañó el cuello y le mordió en el gemelo, volviéndose cada vez más agresivo. Su ladrido se hacía más fuerte bajo los golpes. En la vehemencia de la lucha, Mutlak se encontró con el cuello del perro delante de su cara y entonces lo mordió con tal fuerza que el animal se quedó inmovilizado y dejó de ladrar. Apenas emitía un leve y tímido ladrido: "Guau... guau", y se marchó con el rabo entre las patas sin mirar atrás, mientras Mutlak seguía su camino hacia la mezquita cojeando.
El muía le preguntó por qué había llegado tarde y por qué sangraba, y Mutlak le contestó ante los asombrados ojos de los pequeños: "El perro me ha ladrado y no le he ladrado, pero me ha mordido, así que le he mordido". El muía guardó un minuto de silencio y luego sonrió y dijo: "Aplaudidle". Se quitó el turbante y le vendó el gemelo a Mutlak. Le premió con un puñado más de dátiles y le dio unas palmaditas en el hombro, en señal de aprobación... Desde entonces, su historia se hizo famosa y él presumía considerando que lo que había dicho era una moraleja inventada por él mismo, que además gozaba del sello de la bendición del muía Abdulhamid: "¡Que Dios tenga tu alma en su gloria, muía Abdulhamid!".
Mi abuelo Mutlak, que estaba muy orgulloso de llevar el nombre de nuestro bisabuelo, se enfureció y llamó a sus nueve hijos y a sus nietos, a sus hermanos y a los hijos y nietos de éstos, a sus primos y a los hijos y nietos de éstos también, y les dijo: "Preparad vuestras armas y vuestros coches. Tenemos que atacar Tikrit y sacar a Noé de la cárcel, porque si nos callamos cuando nos metan mano una vez, a la siguiente nos montarán". Todos se apresuraron en sacar porras, espadas, dagas, tridentes, fusiles y pistolas de detrás de las camas y de los estercoleros donde se hallaban enterrados. Tras quitar el cuadro que lleva un aleluya del Corán (Aleya de la Silla), mi madre me señaló un punto en la pared de nuestra casa de adobe para que excavara allí. Me tendió el hacha que utilizaba para partir leña diciendo: "Pica aquí". Empecé a dar golpes en la pared... a picar hasta que el hacha chocó con algo metálico. Ella me dijo: "Saca esa caja". Empecé a ampliar la zona donde picaba, con golpes cada vez más leves hasta descubrir los contornos de una caja y la saqué. Era una lata oxidada.
Mi madre comentó con ternura: "La caja fue el regalo de tu abuela en nuestra boda, y lo que lleva dentro son regalos de tu abuelo y de los tíos de tu padre". Después continuó: "Llévasela al abuelo". La caja pesaba mucho, y si no fuera por la oscuridad y lo corta que era la distancia, la habría abierto en el camino. Pero me armé de paciencia hasta ponerla delante del abuelo que estaba rodeado por cinco de mis tíos paternos, además de uno de mis tíos maternos. La abrió y sacó un fusil desmontado y dos pistolas envueltas en trapos humedecidos por el aceite de la grasa de petróleo en que estaban untados.
Los familiares empezaron a llegar a la casa del abuelo, donde la tensión crispaba rostros y conversaciones. Café amargo y recuerdos de batallas y llamamiento a la hombría de cada uno; la historia de mi abuelo con el perro de cuando era niño y su moraleja se repetía y servía de inspiración. El abuelo diseñó su plan basándose en la información incompleta proporcionada por algunos que habían estado recientemente en Tikrit, porque él no conocía nada del Tikrit de aquel momento, y dijo: "Yo lo conocía cuando era un pueblo pequeño, con su tierra roja infestada de ratas y cuando algunos de sus pastores comerciaban con pollinos... ¿pero, dónde está la cárcel?". Le dijeron que no sabían exactamente dónde, porque la ciudad había sido invadida por bloques de chalets, pisos y comisarías modernas... Mustafa sabía dónde, porque lo habían encarcelado allí dos años atrás cuando había proferido insultos contra el Gobierno en el mercado de ovejas. Dijo: "Traed a Mustafa".
Aquella noche no dormimos. Se juntó toda la familia Mutlak y todos los que se habían casado con alguno de sus miembros, hasta abarrotarse la casa y el patio de hombres que preparaban sus cartucheras y las cargaban de balas. Los turbantes, pañuelos y trabas descansaban sueltos sobre los hombros de los hombres... Las manos recuperaban su conocimiento de las armas a través del tacto y las caricias a las piezas, mientras que las mujeres se dedicaban a cocinar y a traer las armas que habían tenido escondidas en los paquetes de ropa vieja. Llenas de temor, susurraban sobre lo que le había pasado a Istabrak.
Los niños jugaban a la guerra. Cada vez que paraban para darse un respiro, sus miradas examinaban las armas que sus padres tenían entre las manos e intentaban tocarlas sentándose con educación al lado de ellos y esperando a que éstos se despistaran o que bajasen la guardia durante las conversaciones. Alguno que otro suplicaba a la madre para que pidiera al padre que lo llevara con él, pero ésta lo regañaba con fuerza diciendo tajante: "¿A dónde quieres ir? Éstas son palabras mayores, no es un juego de niños". Como la noche se hacía muy larga, los niños cayeron dormidos en brazos de sus madres, sobre los muslos de sus padres o encima de la hierba. Los hombres se sentaron formando pequeños grupos, mientras mi abuelo les recordaba las guerras de los primeros musulmanes y les recitaba el Corán hasta que el primer gallo cantó al alba. Entonces, se levantó ordenando llamar para la oración y rezamos detrás de él. Yo tenía diecisiete años en aquel entonces y ya se me consideraba un hombre.
Subimos a los coches y salimos en caravana para llegar a primera hora a Tikrit. Rodeamos el edificio del Gobierno de la provincia. Mi tío pegó un tiro al aire y el gobernador se asomó al balcón, detrás de las macetas de flores, todavía en pijama de rayas rojas. Echó un vistazo y desapareció. Dio orden de que avisasen a la policía y al Gobierno Central. Volvió a salir al balcón, esta vez vestido con un elegante uniforme y corbata. Entonces, mi abuelo le susurró algo a mi tío que a continuación gritó: "Entregadnos a Noé ahora mismo... Si no, derrumbaremos este edificio encima de vuestras cabezas". El gobernador, desconcertado, replicó: "Por favor señores, entren... Intentaremos llegar a un acuerdo".
Mi abuelo ordenó a mi tío que le respondiera: "No tenemos nada de qué hablar, entregadnos a nuestro Noé y volveremos a nuestras casas". Mi tío gritó la frase, haciendo bocina con las manos para que su voz se oyera más. El gobernador replicó tras empujar hacia dentro a su niño que había salido frotándose los ojos: "¿Qué Noé?... ¡¿Yo no sé de qué estáis hablando?!". Mi abuelo le dio un codazo a mi tío en la cintura y ambos empezaron a subir las escaleras de la fachada principal del edificio hasta desaparecer en la oscuridad del portal. A su vez, el gobernador despareció del balcón al verles entrar.
Apenas habían transcurrido diez minutos cuando nos encontramos rodeados de tanques y de coches blindados de la policía. Dos helicópteros patrullaban el cielo, mientras una voz amenazante nos llegaba de algún lugar que ignorábamos o tal vez de todos los lados, del cielo, de la tierra y de detrás de las macetas del balcón, ordenándonos a través de unos altavoces: "Dejad vuestras armas en el suelo y entregaos". Entonces, uno de nuestros encapuchados contestó con un tiro que provocó un estruendo por el intercambio de disparos entre la policía y nosotros.
Más tarde supimos que quien había disparado primero había sido mi primo Sirat, muy enamorado de mi hermana Istabrak. Por eso estaba más exaltado y enfurecido que los demás, y no tardó en contagiarnos a todos. Empezamos a disparar con estrépito a los tanques, hasta que nos envolvió el humo de las bombas lacrimógenas lanzadas desde los helicópteros. El silencio se apoderó del lugar, sólo se oía nuestra tos y el intercambio de insultos que continuó hasta que quedamos sumidos en las tinieblas. Cada uno en una celda, recibimos bofetadas, patadas, latigazos e insultos, sin poder contestar nada más que con gemidos de dolor.
Cuanto más me torturaban, más pensaba en mi abuelo y más temía por su vida. Cada vez que preguntaba por él me respondían con golpes aunque todavía no me habían interrogado. Me decía a mí mismo que, si estaban haciendo con él lo mismo que estaban haciendo conmigo, no iba a sobrevivir. De tanto dolor, mi cuerpo se quedó entumecido, dejó de sentir y de poder moverse.
Bajo los golpes muchas veces perdí el conocimiento... y unos chorros de agua fría e insultos me despertaban... hasta llegué a creer que llevaba años en este suplicio... ¿No será éste el castigo de la sepultura del que el abuelo nos hablaba? Deseaba entonces que aquello no fuera más que una terrible pesadilla de la que despertaría con un desayuno de mi madre, con nata, mantequilla, pan caliente, dátiles fritos en aceite y té con cardamomo. Pero más tarde supimos que aquel infierno sólo había durado un día, porque a la noche nos llevaron y nos amontonaron a unos encima de otros, nuestros cuerpos sangrantes y gimientes, en la parte trasera de los camiones militares tras habernos rapado las cabezas y afeitado el bigote a todos. Los camiones salieron escoltados por un convoy de coches blindados y llegaron a media noche al pueblo donde nos aguardaban nuestras familias en las azoteas de las casas, con la angustia como única acompañante.
El convoy se detuvo en el centro del pueblo, donde se encontraba la enorme plaza frente a la mezquita. Aquella plaza donde habíamos jugado al escondite del anillo como el almuhebis o el aljuetimi, en las noches veraniegas de Ramadán. Allí también se celebraban funerales, bodas, carreras de burros, carreras de sacos —utilizando los mismos sacos de almacenamiento de nuestras cosechas de algodón—, competiciones de salto de altura y de longitud... Los policías y soldados, con sus armas, se bajaron de sus vehículos y tomaron la plaza. Mientras tanto, cuatro de ellos se encargaban de bajarnos de los camiones cogiéndonos uno a uno de brazos y piernas y, antes de tirarnos al suelo, nos acercaban al comandante para que sacara del bolsillo el nuevo carné de identidad que nos habían expedido... cambiándonos el apellido a todos, de Mutlak a Kashmar. En el lenguaje coloquial de Irak, la palabra Al-Kashmar es despectiva y tiene connotaciones de desprecio y humillación, además de tachar al que se llama así de ingenuo e imbécil. En los diccionarios de árabe clásico que consulté más tarde, significa "bajo, gordo y apelmazado".
Oí mi nombre, mientras me llevaban: Selim Noé Al-Kashmar. Me lanzaron al suelo y un dolor me atravesó la espalda. Cuando recobré el conocimiento, mi madre me dijo: "Os han entregado a nosotros como cadáveres con carné, mientras el terror nos dejaba mudos". Le pregunté: "¿Y el abuelo?". Ella contestó: "Bien, no le pegaron mucho, pero le afeitaron la barba, el bigote y la cabeza como a todos".
Al día siguiente, supimos que tres de nuestros hombres habían muerto en la escaramuza en medio del humo frente al edificio del Gobierno —mi abuelo decía que eran mártires—. Ningún policía fue alcanzado. Al tercer día, los más jóvenes pudimos levantarnos y movernos un poco. Inmediatamente fui a visitar a mi abuelo y me lo encontré lleno de fuerzas y completamente encolerizado, planeando contactar con sus amigos, jeques y jefes de tribus y pueblos que habían aprendido el Corán con él en los tiempos del muía Abdulhamid. También estaba pensando en contactar con sus amigos jefes de tribus curdas, en Majmur e Irbil, con los turcomanos en Kirkuk, los shabquíes en Al-Güeir y sus amigos los yazidíes en Sinyar, con quienes le unía una estrecha relación de confianza desde que se dedicara al comercio de cebollas. Asimismo, se acordó de antiguos compañeros de combate, cristianos de Karakosh y Tall Kif, buenos guerrilleros independentistas contra los ingleses, de nobles señores de Najaf y Kerbela que conocía de cuando viajaba hacia allá para traer libros y de amigos de Basora de cuando trabajaba en los puertos.
Mi abuelo estaba pensando en volver a atacar. Pero, al parecer, el Gobierno tuvo noticias de sus preparativos. Entonces, una mañana devolvió a mi padre al pueblo de Alsubuh con la cabeza rapada y barba y bigote afeitados, la pierna izquierda paralizada, el pie torcido, inflamado y quemado de tantas descargas eléctricas que había recibido... y cuando les había implorado que, por lo menos, cambiasen el cable al derecho, se lo habían colocado sobre los testículos hasta que se quedaron cauterizados. Mi padre tardó mucho en curarse y cuando se recuperó, quedó cojo y no volvió a tener más hijos después de nosotros seis. Dejó de soñar con tener doce.
Mi abuelo le dijo: "Te ha mordido"; "Le morderé", replicó mi padre, "meteré esta bala en él", dijo tras sacar aquella bala, que posteriormente convirtió en una medalla de su llavero. Dijo en "él" y no en su "culo", porque Noé jamás se habría atrevido a pronunciar una palabra obscena en presencia de su padre. "Le raparé la cabeza, le afeitaré el bigote y le grabaré la palabra kashmar en la frente como un tatuaje o mediante cauterización, si hiciera falta".
"¿Cuándo?", preguntó el abuelo, a lo que mi padre contestó: "No lo sé; pero seguro que lo haré".
Mi abuelo le trajo el Corán y le dijo: "Júramelo". Mi padre puso la mano encima del Corán y juró, satisfecho de lo que había decidido hacer al percibir la complacencia en la voz de mi abuelo. Luego prosiguió: "Un beduino se vengó después de cuarenta años y, sin embargo, dijo: ¡Me he precipitado!". Mi padre pretendía demostrar la seriedad de lo que se había propuesto, y de que cumpliría su juramento de venganza pasara lo que pasara, tardara lo que tardara.
Más tarde notamos que el resto de la gente del pueblo, los que no pertenecían a nuestro clan, habían empezado a llamarnos usando apodos y no por nuestro apellido, como había sido costumbre. Fue cuando nos dimos cuenta de que hacían esto sólo delante de nosotros, por deferencia o por temor a nuestra agresividad, pero sus niños llamaban abiertamente a los nuestros Kashamir (plural de Kashmar) cuando se peleaban con ellos. Además, entre ellos usaban el nombre que el Gobierno nos había impuesto en los carnés. Mi abuelo, que odiaba la hipocresía, decidió que teníamos que mudarnos a un lugar sólo para nosotros.
Tras una semana de reflexión, que mi abuelo se pasó mirando fijamente por la ventana de su salón al río Tigris, a la otra orilla donde está el monte Makhul, multiplicando sus oraciones de recogimiento antes de dormir para elegir el lugar, dijo: "Para allá". Recogimos nuestras cosas y de noche las cargamos en las canoas. Cuando nos encontrábamos en medio del río, nos ordenó: "Tirad radios y televisores. Romped todos los documentos del Gobierno y tiradlos al río". Lo hicimos con sensación de alivio, como si nos hubiéramos quitado de encima un misterioso peso que nos ahogaba. Una de las mujeres lanzó albórbolas de alegría al ver la exaltación provocada por el comportamiento y comentarios de los hombres. Uno dijo con ironía: "El río les llevará los pedazos de sus documentos. Pues, que beban su caldo". Se río, y todos rieron.
Éramos menos de cien personas con algunos gatos, perros, gallinas, burros y un solo caballo. Cuando alcanzamos la orilla, arrastramos nuestras canoas sobre la arena y las colocamos. Nos quedamos todos parados bajo la luz de la luna, mirando alrededor nuestro, envueltos por el sonido de las olas, el murmullo de los árboles, los aullidos de los chacales, el croar de las ranas y el chirriar de los saltamontes en la jungla cercana.
Mi abuelo dijo: "Escuchadme, los Mutlak, debéis estar unidos; tenéis que ser compasivos los unos con los otros. Cuidad los unos de los otros, y cuidad de vuestras mujeres y vuestros animales... Cuidado con los hipócritas con el Gobierno, no confiéis en ellos, ni hagáis amistad con ellos. No os caséis con sus hijas, ni les deis vuestras hijas en matrimonio. Construid vuestro mundo aquí, de acuerdo con la voluntad de Dios y según lo que vosotros queráis. No le pidáis al Gobierno ni documentos, ni limosna, ni dinero... En cuanto a lo más imprescindible, como gasolina y medicamentos, compradlo de la gente del pueblo de Alsubuh por trueque, sin conversar con ellos, ni preguntarles por nada...
Jamás olvidéis vengaros —miraba a mi padre— cuando el número de hombres supere los setenta... el mismo número que los compañeros del Profeta en la Batalla de Badr y el de los compañeros de Alhusain, su nieto, en Kerbala. Empezad a minar los pilares del Gobierno, golpeadlos con mano de hierro siempre que podáis. Llevad la deshonra del apellido Kashmar hasta que obtengáis vuestra revancha, porque mucho me temo que os olvidéis de vuestro derecho si os desentendéis del apellido-insulto.
Que el Corán sea vuestra constitución y escuela; la pesca y la natación, vuestros deportes; la justicia, el eje de vuestras conversaciones; la libertad, vuestro objetivo; la paciencia, vuestra conducta; la verdad, vuestra lengua; ei trabajo, vuestra religión; el recuerdo, vuestro fundamento. Dormid sólo cuando sea necesario... Os prohibo comer productos de fábrica, prestar servicio a gobiernos déspotas, llevar el uniforme de la policía o mataros entre vosotros...
Vamos a construir un pueblo que hoy llamaremos Al-Kashamer, para no olvidar, y que después de la venganza se llamará Al-Ahrar (Los libres), Al-karama (La Dignidad) o Al-Mutlak (Lo Absoluto). Dios nuestro, Alá-humma, haz que perdure nuestro amor a la libertad y a la dignidad del ser humano, y haz que muramos como tú quieras o como nosotros queramos, y no como ellos quieran... Amén, oh Señor del universo".
Todos repetimos con sincera liturgia: "Amén". El eco se extendió por la montaña, el bosque y por la curva del río, en medio del silencio de la noche. Amén amplificado, como si fuera la voz de millones de peregrinos o de un ejército preparándose para la guerra... La solemnidad del eco y nuestra exaltación acrecentaron la exaltación de mi abuelo, que prosiguió sus oraciones dejando un espacio de silencio tras cada una de sus plegarias para nuestro Amén:
"Dios nuestro, Alá-humma, nos refugiamos en ti de la incapacidad y de la pereza (Amén).
Nos refugiamos en ti de la cobardía y de la avaricia (Amén).
Nos refugiamos en ti de las deudas y de la sumisión a otros. (Amén).
Nos refugiamos en ti para no necesitar a nadie más que a ti y para no humillarnos ante nadie más que ante ti, y para no temer a nadie más que a ti, (Amén).
Buscamos refugio en ti contra la más malvada de tus criaturas, para preocuparnos por nuestro pan de cada día y de las malas conductas. (Amén).
Nos refugiamos en ti para que nuestros enemigos no se alegren de nuestras desgracias, graves enfermedades y de la frustración de nuestras esperanzas, oh el más misericordioso de todos y Señor de los universos. (Amén... Ameeeen)".
Cogimos nuestros enseres y nos adentramos en el bosque, cada uno de nosotros buscando una parcela para construir un nuevo hogar. La reverberación de aquel amén, insólito y excepcional en su solemnidad, sigue resonando en mis oídos hasta hoy.