OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Noviembre 2010. Año cuatro. Número quince

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Datos de la revista, noviembre 2010, año 4, número 15
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Nuestro Nobel en Nueva York

 

Juan Manuel Robles

Acabo de ver a Vargas Llosa entrar al Instituto Cervantes, acabo de verlo pasar con una cara que no es la de siempre, es decir la de los medios, la del hombre rígido que parece cansado de circular tantas veces por las mismas verdades. Algo se ha alivianado en el rostro del escritor. Veo paz, cierta liberación, como si de pronto se hubiera sacado de la espalda una mochila de treinta kilos y ahora se sorprendiera de la facilidad con la que mueve los hombros. Es que a Vargas Llosa no le pesa el Nobel, nunca le pesará. Lo que le pesaba era no tenerlo, pasar años sin conseguirlo, jugar la ruleta absurda que nunca que llega a detonar. Le pesaba, sí, aunque él no dijera que le pesaba, aunque su respuesta a las sucesivas frustraciones fue siempre un puntual recogimiento de hombros, sin palabras. Vargas Llosa no es un hombre al que le guste quejarse. Pero no hace falta. Sus resentimientos, que los ha tenido, siempre se notaron a leguas. De frente y de perfil.

Pero hoy no había lugar para nada de eso. Su gesto era una aceptación tácita que era este el juguete que necesitaba para sosegarse. Hoy tenía humor, hoy era un hombre que se permitía la ironía, la ironía de la que sus grandiosas novelas carecen. "Recibí la noticia a las cinco y de la mañana. Me habló por teléfono un señor cuya voz no entendía muy bien. Pero cuando escuché "swedish academy", me dije: ajá, aquí hay que parar la oreja", contó y todo el público se rió con él. El público, por supuesto, era una ensalada total. Esto es Nueva York, el Cervantes está a solo tres cuadras de las Naciones Unidas y nunca faltan los que preguntan sobre el conflicto en Palestina, sobre el futuro de América Latina, sobre la esclavitud en China. Es decir, nunca faltan los que le hacen a Vargas Llosa preguntas del tipo "premio Nobel". Conciencia del mundo. Reserva moral del planeta. Y eso que lleva menos de un día.

-¿La literatura no les interesa, no? -se queja Patricia, la esposa, en la primera fila y en voz baja.

Pero en la conferencia también hay peruanos. Esos sí son peligrosos. A esos hay que tenerlos a raya. Como mi amigo Sandro Mairata, que se inmoló haciéndole la pregunta que nadie más se iba a atrever a hacer (pero que todos hubiesen querido). "¿Qué tiene que decir sobre García Márquez?" Durante la mañana, habían circulado rumores sobre supuestas palabras de García Marquez, su eterno rival literario. "Cuentas iguales", habría dicho el colombiano en su Twitter (ya que estamos entre escritores, sería bueno hacer aquí una nota al pie sobre la inverosimilitud de la imagen de Gabo twitteando). ¿Qué tiene que decir sobre Gabo? Hubo un silencio en la sala. "No estamos aquí para hablar de eso. Pero debo decir que me enteré de sus palabras cariñosas y las agradezco". Punto, siguiente pregunta. Hoy día, todos los fantasmas de Vargas Llosa están bajo control. Pero eso no quiere decir que haya que invitar a Gabo a la fiesta. Tampoco tampoco.

El otro día, en la radio, una especialista en hacer identikits para el FBI contaba cómo la memoria es antojadiza es sus fijaciones. "Es muy probable -le decía al entrevistador- que tú recuerdes muy bien dónde estabas cuando murió la princesa Diana de Gales con lujo de detalles, que incluso recuerdes cómo vestías". Pues bien, creo que por muchos años recordaremos qué hacíamos este día, cómo nos enteramos, qué bebíamos, qué oíamos en las calles. Qué escenografía nos cobijaba. A mí, me tocó la puerta un amigo colombiano que vive en el piso de arriba, en mi casa de Brooklyn. Abrí. En una mano tenía el New Yorker, que tuvo la amabilidad de recoger para mí. Con la otra mano hizo un intento de abrazo: "Felicidades". Ambos teníamos sayonaras y pijamas. Ambos estábamos despeinados y teníamos ojeras. Ambos habíamos pasado la noche escribiendo.

Mi primera reacción fue preguntarme por qué me felicitaba. ¿Era algo de lo cual felicitarse? Luego me dije a mí mismo en voz alta. "Tenemos un Nobel de literatura. ¡Un Nobel!". Entendí que estaba viviendo algo parecido al entusiasmo. Mi amigo colombiano me dijo que en breve el escritor iba a estar en el Cervantes. Nos cambiamos rápido y salimos corriendo. Hacía sol en Nueva York, la línea verde estaba repleta. La sala del Cevantes, también. Vargas Llosa apareció liviano, en traje gris, y dijo: "Este no es solo un triunfo mío, es un triunfo de la lengua castellana y un reconocimiento de la importancia de la literatura Latinoamericana".

Entonces empecé a entender por qué este día era también importante para mí, para todos los que tratamos de encontrar en la escritura una forma de resistencia. Porque ver a Vargas Llosa ahí sentado es entender también que la única lucha que importa es la que empieza con la primera página en blanco y termina con miles de tachaduras. Me vi adolescente sintiendo piedad por el periodista miope, fascinación por la Barbuda, terror por el perro que mochó a Pichulita Cuéllar, compasión por Varguitas, respeto por el Jaguar. Vi una cabina de radio y un chiquillo que embellecía noticias. Vi a la brasileña. Vi todo eso y recordé un viejo chiste: el del escritor latinoamericano que se despierta a las once de la mañana y se hace una pregunta culposa: "Qué tarde. ¿Cuántas páginas habrá escrito ya Mario Vargas Llosa?"

La conferencia siguió con su inevitable dosis de política, pero en un punto llegamos al Perú. Porque siempre hay que hablar sobre el Perú, porque ya pasaron esas feas épocas en que el escritor no contestaba a ningún periodista peruano. "¿Qué tiene que decir sobre el Perú?". Vargas Llosa, sonriente, sacó la capucha que mejor le queda, la de Flaubert.

-El Perú soy yo.


Juan Manuel Robles

Juan Manuel Robles

Escritor y periodista. Ha publicado LIMA FREAK. Vidas insólitas en una ciudad perturbada (Planeta, 2007) y Zaraí Toledo. La hija patria (Sarita Cartonera, 2009). Historias suyas han aparecido en las antologías Crónicas de otro planeta (Debate, 2009), Las mejores crónicas de Gatopardo (Debate, 2006), Historia de una mujer bomba y otras crónicas de América Latina (UAI-Uqbar, 2009), en los libros Huancaína freak y otros cuentos para comer y Pequeños dictadores (Mesa Redonda, 2009) y en revistas de América Latina y Europa. Fue finalista y nominado del Premio Cemex - FNPI 2008 y ganó el primer y el segundo premio del Concurso de Cuento Gastronómico Matalamanga - 2007. Ha sido becado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano -que dirige Gabriel García Márquez- para asistir a los talleres de Ryszard Kapuscinski (2002) y Tomás Eloy Martínez (2004). Creó y dirigió la revista Helio (2005). Fue coeditor de la revista Cosas Festín. Es colaborador de las revistas Etiqueta Negra y Soho. Vive en Nueva York gracias a una beca de NYU.

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