


«... pero yo miro hacia el jardín y sólo espero a que el mundo caiga sobre mí»
Oviedo, Tulsa
"Los grandes autores, las grandes novelas, son el mejor mecanismo para desarrollar un pensamiento libre". Sencillas y precisas, estas palabras pronunciadas por Bernard-Henri Lévy pueden describir, con perfección hedonista, la última novela de Ricardo Menéndez Salmón, La luz es más antigua que el amor (Seix Barral, 2010). Gracias a esta última tarea literaria, tarea que recoge las tempestades propias del Versuch nietzscheano para sembrar voluntades inherentes a la tradición literaria europea y norteamericana más reciente, Menéndez Salmón se sitúa directamente en el centro del huracán literario, lugar desde el cual se ha propuesto dignificar un oficio que muchos se empeñan en ensuciar por el simple hecho de "aguantar", sin oír los ecos del pasado, las voces agónicas de un presente, mientras silencian con sus propias manos los gritos del futuro. Vuelvo a empezar: Menéndez Salmón está dispuesto a dignificar la condición del ser autor, está dispuesto a retomar la tradición literaria y renovar su compromiso con la literatura que es, al mismo tiempo, renovar el compromiso con la respiración de la sociedad.
La luz es más antigua que el amor es un libro incendiario que afianza la ideología de su autor y apuesta por el poder de la palabra, una palabra que sale reforzada, página tras página, por el uso de figuras literarias lúcidas y la ausencia de pleonasmos; una obra que no escatima en riesgo a la hora de cuestionar, dejando a un lado tendencias editoriales, la situación de la relación obra-autor. Siguiendo el horizonte filosófico de la (ahora) denominada Trilogía del mal (una profunda reflexión sobre la vigencia y condición del ser humano y sus partes, la relación con el Otro, el peso de la tradición en nuestro sistema de valores, la presencia/ausencia de la Belleza, la interpretación e idea de vida), este escritor asturiano ha facturado una novela, con vocación de ensayo, que le ha permitido distanciarse de proclamas generacionales y generar un espacio propio en la tan maltratada narrativa española. La luz es más antigua que el amor es un libro difícil que nos hará sentir privilegiados, por la inteligencia del trato, cómplices de una obra que cuestiona nuestro horizonte de expectativas y que, por lo tanto, configura una nueva forma de hacer literatura, con cierto rumor clásico, basada en la premisa "amarás a la obra más que a ti mismo".
La luz es más antigua que el amor ofrece una historia diacrónica sostenida por las vidas de cuatro protagonistas, uno real y tres ficticios, que comparten una clara admiración por la melancolía y la belleza. Personajes que se dejan arrastrar por pasiones cuyo origen se encuentra en los instintos primarios, en el pathos cósmico; personajes verosímiles cuyas vidas se ven interrumpidas, cuestionadas por el sentido de la realidad; existencias que confluyen en el alegato final del escritor Bocanegra, en un futuro que puede ser tan cercano como remoto, quien tras recoger el premio Nobel de literatura muestra el porqué de la obra que es, en definitiva, el porqué del sufrimiento, sufrimiento que siempre yace al borde de la Belleza.
Con esta obra, su autor deja claro que no se relaja en su empeño de hacer literatura, en su ejercicio de fiel observador de una realidad compleja, de ángulos inquietantes y rostro polimorfo. Agilizando temas que van más allá del propio universo, y cuestionando la vigencia de la narrativa (¿o narratología?), Menéndez Salmón ofrece un breve tratado, en clave literaria, sobre el peso del tiempo y la libertad en nuestras vidas y que, como sus protagonistas, se sabe compromisario de un destino ineludible.