

Los de la academia sueca logran su objetivo: que discutamos si está bien o mal otorgado el premio que lleva el nombre del inventor de la dinamita. La conducta política del Vargas Llosa maduro y geronte dan vergüenza ajena, pero cuando yo tenía veintipico de años me deslumbró La ciudad y los perros, que el peruano había escrito a los veintiséis.
A los poco más de mis treinta descubrí La guerra del fin del mundo, una novela tan extraña -en la bibliografía de Vargas Llosa- como apasionante.
Ni qué decir de Conversación en La Catedral, libro sobre el que hoy cabeceo de sueño cuando intento releerlo pero que me deslumbró en su tiempo por su innovación formal y porque volvía sobre las taras de un país y de un continente que por esa época ensayaba su minué revolucionario a las puertas del infierno.
América Latina cambió y cambió aquel tipo. No creo, como se sugiere, que en su andar sobre las brasas de un crudo liberalismo económico haya borrado las huellas de su talento literario. Una y otra cosa van, lamentablemente, por sendas divorciadas que a veces ensayan reconciliaciones y acaban tirándose a la cabeza platos de mayor calibre que los iniciales.
No reivindico a los fósiles de Estocolmo, que fueron capaces de dar el Nobel a Dario Fo y Franca Rame, mientras dejaban de a pie a Borges y a Cortázar, entre otros. Y por no recordar el Nobel de la paz a Kissinger o a Obama. Me aburren los policiales suecos, me aburre Henning Mankel a quien le aburre la novela negra que no sea la propia, me aburre la monotonía y la soberbia de creerse faros de la civilización cuando son lo que son, espasmos de una cultura congelada y lejana en la que la noche, dicen, cae demasiado temprano.
Pero Mario Vargas Llosa es lo que fue antes de sus poses para el fascismo vergonzante del FMI, de su declarada desconfianza hacia lo que los europeos llaman despectivamente “populismo”, o sea, los gobiernos populares. Vargas Llosa es lo que fue antes de los enjuagues editoriales que le arrancaron textos prescindibles, de las caricias de una derecha cavernaria, de tanta descomposición operada en clínicas suizas para lucir rozagante o menos putrefacta.
Innovador, profundo, siempre desafiante, Vargas Llosa, el de La casa verde y el de La tía Julia y el escribidor merece que nos tomemos algo de nuestro tan a menudo malgastado tiempo hablando, aunque sea mal, de un gran escritor.
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(Buenos Aires, 1946). Escritor y periodista. Ha dedicado su carrera literaria a profundizar en el género negro, en el que está considerado como uno de los actuales maestros en lengua castellana. Orsi ha ganado premios tan importantes como el Emecéde 1978 por El vagón de los locos, el Umbriel de la Semana Negra porSueños de perro (2004) o el Ciudad de Carmona por Nadie ama a un policía (2007). Con Ciudad Santa (2009), su última novela publicada hasta el momento, obtuvo el Premio Hammett a la mejor novela negra publicada en lengua española.