


Es un libro alargado y cómodo de leer. Ilustra la portada una estampa arbolada que incita al paseo. Sobre el título el nombre de su autor, Ricardo Menéndez Salmón.
Leer a este filósofo, me resulta siempre agradable, pero me resistía a abrir este libro que define un viaje, y más si conduce a la propia raíz del que lo narra. Se corre el riesgo de caer en el sentimentalismo y la autocomplacencia, pero el recelo se disipó al ver la contraportada, ilustrada con una foto en la que el escritor sostenía una niña, con un jersey rayado de arco iris del que prendía un chupete. La niña bonita, miraba con esa confianza que poseen los niños, sentada en el muslo derecho de su padre, agarraba, con toda su pequeña mano izquierda, el dedo índice de su progenitor, que con su mano derecha sujetaba su pequeño cuerpo. La imagen me cautivó y sentí el calor que debía desprender el pequeño cuerpo en el brazo de su orgulloso padre. Por sus ropas, note el frescor de la ladera que acaba en el agua donde posaban. A la derecha, arriba, en letras azules se leía: Asturias para Vera. (Viaje sentimental de un padre escritor). La imagen no podía ilustrar mejor el contenido del libro. Ya no dude quien era Vera, y fue ella quien me condujo a la página primera del libro, quería saber lo que me quería contar de Asturias y de ella.
La raigambre la da la tierra donde despertamos a la vida y el reloj de arena de medir el tiempo nos lo marcan los hijos. A más arena en el compartimento inferior, menos el superior, pero más colmada la vida. "El sentido de la vida no se encuentra hasta que plantas un árbol que jamás te dará sombra", y ese tiempo es tiempo de legar lo aprendido y de ser generoso plantando el árbol para que a otros dé sombra.
Algo así, hace el autor en este libro, a pesar de su juventud la paternidad confiere ascendencia, nos llegue a la edad que nos llegue.
Por supuesto en el libro se habla Asturias. La ubica entre Ribadeo y Llanes de Lugo a Cantabria, pero no se ciñe al viaje físico, sino que se adentra en el viaje simbólico que conforta todo esfuerzo, que no conduce a otro destino que a la búsqueda de respuestas a nuestras inquietudes interiores.
El autor, parece disponer de una visión exterior que encaja a Asturias, sus pueblos, sus concejos en el Mundo, en su propia vivencia, en un tiempo donde ya no existen distancias y sí, a veces, la añoranza. Del principio al fin, este libro incita al viaje, revelando la razón del porqué su hija se llama Vera, nos traslada a la revolución Rusa, recuerda Grecia y a sus poetas, y su voz la usa para describir su propicio paisaje, uniendo esos pedacitos de infinita información que atesoramos y que no está claro si asimilamos del todo, contando con unos medios de locomoción, a veces, tan veloces, que nos trasladan de hemisferio sin permitir que cuerpo y mente viajen a la misma velocidad. Eso, a veces, nos obliga a parar tanto movimiento. Sentarnos a asimilar, escudriñar y mirar hacia dentro para ver que queda de todos los que fuimos, que conforta el que somos ahora. Y una buena forma puede ser encender ese ordenador, como nos confiesa, para ver el logotipo del periódico de tu ciudad, para comprobar que todo sigue en su sitio. Oír la voz de la pequeña Vera puede recomponer todas las dudas y anclar en un preciso presente, o la evocación de un lugar preciso.
Nos cuenta: "Un verano, durante las fiestas de Begoña del mes de agosto, me encontré en él mencionada Kioto, un lugar que, hasta donde puede adivinar, lo único que comparte con Gijón, la ciudad donde nací y vivo, es el número de letras que conforman su nombre. Mientras mis paisanos se preparaban en el muro de San Lorenzo, en la calle Corrida o el barrio de Natahoyo…" Estoy seguro que al evocar esos nombres, esas tres ubicaciones, los cinco sentidos se dispararon estimulando sabores, olores y primeras contiendas sexuales. El tiempo pasado y la lejanía física no pudieron con la fuerza que brotaron en su momento a los despertares de la vida, y esa fue la razón por la que sintió esa "saudade" que él califica de "pandémica e innegociable"
Donde despertaron nuestros instintos al gozo, es el lugar donde siempre queremos volver, porque es nuestra raíz. En este caso, siente saudade por Asturias, en especial por Gijón. Normalmente, lo que hemos amado lo queremos compartir para que nuestros amigos o familiares sientan el mismo gozo, y ese compartir toma forma de legado imprescindible con un hijo, que al mismo momento de nacer sentimos su calor y nos babea, y nos deja blanditos para siempre ante él, para traspasarle esa lámpara de luz de la que nos habla en el libro, que pasa de padres a hijos.
Para mí, leer el libro ha sido una delicia. Está muy bien escrito, tiene magia y ternura, e incita a viajar a Asturias para sentirla, y ese gratificante tiempo dedicado a su lectura se lo debo a Vera, y porque no a la "Paternidad" que configura con Ricardo Menéndez Salmón, y es sin más lo que nos arraiga a la vida.