


La reciente aparición de "La música del desierto" (Lumen. Barcelona, 2010) de William Carlos Williams (Ruthrerford, Nueva Jersey, 1883-1963), devuelve la vigencia de un autor comprometido como pocos con la intensidad de la escritura y el ritmo versal.
Se cierra, además, con este volumen, un sugeridor tríptico que la editorial Lumen ha puesto al servicio de los lectores y admiradores del poeta estadounidense. Tras los "Cuadernos de Brueghel" (2007) y "Viaje de amor" (2009), esta música del desierto se nos ofrece ahora renovadora y elegante, deudora de una emocionada contención y de un intenso realismo.
William Carlos Williams alternó su devoción lírica con su profesión de médico, y de ambas actividades pareció extraer la precisión de su palabra. Supo modelar el habla de la calle a un estilo verdaderamente personal, en el que la realidad y el verso lograban fusionarse sin estridencias. Convencido de que la poesía era capaz de dignificar la vida, hizo lo posible por acercarla y "bajarla a la tierra". En una carta dirigida al poeta y editor Cid Corman, escribe: "Siempre quise introducir la poesía en la vida porque amo la poesía. No soy el género de poeta que busca solo lo inusitado. Quiero usar las palabras con las que hablamos y describir las cosas que vemos (...) Hay que traer la poesía al mundo en que vivimos".
A pesar de tan reveladora intención, no es sencillo captar la esencia de Williams en un primer acercamiento. La densidad de su verbo, la hondura meditativa -sobre todo en esta última etapa- de su experiencia cotidiana y la pormenorizada conceptualidad de sus sentimientos, derivan en la necesidad de posteriores lecturas que muestren las veredas más exactas para acercarse a su decir.
Juan Antonio Montiel -que ya tradujera los dos poemarios citados con anterioridad-, ha vuelto a verter con muy buen tino al castellano estos textos de aritmética precisión.
En su prólogo, recuerda como el propio Williams reveló que el punto de partida de estas lírica notas fue puramente biográfico, pues en 1950, una vez reestablecido de un ataque cardíaco, realizó un viaje a Nuevo Méjico, donde comenzó a dar formar al poemario. En él, quiso insistir en la imprescindible necesidad rítmica de la lírica y creó un "pie variable" que combatiera el libertinaje con el que algunos trabajaban el verso libre. "No hay verso que pueda ser libre, debe ser gobernado por algún tipo de medida, mas no la vieja medida", anotó en una carta al ya citado Cid Corman.
Al margen de la composición que da título al conjunto -el más extenso de todos ellos-, Williams continúa en su pretensión de poetizar los sentidos y sensaciones más próximos a su quehacer diario, de arrimar su pluma a la materia más palpable del espíritu humano, sin renunciar por ello a extremar la funcionalidad material de los paisajes, los objetos o elementos suplementarios que lo circundan: "El gusano está en nuestro/ cerebro, y nos concierne/ más que la comida de nuestra/ prole: busca trastocarnos el/ pensamiento/ y arrojarlo/ a los diarios o a/ cualquier sitio".
El vate norteamericano, reafirma, pues, en estas viejas páginas nuevas la verdad de su cántico, la universalidad de su verbo y la madurada concreción con la que supo revestir su vital trayectoria literaria: "Tengo ojos/ para ver/ y si bien presienten mi ruina/ y la de todo / lo que amo, descubren/ también/ en mis ojos/y mis labios/ y mi lengua el poder/ para liberarme/ y para hablar de ello".