


La vinculación entre literatura y las nuevas tecnologías vive sus primeros momentos. Asistimos, como en todo nacimiento, a balbuceos y a pataletas. Dentro de un par de décadas –no creo que haya que aguardar más- nuestros sucesores sonreirán con benevolencia ante nuestros intentos por vincular un mundo detenido sin remisión, el nuestro, y otro cuyo avance imparable desquicia a cualquiera. En un panorama tan confuso sorprende la publicación de No hay perro que viva tanto, uno de los ejemplos más logrados de coordinación entre narración e incorporación de tecnología, en este caso redes sociales, creados hasta la fecha. El protagonismo de lo digital no supone, como en tantas otras ocasiones, una caída de la verosimilitud de la trama, más bien al contrario, introduce a un narratario que otorga mayor fortaleza a la novela.
No es ese el único acierto: Balbuena crea personajes complejos, en cuyas tinieblas se hunde sin reparos ni falsos pudores. Personajes cuya verosimilitud se apoya en un notable dominio del lenguaje y, sobre todo, en la elección del campo semántico que mejor encaja con el protagonista. Además sabe que la primera persona no solo debe mostrar la subjetividad del personaje, también tiene que regalar espacio al lector para que aprecie esa distorsión. Por supuesto cuenta con una correcta dosificación de los datos y con, aspecto fundamental en una novela negra, un desenlace adecuado, sorprendente y paradójico al mismo tiempo.
Como toda buena obra de género no solo nos trae una buena historia. También supone una indagación en las patologías de una sociedad corrupta, cuyo centro urbano conforma un perfecto correlato: calles degradadas –narradas por Galdós, entre otros, y acertadamente renovadas- en las que conviven los mercadillos, los yonkis, las tecnologías más sofisticadas y las pasiones elementales del ser humano.
En No hay perro que viva tanto, concluyendo, Balbuena demuestra su capacidad para abordar cualquier registro y género y, sobre todo, para escribir una narrativa absolutamente moderna.