

Hay actos de justicia ineludibles. Como a esos héroes que la historia ha tenido por traidores hasta que un día la verdad los reivindica; a Mario Vargas Llosa le llegó su hora poco después del mediodía del 7 de octubre de este 2010. En ese justo momento Peter Englund, secretario de la Academia sueca, reveló su nombre como galardonado con el premio más prestigioso de las letras. Mucho se ha hablado de este suceso en las últimas semanas. Prefiero en estas horas recordar "mi relación" con Mario.
Desde que tengo memoria de mi existencia como lector y escritor, leí sus obras con fruición. Al inicio libros transeúntes en los espacios literarios de mi país, objetos de adoración pecaminosa luego al ser catalogado el autor como maldito (para decir lo menos); sus textos se convirtieron en objetos de culto. Nótese que en algún punto en mi vida también yo sucumbí y más tarde rompí con ciertos dogmas; por lo que la frase anterior, inexacta como es, sólo pretende recalcar mi admiración (no ciega, sino avisada), hacia el galardonado.
Hay cuatro momentos en mi vida y especialmente en mi trabajo como escritor que nunca olvidaré. El primero corresponde al día en que un "escritor" allegado ponderaba si afiliarse a cierta ola irreverente marcada por la experimentación de los 90’s, o asegurarse un nicho institucional plegándose al poder. Parte de su discurso consistió en alertarme sobre un evidente vínculo temático entre mi Paisaje de arcilla y La ciudad y los perros, a pesar de los diferentes contextos en que transcurren ambas obras. "Te puede traer problemas" me advirtió. Le animaba la intención de descalificar no sólo el tema que abordaba mi libro, sino cualquier posible simpatía hacia "ese reaccionario". Mi ego reventaba de júbilo (sólo porque alguien, aunque tan extraviado como él, estableciera un nexo entre ambos), tanto como mi impaciencia se manifestaba abiertamente. La conversación no fue en La Catedral precisamente, y llegó a feliz término cuando envié metafóricamente a mi interlocutor a algún paraje lejano, irritado por su diatriba contra el escritor peruano...
Del segundo momento es responsable una conferencia a la que asistí en la Casa de América en Madrid, a cargo de Mario y el chileno Jorge Edwards. Acudí allí dispuesto a dejarme arropar por un festín de buena literatura. Llegué tarde, la sala estaba abarrotada y, para mi sorpresa, apenas se hablaba de libros. Ambos autores dilapidaban una hermosa ocasión para un diálogo literario, embarcándose en una apasionada invectiva política muy a tono con la ola de cambios que recién había recorrido el mundo. Su exposición se concentraba en los procesos que habían dado al traste con los regímenes del Este europeo y la predicción de lo que consideraron ambos el inminente final del cubano. Sentí entonces una extraña sensación; un desasosiego. Pensé que los oradores estaban en el sitio y momento equivocado. No eran ellos quienes debieran estar allí sosteniendo ese tipo de conversación. Más de quince años después las evidencias prueban que pisaban terreno ajeno. Si bien la Academia reconoció en Mario "su cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes sobre la resistencia, la revuelta y la derrota individual"; (postura con la cual me identifico y desde la que escribo), prefiero encontrar esos valores en el inmenso océano de su literatura; más que en el libelo o la arenga política pública.
Una tercera ocasión, que curó aquella sensación de desperdicio, tuvo que ver con la primera vez que leí un texto que sigue siendo uno de mis libros de cabecera. Lo había leído bajo la presión de un tiempo limitado, tratando de arrancar a prisa las enseñanzas sobre el arte de narrar que allí exhibe el autor casi con impudicia... Era un ejemplar gastado que pasaba de mano en mano entre quienes sufríamos la prohibición a Vargas Llosa, ya entonces maldito en Cuba a causa de sus posiciones políticas. Había que devolverlo a la mañana siguiente para que otros amigos lo leyeran... Por fin un día visité Lima, como participante de una conferencia académica. En la librería de la Pontificia Universidad Católica del Perú encontré aquel ejemplar virgen, aun envuelto en su celofán y a un precio casi prohibitivo para mi condición de cubano que entonces residía en la isla. Calculé que si prescindía de algunas otras urgencias básicas podría comprometer mis ahorros y tenerlo. Poseerlo. Lo tomé en mis manos y una reacción emotiva inexplicable me sacó unas lágrimas que traté de disimular sin mucho éxito. Acababa de comprar La casa verde. Era mío para desmenuzarlo sin apremios, y conmigo ha seguido como uno de los pocos bienes que han sobrevivido a mis constantes migraciones.
Del cuarto momento que marca esta cronología de "mi relación" con Mario, estamos hablando ahora; cuando él ha recibido por fin el merecido Premio; o como bien se ha dicho, el Nobel se ha reconocido al hacer justicia a la obra tremenda de Mario Vargas Llosa. Como miembro del gremio de quienes escriben desde este lado del Atlántico, me siento tan feliz y reconocido como él; tan orgulloso como aquel escritor imberbe cuyo texto un día fue relacionado de algún modo con el de un grande de las letras; tan emocionado como el joven escritor que lloraba ante un libro suyo en una librería limeña; o como este hombre que ya pasa de los 50’s y que a pesar de los años de lecturas, de estudios y experiencias, sigue considerando al autor de La ciudad y los perros un Maestro imprescindible del arte de narrar, que merece toda la admiración y el respeto de la humanidad que lee y piensa.
Santo Domingo, 27 de octubre del 2010
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(Camagüey, Cuba, 1958) Narrador y poeta. Hasta hoy ha publicado una plaquette de poesía titulada Tesituras (La Espada Rota, Venezuela, 1994), dos libros de cuentos: Paisaje de arcilla (Letras Cubanas 1997 / Ventana Abierta 2008, esta última en edición bilingüe) y Figuras Tendidas (Sanlope, 2000); así como las novelas La desobediencia (Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003), Casa de Cambio (Cursack Books, New Hampshire, 2005) y Fijar la mirada (Casa de Teatro, Republica Dominicana, 2009).