OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Noviembre 2010. Año cuatro. Número quince

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Datos de la revista, noviembre 2010, año 4, número 15
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Rosa de Miami

Novela

(Fragmento)

 

Eduardo Belgrano Rawson

I
LA NOCHE DE LOS COCODRILOS

 

Algo estremeció los manglares. Fue un ronquido lejano, proveniente de alta mar. Pasó a través del balneario y llegó hasta el corazón de la Ciénaga, donde habitaban los cocodrilos, que todavía no se inmutaron. Estaban muy activos de noche, vagando de aquí para allá. Era fácil descubrirlos con el auxilio de una linterna. La luz rebotaba en sus ojos, que tomaban color fuego. Pero por el momento no había en la zona un solo cocodrilero en acción. Por eso los cocodrilos siguieron con su rutina. Una madre cariñosa se lanzó a trasponer un riacho con sus crías en el lomo. Nadaba plácidamente entre nubes de vapor. La noche estaba muy fría.

Para el lado del criadero, junto a la boca del río, el panorama era distinto. Al percibir el zumbido, los cocodrilos cautivos agitaron la cabeza y se atacaron entre ellos. Un concierto de bramidos se levantó sobre el fango. Tal vez confundieron ese ronquido con los camiones de la comida. Debió transcurrir un rato hasta que al fin se calmaron. Entre tanto su griterío se contagió al humedal. Algunas cotorras chillaron y las garzas echaron vuelo. Solamente los cangrejos mantuvieron la compostura. A esa hora colmaban la ruta que corría por la playa. Iban a desovar en el agua como lo habían hecho por siempre, cruzándose con los otros que retornaban del mar. Una espesa capa naranja hacía ondular el camino. Por el momento, éste lucía desierto, lo cual significaba un desastre para la economía local. Entre febrero y abril, la gomería del pueblo no daba abasto. El estallido de los cangrejos bajo las ruedas no era nada poético. El asfalto se teñía de rojo hasta formar una pasta. Con el calor empeoraba todo. Los turistas que iban en coche hacia Playa Larga preferían alzar los vidrios.

Era cerca de medianoche. Un habitué de la playa lamían oyó algo extraño. Más que un motor de camiones, sonaba como una carrera de lanchas disputada mar adentro. Hubiera echado un vistazo, pero siguió tendido en la arena bajo el clamor de la noche. Era un mozo del complejo turístico, una golondrina del Caribe, de los tipos que hoy trabajan de barman en los hoteles de Aruba y mañana en las islas Vírgenes, pero mejor en aquellos lugares que tienen los impuestos prohibidos por la propia Constitución. No pensaba quedarse en el balneario. Los centros de turismo obrero no lo hacían saltar de entusiasmo.

En otro lugar de la costa, un miliciano de guardia tomó aquel zumbido marino por una orquesta en afinación. Dedujo que se trataba de una lejana still band. Eso le removió los recuerdos. Una vez, por Pinar del Río, donde vivía su madre, había pasado una de aquellas orquestas de acero que los negros de Trinidad, después de la Guerra del Mundo, fabricaban con tambores de gasolina dejados por los usnavis. Ahora estaba en la Ciénaga censando analfabetos, pero de momento se hallaba a cargo de una subametralladora para reportar cualquier amenaza marina. No pensó que una still representara peligro, así que sacó un cigarro y disfrutó de la soledad. Se le hizo que estaba en los bosques húmedos de Trinidad, de olor a cacao y rosas de porcelana, al son de la banda metálica en alguna mañana de carnaval.

Entonces surgió una cosa en el cielo. Algo así como un puñado de nuevas constelaciones. Al menos eso les pareció a los noctámbulos que paseaban por la playa. Pero sólo era la imagen del Cristo Crucificado, hecha de polvo de estrellas.

En cambio, para los hombres de un yate que ingresaba en la bahía, eso que tanto había ofuscado a los cocodrilos sonaba como un chillido de pájaros.

El barco se llamaba Shirley. A su patrón le decían Bob. Paseaba por el Caribe con un tripulante cubano. Durante los últimos días habían derivado hacia Cuba. El Shirley era uno de los tantos yates de lujo que andaban en busca de grandes peces. Por fuera lucía como el crucero de un millonario, especialmente dotado para la pesca en el Mar de las Antillas. Contaba con dos butacas en popa montadas en rulemanes. Eso era lo aconsejable, pues un ejemplar robusto podía librar batalla a lo largo de muchas horas. De los costados del barco pendían largas varas de bambú, finas como los bigotes de un langostino, para remolcar la carnada. El Shirley, a pesar de su tamaño, era capaz de ir en zigzag detrás de las aves que escoltaban a los cardúmenes, pues a la zaga de éstos siempre nadaba un gran pez.

De modo que la dotación del Shirley, además del patrón del yate y su perra, se completaba con ese cubano de Siboney, que sabía todo lo imaginable en materia de pesca y filosofía, asuntos sobre los cuales se pronunciaba a la primera oportunidad. Pero las charlas de Bob con su tripulante no eran demasiado profusas. Su relación dependía de monosílabos y sobrentendidos. Cada uno andaba en lo suyo. Sólo de tarde en tarde confluían en alguna zona del barco. Ahora estaban sentados en popa, aparentemente dispuestos a sostener cierta clase de diálogo.

Era un domingo a la noche del Año de la Educación. Abril, para ser precisos. El mar seguía tranquilo. El cubano terminaba de arrojar la última colilla de ganga, la mejor marihuana del Caribe. Se llamaba Rider D. Bonavena, un hombre recién convertido a la religión rastafari. La marihuana, en lo que a él concernía, era puro sacramento, algo de origen sagrado que sólo podía venir de las Escrituras. Cruzó las manos detrás de la nuca y puso las piernas sobre la borda, mientras acechaba la bóveda negra y se perdía en divagaciones acerca del Universo, del infinito, de la velocidad de la luz y todo eso. Ahora se las veía frente a un nuevo misterio. Algo distinto flotaba en el cielo. Los rusos tenían un tipo allá arriba. Llevaba horas volando. Rider no salía de su asombro. Decidió hablarlo con Bob.

-¿Es verdad lo del ruso?
-Así parece.
-¿Está encima de nosotros?
-Dando vueltas a la Tierra.
-¿Sabes cómo se llama?
-Ni idea.
-Se llama Yuri. ¿Qué quiere decir Yuri?
-No quiere decir nada.
-Todo quiere decir algo.
-Está bien. Yuri quiere decir mierda cósmica.
-¿Sabes qué significa Rider?
-No significa un carajo. Y deja de torturarme como si fueras mi madre.
-¿Cuánto le darías a Yuri? A que no sabes,..
-Por supuesto que no.
-Veintitrés años.
-¿Y?
-Mi edad, ¿te das cuenta? Estoy viejo. El ruso se va a las estrellas y yo sigo varado en el Shirley.
-Si quieres te llevo ya mismo a Key West.
-No, hombre. No puedo dejarte solo. Vas a morirte de hambre. Ni siquiera sabes hervir un pescado...
-Pásame el radio.
-¿No quieres oírlo un rato? Dicen que se lo pasa hablando con Tierra.
-¿De dónde sacaste eso?
-Lo dijo Radio Alegría.
-¿Qué te dije del dial?
-Que no le ponga la mano encima. Bobby, estoy harto de Radio Swan.
-¿Pongo un rato el boxeo?
-¿Quién pelea?
-Luis Rodríguez con el Chícharo.
-Bueno, ya te canto el resultado. Tu Luis no llega al segundo round.
-El gran problema es la altura.
-Ustedes siempre tienen excusas.
-No, de veras. Tendrían que prohibir las peleas en México. Los cubanos estamos jodidos. Sólo Dios podría hacerte ganar.
-Pero tú no crees en Dios.
-Yo creo en Halie Selassie. Soy rasta por los cuatro costados.
-El año pasado eras espiritista.
-Unos meses nornás. ¿Sabes? Nunca me convenció del todo. Yo tengo una mentalidad científica, eso que vengo de familia de santeros. En casa todos eran santeros.
-Esos que riegan las tumbas con tripas de pollos...
-No, hombre. Esos son los haitianos.
-Son ustedes. En Miami Dade hay que limpiar el cementerio a cada rato por las porquerías que dejan. Hasta cabezas de chivo, me han dicho.
-No seas exagerao. ¿Quién tiene un chivo en Miami?
-No imaginas las cosas que puedes hallar ahí. Sólo falta que el Chupacabras se nos radique en Key West.
-Hombre, ya existe uno. Parece que lo importó un mexicano.
-¿Sabías que en los Everglades hay panteras?
-¿De veras?
-Sí. Y dime: ¿Se puede saber quién es Haile Selassie?
-Es el emperador de Etiopía.
-¿No te parece ridículo adorar a ese tipo?
-A ti nadie te dice nada...
-Más te vale... ¿Vas comparar a Jesús con Haile?

Se preguntó si Bob sería bautista, aunque luciera como mormón. De noche, por el ojo de buey, lo había visto orar de rodillas a los pies de su litera, con las palmas sobre la manta como un niño soñoliento.

-Tú eres rasta para volarte con marihuana, nomás -dijo Bob.
-Con la ganga duermo como un bebé. ¿Sabes que hoy me desperté pensando que estábamos en La Habana?
-Mierda, qué pesadilla.
-¿Sabes a cuántos cubanos les pasa lo mismo?
-Porque son sentimentales.
-Tú lo has dicho.
-Por eso se van en manada a Key West.
-Yo me fui a Nueva York, pero estuve muy poco.
-Te obligaron a trabajar.
-No, hombre. ¿Quién puede trabajar ahí? Sólo te llaman para limpieza.
-Mi mujer adora Nueva York.
-No sé cómo se puede adorar eso. La gente quiere más a los perros que a los niños.
-Nos pasamos tres meses de luna de miel.
-No habrás pasado la noche en la nieve, como nosotros...
-No. Vivíamos en el Village.
-Yo terminé en Harlem. Cuando un drogadicto no te corre para pegarte se te quema el edificio. Harlem ya no es lo mismo.
-Seguro. Desde que se llenó de cubanos.
-No. Desde que se fueron los músicos negros.
-En cambio la Habana Vieja es tan linda, tan parecida a la Costa Azul...
-Bob, con el corazón en la mano, ¿cómo puede gustarte algo donde no puedes salir a la calle? Yo no pienso volver a la Yurna,*
-Dame la Spika.

Rider tomó la portátil y la puso junto a Bob. Éste subió el volumen. Una voz de medianoche anunció la despedida. Era la locutora de Radio Swan, conocida como Rosa entre sus adictos nocturnos. Rider cerró los ojos. ¿A quién le recordaba esa voz? A una puta del Séptimo Cielo, hubiera jurado, famosa por ios efectos que desataba en su clientela de sólo toserles en el oído. Ahora se despedía de Moncho Leña con su ronquera diabólica. Así llegaba a su fin el espacio de música borinqueña. Lo mejor de la orquesta de Moncho era el coro:

Mamita llegó el obispo
llegó el obispo de Roma
mamita si tú lo vieras
qué cosa linda qué cosa mona.

Luego, la hora del fílin. La cubierta se inundó de boleros. Rosa anunció a Benny Moré. Hasta mañana, vida mía y Contigo en la distancia. Amores al rojo vivo. Noche de corazones en bancarrota. Mujeres desesperadas. Una quería mojarse los labios con agua bendita para lavarse los besos de aquella boca maldita. Otra le juraba por su madre que se las iba a cobrar. Rider se conmovió hasta las lágrimas. La radio era capaz de llevarlo hasta las regiones más altas. Le faltaba amor. Le faltaba paz. Le faltabas tú. De pronto se sintió en Nueva York. Echaba de menos las matinés del Palédium, el Capitolio del mambo, el Carden de la música caribeña, el único rincón feliz de sus días de ilegal. Allá, en primera fila, había escuchado al Benny con la orquesta de Pérez Prado. El fílin era un bolero agringado, la mezcla justa, decían, del romanticismo cubano con el ritmo de la Yuma. Ahora, en pleno Caribe, pensó que la capital del bolero también estaba en Manhattan, extraña idea que le brotó en la cabeza merced a la portátil de Bob, ese pequeño milagro humano. ¿Quién podía vivir sin la radio? Agradecía los tiempos que le tocaban. En Siboney, según le había contado su madre, como a nadie le alcanzaba para una Phillips, tenían que conformarse con los altavoces de un auto que se paseaba a través del pueblo.

Bob redujo el volumen y escudriñó las tinieblas. La portátil yacía a sus pies. Radio Swan continuaba muy sobria. Rider odiaba el palabrerío, salvo en materia de box. Cuando Rosa se iba de boca con la política, Rider cambiaba de sintonía, siempre que Bob anduviera lejos. Prefería las emisoras de México, con boxeo de primera y transmisión de casamientos. Los sábados escuchaba la pelota. Los mexicanos tenían una onda más tecnológica. Para simular el batazo, un relator de Radio Emoción pegaba junto al micrófono con una palmeta para las moscas. Una vez, recién comenzado el encuentro, se declaró un terremoto, pero el juego no se detuvo. Los prehumanos de la tribuna local aprovecharon el caos para menear sus banderas: "Eso nomás fue un anticipo, pendejos. Ya van a ver lo que viene" anunció un ampuloso cartel desplegado en la tribuna. El relator lo describía a su modo, sin descuidar un momento las inclemencias del juego, tanto del lado del Cielo como del Infierno. El Infierno era la tribuna visitante. Seguir el juego por radio era mejor que verlo. Rider se sintió atravesado por las ondas del terremoto y se imaginó los carteles garabateados de apuro y sintió vibrar el cemento bajo el rugido de los humanoides. Pero eso había sido en otro tiempo, cuando trabajaba en un langostero. Ahora estaba en el Shirley y dependía de Bob hasta para escuchar el boxeo. Su propia radio de baquelita estaba reducida a un despojo que sólo emitía descargas. Por eso vivía pendiente de la llegada del alba, cuando Bob se alejaba de la portátil para zambullirse en su camarote y emerger a media mañana.

Bob destapó una cerveza. De vez en cuando estallaba la carcajada de un pájaro reidor, uno de aquellos petreles del trópico que jaraneaban como personas y nunca tocaban tierra. Apenas soplaban seis nudos: el tiempo perfecto para escuchar el encuentro. Noche de pelota en el mar con una cerveza fría. Lo máximo que se podía pedir, considerando las circunstancias. Pero Bob la tenía con Radio Swan. A partir de las once ya no se apartó de la Spika. Rider tuvo cierto presentimiento. Algo flotaba en el aire. Era un momento del cual, mirado a la distancia, uno podría haber dicho: "Hoy puede pasar cualquier cosa".

Abajo, al pie de los escalones, la cabina estaba muerta. La zona secreta del Shirley. Al menos en cierto modo, pues también entraba Rider para pasar el plumero, bajo la vigilancia de Bob. Rider limpiaba con eficacia y desaparecía enseguida. El sitio reverberaba de luces y equipos en stand by, de donde brotaban zumbidos y voces. Por lo general, Bob trabajaba encerrado. Cuando quedaba la puerta abierta, el bullicio de la cabina inundaba la embarcación. Toda onda de paso era atrapada en el Shirley: el milagro de navegar en una base de escucha. El vértigo de la radio, la noche de los mares ardientes. Comentaristas locuaces y carcajadas de locutoras mezclados con telegramas que reclamaban un pago o avisaban al tío Yeyo que la vieja se había muerto. De vez en cuando, una palabrota. Un pesquero desconocido intercambiando puteadas con los operadores de Gitmo, hasta que retornaba la calma. Un avión de combate a punto de aterrizar. Un carguero de Mariel llamando al remolcador. También se colaban señales provenientes de otros mundos, allende el cinturón de huracanes: un petrolero en Bilbao, el Delta Papa Noviembre descendiendo en Filadelfía, una transmisión de onda corta por La Voz de las Américas, un radioaficionado en Montreal suplicando una respuesta. Era el flujo del éter, según proclamaban los locutores, sustancia indispensable, decían, para el romance y el tráfico electromagnético, cosa falsa, desde luego, puesto que los sabios atómicos habían probado ya que el éter era una ilusión, como tantas otras mentiras que se venían diciendo desde los tiempos de Newton. Pero el éter de las Antillas (fuera eso lo que fuere) sonaba irreconocible de unos años a esta parte. La noche bullía de extraños. Por empezar, el puerto de los cubanos ya no estaba en la Florida. Antes, todo llegaba a La Habana en el ferry de Cayo Hueso o, a lo sumo, de Nueva Orleans, en los poderosos sea trains que cruzaban el estrecho, repletos de Cádillacs coladepato y muchas otras bendiciones, rumbo a la Perla de las Antillas.

Por lo general, la cabina del Shirley permanecía cerrada. Lo que pasaba ahí dentro era una incógnita. Sin embargo, Bob lo llamó cierta vez desde la penumbra. Rider bajó con cautela. De los parlantes manaba algo espeso, una especie de inglés degenerado que sonaba a papiamento. Era La Voz de Pitcairn. Bob explicó que Pitcairn estaba en la Polinesia. Los isleños descendían de Fletcher Christian, el tipo del motín del Bounty. "¿Te suena?" preguntó a Rider. Éste seguía perdido, de modo que Bob no tuvo otro remedio que contarle el argumento. El tal Fletcher era el primer oficial. Venían desde Tahití con la bodega repleta de plantas (macetas con retoños de árbol del pan, un forraje milagroso que se planeaba imponer en Jamaica para consumo de esclavos) cuando la calma los atrapó en el Mar de las Yeguas, paraje donde los capitanes se dedicaban a revolear caballos y negros sobre la borda para ahorrar agua dulce. Y justo ahí se le dio al capitán por seguir regando las plantas, de modo que Fletcher debió arrojarlo al agua con arbolitos y todo, tras lo cual puso rumbo a Pitcairn en compañía de sus secuaces. El motín del Bounty, murmuró Bob a continuación, como si la historia nunca dejara de sorprenderlo. Luego consideró necesario explicar que Marión Brando era Fletcher. Cuando Rider al fin comprendió que sólo era una película, perdió todo interés en la cosa. De cualquier forma siguió cortésmente el programa sintonizado por Bob. Los descendientes de Fletcher transmitían los martes a las 03:00 p.m. en 14,305khz. Tenían una revista en oferta, remeras con la silueta del Bounty y un libro a cuatro colores con la historia del motín. Envíos al resto del mundo, cheques a nombre de Fletcher Christian. Bob le prometió que en Key West irían juntos al cine.

Esta clase de pláticas eran raras en Bob, que nunca pasaba de diez palabras. En cuanto a Rider, tarados como Fletcher Christian le importaban tres cojones. Le hubiera gustado, eso sí, que sintonizaran al ruso. Seguro que Yuri se la pasaba llamando a la Tierra, con ese timbre distante que cada tanto surgía de los equipos de Bob, mensajes de cargueros soviéticos negociando el canje de El acorazado Potemkin por la última de Cantinflas o bien avisando al jefe de máquinas del Támara Toumanova que llamara urgente a la casa porque la camarada Natacha se disponía a parir. Pero Bob no tenía la menor intención de conectarse con Yuri. A Rider le pareció un desperdicio. Con tanta electrónica a bordo, seguían atados a Radio Swan.

Al filo de medianoche estaban aún en cubierta. Entonces, desde la Spika, surgió el siguiente anuncio:

¡Alerta, alerta! Miren bien el arco iris. Chico por fin está en casa. Pongan una señal en el árbol. Las cartas llegaron bien. El pez no tardará en subir.

Tras lo cual Brenda Lee se despachó con I'm sorry. Luego, de vuelta el Benny. Bob no decía palabra. Tampoco parecía dispuesto a evacuar consultas de nadie, de manera que Rider mantuvo cerrada la boca. Odiaba mostrar su ignorancia. ¿Arco iris? ¿Aviso en el árbol? La Rosa estaba cada día más loca. ¿Qué mierda estaba diciendo? Pero Bob se veía tranquilo, como si se hubiera pasado la vida esperando algo como eso.

Rider se desvivía por meter un bocadillo. El silencio lo estaba matando.

-¿Sabes por qué Benny usa los pantalones tan altos? -preguntó.

Bob vigilaba el mar.

-Pa' que no se le note el hígado -dijo Rider-. Tiene el hígado de este tamaño por culpa de la cirrosis.

La Sonora Matancera en acción. Luego, el estado del tiempo. Rosa volvió a la carga con las noticias de práctica. Los fusilamientos del día. Monjas violadas en plena iglesia. El arzobispo abofeteado por milicianos. Once horas de cola para comer una pizza. Ya estaba listo el decreto que abolía la Navidad. La Ley del Amor Libre a punto de promulgarse. Luego, Tú me acostumbraste, que Elena Burke cantaba con la vagina. Todo en orden otra vez. Rider se aprestaba a fajarse con una volada de ganga cuando llegó un nuevo mensaje:

Teodomico: Si estallan las primeras granadas, ponte junto a la pared. Pero no te tires al suelo. Consigúete una linterna, que será cortada la luz.

Entonces Bob dejó su butaca y se metió en el cuarto de radio. Rider quedó a solas en el océano, con la Spika sobre la borda. Radio Swan se llamó a silencio. Fue una pausa insufrible. Esto era algo insólito. Ni Brenda ni Benny Moré. El mutismo de un locutor al micrófono podía enloquecer a cualquiera como un goteo en la frente. En otro momento, Rider se hubiera lanzado encima del dial, pero ahora tenía miedo. Descubrió unas luces intermitentes, como de pesqueros perdidos. En eso, a cien metros del Shirley, el agua empezó a revolverse. Algo enorme rompió la superficie, en medio de fuertes ronquidos. Rider saltó del asiento y se estrelló contra alguien. Una mano vigorosa se asentó sobre su espalda.

-¿Qué te pasa? -gruñía Bob.
-Hombre, qué susto -gimió Rider.

La cosa ya estaba fuera del agua. Era un submarino. Hubo ruido a escotillas. Bob accionó la linterna y del submarino le respondieron. A Rider ya no le entraba un alfiler en el culo. Sólo entonces volvió Radio Swan. Con el tono desfallecido que usaba para presentar a Los Panchos, Rosa de Miami expresó:

Teodomico: Recuerda que son cubanos, no gringos. Cuando lleguen únete a ellos» pues vienen bien protegidos por un enorme poder tic fuego.

El Ángel de Caimanera, se dijo Rider.

Ahora estaba seguro. Esa voz en acabada. La locutora era Rosa nomás, la rubia del Séptimo Cielo, la novia de Tony Saravía, su compañero de andanzas por los bares de Caimanera, cuando censaban burdeles con la brigada desputizadora. Tony Saravía: su condiscípulo de los Hermanos Maristas. Su hermano, podía decirse.


Eduardo Belgrano Rawson

Nació en la provincia de San Luis, en 1943. Escritor y periodista. Vive actualmente entre la Ciudad de Buenos Aires y su natal San Luis. Ha publicado, entre otros, No se turbe vuestro corazón (1975) El náufrago de las estrellas (1979), Fuegia (1991), Noticias secretas de América (1998), Setembrada (2001), Rosa de Miami (2004) y El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos (2006).

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