

Valeriano Lanchas nació el 16 de julio de 1976. Sus primeros recuerdos se remontan a 1981, cuando a los cinco años de edad una maestra antipática, recelosa y autoritaria lo obliga en la clase de Trabajos Manuales a rellenar con pedazos de cartulina una manzana dibujada en una hoja blanca de papel bond. Valeriano lo hace a su manera, lentamente, concentrado en que el pegante no se note entre los cuadraditos de cartulina. La mujer se desespera y lo increpa:
-¿Cómo no vas a ser capaz de cumplir con este ejercicio?
-Sí soy capaz -afirma él con la cabeza baja-.
-¿Y entonces por qué no has terminado?
- Lo estoy haciendo despacio pero perfecto -sentencia el niño con aplomo y seguridad.
Esta es la época en que sufre una penosa oposición entre el mundo de la educación oficial y el mundo amable y cálido de su familia. No entiende la disciplina férrea y sin argumentos del colegio, que lo lacera hasta el punto de impedirle la imaginación y amputarle la creatividad. En contraposición, la atmósfera de su casa propicia la experiencia de un conocimiento unido al placer. Su padre, Felipe Lanchas, un intelectual de origen español, está en un rincón de la sala estudiando matemáticas y música. Su madre, Marta Nalus, una literata de origen libanes, consulta libros de poesía y de filosofía recostada en unos cómodos cojines. Al fondo, en un viejo disco de acetato, se escucha la Sexta Sinfonía de Beethoven. Su hermana Yamyle, un año mayor que él, le muestra un libro de historietas a Miguel, el menor de los tres hijos, que por aquel entonces tiene escasamente un año recién cumplido. Valeriano dibuja en la primera página de una obra de Hegel unos curiosos hombrecitos sin cuerpo, cuyas piernas nacen en trazos directos desde la cabeza. Nadie lo regaña, nadie le impide pintar en un costoso volumen sus mamarrachos incomprensibles.
-En mi casa un libro no era un objeto alejado de la ;j realidad cotidiana, algo prohibido y sagrado que infundía miedo y respeto. Al contrarío, era un juguete que permitían tocar, manosear, pintar. Mi madre leía las obras de Kant o de Heidegger llenas de muñequitos de colores, nubes, casitas y paisajes infantiles.
Él ha bautizado esta etapa de su vida Los años delPoeta Cavernícola, porque, a la manera de los hombres primitivos que dibujaban al fondo de las cuevas prehistóricas, le gustaba pintar todo el tiempo escenas diversas que componía con destreza. Luego imaginaba historias que iban uniendo los dibujos, las dictaba, y su madre las transcribía en pequeños cuadernos que iban quedando como testimonio del artista analfabeto.
Una noche, antes de que su padre apague la luz y salga de la habitación, Valeriano le ruega:
-Cuéntame un cuento.
-Ya es hora de dormir.
-Pero antes cuéntame un cuento.
-Es un poco tarde.
-Por favor.
El padre se sonríe y le dice:
-Voy a contarte las aventuras de un héroe admirable
y sorprendente.
Y a la luz de la lámpara, en la suave voz del padre, nace esa noche Argidulfo Chindasvinto, personaje protagonice de una épica que mezclará situaciones de la vida real con sucesos mágicos y maravillosos. El personaje se transformará poco a poco en el centro de una oralidad literaria que obligará al padre incluso a retirarse de reuniones y comidas para cumplir con un deber imprescindible en la familia: narrar un capítulo más de las curiosas y extraordinarias aventuras del caballero Argidulfo.
-Recuerdo que un día se presentó en casa un hombrecillo desagradable y repulsivo que trabajaba con mi padre. Apenas me dijeron su nombre quedé petrificado: era uno de los enemigos acérrimos de Argidulfo y, en castigo por su mezquindad y bajeza, en una de las escenas que a mí más me gustaban, había terminado convertido en un largo rollo de papel higiénico. Entonces me pregunté cómo había hecho para deshacer el hechizo y por qué se aparecía por mi casa con su mirada maligna y perversa.
Eso era para el pequeño Valeriano su casa y su familia: un mundo de fantasía donde convivían Argidulfo, Alí Baba y los cuarenta ladrones, Beethoven, Platón y los hombrecitos sin cuerpo de sus dibujos multicolores. Un mundo del que se siente expulsado todas las mañanas cuando tiene que salir para el colegio con los cuadernos en una mano y la lonchera en la otra. Un lunes, aburrido y desesperado, decide sentarse en la puerta de la casa y no ir a estudiar. Su madre sale y le pregunta:
-¿Qué pasa, Valeriano?
-Quiero quedarme en la casa.
-¿No quieres ir al colegio?
-No, no quiero.
-¿Por qué?
-Uno no debe ir al colegio porque uno tiene que estar con quienes lo quieren.
Y en efecto, en el colegio no sólo no lo quieren, sino que se sienten incómodos y fastidiados con la permanente anarquía del pequeño Valeriano. Su desadaptación salta a la vista y desagrada tanto a los maestros como a las directivas del colegio. Una tarde, por ejemplo, la profesora ordena colorear una hoja donde está la figura de Papá Noel, un personaje que a él no le dice nada y que le parece nimio e insignificante. Valeriano empieza a colorearlo con lápices azules y verdes. La maestra se planta frente a su pupitre y le pregunta:
-¿Qué es esto?
-Estoy coloreando.
-¡No te hagas el tonto! ¿De qué color es Papá Noel?
-De ninguno porque Papá Noel no existe.
Así, día a día y de problema en problema, termina por convertirse, contra su voluntad, en un apartado, en un renegado, en un enano marginal que lo único que disfruta es el recreo y la hora de salida, como los obreros en las fábricas o los prisioneros en las cárceles.
-Nunca entendí por qué el conocimiento tenía que imponerse por la fuerza y a las malas. Jamás acepté ese concepto colegial de hacer los deberes o cumplir con las tareas, El conocimiento para mí era amor, pasión, no una obligación detestable.
A los seis años de edad su madre lo lleva al Teatro Colón. La obra escogida es la ópera El matrimonio secreto de Cimarosa. El impacto es decisivo, casi brutal: el niño queda fascinado con la escenografía, los vestidos, el maquillaje de los personajes, la música y la voz de los actores. La impresión que tiene es la de estar viendo a un grupo de adultos divirtiéndose en medio de un juego exquisito y estupendo. La actriz y cantante Marta Senn produce esa noche en él una emoción que lo sobrecoge, que lo eleva, que lo lanza a un universo paradisíaco, y que lo deja, al bajar, casi al borde del llanto. A partir de entonces empezará su obsesión por la ópera, y afirmará una y otra vez, tanto en el colegio como en la casa:
-Cuando sea grande voy a ser cantante de ópera. Por estos mismos años aparece en él una curiosa afición que se volverá un dolor de cabeza para sus profesores: coleccionar billetes. Al respecto, su madre comenta:
-Tenía seis años cuando inició la colección de billetes de todo el mundo. Haciendo esta colección aprendió por su cuenta la geografía y la historia de cada país. Su maleta del colegio iba llena de billetes de los cinco continentes. A los ocho años no podía aprender las tablas de multiplicar y se rajaba en matemáticas siempre. Pero estaba pendiente de las fluctuaciones del dólar y de la libra esterlina, y en segundos cambiaba, con una facilidad asombrosa, a francos, a marcos, a pesos. Por el otro lado sus profesores recomendaban que fuera al psicólogo porque tenía problemas de atención y de comprensión en la clase de matemáticas. Fue tal su simpatía y su atracción por los billetes, que llegó incluso a escribir una justificación al Banco de la República recomendando lanzar el billete de cinco mil pesos con la imagen del Teatro Colón y del Capitolio Nacional, porque estos monumentos no aparecían en la historia de los billetes en Colombia.
Entretanto, la familia Lanchas ha venido mudándose de una casa a otra: Chapinero, Magdala, una finca en Cajicá. Yamyle y Miguel son compañeros de juego y cómplices de Valeriano en los distintos entretenimientos infantiles que este inventa y maquina. Entre ellos, el más sorprendente fue la construcción de un pequeño teatro de madera con figuras de alambre y plastilina, donde se representaba un repertorio variado y de primera línea: Rigoletto, Fidelio, Carmen. Los muñecos de plastilina eran elaborados con minucia y rigor, y luego había que cortar y coser en miniatura los ropajes apropiados para la ocasión. Con el exprimidor del ajo, el pequeño Valeriano hacía las cabelleras largas y ensortijadas de los personajes. Su caja mágica quedó bautizada como La Nueva Ópera de Colombia (Director: Valeriano Lanchas. Escenografía: Yamyle Lanchas. Tramoyista: Miguel Lanchas). Lo inverosímil del juego es que allí, amasados en plastilina de distintos colores, estaban cantantes como Anna Moffo, Pavarotti o Renata Scotto, que luego, en su formación, serían fundamentales para él.
-Parece mentira, pero Auna Moffo fue la persona encargada de presentarme cuando canté en el Club de Harvard de Nueva York. Y Renata Scotto ha sido profesora mía en el Instituto Curtís, en Filadelfía. Es como sí se hubieran escapado de la pequeña caja de madera para volverse personas de carne y hueso en la vida real.
Sin embargo, finalizando su niñez, una tarde decide desaparecer el teatro, el telón, los ropajes, los muñecos, las diminutas pelucas y las reservas de plastilina. Mete todo en una bolsa negra de plástico y lo arroja a la basura sin consultarle a nadie. Cuando su madre se da cuenta de lo sucedido, le pregunta:
-¿Qué pasó con el teatro de ópera?
-Lo tiré a la basura.
-¿Por qué?
-Iré a hacer audiciones a la ópera de verdad.
De ahora en adelante el teatro será el mundo y él dejará atrás el papel de pequeño dios para convertirse en un muñeco más gobernado por hilos invisibles.
La entrada en la adolescencia está marcada por la lectura de la novela La ciudad y los perros, de Vargas Llosa, que lo atrapa desde la primera página y le indica que la niñez está cerrada y clausurada definitivamente. La novela del peruano es un rito de iniciación en los misterios de la primera juventud. Valeriano queda perplejo ante la capacidad de este escritor para describir la vida de un grupo de muchachos en el colegio militar Leoncio Prado de Lima.
-Aprendí con Vargas Llosa el peligro, el odio, la cobardía, la astucia, la valentía, la injusticia, el amor que desciende del corazón a los testículos. Cuando cerré el libro supe que jamás volvería a ser el mismo individuo.
-¿Qué personaje recuerdas con mayor claridad?
-Es inevitable no pensar en el Jaguar, en su coraje casi sobrenatural. Pero tengo un especial cariño por Alberto, me parecía más cercano a mí cuando leí la novela por primera vez.
-¿Seguiste leyendo a este escritor?
-Todo, sus libros y también sus artículos periodísticos y sus reportajes. La fiesta del Chivo me pareció uno de los mejores análisis sobre los desastres de las dictaduras en América Latina.
-¿No intentaste ser escritor?
Valeriano se ríe y levanta los brazos:
-¡Claro que sí! Mientras ensayaba y perfeccionaba mi voz como tenor, me dediqué a escribir no sé cuántos comienzos de novelas que nunca terminé. Quién sabe, de pronto algún día me decido a llegar hasta el final, aunque el resultado sea un desastre.
-¿Quién influyó en ti en ese período de formación como cantante?
-Marta Senn, a ella le debo muchos secretos importantes del oficio, pero sobre todo su actitud seria y responsable en un medio tan venenoso como el del arte. Tú sabes bien que la envidia es un deporte que se practica más de lo que uno quisiera. Nadie puede asomar la cabeza porque los francotiradores comienzan a disparar. Ella me enseñó a concentrarme en mi trabajo sin dejarme contaminar por la maledicencia ajena.
-¿Tienes preferencia por algún grupo de música que no pertenezca al mundo de la ópera?
-Queen, me encanta ver a Freddie Mercury en el escenario, riéndose de sí mismo, modificándose a cada paso, reinventándose. -¿Y en pintura?
-Picasso, sin duda. Me parece muy valiente de su parte estar arriesgando continuamente, asumir el camino de la transformación constante. -¿Y en cine?
-Me gusta mucho Almodóvar. Admiro en él su capacidad para desacralizar, su humor, su irreverencia, sus ataques frontales a una sociedad hipócrita y de doble moral. -¿Sigues pintando y escribiendo? Él señala unos cuadernos de cuero que están sobre su escritorio y dice:
-Todos los días. Tengo un diario en el que voy mezclando mis reflexiones con dibujos y caricaturas que van surgiendo espontáneamente.
Después de la destrucción del pequeño teatro de juguete, y mientras devora una a una las novelas de Vargas Llosa y asiste al Colegio Reyes Católicos (donde por fin se siente a gusto), Valeriano empieza en serio su adiestramiento como cantante. Su maestro y tutor es su padre, Felipe Lanchas, quien lo acompaña al piano y comparte con él los avatares de los ensayos rigurosos y disciplinados. No hubo clases en conservatorio ni una formación oficial, sino ese ritual musical entre padre e hijo que Valeriano disfruta porque, en lugar de ser una obligación, se trata más bien de un acto de amor al canto que lo desborda y lo arrastra más allá de los límites de su propia voluntad.
Al cumplir los dieciséis años su voz baja hacia un tono barítono, y terminará, al final, en un bajo profundo que lo conduce a ensayar un nuevo repertorio: las dos arias de Sarastro en La flauta mágica, de Mozart. A partir de ese instante canta en diversas oportunidades en Bogotá, sintiéndose cada vez más cómodo con los tonos bajos que su voz genera en el escenario. Pero la prueba de fuego se da en 1995, cuando decide presentarse ante Pavarotti en el teatro La Castellana de Bogotá. En un recorrido por el mundo entero, Pavarotti escucha a dos mil cantantes para elegir a sólo ciento cincuenta de ellos, que deben cantar de nuevo ante él en el Teatro de la Ópera de Filadelfia en noviembre de ese mismo año. En Bogotá, Pavarotti elige a Valeriano Lanchas para la gran final en Filadelfia.
Antes de salir para Estados Unidos, en julio de 1995, canta La italiana en Argel junto a Marta Senn en el Teatro Colón de Bogotá. Practica y entrena su voz con regularidad, empaca maletas y parte para Pensilvania, donde de los ciento cincuenta finalistas quedarán sólo cuarenta cantantes que el propio Pavarotti premiará personalmente.
-En las horas de la tarde ingresé a la edificación por una de las puertas laterales, me hice frente al escenario y saludé al espíritu del teatro. Un aire suave recorría la atmósfera del recinto. Pedí con humildad que si yo en verdad tenía talento, quería cantar allí todos los años. Mi petición de aquella tarde era clara: no ser flor de un día. Pavarotti escucha a los finalistas, se toma una hora y media decidiendo y deliberando con sus asistentes, y cerca de las dos de la mañana sube al escenario y da el nombre de los ganadores. Pronuncia el nombre de Valeriano Lanchas, el de Colombia, y subraya que con sus diecinueve años es el cantante más joven del torneo. Cuando Valeriano se acerca y le estrecha la mano, Pavarotti le hace una invitación en público para cantar con él al año siguiente Tosca, de Puccini, en ese mismo escenario, Valeriano siente que el espíritu del teatro le sonríe desde algún rincón del espacio que lo rodea.
El 12 de septiembre de 1996 hace su aparición con Pavarotti en el Teatro de la Ópera de Filadelfía. Las críticas son muy positivas y audiciona ante Mikael Eliasen, quien termina ofreciéndole una beca de tres años (que se prolonga a cuatro) en The Curtís Institute of Music, en Filadelfía. Se instala en esa ciudad a partir de septiembre de 1997, y comienza su carrera como discípulo de los mejores maestros del mundo en uno de los grandes templos de la música internacional.
Desde entonces, su carrera ha sido una serie de éxitos consecutivos.
-Estoy muy satisfecho con los resultados hasta ahora. He trabajado duro y ha valido la pena tanto esfuerzo.
-Algunos críticos dicen que tu voz irá mejorando cada vez más con el paso de los años.
-Irá madurando poco a poco, así es, como supongo que sucede con el resto de las artes: el tiempo pule y perfecciona. Lo importante es no perder el contacto con lo sublime. Para mí cantar es un proceso de desdoblamiento, soy una especie de médium que entra en trance y se deja atravesar por las fuerzas del entorno. Es una experiencia erótica. Yo me conecto con la energía sexual en su más alto nivel. Si pudiéramos comparar el sexo con las uvas, el arte sería el vino más exquisito.
Valeriano se recuesta en el asiento de su estudio, en el séptimo piso de un edificio del centro de Filadelfía. El portero, un anciano de raza negra idéntico a Ibrahim Ferrer, golpea a la puerta y le entrega la correspondencia. Por todas partes, en el suelo, sobre las mesas, en la cama, al lado de la estufa en la cocina, hay discos compactos regados y en desorden. Se escucha de fondo, en el equipo de sonido, los experimentos musicales del grupo Baraka, constituido por jóvenes amigos suyos del Instituto Curtís. En la biblioteca reposan todos los libros de Vargas Llosa, tanto en las viejas ediciones de Seix Barral como en las nuevas de Alfaguara. Valeriano vuelve a tomar asiento y enciende un cigarrillo.
-¿El humo no te maltrata las cuerdas vocales?
-Hay que dejar que la voz sufra el paso de la vida.
-¿Fumar no es un lento suicidio?
-Todo placer es riesgoso -afirma él enseguida, como si tuviera la respuesta preparada.
Entonces se pone de pie otra vez, camina hasta la ventana, se inclina hasta quedar acodado en el alféizar, aspira su cigarrillo con los ojos entrecerrados, y, sonriente, contemplando los rascacielos de Filadelfia, concluye:
-El suicidio no entra en mi sistema. El canto es para mí una forma prodigiosa de constatar lo más importante: el magnífico milagro de estar vivo.
Nota del Editor
Tomado del libro La locura de nuestro tiempo, Seix Barral 2010.
Nació en Bogotá en 1964. Ha publicado las novelas La ciudad de los umbrales (1992), Scorpio City (1998), Relato de un asesino (2001), Cobro de sangre (2004), Los hombres invisibles (2007) y Buda Blues (2009). Con el libro de cuentos La travesía del vidente, publicado recientemente por Planeta, obtuvo en 1995 el Premio Nacional de Literatura del Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Bogotá. Ganó el Premio Biblioteca Breve de Seix Barra! con la novela Satanás en 2002. En 2004 publicó Escalera al cielo, un libro de cuentos.