

Mario Vargas Llosa ha ganado, al fin, el Premio Nobel de Literatura y, apenas se hizo pública la decisión, se armó el escarceo.
Un escarceo que escuchamos desde tres zonas bien definidas: quienes se alegran porque admiran a Vargas Llosa en cualquiera de sus facetas, quienes se alegran porque creen que literariamente merece ese Premio a pesar de que no compartan con él otras zonas de su vida como intelectual vinculado a los avatares políticos, y quienes reniegan de él y lo descalifican, incluso literariamente, a partir de esa actividad intelectual.
Ningún Premio Nobel había levantado tanta polvareda en los últimos años. Y aclaro, la polvareda la han levantado ciertos sectores de la izquierda más retrógrada apelando a razones políticas. Porque, aunque algunos anden por ahí con orejeras políticas, como las bestias de tiro, y eso les impida ver una verdad casi tan absoluta como la muerte humana, a estas alturas de la historia literaria universal es de estúpidos querer negar los aportes de Vargas Llosa a la lengua española y las influencias de su obra incluso en literaturas tan desconocidas como la bengalí o la thai.
Aún cuando muchos nos alegramos porque el Premio Nobel se le concedió años anteriores a perfectos desconocidos, cuyas obras eran sólo leídas en su tierra y en algún que otro idioma; aún cuando nos alegramos porque algunas elecciones anteriores habían sacado a la luz pública literaria nombres que habían estado marginados debido a la estratificación que hace muchos años sufre la mayoría de las literaturas nacionales de África, Asia e incluso Europa, ninguna persona que tenga una mínima cuota de inteligencia podrá negar que la obra de Vargas Llosa (junto a la García Márquez, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Octavio Paz, Jorge Luis Borges y nuestro Alejo Carpentier) han provocado profundos cambios e influencias esenciales en la inmensa mayoría de las literaturas nacionales de los países que hoy pueblan este mundillo tan agitado en el que vivimos.
Quiero, en este punto, ser todavía más incisivo: desde que en 1982 lo ganara Gabriel García Márquez, ninguno de los Premios Nobel de Literatura concedidos hasta hoy (excepto dos o tres nombres que ya estaban traducidos a muchas lenguas cuando accedieron al premio) habían calado tan profundamente en tantas literaturas como hoy, en momentos de la concesión del Premio Nobel 2010, lo ha hecho Mario Vargas Llosa. Basta revisar la lista de los premiados y dar un salto al contexto y al momento literario de sus vidas en que recibieron ese galardón para darnos cuenta de lo que afirmo.
De ese modo resulta vergonzoso lo publicado en la gran mayoría de los periódicos de eso que llaman hoy "izquierda" ofendiendo los verdaderos postulados de la izquierda (esos postulados donde la verdad, la tolerancia y el respeto al pensamiento ajeno son máximas casi divinas). A regañadientes, mordiéndose las lenguas, se vieron obligados a publicar la noticia. Pero dan asco ciertas "reflexiones" que he leído, por poner simples ejemplos, en la prensa cubana y sus devotos fieles en algunos órganos de prensa de México y Venezuela. En uno de ellos se acusa a la Academia Sueca de haberse "vendido al oro del imperio"; en otro, de que los suecos han premiado a un genocida porque, aseguran, Vargas Llosa y George Bush se pusieron de acuerdo para justificar la invasión a Iraq; en un tercero se pregunta el periodista por qué el Nobel se le concede al escritor "peruano-español" Vargas Llosa y no al escritor peruano Vargas Llosa (para luego hundirse en una crítica a la decisión del escritor de "hacerse más europeo para alejarse de sus más autóctonas raíces indígenas"); y en un cuarto, uno de los periodistas estrella de la publicación confiesa "no saber si Vargas Llosa merece el premio por sus valores literarios", con lo cual, lamentablemente deja mucho que decir sobre su formación como periodista, al no haber leído, al menos, una de esas obras que convierten a Vargas Llosa en un clásico de la lengua en que ese periodista escribe.
En simples palabras: se puede juzgar la decisión de un tribunal (toda decisión colegiada siempre, de muchos modos, es arbitraria), pero es bien triste cerrar los ojos a la evidencia. Y esa evidencia apunta a una sola verdad: la obra literaria, periodística, ensayística e intelectual de Vargas Llosa ha sido una de las más importantes en la historia de las letras universales en las últimas cuatro décadas. Puede uno estar o no de acuerdo con algunas de sus declaraciones en materia política; puede uno no coincidir con algunos de sus enfoques sobre la realidad económica y social; puede uno incluso no estar de acuerdo con algunas de sus alianzas personales o políticas, pero nada de eso le quita un ápice de valor a su obra.
Para decirlo al modo de un fiel lector de Otrolunes, el chileno Francisco Salgado, que adora por igual a García Márquez y a Vargas Llosa: "Se habla mucho de que García Márquez es un digno representante de la izquierda y, si lo es, lo es sólo por su fidelidad personal al poder de los líderes de la izquierda y por algunos muy escasos momentos de su magnífica obra literaria; pero Vargas Llosa, a quien se acusa de ser un hombre cada vez más tendiente a la derecha, ha escrito en sus novelas verdaderas obras revolucionarias, defensoras de los valores y sueños más verdaderos de la izquierda. ¿Quién puede decir que son obras de derecha: La casa verde, La guerra del fin del mundo, La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral y La fiesta del Chivo, para traer a colación sólo algunas de las que lo hacen merecedor de este Premio Nobel? Tanta palabrería me revuelca por dentro: Mírese la vida de la mayoría de esos intelectuales, dícense de izquierda pero viven en la opulencia y se vuelven perros de presa cuando se les toca las riquezas, influencias y prebendas que tienen en sus paisillos de origen. Ninguno de ellos se ha preguntado, en vista de que se quejan tanto de que Vargas Llosa los traicionara hace unos cuantos años, hasta dónde ellos mismos, con sus errores y extremismos fanáticos del pasado y el presente, tienen la culpa de que el peruano se haya lanzado al bando en que hoy milita".
Vargas Llosa es, para colmo de los colmos, culpable de una nueva acusación que hoy lanzan desde esos sitios que ya comentamos contra los organizadores del Premio Nobel: ahora han cedido "a las presiones del imperio y se han vendido a su oro manchado de sangre". Y ya se habla incluso de la "derechización" del Premio desde que, el año pasado, se le concedió a Herta Müller, esa desconocida rumana de origen alemán que dedicó buena parte de su vida y obra a criticar en sus libros a la sangrienta dictadura "socialista" que impuso otro de los imperios, el de la antigua URSS, en su país natal. Poco tiempo atrás, cuando se impuso el nigeriano Wole Soyinka, hablaron de "un triunfo de los desposeídos y esclavizados en el continente negro". Y cuando ganó Saramago pudimos leer que el Premio reconocía: "una de las lenguas marginadas por el poder monopólico de la derecha" (para extenderse luego en el apoyo que siempre Saramago dio a las luchas populares en su país y en otras tierras).
Concluyendo: en ninguno de estos casos mencionados, esos adalides defensores de la izquierda, han puesto el hincapié en la obra literaria de estos autores. Para ellos lo que importa es la militancia política del premiado, sus alianzas con esos llamados "gobiernos y gobernantes de izquierda", y, mucho después, la razón por la que se les ha concedido el premio: su obra.
Cierro, entonces, con las palabras de otro de nuestros fieles lectores, el profesor sudafricano Walter Frichdale: "Vargas Llosa es un gran escritor, y punto. Y el Premio Nobel, ¿es un premio literario o político? Hasta donde se conoce, el único político que lo ha recibido fue Winston Churchill, pero se lo dieron por su prolífica e importante obra como historiador y por su también importante oratoria, ambos materiales literarios de gran importancia en la historia de la literatura en lengua inglesa".
Por eso, para hablar desde la literatura, hemos invitado a un grupo de escritores a que opinen sobre este premio concedido a Mario Vargas Llosa.
En fin, que seamos honestos, hablemos de literatura y, el que quiera hacerlo, después, sólo después, de otras discrepancias, si es que existen.