El pasado siempre vuelve y es mejor tenerlo presente para que no nos sorprenda

ENTREVISTA AL ESCRITOR VENEZOLANO MIGUEL ÁNGEL LATOUCHE


POR AMIR VALLE

Hay novelas que buscan reconstruir la Historia, así, con inicial mayúscula, pero hay otras que cuestionan las aristas ocultas, generalmente esa que llevan las contradicciones humanas, en esa Historia. Y Los fantasmas de Otto Müller es de las segundas. Quien decida a entrar en sus páginas verá la historia como un telón de fondo que sirve de escenario a un controversial contrapunto entre lo que sabemos, lo que suponemos y lo que en verdad esconden ciertos sucesos de nuestra vida cotidiana. Y si además esos sucesos se aliñan con los sabores amargos de la imperfección humana y con los secretismos con los que se abordan algunos conflictos humanos relacionados conla historia del mundo moderno, entonces lo que se ofrece es un ámbito de disfrute de la intriga narrada y, a la vez, de reflexión sobre esa dualidad espiritual de ángel y demonio que, según algunas filosofías y credos, configuran eso que llamamos «especie humana».

Todo eso pasó por mi cabeza mientras leía esta novela del venezolano Miguel Ángel Latouche. Así que quise ponerlo aquí a responder preguntas en torno a todos esos dilemas que aborda en su novela.


El título habla de “fantasmas”. ¿Qué son realmente esos fantasmas: los muertos, los secretos familiares, la culpa histórica o aquello que una sociedad decide no recordar?

Es interesante. El título original de la novela era “Los secretos del abuelo”, pero me di cuenta de que en realidad no quería hablar solamente sobre los secretos del personaje, sino sobre los “espectros” que lo persiguen. No porque se trate de fantasmas materializados —aunque de alguna manera en el devenir de algunos personajes también estén presentes—, sino porque sobre todo los pensaba como los restos de esas memorias que recordamos a medias: no solo porque las hayamos olvidado, sino porque decidimos hacerlo, en un ejercicio de autoengaño, enterrándolas allí donde creemos que no volverán a perseguirnos. La verdad es que el pasado siempre vuelve y es mejor tenerlo presente para que no nos sorprenda y hacerlo no como si fuera un fardo que nos detiene, sino como una experiencia de la cual sacar provecho.

En ese sentido, el drama de Müller no es solamente un drama personal; escribí al personaje como una metáfora de mi propia experiencia de expatriado, aunque, permíteme aclararlo, no cargo encima ninguna de las culpas de Müller, aunque quizás sí muchas de las ansias que tiene el nieto por descubrirse a sí mismo en un mundo que intuye complejo. Venezuela, a fin de cuentas, es un país desmemoriado, empeñado en empezar desde cero en cada ciclo histórico y que no ha reflexionado lo suficiente sobre las razones que nos han llevado a vivir la crisis histórica que enfrentamos en este momento.

El drama que persigue a Müller está construido desde su propia identidad, es un alemán que vivió la experiencia de la II Guerra Mundial y el exilio y su arco se mueve dentro de esa realidad, pero es, además, una resonancia de la manera como pienso a Venezuela. Müller se pierde no porque ignore que lo que hace está mal, sino porque hacer el esfuerzo de hacerlo bien le parece peligroso o difícil. En América Latina hemos optado a menudo por olvidar, por no reflexionar lo suficiente sobre nuestro pasado, por no hacer las mea culpas correspondientes; tenemos sociedades en las que la memoria se convierte en pensamiento difuso u olvido. Pero la verdad es que no basta con olvidar para evitar que el pasado regrese. En el caso de Müller, los fantasmas son memoria y culpa; en el caso de nuestros países, son esa discontinuidad histórica que, en medio de procesos inconclusos, nos condena a un eterno retorno.


La novela parte de una revelación familiar estremecedora: descubrir que el hombre que crió al protagonista no era quien decía ser. ¿Qué le interesaba más explorar: el descubrimiento de una identidad oculta o la transformación interior que provoca descubrirla?

Referido a un tema similar decía Umberto Eco que le asombraba comprobar cómo conocía más del pasado de sus personajes que del de sus padres. De alguna manera, sin importar cuán cercanos podamos llegar a ser con quienes nos antecedieron, nunca seremos capaces de conocer la totalidad de su historia, aun si ellos nos la revelan. Por una parte, ellos solo pueden hablar de lo que recuerdan, y el recuerdo, por definición, suele estar distorsionado por la interpretación de cada uno; por otra, siempre habrá información no revelada. Generalmente en nuestro pasado hay cosas de las que no nos sentimos orgullosos —el que esté libre de pecado que tire la primera piedra— y de las que, por tanto, simplemente escogemos no hablar.

A mí me asombró mucho, por ejemplo, una fotografía de mi abuela que la mostraba como una mujer joven y vivaz, llena de ilusiones y energía, que contrastaba mucho con aquella anciana amorosa que bordaba camisitas para sus nietos. Ciertamente, “nosotros los de entonces ya no somos los mismos”. Siempre hay algún secreto familiar del que no se habla y que convenientemente es olvidado, hasta que aparece algún comentario o una carta amarillenta con una revelación incómoda o luminosa.

En el caso de la novela, a mí me interesaba mucho explorar la transformación que todo el misterio genera en Javier, la manera como la adversidad que enfrenta lo obliga a transformarse, a endurecerse, a madurar. Cómo el descubrimiento implica un cuestionamiento que lo lleva a preguntarse “quién soy”. Esto, por supuesto, no es casual; creo que es una pregunta recurrente en quienes han vivido en el exilio. Cómo enfrentarse a otra lengua, a otra cultura, a otro modo de ser supone o requiere una transformación adaptativa. Javier tiene que enfrentarse a algo incluso más complejo y doloroso: tiene que enfrentarse a la verdad y la verdad, como en aquel verso extraordinario de Serrat, no tiene remedio. La verdad es por necesidad una fuerza transformadora, quizá precisamente por eso hay tanto empeño en ocultarla o tergiversarla. Ese es el tema que quería discutir en la novela.


Otto Müller parece encarnar una paradoja moral: un hombre capaz de ternura y, al mismo tiempo, vinculado a una maquinaria de crueldad. ¿Hasta dónde puede llegar la literatura en su intento de comprender a un personaje sin convertir esa comprensión en una justificación?

Creo que de cierta forma estamos entrenados para pensar que el mal, en tanto que mecanismo de deformación moral, es también un mecanismo de deformación estético; estamos acostumbrados a aparejar el mal con lo feo, y la verdad es que para ser un monstruo no es necesario parecerlo, basta con serlo. Yo no creo que la literatura deba ser utilizada para justificar el mal. El mal es una categoría moral que existe y que es cuestionable, pero de allí a pensar que alguien pueda ser malo por naturaleza hay, desde mi punto de vista, un trecho. Sin necesidad de meternos en una discusión teológica que les pertenece más bien a, no sé, San Agustín o a Spinoza, creo que en la mayoría de los casos el mal tiene una razón estructural que no lo justifica, pero que lo explica. Hay condiciones objetivas que pueden llevar a alguien a abrazar el mal y rechazar el bien en tanto que postura moral.

Pero tampoco se trata de un mal absoluto, que es el que pudiéramos atribuirle al demonio; aun aquel que actúa mal y hace daño tiene seguramente alguien a quien ama. La historia está llena de sujetos que son capaces de torturar en la mañana, activar la guillotina en la tarde y luego sentarse con los hijos y ayudarlos con la tarea en los términos de una vida familiar normal. Ahora sí creo que es responsabilidad del autor y de lo que escribe comprender al personaje, sus razones y la manera como el personaje intenta justificarse. La guerra implica, en todos los casos, por ejemplo, la despersonalización del enemigo, la devaluación de la vida del otro hasta despojarlo de una equivalencia moral. Podríamos pensar en la manera como los nazis restaban valor a la humanidad de los judíos —un tema que por lo demás se discute en la novela— o en la forma como eran caracterizados los japoneses en las caricaturas de la II Guerra Mundial; en ambos casos (sin que digamos que sean casos equivalentes) eran caracterizados como subhumanos.

Yo tuve miedo cuando empecé a escribir a Müller; me parecía alguien marcado por la maldad y de alguna forma me sentí tocado por su influjo, pero además tuve el temor de justificarlo, porque a fin de cuentas en una de sus facetas es un abuelo bueno. Enfrenté el dilema moral comprendiendo que no es suficiente con ser bueno y actuar de la manera correcta en una parte de nuestra vida, sino que tenemos la obligación de hacerlo en todos los ámbitos en los que nuestra vida se desarrolla. Ese yo que se divide entre el bien y el mal está necesariamente signado por el mal, porque el mal es inevitablemente una fuerza corruptora y, en tanto que tal, eventualmente corrompe todo lo que toca. La banalidad del mal no transforma su naturaleza.


La historia atraviesa Vancouver, la Sudáfrica del apartheid, la Gran Canaria de posguerra y varias épocas de Caracas. ¿Qué buscaba al fragmentar geográfica y temporalmente la novela? ¿Quería que el lector reconstruyera la historia como quien reconstruye una memoria rota?

Decía Cavafis en Ítaca que al final lo importante no es el punto de llegada, sino el viaje. Mis personajes viajan a lo largo de un proceso de descubrimiento interior, una especie de búsqueda de sí mismos que los lleva a cuestionarse y, eventualmente, a transformarse. En ese sentido, el contraste geográfico busca servir de contrapunto para que el personaje se vea a sí mismo en función de aquello que es diferente o que le resulta incómodo.

Sin duda es algo que tiene que ver con mi propia experiencia migratoria; yo soy un venezolano que vive en Rostock, de manera que a mí los caribes se me convirtieron en bálticos. Yo voy al mar y veo otro azul, percibo otra temperatura, me encuentro con gaviotas que graznan en otro idioma, pero, incluso más importante, percibo una distancia cultural que me incomoda —y que hace bien en incomodarme—, una historia que no es la de los bucaneros asaltando la costa, sino la de la construcción hanseática. Todo lo cual me obliga a reflexionar.

Yo pretendo someter a mis personajes a la misma incomodidad, a una búsqueda sobre un mapa inconcluso, a brújulas que no siempre apuntan al norte. De manera que el personaje tenga que buscarse a sí mismo sin saber muy bien desde dónde alumbran los faros. Se trata de una estructura de capas que es al mismo tiempo geográfica y cultural, en la que el personaje descubre al tiempo que se descubre, y que le pide al lector seguir el rastro que esa geografía va dejando a lo largo de la trama y en la manera como los personajes se transforman; un poco siguiendo —me acabo de dar cuenta— la estructura narrativa de la Odisea o de El Quijote. Acá no hay nada nuevo, aunque en realidad nunca hay nada nuevo. Siempre me asombra, por cierto, cómo juega el inconsciente en todo esto; no en balde contaba Cortázar que a él le narraban sus cuentos.


Hay una relación muy poderosa entre memoria e identidad en la novela. ¿Somos realmente quienes creemos ser o somos también el resultado de los secretos, las mentiras y los silencios de quienes nos precedieron?

Cuando yo era director en la Escuela de Comunicación Social de la UCV solía decir, en son de broma, que yo no era tan bueno como afirmaba ni tan malo como decían mis enemigos. Supongo que uno nunca es lo que dice ser o lo que cree que es; nuestra mirada sobre nosotros mismos está siempre mediada por nuestra capacidad de vernos. Hay una vieja fábula griega —no recuerdo si es de Esopo— según la cual los dioses crearon al hombre y a la mujer con un fardo al frente y uno a la espalda: en el del frente están los defectos de los otros, y en el de la espalda, los propios. Siempre me resultó una fábula aleccionadora. En cierto sentido somos lo que recordamos, pero también somos lo que hemos olvidado. Somos nuestra voz y nuestro silencio. Borges se quejaba en alguna entrevista sobre su primer libro, diciendo que se había arrepentido de escribirlo y que se había prometido —aunque nunca lo hizo— reembolsar el costo del libro a los compradores. La pregunta es si Borges pudiera existir sin que ese libro existiese, o si ese libro era necesario para que llegara a ser quien llegó a ser.

Nuestras vidas están siempre llenas de retazos, de posibilidades perdidas, de posibilidades que jamás se materializaron, de los planes que cumplimos y de los que no. Nuestra identidad nunca es un dato fijo, es una ruta en construcción; luego, podríamos decir que nuestra identidad no es solo la narrativa que nos cuenta, sino la acumulación de historias que contamos y que otros cuentan sobre nosotros. Y eso que nos contamos y que se cuenta no está exento de una narrativa mayor que nos coloca en el centro de una experiencia humana.

Somos seres que viven en asociación y que pertenecemos a una familia; a mí me asombra la cantidad de comportamientos familiares, rituales y creencias que se van reproduciendo entre una generación y otra. Yo no podría decir que soy simplemente porque fui engendrado por mi padre; tendría que decir, además, que soy porque fui protegido por una familia que me enseñó una forma de ser en el mundo, que generó un influjo que dejó una marca cultural con un peso casi genético o generativo en la construcción de, como diría Uslar Pietri, el hombre que voy siendo.


El protagonista investiga su propia historia familiar casi como un detective. ¿En qué momento una investigación histórica se convierte, para un escritor, en una investigación literaria? ¿Qué tuvo que inventar y qué necesitó documentar rigurosamente?

Creo que toda obra literaria nace en principio de la inspiración; en mi caso empieza siendo una intuición difusa, hay un tema que parece interesante y que no sé muy bien cómo abordar. A partir de allí se desarrolla un primer acto reflexivo que responde a la pregunta: “¿Qué es realmente lo que quiero narrar?”. Pero todavía allí no hay nada claro; es necesario determinar dónde se desarrolla la historia y después el cómo, y es allí precisamente donde empieza, en mi caso, el proceso de investigación. Diría que se trata de dos procesos: el primero, que es más instintivo o inconsciente —no planifico demasiado, más bien me dejo llevar en el proceso de modelar a los personajes, definir su personalidad o estructurar la trama—, y otro más sistemático que implica una búsqueda documental de datos históricos o geográficos.

Yo sabía por ejemplo que Müller debía escapar, pero nunca tuve muy claro cómo iba a hacerlo. Investigué cuidadosamente lo relacionado con las posibles rutas clandestinas a través de las cuales podía abandonar Europa. Esa fue, digamos, la primera dimensión del asunto; a partir de allí investigué la geografía, las poblaciones y sus costumbres, sus características etnoculturales, el tipo de vehículo y la situación política. Lo mismo sucede en paralelo con la historia del nieto que está en Canadá. Además, se hizo una investigación acerca de instrumentos musicales, partituras e historia de la música; víctima de mi propia ignorancia, en una primera versión señalé que la violinista colocaba sus dedos sobre los trastes del violín, luego averigüé que los violines no tienen trastes. La imaginación complementa la investigación y luego se despliega: los personajes son ficticios, pero recogen características reales de personas que alguna vez conocí, aunque no se presentan en forma pura, sino que son una mezcla alquímica de características y personas diversas.

De alguna manera creo que toda obra literaria es una obra autobiográfica que habla de quienes somos, de nuestra forma de ver el mundo, de nuestras aspiraciones y miedos, etc. Lo más cercano a la experiencia ya está ahí y —voy a ponerlo de esta manera— se moldea desde la arcilla; lo más lejano requiere investigación. Y siempre hay mucho que pertenece a lo que uno ha leído: la manera como Javier descubre el misterio está tomada conscientemente de las lecturas de Sherlock Holmes y de El nombre de la rosa, e inconscientemente, con seguridad, de algunas otras lecturas.


La presencia del nazismo podría haber convertido la novela en una narración histórica. Sin embargo, por lo que plantea la historia, parece utilizar el nazismo para hablar de algo mucho más amplio: la capacidad humana para el bien y para el mal. ¿Es esa contradicción moral el verdadero centro de la novela?

Vivimos tiempos muy complicados, y a mí me preocupa mucho la manera como los radicalismos intentan reposicionarse a nivel global, siempre bajo el ropaje de estar actuando a favor del bien común; nadie reconoce su propia maldad real o potencial. El nazismo está presente en la novela como una manifestación del mal, pero en lo personal estoy consciente de que no es más que una de sus formas posibles. En ese sentido, no estamos ante una novela histórica, estamos ante una novela que explora nuestra capacidad para hacer daño y justificarlo, y la presencia del bien como antídoto; una obra que reconoce con Nussbaum que el bien tiende a ser frágil, lo que nos obliga a trabajar en favor de la verdad y desde allí tratar de construir mecanismos para preservarlo, lo que a mi criterio no es otra cosa que preservar las posibilidades de una convivencia ordenada y pacífica en un ámbito cooperativo, justo, amplio e inclusivo.

En efecto, el eje moral de la novela es la contraposición del bien y el mal, bajo el criterio de certidumbre de que el bien no siempre gana. En ese punto nos alejamos de la lógica infantil del heroísmo clásico en el cual los buenos siempre salen victoriosos, o lo político se define como una lucha espiritual entre el bien y el mal; en realidad no existe tal cosa. Lo que sí existe es la posibilidad de construir espacios para lo común donde podamos tratarnos de manera respetuosa y donde podamos caber todos conviviendo con criterios de equidad.

Diría que los malos ganan si los dejamos ganar, pero que incluso a veces esa frontera se hace difusa bajo situaciones de complejidad. En la novela esa línea se traza con una facilidad relativa; en la vida real, a veces, lo que sí es mucho más difícil, se requiere una acción permanente en busca de la verdad, un distanciamiento de la ideología y una consulta a fuentes diversas antes de construir una opinión. Lo que a fin de cuentas supone un cuestionamiento socrático sobre nuestras convicciones: partir de la idea de que seguramente estemos equivocados para, a partir de allí, descubrir dónde habita el bien.


Venezuela aparece como uno de los lugares donde un hombre con un pasado terrible consigue reinventarse. ¿Qué le interesaba explorar sobre la capacidad de una sociedad para recibir, ocultar o incluso olvidar el pasado de quienes llegan a ella?

Fueron muchos los miembros del partido nazi que consiguieron refugio en América Latina. Los casos del Cono Sur están muy bien documentados, y mucho menos los de quienes consiguieron refugio en el centro y el norte del continente. Aunque los casos venezolanos son menos conocidos y peor documentados, no es posible pensar que Venezuela escapó a ese fenómeno. Ahora bien, fueron gentes que comúnmente escondieron su identidad y funcionaron en un rango de normalidad en las sociedades de acogida; se convirtieron en buenos vecinos, en padres de familia ejemplares, en compañeros de juergas, socios de club o buenos trabajadores.

Muchos de ellos vivieron un doble desarraigo: la separación de la patria tras la derrota y la reconstrucción de una identidad tratando de dejar atrás su pasado. Venezuela fue, hasta la crisis más reciente, un lugar de acogida. En la década de los cincuenta el país abrió sus puertas a la migración europea; así, por ejemplo, fueron los migrantes italianos los que construyeron los grandes edificios que empezaron a verse en aquella Caracas de los techos rojos. El país recibió a judíos que muchos otros se habían negado a recibir, y hay una hermosa historia del buque Caribia recibiendo el beneplácito del gobierno para atracar en Puerto Cabello, y cómo los lugareños encendieron lámparas para alumbrar el camino en la madrugada. Nunca nadie preguntó por el pasado de estas personas; se presumía su honestidad, se les brindaba cobijo.

Vivimos en una sociedad mucho más compleja y mucho menos ingenua, donde existe una mayor resistencia hacia el extranjero, cuando no abiertamente algo de microrracismo o —algo que odio— la actitud condescendiente del “míralo, pobrecito”, que es otra forma de descalificación que no reconoce méritos ni da la oportunidad de demostrarlos. Esto supone, aun desde la buena fe, una restricción de la autonomía que reduce al otro a la lástima o al desprecio como práctica de un racismo paternalista. Me interesaba explorar ese proceso que permite que alguien de otro lugar se integre a una nueva sociedad, se incorpore, y contrastar mi propia experiencia como migrante con la de los personajes.


Su formación como académico y politólogo inevitablemente dialoga con su condición de novelista. ¿Tuvo que luchar contra el impulso de explicar históricamente los hechos para dejar que fueran los personajes y la ficción quienes hablaran?

Hay una primera novela fallida que intentó ser novela y terminó siendo un muy mal ensayo académico, pero también una gran lección sobre cómo no había que hacerlo. No soy como Sábato y no quemo las cosas que escribo, aunque reconozco que la mayoría de mis páginas no merecen existir. En todo caso, hay una tensión constante entre la reflexión académica y el trabajo de ficción que me obliga a restringir duramente el ejercicio de explicarlo todo, a permitir que el lector descubra por sí mismo aquello que debe descifrar, en lugar de trabajar con las ideas y desmenuzarlas cuando es mejor no hacerlo. Esa es una tensión derivada de muchos años de trabajo docente y de investigación; al final uno no puede negar lo que es, aunque uno no sepa bien lo que es.

Cuando hablaba de tribus africanas quería hacer un estudio etnográfico; cuando hablaba del oro sudafricano quería determinar su pureza; cuando íbamos por el Atlántico quería revisar las cartas de navegación. Como diría Joaquín Sabina, uno es uno y sus vicios.


Después de escribir la novela, ¿cambió su propia percepción sobre la naturaleza humana? Porque una de las preguntas que parece quedar flotando después de la historia es quizá la más incómoda de todas: ¿cómo puede una misma persona ser capaz de amar profundamente y, al mismo tiempo, participar en la crueldad?

A mí siempre me asombró el carácter dual de la naturaleza humana; somos capaces de actos de heroísmo y entrega extraordinarios, así como de actos profundamente egoístas y malvados. Somos capaces de ir a la guerra, pero también de crear verdaderas obras de arte en su contra; pienso, por ejemplo, en el Guernica. Me asombra la ternura con la que una madre puede decir el nombre de sus hijos y la fiereza con la que puede defenderlos. Somos seres duales y muchas veces somos, como diría Ortega y Gasset, uno con nuestras circunstancias.

Diría que el contexto siempre juega un papel al determinar quiénes somos y lo que somos; y, en efecto, más que dar respuestas, la novela busca plantear preguntas y reflexiones al mismo tiempo que entretener. Quizás el lector descubra —es a lo que todo libro aspira— sus propias claves. Yo, por los momentos, no tengo más respuestas. Solo la misma esperanza de Cortázar: que la novela encuentre complicidad con sus lectores y que sean estos quienes la cuestionen.

Las rebeldías necesarias… La novela negra cubana

Escritores cubanos de novela negra más reconocidos: Ignacio Cárdenas Acuña, Leonardo Padura, Daniel Chavarría, José Latour, Rodrolfo Pérez Valero, Justo Vasco, Amir Valle, Lorenzo Lunar Cardedo, Roberto Estrada Bourgeois, Vladimir Hernández, Álex Padrón, Rafael Grillo, Rigoberto Menéndez Paredes, David Martínez Balsa y Oscar F. Ortiz

Proemio

En el año 2002, en una de las ruedas de discusión pública de la Semana Negra de Gijón, fui testigo de cómo importantes escritores, críticos, académicos y periodistas especializados en la novela negra llegaban al consenso de que la resonancia internacional que estaba alcanzando este género se debía a la crisis de falsedad y conveniencias sucias que impedían el desarrollo de un verdadero periodismo crítico, a la crisis de superficialidad y manipulación histórica de la mayoría de los medios encargados de analizar y difundir el legado de la Historia de los últimos (al menos) 50 años y al deseo innato del lector (de las personas en general) de ver reflejados sus problemas y los problemas de su sociedad en la literatura. Recuerdo que Paco Ignacio Taibo II aseguró que la novela negra era la novela costumbrista de la actualidad y que quien quisiera saber lo que realmente sucedía en nuestras sociedades debería convertirse en un lector de la novela negra que se estaba escribiendo en América Latina, España y algunos países de Europa. Una novela negra, decía, que tomaba como pretexto algún enigma, algún crimen, algún delito para hacer una profunda incisión analítica en el alma podrida de la sociedad.

La realidad, diez años después, ha cambiado totalmente. Luego de un período de rechazo al género, considerado menor, las aguas se desbordaron hasta el punto de que hoy es prácticamente imposible encontrar una novela que no acuda a los estamentos establecidos por el género y, lamentablemente, como me comentara recientemente un clásico del género, el español Juan Madrid: “la lista de escritores de novela negra es más larga que la lista de los lectores”. Y así, basta ver todo lo que se publica, el profundo impacto que tuvo la novela negra hoy es sólo una caricatura y el género es, otra vez salvo rarísimas excepciones, un estante lleno de libros mal escritos, que pretenden “ocuparse de la realidad” mostrándola como una caricatura, observada superficialmente y con engolados y falsos pronunciamientos críticos. Así, de un estallido de buena literatura, seguidora fiel de los estamentos del género y cuyas rupturas apuntaban siempre a ofrecer una lectura analítica, profunda, crítica y humanista de la realidad, hemos llegado a un momento en que la mayor parte de lo que se publica en Estados Unidos y Europa es pura literatura de entretenimiento.

En América Latina, donde ya comienzan a verse los primeros síntomas de esa pandemia de tonterías noveladas, aún prevalece el concepto de la novela negra como medio de expresión de la depauperación moral, política, económica y social de esos países, básicamente (para citar los países con más desarrollo en el género) en los novelistas colombianos, mexicanos, y argentinos. ¿Sucede lo mismo en Cuba? ¿Es atinado, como escuché hace unos meses, comparar el estado de la novela negra cubana con el que actualmente existe, de modo predominante, en España? O aún más: ¿están afectados los novelistas “negrocriminales” cubanos por esa pandemia entontecedora que, salvo rarísimas excepciones, está convirtiendo la novela negra en el escenario de farsas o remedos superficiales de las demoledoras contradicciones que afectan a Estados Unidos y los países Europeos?

La respuesta, basada en esos hechos que saltan desde las novelas negras cubanas publicadas en los últimos 10 años bajo el rótulo del género, apunta al peor de los escenarios. Lamentablemente, ni siquiera los más prestigiosos y reconocidos escritores cubanos, han logrado imponer al género, según diría también Paco Ignacio Taibo II en el 2003, “como el termómetro más fino para medir el estado de putrefacción de nuestras sociedades”.  En unos casos (los escritores “negrocriminales” de la isla) por no tener idea de qué cosa es el género negro, publicando cualquier obra bajo ese rótulo o publicando novelas que, pese a ser muy publicitadas, están a cien años luz de la realidad a la cual pretenden reflejar; y en otros casos (los escritores ““negrocriminales” del exilio) por un grupo de limitaciones que van desde la escritura rabiosa contra el sistema (que convierten muchas de esas novelas en verdaderos panfletos) y luego de un enorme Via Crucis terminan bajo las plantas de muchos de esos males que rodean al exiliado. En ambos casos, es justo decirlo, hay autores que logran salvarse de estas trampas y han escrito obras de indudable valía dentro del género y, por consiguiente, dentro del ámbito de las letras cubanas.

Un bojeo por el desarrollo del género en la isla es necesario. Y ese bojeo tiene que ver con la reelaboración de la ciudad, de lo urbano como entorno de la marginalidad. 


Ciudad, marginalidad e Historia

El ámbito de lo citadino, de lo urbano, en la narrativa cubana escrita en la isla en los últimos 30 años, cambia totalmente de esencia a partir de la publicación de las novelas que integran la tetralogía “Las cuatro estaciones”, de Leonardo Padura, y se abre paso, según la crítica literaria, a un proceso de:

 “atomización de la marginalidad y la entrada al escenario cultural isleño de un enfrentamiento tirante entre los códigos artísticos impuestos por los influjos políticos, económicos y sociales de la megahistoria y los códigos de supervivencia social de un ente que comenzaría a denominarse Marginalia, retomando la contienda iniciada en los primeros años del proceso revolucionario, a nivel cultural, con obras como PM en el cine, Andoba en el teatro y la llamada narrativa de la violencia (básicamente los sectores y códigos de marginalidad introducidos por Eduardo Heras, Jesús Díaz y Norberto Fuentes en sus relatos); un proceso truncado por conveniencias y miedos políticos, como bien ya se sabe”1.

A mediados de los 80 del pasado siglo XX serían las artes plásticas, el teatro, la literatura y el cine, en ese orden, los protagonistas de un nuevo estallido de rebeldía, otra vez recogiendo el pendón de los perdedores en décadas anteriores y planteando sus tesis discursivas y expresivas bajo un nuevo entorno: la repulsa que en tanto cosmovisión intelectual y creativa comenzara a recibir, desde principios del 80, primero tímidamente y luego con total desparpajo, el intento de imponer en los entonces países socialistas los códigos estéticos del Realismo Socialista como única vía para acceder y comprender la realidad social de esos países.

En esos caminos, dentro de las letras cubanas, fueron diferenciándose (podría decirse, rebelándose) obras como Siempre la muerte, su paso breve, de Reynaldo González (el aislamiento en la marginalidad rural como rebeldía social), El pan dormido, de José Soler Puig (el rescate de la memoria marginal para el presente), Noche de fósforos y Campamento de Artillería, de Rafael Soler (los nuevos códigos de rebeldía marginal en los jóvenes revolucionarios), algunas novelas del binomio Justo Vasco-Daniel Chavarría (la adopción desbordada de los lenguajes y el habla marginal), los libros de cuentos Donjuanes, de Reinaldo Montero, Habanecer, de Luis Manuel García y Se permuta esta casa, de Guillermo Vidal (trío esencial para entender los nuevos acercamientos, de mediados del 80, a la realidad social y, dentro de esta a los diversos modos de la fauna y el pensamiento marginal citadino y rural), hasta llegar a la eclosión de la cuentística de los narradores del 90, como “caldo de cultivo y espacio preponderante para el ascenso hasta la cima actual del conflicto megahistoria vs marginalia”2.  

Durante la década del 90, la tetralogía de Padura, esta vez desde la perspectiva del género conocido internacionalmente como novela negra, o “neopolicial” (término acuñado por Paco Ignacio Taibo II para diferenciar el comportamiento de esta modalidad en América Latina), como parte de ese conflicto ya habitual entre la megahistoria y la marginalia, remueve los cimientos fundacionales de esa mirada específica que había existido en nuestras letras para los conceptos “ciudad” e “individuo social como ente literario” desde que el clásico Ramón Meza los realzara en su novela Mi tío el empleado. Referirse a estos dos conceptos, y a sus cambios dentro de las letras cubanas, resulta vital, en tanto son considerados por la crítica especializada como los dos aspectos distintivos, diferenciadores y tipificadores de la actual novela negra o neopolicial cubano.

Puede hablarse, entonces, de un reencuentro, de un giro completo de la rueca, de una vuelta a los orígenes. Y es que dicho concepto, que aparece ya en las novelas de Cirilo Villaverde (1812-1894: Cecilia Valdés y La joven de la flecha de oro) y Emilio Bacardí (1844-1922: Vía Crucis y Doña Guiomar), aunque en forma aislada y esporádica, alcanza su plenitud fenoménica en los relatos y la novela de Ramón Meza, y en algunas piezas ya clásicas de la novelística y la cuentística de Miguel de Carrión (Las honradas y Las impuras), Carlos Loveira (Los inmorales y Juan Criollo), para terminar de alzarse en ese monumento de la nueva ciudad vista desde la cárcel que es Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro.

“…los sociólogos hablan de una pirámide social. Arriba, en lo estrecho, en la punta, están los ricos, los que rigen los destinos. Abajo, en la amplia base, están los pobres, los dueños de los destinos que han de ser regidos. En el borde inferior de esa pirámide, en el rincón más invisible, el más oscuro, está la sociedad marginal. Se ha dicho que es una tesis opresiva, esgrimida por el poder, desde el poder, para mantener su status. (…) …otra tesis suele ser más real: la pirámide invertida. Arriba, en lo ancho, en su rincón sólo en apariencia invisible la marginalidad rige. Al centro, la marginalidad rige. En la punta, donde los ricos siguen rigiendo los destinos ajenos, la marginalidad es asqueante.

No estamos hablando ya de ese bajo mundo, de esa entidad universal llamada bajo mundo, perfectamente localizable antes en nuestras sociedades, donde se mantuvo viva generando sus propios códigos de honor, sus reglas de convivencia, su lenguaje evasivo, sus historias. Decimos más: ese bajo mundo se ha extendido a toda la sociedad. La nueva ciudad latinoamericana real, entonces, es una sociedad marginal: los ricos y los políticos, con sus vicios y su doble moral, son marginales; eso que llaman “pueblo”, por su necesidad de sobrevivir bajo toda circunstancia es marginal; el aire que se respira, viciado con los vicios que tradicionalmente destinamos a la marginalidad, es también marginal. Todos somos marginales bajo ese concepto3.

En simples palabras: en esas novelas de finales del siglo XIX y principios del XX comienza la actuación de una ciudad sumergida, marginal no por elección sino por consecuencia, por fatalismo; una ciudad que discurre en los mismos marcos temporales de esa otra ciudad mucho más novelada que habla de la gran sociedad, los grandes problemas de la alta realeza y de un modo más englobador e histórico. Asistimos a la ciudad que habitan los perdedores (cambio en el concepto de individuo social como ente literario), esos que el mexicano Mariano Azuela llamaría “los de abajo”; una ciudad con leyes propias, con caminos oscuros, y un mundo novelable cargado de bajas pasiones y conflictos humanos terribles, inimaginables para una sociedad que pretende erigirse en modelo ante la humanidad.

Ciudad abandonada (en tratamiento literario y calidad del tratamiento literario), salvo ilustres excepciones (algunos cuentos de Lino Novás Calvo, de Antonio Benítez Rojo y la novela Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante) para priorizar un acercamiento historizador al concepto “ciudad”, básicamente influenciado este cambio por la fuerza conceptual que este término (en contraposición a la narrativa indigenista y rural latinoamericana) adquirió durante el florecimiento del boom: la ciudad era, también, una bestia histórica que habría de ficcionarse desde una perspectiva que encerrara el fenómeno social de una época más que esos pequeños estadios de algún modo marginales para ese gran entorno socio-histórico; cuando aparecían (recuérdese, por ejemplo, algunos sectores de Conversación en la Catedral, de Vargas Llosa; La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes o  El beso de la mujer araña, de Manuel Puig) debían hacerlo insertados como piezas dentro del rompecabezas social (y representativo de los estratos sociales) armado por el autor en cada obra, buscando lo que se conoció como “Novela Mundo” o “Novela Total”.

El llamado postboom, salvo la inserción en el cuerpo novelado de técnicas, procedimientos y recursos expresivos de los lenguajes del fenómeno conocido como postmodernidad y del resquebrajamiento de la idea de “Novela Total” hacia la recreación novelada de universos independientes, mantuvo inalterable (pues los cambios no resultan significativos) este concepto.

Es la llamada “Narrativa latinoamericana de los 90”, que comenzó a dibujarse estéticamente en las antologías de cuentos MC Ondo (1966), compiladas por los narradores chilenos Alberto Fuguet y Sergio Gómez; y Líneas Aéreas (1999), publicada por la editorial española Lengua de Trapo, la que entroniza dentro del discurso narrativo latinoamericano un nuevo concepto de ciudad, pues “enfrentan el ámbito alucinatorio de Macondo a un McOndo para ellos igualmente sugerente y rico donde reinan los McDonalds, los condominios y los orde­nadores Macintosh; frente a los alucinantes Buendía, el no menos alucinante dúo musical Pimpinela, el Chapulín Colorado y los culebrones televisivos; frente a la naturaleza indómita, los gigantes­cos malls y el smog de las grandes urbes. (…)

Y es esta ciudad el escenario donde los protagonistas no pertenecen a esos seres que habitan (y hacen) la historia, sino a esos otros que la padecen y agonizan bajo sus oleadas usualmente devastadoras, según el hálito destructor de los nuevos tiempos. Prostitutas, asesinos, ladrones, pobres sin esperanza, jóvenes drogadictos y desilusionados de sus países y sociedades; habitantes, en fin, de los mundos oscuros de la perdición marginal, se convierten en los protagonistas de las historias literarias del presente de los años 90 y hasta hoy.

A esa ciudad se circunscribe toda la novelística de Leonardo Padura. Su irreverencia nace de una mirada distinta al concepto ciudad de toda la novela policial cubana que le antecedió, aún cuando haya ciertos matices del cambio que ya eran visibles en las novelas del binomio Justo Vasco y Daniel Chavarría, específicamente en la apropiación que hacen, para el lenguaje literario y para la construcción de tipologías humanas de la marginalidad, del léxico marginal característico en el mundo marginal de la Cuba socialista; una terminología enriquecida por la mixturización de los cubanismos típicos de los humildes con la adopción de códigos extraídos de las lenguas autóctonas africanas de las religiones afrocubanas y con la jugada magistral que significa el empleo del humor y el gracejo lingüístico en función del humor, también característico de la idiosincrasia del cubano.

Lo interesante de este planteamiento es que, de no existir Chavarría, Vasco, Padura  (sin olvidar los aportes que para el género lograron en algunas novelas Luis Rogelio Nogueras, José Latour y Luis Adrián Betancourt, básicamente), el camino de la actual novela negra cubana hubiera tenido que someterse a una ruptura dramática con el canon establecido en los setenta para el género, pues no de otro modo llegaría a los presentes niveles de configuración de un universo novelado típico, distintivo, redefinidor de toda la novelística cubana de los 90 y fin de siglo XX: ellos fueron esencialmente, la puerta y el puente.

No puede olvidarse: el entramado socio-político y cultural cubano de la isla se vio conmovido por la nueva propuesta genérica de Padura para la novela policial (anteriormente signada por los estereotipos y los esquemas ideologizantes que alimentaron la literatura cubana propugnados por los ideólogos culturales de la Revolución). Aún cuando este modelo ya había dado pruebas de su fracaso e inicio de fenecimiento en el momento en que Padura publica la primera novela de la serie, no puede nadie negar que sus planteamientos y su incisión crítica en asuntos de primera envergadura en la sociedad cubana de los 90 fue un hachazo demoledor a los viejos conceptos: por un lado, demostró que podía escribirse sobre ciertos temas espinosos sin habitar una disidencia política y literaria (de moda en esos años); y por otro lado, puso sobre el tapete de la crítica cubana la demostración de que ciertos temas escabrosos (usualmente considerados gastados y tan mediatos que no permitían la suficiente distancia literaria para la escritura) podían ser esgrimidos en una obra, siempre y cuando se hiciera desde una perspectiva estética donde la lectura crítica del arte sobre lo narrado no fuera el objeto sino una derivación (tal vez última) de éste.

En un franco proceso de reatrolimentación, la novelística de quienes desde entonces encabezan el neopolicial cubano: “Padura, Chavarría, Justo Vasco, Latour, Amir Valle y Lorenzo Lunar son las voces más interesantes de este fenómeno en la isla”4, sirvió de puente, a su vez, a la expansión de un género que se impone en los escenarios culturales cubanos a pesar de la reticencia y la desconfianza de las autoridades políticas, evidente en las muy escasas obras publicadas por editoriales nacionales que obvian soberanamente la explosión creativa en este terreno, y evidente también en la todavía más ausente promoción (exceptuando el caso de Chavarría y Padura, con diferencias incluso que favorecen al primero). Acostumbrados a la falta de un discurso intelectual, los editores suelen retomar el ya caduco criterio (la realidad y los estudios literarios han probado su caducidad) de que se trata de obras de un “género menor”. De ese modo, la actual contienda megahistoria vs marginalia (donde la literatura suele ganar, dentro y fuera de la isla, pequeñas pero esenciales batallas al poder político y mediático del sistema) se produce, además, al nivel de los individuos actuantes como adversarios en aquella lidia mayor: políticos/funcionarios culturales vs escritores.

Veamos ahora un aspecto del cambio la perspectiva hasta aquí comentada y la actual: Según Leonardo Padura, el más destacado de los creadores “negrocriminales” cubanos, hay seis aspectos que no pueden dejarse de lado a la hora de abordar la escritura de una novela negra:

“Los clichés saltan por los aires. Mujeres fatales, atmósferas hechas de humo denso y un hombre sentado en el ángulo más oscuro del local, que siempre resuelve el caso pero, indefectiblemente, pierde en lo personal. Son ingredientes afianzados en la tradición del género que Padura aconseja utilizar con una «perspectiva posmoderna». «Yo los utilizo sabiendo que son clichés. Están en mis libros, pero no como una parte fundamental, sino como un guiño al lector; son parte del juego literario».

La novela negra tiene banda sonora. Si el jazz envolvía las cuitas de Santiago Biralbo en El invierno en Lisboa de Antonio Muñoz Molina y el Bernard Gunter de Philip Kerr rumiaba sus preocupaciones a ritmo de tango en los locales más decadentes de Buenos Aires en Esa llama misteriosa, la música no es menos relevante para Padura. «La música es importantísima en la novela policiaca», asegura. En su caso, las historias transcurren en Cuba y allí, explica el autor, «la música es una presencia constante». «Mario Conde tiene una relación nostálgica con la música de los años 60, que a Cuba llegó con retraso. En cinco de las novelas discute con su amigo el flaco sobre qué van a escuchar en un momento determinado, Beatles o Rolling Stones, al final, eligen a la Creedence».

Una forma astuta de cometer un delito no basta. No hay que quedarse en la mera anécdota. «El escritor se puede quedar en el ingenio, en la superficie, o profundizar en la vida, la sociedad y la Historia; cualquiera de los grandes asuntos de la literatura pueden abordarse desde la novela negra, que es muy dúctil». Y recuerda que su novela Pasado perfecto trata de la nostalgia y la memoria; Vientos de cuaresma, del amor, y la marginación y el engaño se abordan en Máscaras y Paisajes de otoño.

El lector se identifica con el antihéroe. «Es clave tener un personaje que exprese un punto de vista ético, social y humano, y que tenga una mirada propia sobre un contexto determinado». Y hay que conseguir que el lector se identifique con él, incluso en los aspectos de antihéroe. «Son personajes con un sentido ético peculiar». Para Padura, su Mario Conde es un nieto del Marlowe de Raymond Chandler y un hijo del Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán. El resultado, un personaje «de mirada crítica e ironía desencantada».

Romper las estructuras. El autor invita a jugar al despiste con el lector. «Hay que conocer las reglas del juego, hacer un ejercicio racional y romperlas. En casi todos los casos se cuenta la historia según el esquema del principio, desarrollo, clima y desenlace; pero a veces conviene violar esas estructuras». Como ejemplo recurre a su novela La neblina del ayer: «el crimen se comete a la mitad de la historia».

Huir de lo maniqueo. Ningún lugar físico ni ningún espacio moral está libre de albergar el delito. «Hay que mover las líneas entre buenos y malos», explica el autor, que habla de policías corruptos, y recorre en sus tramas desde los barrios marginales hasta los de clase alta. «Trato la degradación de ciertas formas de pensar y actuar de un sector de la población que debería ser representante del ideal revolucionario y que, sin embargo, se aprovecha de su posición para obtener ciertos beneficios».

De los seis aspectos, cuatro apuntan al divertimento y sólo dos, y de modo muy superficial, a los ámbitos de la novela negra como una mirada escrutadora y crítica sobre la realidad. A Padura, bien lo hemos conversado él y yo algunas veces, le ha funcionado de maravillas, pero esta sugerencia (que estoy seguro seguirán muchos nuevos escritores porque Padura es, sin dudas, uno de los más respetados líderes de opinión de las letras cubanas actuales) no puede considerarse ni mínimamente un acercamiento al camino que ha permitido esos verdaderos logros que han hecho que la novela negra cubana sea considerada como una de las más sólidas a nivel internacional, a pesar del tamaño de la isla y de que son pocos los escritores del género que han logrado reconocimiento más allá del país desde el cual escriben, sea Cuba o algún otro de la diáspora cubana.

La referencia primera de ese logro es clara: la demostración mediante esa novelística de la ausencia del libre albedrío social dentro de esa ciudad (léase la verdadera Cuba, no la de los posters turísticos). Es más que una tesis: las vibraciones de la ciudad son iguales para todos los individuos que la integran, aún cuando la percepción dependa del estrato social en el cual se respire. Sus personajes, todos, sin distinción, están condenados a sufrir esas vibraciones que son, en esencia, la de una ciudad con todos sus eslabones en crisis. Y la transmisión de esa crisis a sus propias vidas es parte del entorno psicológico de los personajes, remarcadas por el hecho de que ese fatalismo, esa falta de libertad individual, esa frustración social no cae, precisamente, del cielo, sino que llega del entorno político social en el cual gravita esa ciudad y ese individuo.

“La fuerza de la novela negra cubana, y llamo la atención sobre las novelas de Padura (La neblina del ayer), Amir Valle (Santuario de sombras) y Lorenzo Lunar (Polvo en el viento), se halla en que muestran la realidad cubana al desnudo, sin mordazas, armando escena a escena una ciudad sumergida, un mundo en el cual nada es en blanco y negro y todo está grabado a fuego por la uniformidad social ideológicamente obligatoria de la cual tratan de escapar los personajes, por las olas agrias de la marginalidad ensuciando todas las calles y todos los ambientes, y por la sublevación moral clandestina de los protagonistas, sean víctimas, victimarios o simples figurantes”5.

La referencia segunda (algo que también puede encontrarse en la narrativa de Rubem Fonseca, Manuel Vázquez Montalbán, Ricardo Piglia, Paco Ignacio Taibo II, Juan Madrid, y muchos otros): la marginalización de lo humano, asunto típico y ya autóctono en la ciudad y la sociedad moderna (no puede olvidarse que Cuba lo es, pese a sus atrasos en otras materias); un trauma social mediante “el cual el ser humano regresa al animal, a la brutalidad del animal, a la lucha por la supervivencia del animal, a las trampas y las costumbres irracionales del animal”6.

Aunque resulte incómoda para los ideólogos de la “perfecta sociedad cubana,” la “animalia” que puebla las páginas de esos libros es una fauna compleja, representativa de esa otra fauna que habita en la realidad del cubano de a pie; un mar de personajes muy cubanos (y muy cubanizados por sus incidencias en la realidad marginal) que no ofrecen más alternativa al lector que la de mirarse en el espejo de sus propios fracasos, lo que es, sin dudas, una de las más profundas reflexiones sobre las pérdidas de valores humanos y sociales en la Cuba de hoy. Esos personajes y sus conflictos más íntimos muestran el eterno pero invisible batallar entre la Megahistoria corruptora (la Revolución Cubana y su influjo en la sociedad y la vida íntima del cubano) contra la microhistoria más insignificante del hombre en la sociedad moderna (el modo en que se desenvuelve y lucha por sus sueños, aspiraciones, libertades si les quedan); enseña (como sucede en otras grandes novelas y otros grandes autores) que los momentos de crisis más terribles de la sociedad pueden ser observados mejor desde la particularidad de una vida.


Coda

Retomar las preguntas iniciales, ante todo lo anterior, es un reto. La novela negra cubana actual, por desgracia, muestra una realidad que, salvo algunas pequeñas fragmentaciones o escenarios, sólo ocurre en el ámbito literario que encierran sus páginas y es un verdadero muestrario de alienación literaria con respecto a esa realidad. . Mientras algunos sigan empeñados en escribir de “malos y buenos”, al estilo del peor realismo socialista cubano de aquella literatura policial que plagó las librerías de bodrios literarios; mientras otros yerren intentando “dignificar” el género con una supuesta mejor factura literaria que la equipare a las creaciones lezamianas y carpenterianas (he escuchado a algunos “escritores de élite” decir, por ejemplo, que Padura es un escritor con éxito de un género menor); mientras otros sigan desconociendo que el género tiene reglas y condicionantes que han demostrado su valía por ya más de ochenta años y cientos de grandes escritores e intenten “innovar” obviando esas reglas; mientras la creación dentro de este género de libertades se asuma desde el miedo a la represión, la abulia crítica o desde la confrontación ideológica como premisa creativa, y mientras se olvide que la novela negra ha sido el Caballo de Troya de la literatura del siglo XX y lo que va del XXI, es decir, el género que ha dinamitado desde dentro todos los esquemas, convirtiéndose al mismo tiempo en un mecanismo perfecto de crítica a la sociedad y de comunicación con amplios sectores de la población (cosa que la literatura antes jamás había logrado, como sí lo logró, por ejemplo, el cine)…, mientras los narradores cubanos que emprenden la escritura de novela negra sigan recorriendo los errados caminos antes mencionados, seguiremos asistiendo al mismo escenario de la actualidad: un escenario de escasos autores y escasas obras válidas, en cualquiera de las orillas de “lo cubano”. 

Uno de los deberes del autor que aborde el género negro es el de vestir la piel del personaje que trata de retratar

ENTREVISTA CON EL ESCRITOR CUBANO DAVID MARTÍNEZ BALSA

POR ROLY ÁVALOS DÍAZ

¿Por qué tanto hincapié en abordar el género negro en tu obra? ¿Qué otras temáticas te obsesionan, además, como narrador?

El género negro siempre me ha llamado la atención, primero como lector y luego como escritor. Creo que es el género por excelencia que permite abrir mucho más el diapasón y profundizar en el aspecto psicológico de los personajes, especialmente los villanos, a quienes trato de retratar con la mayor autenticidad posible, en lugar de recurrir a la salida fácil y básica de catalogarlos de «malos» y punto, sin ir más allá. Muchos autores se resisten de mostrar las facetas más intrínsecas de una mente retorcida por temor a ser tachados ellos mismos de retorcidos, lo que a mi juicio, afecta muchísimo la verosimilitud del personaje y en consecuencia, de la historia en la que el mismo habita. Si vamos a la historia, no todos los criminales nacen ya con el instinto, a veces la vida y las circunstancias por las que transitan los dirigen a esos caminos; otros, en cambio, vienen ya con el potencial de llevar un camino torcido y tampoco reciben la ayuda o una serie de eventos los dirigen al camino oscuro. Y claro, también existen quienes nacen literalmente criminales y es muy difícil salvarlos. No obstante, considero que uno de los deberes del autor que aborde el género negro —y cualquier otro— es el de vestir la piel del personaje que trata de retratar, ser él o ella y vivir su vida, mostrarla, explicarla, sin miedo ni autocensuras por miedo a «ser mal visto».


En la novela Zil 131, publicada por Iliada Ediciones en 2024, has explorado con hondura el mismo género, con mayor profundidad. Tus personajes suelen tomar decisiones cuestionables y drásticas, a veces porque se sienten obligados. ¿Cuánto de ficción hay en tus libros y cuánto de realidad?

Aunque la ficción rige en mis escritos, siempre trato de buscar acercar mis historias al lector de forma tal que se le antojen lo más verosímiles posibles. En el caso de Zil 131, es una historia que versa esencialmente sobre la venganza y cuan lejos es capaz de llegar una persona para castigar a alguien que la dañó a un extremo irremediable. Creo que es una situación en la que podría hallarse cualquier ser humano, cuyas elecciones varían de persona en persona, pero tal vez algunos se puedan sentir identificados con el personaje y acompañarlo en su viaje junto a un asesino serial. Ahí entra en juego, una vez más, el trabajo exhaustivo en la historia y en los personajes, sin filtros, sin censuras y sin permitir que nuestros propios prejuicios atenten contra la autenticidad de la historia que llevamos al lector. El personaje obra de una manera que tal vez nos guste y tal vez no, pero debemos dejarlo desarrollarse solo, sin entorpecer su camino; contemplar e incentivar que eso suceda creo que es uno de los mayores placeres del proceso creativo.


Tanto en el cuento como la novela indagas en los rincones más sórdidos del ser humano. ¿Un escritor siempre debe poner los dedos en la llaga para hacer más creíble el relato?

Exacto. No debe reprimirse, como decía anteriormente. El autor debe consentir, dejar fluir, quitar del camino cualquier prejuicio, tanto de otros como el suyo propio y permitir desarrollarse, evolucionar o involucionar al personaje que ha creado, alcanzando así la coherencia y consistencia que aleja la historia del plano literario y la acerca más a la realidad, un detalle que el lector agradece.


Aunque el género negro tiene una larga tradición, ha hecho recorrido en ámbitos nacionales e internacionales, ¿crees que todavía precisa de mayor atención por parte de la crítica especializada?

Todavía queda mucho camino por recorrer en ese sentido. Sí, la literatura negra, que siempre ha estado ahí —muy importante esto y si vamos a la historia de la literatura, encontraremos ejemplos que datan de siglos atrás— está experimentando un auge, sobre todo en Latinoamérica, España y Estados Unidos. En Cuba también tenemos autores fenomenales del género negro, algunos radicados en el extranjero y otros todavía en la Isla, como Rafael Grillo y el recientemente fallecido Álex Padrón. Sin embargo, todavía hay editoriales o concursos, a nivel nacional e internacional, que menosprecian al género o le temen por la osadía de sus autores de tocar temas espinosos o abordar personajes polémicos. Triste que se pase por alto el nivel de oficio y destreza narrativa que se precisa para construir estos personajes e historias con la debida verosimilitud. Esperemos que eso cambie. No se puede dejar de reconocer que muchas editoriales sí dan cauce a las obras del género y mediante festivales, conferencias y eventos se le ha dado bastante promoción a la literatura negra, pero sin perder de vista tampoco que queda un largo tramo por recorrer y alcanzar una mayor visibilidad literaria, especialmente en los tiempos que vivimos, es una tarea titánica.


En tus redes sociales abundan las promociones sobre tus procesos creativos y sobre tu constante producción. Con «De ángeles está vacío el cielo» regresas al sello Ilíada Ediciones. Parece ser un libro de cuentos donde te asomas en otras zonas oscuras. ¿Cómo lo escribiste, hubo un proceso documentación? ¿Qué podremos encontrar los lectores?

«De ángeles está vacío el cielo» nació sin intención, o sea, no fue un libro planificado, al menos no en un principio. En aquel tiempo, había escrito dos novelas juveniles y pretendía tomar un reposo del proceso creativo. Sin embargo, cayó la idea de una oncóloga que va por un hospital asesinando a los pacientes terminales. Me gustó la premisa y escribí el cuento. Lo bauticé con el título que más adelante acabaría siendo el mismo del libro. Pensé que con ese primer cuento, acabaría la cosa, pero no, llegó una segunda idea, luego y otra y en aquel punto ya supe que no habría reposo de ningún tipo. Los cuentos pedían salir y debía darles cauce. Meses después, el libro estaría terminado, con diez relatos. Tampoco pude descansar mucho, tocaba la revisión y preparación del volumen para enviarlo a Iliada Ediciones, editorial a la que siempre tuve en mente proponérselo. Felizmente, aceptaron el libro y lo trabajaron con la excelencia que ya distingue a esta editorial.

El libro se mueve entre el género negro y lo cruel, con relatos que van desde lo carcelario, lo bélico, el noir, también su poco de humor negro y algo de realismo. Ya había incursionado en el género negro con mi libro de cuentos «Deambulantes» y más adelante fui un poco más lejos con la novela «Zil 131» (también publicada por Iliada Ediciones). Con este nuevo libro se imponía el reto de subir la parada, variar las temáticas y tratar de ofrecer al público lector un texto con la mayor variedad y calidad posibles. El veredicto de si lo logré o no queda en manos de quienes lean el cuaderno.

Varios de los cuentos del libro están dedicados a autores cuya obra admiro y a quienes considero amigos y maravillosas personas, como lo son Milho Montenegro, Ángel Santiesteban, Eric Flores Taylor y en especial, Rafael Grillo, a quien dedico el libro en su totalidad, por ser una figura clave del género negro, no solo como autor, sino como un auténtico erudito de la temática.

En «De ángeles está vacío el cielo», los lectores podrán encontrar de todo un poco, desde ángeles de la muerte, motines en una prisión, caníbales, la narración del hallazgo de un cadáver y su repercusión en el vecindario en el cual es encontrado, también hay duelos entre sicarios con un toque humorístico, tatuadores retorcidos y hasta un relato protagonizado por un ave de rapiña que se vuelve el aliado involuntario de un asesino en serie. Los cuentos son retorcidos, bastante oscuros e inquietantes, tal vez no aptos para ciertos lectores, pero sí algo lleva cada texto es la intención de entregar a quien lo lea, un conjunto de historias escritas con la mayor verosimilitud posible.

Alejandro Aguilar, contra la dictadura del instante

ENTREVISTA AL ESCRITOR CUBANO ALEJANDRO AGUILAR

POR ALBERTO GARRIDO

Alejandro Aguilar es una de las voces más lúcidas, depuradas, y al mismo tiempo, disruptivas, de la poesía cubana contemporánea. Autor de una obra que se asienta en la precisión y la contención, ha entregado al canon reciente títulos fundamentales como Tregua (2019), Inutilidad de los botes (2023) y su más reciente poemario, la antología Salitre: persistencia en el tiempo. A estos libros se suman sus libros de cuentos: Paisaje de arcilla y Figuras tendidas. Y sus novelas La desobediencia, Casa de cambio, El cliente tatuado, Fijar la mirada y Ojos de niño. Su labor literaria, marcada por una técnica rigurosa que ha llamado la atención de figuras internacionales como el poeta y traductor estadounidense Forrest Gander —quien ha destacado la capacidad de Aguilar para dotar a la imagen cotidiana de una dimensión metafísica—, lo sitúa como un observador y cuestionador imprescindible de nuestro tiempo.  Su escritura nos demuestra que, en medio de la cultura del vértigo y de la ansiedad interconectada, la poesía sigue siendo el lugar donde la persistencia del tiempo se hace imprescindible.


El «salitre» como erosión y memoria: En Salitre. Persistencia en el tiempo, el título sugiere una fuerza que desgasta, pero también preserva. ¿Qué elementos de tu realidad cubana y universal son ese «salitre» que, al corroer la estructura de tus versos, revela la verdadera esencia de lo que pretendes decir?

La palabra “salitre” lleva en nuestra cultura, una carga emotiva, poética, tiene capacidad polisémica, es marca de identidad, es apego al mar y sus efectos sobre nuestra psiquis. Sin embargo, en un intercambio de opiniones con Forrest Gander, amigo poeta muy reconocido, él me decía que en el imaginario estadounidense, el salitre no es más que un compuesto físico o químico, sin resonancias líricas. Lo sorprendente del caso me llevó a darle destaque a la palabra, como título del poemario homónimo publicado por Isla Negra, y ahora, de esta poesía reunida a la que haces referencia publicada en mi flamante sello editorial Palma Viajera. En ella el salitre es la proximidad del mar, testimonio de un pasado, es erosión, saudade, dolor, identificación con el mar propio, el geográfico y el cultural que es el Caribe, y es el interior de nuestro ser, donde anidan afectos, esencias, memorias… El salitre alude también a cicatrices como las pérdidas y entre ellas, marcadamente, el exilio, esa cicatriz profunda de la que a veces te alivia el contacto con el mar…


Manejas una versatilidad notable entre la novela, el cuento y la poesía. Si tuvieras que defender tu visión del mundo en un juicio, ¿qué «arma» elegirías: la precisión quirúrgica del cuento o la ambigüedad sugerente del poema? ¿Por qué la poesía se siente más necesaria en este momento?

Al escribir, acudo al género que me exije aquello que necesito decir, sin detenerme en límites. Escribo en consonancia con lo que decía Heidegger sobre el arte como aletheia, es decir, como revelación de las verdades ocultas hasta entonces a mi entendimiento. Es así que me reconozco, me comprendo, me identifico, y desde allí, puedo mirar al universo, entenderlo en el tiempo y espacio que me alude.

Una plaquette de poesía, Tesituras (1994), fue la primera búsqueda resuelta de mi voz propia para decir el país al que había regresado en 1992, cuando supe que ya no nos pertenecíamos él y yo, no nos entendíamos. Más tarde, Paisaje de arcilla (1997) y Figuras tendidas (2000), y las novelas, Casa de cambio (2004) y La desobediencia (2005); y de ahí en más, vinieron otros textos que son parte de ese cuerpo de indagación para explicarme qué había cambiado y sigue cambiando en mis circunstancias y en mí. De ahí la clasificación que hizo nuestro querido colega y amigo Amir Valle, al considerarlas novelas de tesis.

Si tuviera que defender mis puntos de vista en un juicio, creo que la poesía, aguda, certera como un disparo, un corte afilado sobre la piel o un grito pegado a la pared… sería adecuada. Ello depende de si consigo expresar lo esencial con el tino apropiado, con la belleza en las palabras y la máxima economía de recursos y silencios. Podría bastarme con la poesía, pero siento que hay más amplitud de espacio y recursos en el cuento, y tal vez, aunque no me das esa opción, necesite de una novela para defenderme, ¡todo depende de lo que se me acuse!


Obsesiones recurrentes: Se dice que un escritor pasa la vida escribiendo el mismo libro disfrazado de géneros distintos. Si quitamos la máscara de sus novelas y la de sus cuentos, ¿cuáles son las obsesiones desnudas, los temas a los que siempre regresas?

La relación individuo-poder es mi obsesión (Paisaje de arcilla, La desobediencia y otros). Como a la gran mayoría de escritores y pensadores, me acosa entender el sentido de la vida y también el amor, aunque este llega casi siempre conectado a un contexto épico (Fijar la mirada); también el exilio como tema en sí (El cliente tatuado)… Son obsesiones nada raras, como puedes ver.

En los últimos años y por razones tal vez de la edad, me he detenido a meditar sobre la experiencia vital y la aproximación a lo que podría ser la muerte. Me seduce mucho el espacio de transición entre ambas, ni qué decir de la muerte propiamente con todo su misterio. 


Muchos autores sostienen que el escritor de prosa es un «arquitecto» que construye mundos sólidos, mientras que el poeta es un «alquimista» que busca la quintaesencia. ¿Sientes que al escribir poesía estás destruyendo la lógica de tu prosa, o ambos mundos se alimentan de la misma obsesión técnica?

Lo segundo; pero también un poco lo primero, pero no diría “destruyendo” sino complementando. Me muevo en ambos espacios y los combino sin temor ni pudor alguno. La poesía requiere de una arquitectura muy fina, no es un simple arrebato emocional que pare genialidades. La prosa, sobre una estructura sólida, necesita de la alquimia para hallar quintaesencias…

Los textos que conforman El polvo y el camino son una buena prueba de esto: para algunos lectores y críticos transcurren en la poesía y para otros en el espacio del cuento. En cada uno de los textos fui consciente de que tenía que cuidar tanto la estructura como la esencia, sin dilapidar una imagen o una palabra. Buscaba cada reverberación que las historias fueran capaces de provocar. El cuento y la poesía conviven allí, amorosamente.


Jorge Luis Borges decía que «la poesía es un evento». Para tus lectores, ¿qué tan importante es que el poema se entienda, frente a la importancia de que el poema se sienta? ¿Dónde pones el límite entre la claridad y el hermetismo?

En la poesía, creo que lo más importante es que el saber poiético genere lo que estremece; lo que permita crear imágenes, emociones y pensamiento. Dentro de esa ecuación importa cuidar cada palabra, porque a través de ellas sugiero mi visión del mundo y de las cosas.


Eres novelista, cuentista y poeta. En un mercado editorial que exige especialización, ¿en qué género la crítica te ha situado mejor y en cuál has tenido más éxito con los lectores?

Estoy más cerca del placer de escribir que de escribir para alcanzar el éxito. Si llegara de alguna manera imprevista, no me molestaría, pero no lo busco, no es lo mío. La mayor parte del tiempo mis colegas y algunos editores me ven como narrador, porque pasé muchos años publicando únicamente cuento y novelas y se formó un público. La poesía estaba ahí, pero yo andaba enfrascado en narrar esa vida en la que me debatía. Casi todos aquellos libros se publicaron por haber sido premiados en concursos y premios internacionales, con lo cual, obviamente, no me fue mal con la crítica. Algo de reconocimiento ha habido. De algún modo me establecí como narrador entre los colegas escritores y editores, y entre quienes me han leído. ¡Algunos de entre ellos me consideran traidor cuando me presentan como poeta!

Cuando me decidí a publicar la poesía que, insisto, siempre he escrito, lo hice por dos razones importantes.

Una, fue el encuentro en distintos momentos con dos editores a quienes respeto mucho y que me estimularon a publicar en sus sellos editoriales: el poeta y editor cubano Alfredo Zaldívar, de Ediciones Matanzas, me pidió organizar mi poesía en un volumen y de allí surgió Tregua (2020) que él publicó en Cuba a pesar de ser yo un escritor del exilio con algún expediente de obras censuradas desde los 90. El otro es el poeta, académico y editor de Isla Negra, Puerto Rico, Carlos Roberto Gómez Beras quien, luego de algunos años observando a distancia mi trabajo, me propuso publicar Inutilidad de los botes (2023), y a partir de entonces, Salitre (2024) y El mapa de las horas (2025). A ambos, toda mi gratitud.

Con esta poesía reunida en Salitre, Persistencia en el tiempo; he creado mi propio sello editorial, Palma Viajera, que por ahora solo se encarga de mis obras pero que, en un futuro cercano, espera abrirse a otros autores, y que se distribuye a traves de Amazon.

La otra razón muy importante fue que el mundo se me estaba desdibujando a velocidad vertiginosa, en muchos aspectos. Vivimos un cambio de época que aún no podía leer claramente, y decidí hacer una pausa en esas indagaciones complicadas que acostumbro hacer desde la narrativa. Necesitaba entender mejor…

Para responder a tu pregunta, creo tener más o menos igual respuesta de la crítica y los lectores, tanto en la narrativa como en la poesía. El desarrollo vertiginoso de las TI pueden hacer más visibles hoy lo último que se ha estado publicando, que es la poesía. En cuanto a mí, siento que soy alguien que escribe, con inmenso placer, en los géneros mencionados. Agradezco a Amir Valle y a ti, Alberto Garrido, todo el apoyo que pudo haber recibido mi literatura desde mis años iniciáticos, en medio de circunstancias de censura y falta de libertades que viví en Cuba en los 90.


La vigencia de la lírica: Vivimos en la era de la inmediatez y la cultura del scroll infinito.Cuando un estudiante universitario, acostumbrado a consumir historias en formatos breves y visuales, se enfrenta a la ‘Persistencia en el tiempo’, ¿qué le ofreces, que un reel de 30 segundos jamás podría darle? ¿Cómo logras que el salitre de tu poesía penetre en pantallas de cristal? 

Ninguna pasión o vocación se puede imponer. Hago lo posible para que los lectores se vean expuestos a mis libros, que dialoguen con ellos… En mi poesía abarco los temas que me provocan, que por ser universales, entiendo que deben preocuparnos a muchos. De los recursos creativos a mi alcance depende que lo que escribo, capte su atención, resuene en ellos, les interese.

Soy optimista sobre el retorno de los lectores que un día cayeron en las garras de la velocidad. Veo como crecen paso a paso las comunidades lectoras, gracias también a las tecnologías, pero sobre todo a iniciativas de la sociedad civil y de individuos que comparten su pasión por la lectura. Siento que las tecnologías no descarrilarán el vehículo cultural; transformarán ciertas áreas, pero seguirá habiendo libros, instrumentos musicales, escritores, músicos, bailarines y actores, películas hechas por humanos… El arte es ancestral e inherente al hombre, una necesidad vital y evolutiva. Los instrumentos son otra cosa.


Hay quienes afirman que la forma es el fondo. ¿Qué lección de humildad te ha enseñado la poesía que no hayas aprendido en la estructura más rígida de una novela? ¿Qué es lo que la poesía te ha prohibido decir que la prosa sí te permite?

La gran lección para mí es que tan importante es la forma como el fondo, pero, sobre todo, y esto quizás la poesía lo hace más evidente: que la célula básica de la literatura es la palabra, y cada una de ellas es importante, en cualquier género. También concedo gran importancia al silencio. Una palabra mal seleccionada te desequilibra un poema, pero también un cuento y hasta el territorio inabarcable de una novela, igual que un texto sin silencios asfixia al lector, ahoga las imágenes. Nadie perdona una pifia en un verso, en una página o en 200. Y al menos yo, sin importar si el poema o la historia es más o menos hermética o más o menos compleja, evito (no siempre con éxito), usar palabras placebo, inexactitudes o ligerezas, ante todo por respeto al lector y por mi propio placer.  


Salitre: Persistencia en el tiempo es una antología personal. Al seleccionar tus poemas, ¿te encontraste con un «Alejandro Aguilar» al que ya no reconoces, con uno que te resulta un extraño fascinante? ¿Qué es lo que más te duele al haber descartado un poema de esta antología?

Me reencontré con un yo que recorrió un camino aprendiendo, pero siendo consistente con su voz; un yo que sigue el mismo derrotero y a quien seguiré conociendo mejor con los años. Este intento de poesía reunida me deja ver cuánto ha cambiado la persona y el poeta, su tono, su estilo, la calidad de lo que escribe, y cuánto de él se mantiene inmutable, fiel a sus esencias.

Encontrar una voz propia no resulta de sumar dos más dos. También creo que esa voz definitiva se alcanza cuando ya no estás entre los vivos. Soy y seré un eterno aprendiz hasta un día, y al siguiente, ya no seré.

Treinta años después de mis primeros poemas, sigo sintiendo dolor al descartar uno, porque sé que en él puse mi mejor intento, pero luego siento alivio por haber tenido el valor de reconocer que algo no funcionó. Lo próximo, es confiar en que podré superarlo y alcanzar su mejor versión.


Tus días y noches (que de pronto son años) en República Dominicana, te han permitido conocer a muchos autores nacionales. ¿Cómo ves la poesía dominicana en el contexto latinoamericano actual, especialmente la poesía joven?

No me gusta expresar juicios, sobre lo que no he leído en su totalidad, y es el caso del cuerpo literario del país. He sido jurado de varios concursos, incluyendo varios Premios Nacionales… leo lo que puedo de la literatura hecha por los dominicanos. Más allá de la tradición, veo surgir voces, otras ganar peso y reconocimiento, aunque siempre hay quienes se cuelan en los salones y los corrillos de la popularidad fácil y la política de campo… Eso sucede en cualquier país, supongo. Lo importante es que cada vez hay más voces jóvenes y no tan jóvenes, que avanzan, que perfeccionan con seriedad su arte. Es importante que abran su mirada al mundo, dejar de mirar a ese ombligo de ser isleño que se asume como único y excepcional; alejarse de los temas manidos que aparentemente conducen al éxito…


La provocación final: Si mañana despertaras en un mundo donde la novela y el cuento han sido prohibidos y solo se permite escribir poesía para sobrevivir, ¿qué escribirías?

¿Prohibidos? Entonces, sin dudarlo, escribiría novela y cuento. Y por supuesto, poesía.

El plan Trujillo, novela de Marino Berigüete

Por Carlos Cartés

El plan Trujillo
Marino Berigüete
Norma Editorial, 2004

Sumergirse en las páginas de «El plan Trujillo» es adentrarse en un laberinto de intrigas y secretos que envuelven al lector desde el mismísimo inicio de la historia. Manuel Tejeda, descendiente directo del misterioso doble del temido dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo, se ve inmerso en un viaje tortuoso y emocional de vuelta a su tierra natal, la República Dominicana, en busca de respuestas sobre su abuelo desaparecido y, en
última instancia, sobre el legado oscuro que pesa sobre su familia y su país.

La trama se despliega magistralmente a medida que Manuel Tejeda se sumerge en las profundidades turbias de su pasado familiar, desenterrando pistas que conforman un complejo rompecabezas donde las vidas entrelazadas del doble de Trujillo y del dictador mismo se fusionan en un juego de espejos perturbador. A través de un ingenioso contrapunto narrativo, la novela va entrelazando las pasiones y conspiraciones que
culminaron en el ocaso del régimen trujillista, revelando a su paso personajes al borde del abismo y cuestionamientos inquietantes sobre la historia de la nación.

En este entramado de verdades y mentiras históricas, emerge una pregunta
persistente: ¿qué sucedió verdaderamente con Trujillo y su doble? La trama
se sumerge en las entrañas de la dictadura, exponiendo las fisuras del
poder y las consecuencias nefastas que perduran en el presente de una
sociedad marcada por la sombra del pasado. A medida que Manuel Tejeda
se adentra en su odisea personal, el lector es desafiado a discernir entre la
ficción y la realidad, entre los terrenos movedizos de la literatura y los
desgarradores hechos que conforman la historia vivida.

En un giro magistral, la novela sugiere que la barrera entre la ficción y la
historia es tenue y porosa, insinuando que a veces la realidad misma
supera con creces la imaginación del autor. Manuel Tejeda,
inconscientemente, despierta los espectros del pasado reciente en su
búsqueda incansable de la verdad, pero es el lector quien enfrenta el
desafío de discernir los límites difusos entre la verdad y la invención
literaria.

«El plan Trujillo» se erige como un monumento literario que trasciende las
fronteras entre realidad y ficción, entre el pasado y el presente, entre la
luz y la oscuridad que acecha en lo más profundo del alma humana. Con
una prosa magistral y un entramado narrativo fascinante, esta obra invita
al lector a sumergirse en las complejidades de la historia dominicana y a
cuestionar las verdades incuestionables que conforman la memoria
colectiva de un país marcado por la opresión y la lucha por la libertad. Una
novela que encierra en sus páginas el eco eterno de una época tumultuosa,
donde la redención y la revelación se entrelazan en un baile sin fin.


Carlos Cortés
Escritor.

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Sabiduría y misterio en Marino Berigüete

Por Basilio Belliard

Donde empieza el hombre
Marino Berigüete
Círculo de Poesía, México, 2024

“El ser se disuelve en la nada”. MB.

Si bien la pregunta por el hombre y su ser en el tiempo, parece una cuestión ontológica o una pregunta central en la mente de un filósofo o de un teólogo, no menos cierto es que también puede ser la metáfora esencial del imaginario de un poeta. Preguntarse retóricamente sin esperar respuesta lógica es una forma de pedir peras al olmo. Y es lo que ha tratado de dibujar poéticamente Marino Berigüete (1962) con su libro Donde empieza el hombre  (Círculo de Poesía, México, 2024). Se trata de una pieza de orfebrería lírica y metafísica, que nos remite a una honda sabiduría ancestral y a las preguntas que siempre han inquietado al hombre, como “ser en el mundo”. Berigüete bebe en los manantiales de la tradición de la poesía filosófica y aforística, y en la tradición de la poesía del pensamiento, pero aderezada con los alimentos de la experiencia vital de los sentidos, con visiones sensibles, sedimentadas con su memoria sensorial y con la cotidianidad de las cosas del mundo. Articulado en base a conjunciones y disyunciones, su voz lírica teje el misterio de la vida, entre el tiempo y el espacio, la luz y la sombra. El poeta se pregunta por el hombre ante la angustia no por su destino sino por su origen. Es decir, el génesis antes que el apocalipsis: principio y fin de un diálogo  entre el hombre y la naturaleza, el pensamiento y la vida. El narrador Berigüete, sorprende con este poemario por su madurez no solo creativa sino por su profundidad y por el misterio que encierran sus versos, cargados de ideas y pensamientos. Funda un mundo de palabras que se encabalgan entre el silencio y la voz, y en un soliloquio entre la luz y la sombra del ser, la plenitud y el vacío de la memoria.

Donde empieza el hombre es un viaje a la infancia, recuperada por la nostalgia y la memoria, donde está la fuente de toda sabiduría. Rilke dijo: “La patria es la infancia”. Y no erró, pues es la etapa de la vida humana de la libertad, los sueños y las ilusiones, donde se anidan o incuban las historias y los deseos, que son como los ríos y los mares que flotan en el aire.  O “nuestras vidas que son los ríos que van a parar en la mar, que es el morir”, como dijera hace muchos años Jorge Manrique.        

Berigüete crea un clima de desolación, abulia y pesimismo, un laberinto de la muerte como destino y viaje temporal, entre la voluntad y la memoria, el deseo y  lo inefable, la melancolía y el tedio vitae. Si bien el tiempo es el centro de gravedad de toda metafísica, desde su origen, en este poemario, el tiempo es el protagonista del acto lírico, la piedra angular, que le inyecta e irradia movimiento al presente del poema. Si el tiempo es la esencia de toda metafísica (“o la sustancia de la que estamos hechos”, como dijera Borges), este poemario es esencialmente metafísico. Como la poesía es presente –es decir: tiempo presente, no pasado– el poema pugna entre el instante y la eternidad, como la vida del hombre y del poeta, que se deshace, y cuyo deshacimiento, lo conmueve, entristece y perturba. Si el tiempo es el eje central de esta obra poética, también lo es la muerte. Tiempo y muerte, temporalidad y mortalidad, son pues los ejes gravitacionales en que transcurre. Son los polos magnéticos en que transcurre la órbita cósmica del universo de símbolos que instaura Berigüete en las páginas de este libro. A la oposición binaria tiempo y muerte, agrego otra oposición: ciudad y campo. Oigamos al poeta:

“La ciudad me envuelve con abrazo frío
en su trama de espejos mi imagen se pierde
me devuelvo en la multitud de rostros sin nombre”. (Poema XXXIV, p. 70).

Es poesía de experiencia y de visiones: no libresca, pues se  nutre y alimenta de la vida misma. Está marcada y matizada por la angustia del vivir y los imperativos del tiempo que devora su existencia terrenal. Crea así un clima, una atmósfera de desolación e incertidumbre. La poesía deviene aquí poesía del desencanto y del desengaño del mundo. Se nutre de los elementos de la naturaleza, que son el origen de todo lo existente: el agua, el aire, la luz, el viento, el río, el mar, los árboles, los pájaros, el eco, el silencio y la voz. Poesía de cielo abierto y de espacios; poesía que se alimenta de espacio y de tiempo; poesía que busca develar los secretos del cosmos, del infinito del mundo. Ascenso y descenso, caída hacia arriba: comienzo y fin de las cosas, en un eterno y perpetuo laberinto. Circularidad del ser que anhela eternidad y cuya búsqueda de eternidad, lo atormenta. El poeta aquí aborda poéticamente los grandes temas metafísicos y teológicos que siempre han atormentado e inquietado al hombre: cosmología y cosmogonía, mitología y alquimia. El alma y la ciudad se abrazan en un diálogo de sordos. La ciudad es también otro de los ejes que matiza el dilema existencial del poeta, que se bate entre el cuerpo y el espíritu por explicar el mundo y se resigna, vencido por lo inexorable. Visión y ceguera, búsqueda de la verdad de las cosas a través de la poesía, como querían los románticos y el malogrado John Keats (“La belleza es verdad”), en una aventura estética entre la oscuridad y la luz, la penumbra y la sombra del tiempo: sus reminiscencias y su devenir olvido.

Nacimiento y muerte que no espera resurrección, sino resignación teleológica del ser y su camino de incertidumbre. Marino Berigüete refleja ser un poeta del tiempo. Un sujeto poético dominado por la temporalidad como destino, envejecimiento  y memoria, para quien escribir poesía se ha transformado en oficio de vivir, estilo de vida y porvenir lúdico, que pone en crisis el trabajo. O la vida como oficio que crea la abulia y el tedio vitae. (“Trabajar cansa”, dijo el poeta suicida Cesare Pavese).

La búsqueda y el refugio en la naturaleza y el pasado es una forma de combatir la sociedad y sus normas, y una manera de sobrevivir al caos y a los deseos del cuerpo. En fin, su refugio en la escritura poética es una vía de escape del orden político y sus trivialidades, del mundo ideológico y sus sectarismos; es, también, un camino para ocultarse en el silencio, en la quietud y el reposo del alma. También una opción para superar los vaivenes y avatares de la sociedad y sumergirse en la palabra poética, la lectura y la contemplación de la naturaleza con su orden, belleza, verdad y perfección. Este libro es pues el reflejo de un ser poético autoral que expresa la vida de un cuerpo con alma, en declive natural, que se aproxima a la muerte y al mundo, en lucha contra la eternidad inexpugnable, misteriosa e inexorable. Dice el poeta, en tono filosofante:

“El mundo no está hecho de cosas,
sino de intervalos:
un parpadeo entre dos ausencias,
un puente que duda
si une o separa”.

Y sigue diciendo:

“No caminamos hacia adelante ni hacia atrás:
somos un punto suspendido,
una palabra en el aire
que se disuelve antes de ser pronunciada”.

(Poema XLI, p. 84)

Abundan juegos metafísicos con el tiempo y trampas metafóricas del pensamiento poético. Además, el poeta merodea o bucea en su condición insular. La isleñidad del ser lo persigue, en esta poesía de cariz autobiográfico, que refleja la tragedia de la memoria de su ser. Es la tragedia de toda insularidad, que anhela y sueña con su búsqueda de trascendencia, terrenalidad y ansia de viajar y volar, donde la isla se vuelve cárcel del cuerpo. Hay además un vértigo del instante, una vertiginosidad del tiempo. Y donde los sueños representan los recuerdos y las evocaciones deseantes del viaje de la infancia como renacimiento constante de la memoria, en su batalla tanto contra el olvido como contra la muerte.

“Antes de escuchar cantar el pájaro,
Lo que había escuchado era su vuelo”, dice Beriguete (Poema XXX, p. 64).

La de Berigüete aquí es poesía del desarraigo, del exilio y autoexilio interior de la conciencia poética, del ser que se desgarra en nostalgia del hogar y del suelo nativo. Es decir, este libro se sitúa en las coordenadas  del pensamiento y en la tradición de la poesía del desgarramiento y de la soledad terrenal. De esa soledad que deviene experiencia del desarraigo del ser, atravesado por los fantasmas del pasado y del futuro, que navega en el insomnio de la memoria y la eternidad. Es una poesía que refleja la sabiduría bucólica, ancestral y primitiva de un pueblerino, que se enfrenta a la realidad urbana, con sus demonios, aridez y fantasmas, entre el silencio y la soledad, esa que existe en medio de la muchedumbre.

El poema reflexiona sobre el sueño y el mundo:

“Nos sueña el sueño
y en esa trama indefinible,
somos más completos
que en el mundo de los ojos abiertos”. (Poema XIIX, p. 102).

Búsqueda de la huella del pasado, la poesía es camino como lo es en Octavio Paz. Es decir, una larga caminata reflexiva, que se nutre de espacio y se alimenta de tiempo; que le inyecta aire de movilidad; que le suministra imágenes, en su contemplación encantada y aguda. Aquí la poesía deviene tránsito y trayecto. Un laberinto metafísico: la expresión de un ser extraviado en los caminos del deseo y la voluntad. Un ser solitario, hecho de soledad ontológica intrínseca al hombre, que lo habita y lo persigue, esa soledad que es condición únicamente humana, y que refleja la conciencia temporal de que somos seres que vivimos y morimos solos. Y que es la gran tragedia del espíritu humano: que lo abisma y refugia en la religión, la espiritualidad, la secta o el dogma. Beriguete asume, por consiguiente, la ontología fenomenológica de Heidegger, de que “somos seres para la muerte”.

Con este poemario, Marino Berigüete instala una poética del vacío existencial y de la nada, antes que del ser y su plenitud. Y de las angustias existenciales como representación de la angustia del hombre contemporáneo, desde una sensibilidad poética y un imaginario metafísico. Oigamos de nuevo la voz del poeta:

“Y mientras esa mano invisible
explora mis entrañas,
yo caigo,
me disuelvo en la nada,
dejando atrás
el peso inútil del ser,
y en ese desvanecimiento
tal vez,
por fin,
encuentre
la paz de vacío”. (Poema XXXVIII, p. 80).

Este libro es una elegía de 54 estrofas. Son a la vez cantos, que representan un discurso poético articulado y pensado, desde la experiencia, del vacío y la conciencia de un sujeto lírico y sensible al mundo actual, con sus miedos, angustias, psicosis y neurosis. Escrita a la medida y forma de su carácter y su temperamento. También a su destino;  y donde la guerra sirve de telón de fondo de sus preocupaciones angustiosas del devenir humano. Hay una nueva tierra baldía, una tierra yerma, un páramo sombrío como el que vislumbró T. S. Eliot en La tierra baldía y Los hombres huecos, lo que ha percibido Berigüete y que nos presenta como un presente oscuro, laberíntico y sin fin. Así, vemos ecos, recuerdos y visiones de su región nativa, del sur profundo, árido, sin lluvia y seco, y que evoca como memoria nostálgica de su infancia en Barahona. La suya es escritura con libertad imaginaria, que expresa el fluir del pensamiento poético, en su temporalidad sensible y como encarnación del espacio. Diálogo con el silencio, comunión con la soledad, Marino Berigüete nos sorprende con esta poética y con este libro tardío, pero de madurez, que ha escrito desde la experiencia del recuerdo y la prefiguración del presente. Entre la palabra y el silencio transcurren su obra y su escritura, tejida de visiones y elucubraciones, evocaciones simbólicas y ensoñaciones solitarias del ser como persona y como yo desgarrado y angustiado, en el laberinto de su sombra. Escritura de la vigilia con los ojos cerrados. Escritura de la ensoñación, que canta en claves metafísicas a los misterios del tiempo, de la vida y de la muerte. Berigüete pinta un mundo donde todo se desmorona, un tiempo social y un espacio humano, que se deshace en la sombra, en las grietas de la nada. Dibuja una civilización y un paisaje ontológico perdido en el círculo cerrado de la soledad y la destrucción de un mundo egregio, ilustre y más humano. Percibe así, poéticamente, un universo sombrío, un mundo muerto, asesinado por los demonios que habitan los bajos instintos del espíritu humano. Este poeta ha escrito este libro desde la experiencia del desarraigo y la tentación del tormento de su espíritu y desde su memoria personal, infantil y adulta.  

En síntesis, el poeta Marino Beriguete ha escrito una épica de este tiempo, una epopeya trágica del hombre, de matiz homérico, que nos deja sin palabras, sin aliento y sumergido en la perplejidad, el vacío, el silencio, y aun en la duda. Es una poesía que nos arrebata las palabras porque nos hiela la sangre y nos paraliza la conciencia. Nos insta a perder la fe en el hombre porque ha matado a dios –como bien lo vislumbró Nietzsche. Beriguete ve, en efecto, en cambio, al hombre nacer en las palabras, en el viento, en la nada, en la mente, en la naturaleza, y más aún, lo descubre en el sueño del tiempo y en el vacío del mundo.

Tras un largo canto en 54 estrofas, de meditaciones y cavilaciones  metafísicas, en tono épico y claves filosóficas, el poeta Berigüete se pregunta, como epílogo y colofón:

“Y por fin, ¿dónde nace el hombre?
¿En las palabras que se ahogan
antes de ser pronunciadas,
en ese filo del silencio
que corta la lengua
y de una herida invisible”.

Y sigue preguntando:

“O nace en el pliegue del viento
que nunca supimos escuchar,
o en la nada que se escurre
por las grietas de mundo?”

El poeta duda y vacila. Y continúa sus afirmaciones, monólogos y diálogos consigo mismo y con el lector.

“Tal vez nace en la mente
que sueña sin saberlo,
donde cada idea es
una hoja que cae sin tocar el suelo.
O quizá nace
en la naturaleza que camina
entre nosotros, sin sombra,
sin ruido, sin ojos, sin manos,
como un secreto en la piel de los arboles
o debajo del vaivén de las aguas
donde los peces nacen y desparecen.
Es el hombre quizá un sueño
que la noche trenza con hilos de niebla.
O es la chispa que cruza el firmamento
en el borde del tiempo, esperando
que el vacío la reclame.
Dime tú
revela la verdad a esta hora,
cuando la magia de la palabra
cae sobre mi cabeza
como una lluvia invisible
que arrastra significados
hacia este papel en blanco.
El lápiz de tinta verde
rueda como un signo incierto,
dibujados caminos que no conozco,
se detiene en  límite
que no se si cruzar.
Tal vez el hombre nace
en la palabra no escrita,
en el hueco de un verso
que no se ha revelado aun.
Tal vez no nace en la carne,
ni en el aire,
sino en ese espacio entre ser
y no ser,
en el borde mismo del pensamiento
que se esfuma al ser pensado.
Y tal vez, lector,
Tú tengas la respuesta a mis preguntas.
Dime tú,
donde empieza el hombre.
En ti
¿o en mí
que no tengo respuesta?”

(Poema LIV, p. 109-110).          

Marino Berigüete – Dossier

Aunque estudió abogacía, el dominicano Marino Berigüete ha desarrollado su vida también como narrador, poeta, diplomático y periodista. A lo largo de su trayectoria ha combinado la creación literaria con el servicio público, la docencia universitaria y la diplomacia, convirtiéndose en una figura destacada de las letras dominicanas contemporáneas. En el ámbito literario, Berigüete comenzó a escribir desde muy joven y ha cultivado la poesía, el cuento, la novela y el ensayo. Su obra suele explorar la memoria, la identidad dominicana, la historia nacional, las tradiciones populares y el paisaje del sur del país, especialmente de Barahona, su región natal

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Marino Berigüete, a modo de biografía

Marino Berigüete es un escritor, poeta, abogado y diplomático de la República Dominicana, nacido el 9 de julio de 1962 en Barahona. A lo largo de su trayectoria ha combinado la creación literaria con el servicio público, la docencia universitaria y la diplomacia, convirtiéndose en una figura destacada de las letras dominicanas contemporáneas.

Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), realizó un posgrado en Procedimiento Civil y posteriormente obtuvo maestrías en Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU). Antes de incorporarse al servicio diplomático ejerció la abogacía y la consultoría jurídica, especialmente en el ámbito empresarial y turístico. Desde 2005 ejerció la carrera diplomática y ha desempeñado funciones como embajador de la República Dominicana en Paraguay, Honduras y Belice. También ha sido decano de la Escuela de Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas de la Universidad del Caribe (UNICARIBE) y profesor de Derecho Diplomático, Derecho Internacional y otras disciplinas jurídicas.

En el ámbito literario, Berigüete comenzó a escribir desde muy joven y ha cultivado la poesía, el cuento, la novela y el ensayo. Su obra suele explorar la memoria, la identidad dominicana, la historia nacional, las tradiciones populares y el paisaje del sur del país, especialmente de Barahona. Entre sus libros más conocidos figuran Mujeres (poesía), 13 cuentos supersticiosos del Sur, Odas a Barahona, Secretos y soledades, El Plan Trujillo, Señales de voces, Melissa y el árbol y, entre sus publicaciones más recientes, Tras la puerta.

Su novela El Plan Trujillo es considerada una de sus obras más relevantes. En ella reconstruye, desde la ficción histórica, aspectos relacionados con la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, combinando investigación, memoria y recursos narrativos para reflexionar sobre el peso del pasado en la sociedad dominicana.

Además de su labor como escritor, Marino Berigüete ha sido conferencista en universidades e instituciones de América y Europa, miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua y articulista en diversos medios de comunicación. Su carrera diplomática le ha valido importantes distinciones, entre ellas la Orden Nacional del Mérito en grado de Gran Cruz, otorgada por Paraguay, y la Orden José Cecilio del Valle, concedida por Honduras, en reconocimiento a su contribución al fortalecimiento de las relaciones entre esos países y la República Dominicana.

Aprendí que una novela no termina cuando el autor cree haber escrito la última página

ENTREVISTA AL ESCRITOR DOMINICANO MARINO BERIGÜETE


A Marino Berigüete me une una larga hermandad en las letras y la vida, desde que la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, en el año 2000, le pidió que presentara mi libro de cuentos Manuscritos del Muerto, publicado por la editorial cubana Letras Cubanas. He contado muchas veces que Marino fue más allá de esa petición y se convirtió en un anfitrión insuperable en su deseo de que yo conociera la cultura de su país y a las figuras literarias más importantes de ese momento. Y sabiendo que los cubanos que viajábamos a ferias internacionales siempre íbamos, como decimos en Cuba, con una mano delante y otra detrás, compró para mí los que consideraba los libros más importantes de la literatura dominicana, así que le debo a él mi primera zambullida consciente a las letras dominicanas.

Luego, me concedió el privilegio de escribir el prólogo de su libro 13 cuentos supersticiosos del Sur, y en visitas que hizo a Cuba, en nuestra correspondencia durante más de 25 años, en nuestras charlas telefónicas en los últimos años, y a través del impacto de su obra a nivel nacional y continental, además de fortalecer nuestra amistad, he podido constatar cómo se ha ido convirtiendo en una figura de imprescindible mención en el panorama cultural y literario de su país, República Dominicana.

Esta charla nació cuando leí el manuscrito de su novela El hombre que vuelve y conmocionado por la calidad de la obra le propuse editarla en mi editorial, Ilíada Ediciones.


Aunque hace casi 30 años publicaste tus «13 cuentos supersticiosos del Sur» y en los últimos años te has dedicado mayormente a la poesía, quiero que me hables de la génesis de «El hombre que vuelve». ¿Cómo nació en ti la idea de esta novela?

Una novela nunca nace el año en que se escribe. Antes de llegar al papel pasa años buscando su lugar en la memoria. La mía comenzó durante mi misión como embajador en Honduras. Allí escribí un poema titulado “El hombre que regresa”. En ese momento no sabía que aquellas páginas abrían el camino de una novela. Desde que salí de Barahona para estudiar en Santo Domingo llevaba conmigo el deseo de volver a mí pueblo. La vida tomó otro rumbo, conocí a mi esposa y ese regreso quedó aplazado. Murió mi abuela y solo permaneció mi madre. Una noche soñé que la ciudad me había derrotado. Desperté y escribí el primer párrafo. Recordé los viajes en autobús hacia el sur para pasar las vacaciones universitarias y seguí escribiendo durante meses. En 2020 llegó la pandemia del COVID-19 y el manuscrito quedó en silencio. En 2023 regresé a esas páginas. Ya no escribía con la prisa de terminar un libro, sino con la necesidad de entender por qué había esperado tanto para contar esa historia. Después la dejé reposar varios meses. La concluí en octubre de 2025. Al cerrar la última página comprendí que no había escrito una novela sobre el regreso. Había escrito la historia de un hombre que nunca dejó de volver, aun cuando la vida lo llevaba siempre por otros caminos.


Aunque parezcan temas diferentes, mundos diferentes, yo veo muchos puntos de contacto en cuanto a preguntas sobre la condición humana, sobre las razones de la existencia humana, entre «El hombre que vuelve» y «13 cuentos supersticiosos del Sur». ¿Has pensado alguna vez en eso?

Amir, el sur es supersticioso. Quien nace allí aprende muy pronto que toda vida conserva un lugar al que desea regresar. El mío sigue siendo el mismo que conocí cuando empecé a escribir a los diecisiete años. Han pasado las décadas y yo he envejecido, pero ese territorio permanece. Siguen allí las calles de mi infancia, la casa donde crecí, los primeros cuentos del sur, los temores y los sueños que todavía acompañan mis páginas. Cuando escribí El hombre que regresa quise apartarme de la narración lineal. Siempre he pensado que el sur, mi región, vive una realidad donde conviven lo cotidiano, las creencias populares y una antigua tradición religiosa. Mucho antes de que Alejo Carpentier formulara la idea de lo real maravilloso, Sócrates Nolasco ya había contado historias nacidas de ese mundo. La cercanía con Haití, la memoria de los cañaverales y las creencias transmitidas de generación en generación forman parte de nuestra manera de entender la vida.

Quise que esa atmósfera macondiana estuviera presente en la novela, no como un adorno, sino como una forma de acercarla a mi pueblo y a mi región. También recurrí a una técnica que vuelve sobre algunas escenas. Cada repetición incorpora un detalle nuevo para que el lector descubra algo que antes permanecía oculto. Ese movimiento sostiene el ritmo de la narración y acompaña el modo en que los recuerdos regresan a la memoria.

Pero mi propósito principal era otro. Quería escribir una novela existencialista. Me interesaba mostrar la rutina de un hombre que siente que ha perdido casi todo y que debe seguir viviendo con el peso de sus ausencias. Con los años comprendemos que la soledad no llega de golpe. Se instala poco a poco, a medida que desaparecen quienes compartieron nuestra vida. Los amigos mueren, los familiares parten y el mundo empieza a vaciarse sin hacer ruido. Sin embargo, quienes ya no están continúan viviendo mientras alguien conserve su recuerdo. Solo desaparecen por completo cuando también muere el último que podía nombrarlos. Esa certeza acompañó cada página de la novela y explica, quizá mejor que cualquier otra razón, por qué sentí la necesidad de escribirla.


Aunque el lector seguro lo notará, en nuestro reciente encuentro en República Dominicana, donde nació mi idea de publicar El hombre que vuelve en Ilíada Ediciones, me confesaste que tomaste como modelo y, además, quisiste rendir un homenaje a esa inmensa novela que es «Pedro Páramo», de Juan Rulfo.

Cuando leí Pedro Páramo tuve la impresión de estar recorriendo un pueblo del sur antes de llegar a Barahona. Desde entonces comprendí que cada escritor termina levantando un territorio propio. Juan Rulfo encontró el suyo en Comala, inspirado por los recuerdos de San Gabriel. Yo siempre he sentido que Barahona ocupa ese lugar en mi literatura. Allí regresan mis personajes, mis preguntas y la memoria que alimenta mis libros.

No es un camino nuevo. Gabriel García Márquez creó Macondo. William Faulkner imaginó Yoknapatawpha. Juan Carlos Onetti levantó Santa María. Todos partieron de un lugar conocido para construir un espacio literario donde sus historias pudieran respirar con libertad. Ellos forman parte de mis lecturas y Faulkner, en particular, ha sido uno de mis maestros.

Siempre he pensado que Juan Rulfo conoció Spoon River, la antología de Edgar Lee Masters. En ese libro hablan los muertos y, a través de sus voces, aparece la vida completa de una comunidad. En Pedro Páramo ocurre algo que produce una impresión semejante, aunque cada autor encuentra su propio camino.

Si me preguntas por qué esos pueblos se parecen, mi respuesta es sencilla. En casi toda América Latina el sur comparte una misma experiencia. El calor, la tierra, el trabajo y el aislamiento han moldeado el carácter de sus habitantes. Quien nace allí aprende temprano a resistir las pérdidas, a convivir con las creencias heredadas y a conservar la memoria de quienes ya no están. Tal vez por eso, cuando escribimos sobre nuestro pueblo, también terminamos escribiendo sobre muchos otros pueblos del sur.


En tu novela el protagonista, jubilado ya, regresa a la casa donde vivió su infancia. Pero es un regreso que, en todos los sentidos, tiene el espíritu de la conquista, de retomar un mundo perdido. Sin embargo, él es quien resulta conquistado y, lejos de encontrar las respuestas que busca, lo acosan antiguas y nuevas preguntas sobre su propia responsabilidad en haber perdido ese mundo. Al terminar la novela me dije: como en otras grandes novelas, esta novela es una búsqueda ontológica del ser que me recuerda mucho el «Dasein» (el ser humano como el único ente que puede preguntarse por su propia existencia) de Martin Heideger. ¿Me equivoco?

No te equivocas. Esa lectura está muy cerca de lo que quise escribir. Desde el principio me interesó menos el regreso físico que el regreso interior. Mi personaje vuelve a la casa de su infancia creyendo que encontrará un lugar intacto, pero descubre que el tiempo también transforma aquello que parecía permanecer. Lo que cambia no es solo el pueblo; cambia, sobre todo, quien regresa.

Quise escribir una novela existencialista. Me interesaba un hombre que, al llegar a la vejez, descubre que las preguntas importantes no desaparecen con los años. Al contrario, se vuelven más insistentes. Regresa para entender qué ocurrió con su vida, con sus afectos y con las decisiones que fue tomando. Poco a poco comprende que nadie pierde un mundo únicamente por culpa del tiempo. También lo pierde por las renuncias que acepta, por los caminos que elige y por los silencios que deja crecer con conversaciones con sus muertos.

Si te recuerda el “Dasein” de Heidegger, lo recibo con gratitud, aunque no escribí la novela para ilustrar una tesis filosófica. Mi punto de partida fue la experiencia humana. Me interesaba mostrar a un hombre que, cuando ya casi todos los que conoció han muerto, se queda frente a sí mismo. En ese momento ya no puede ocultarse detrás del trabajo, de la familia ni de las obligaciones. Solo le queda preguntarse quién ha sido realmente y qué sentido tuvieron sus actos. Si valió la pena irse del pueblo.

Por eso el regreso termina siendo una forma de conocimiento. El protagonista no conquista el pueblo; es el pueblo quien lo obliga a mirarse con una sinceridad que había evitado durante años. Creo que esa es la verdadera travesía de la novela. No busca recuperar el pasado, porque el pasado no vuelve. Busca comprender la propia existencia antes de que el tiempo cierre definitivamente la posibilidad de hacerlo.


Toda obra literaria, de muchos modos, es un reflejo de las vivencias de su autor, ya sean por su propia vida o por ese modo en que los escritores beben de la experiencia vital de otras personas. ¿Qué hay en «El hombre que vuelve» del ser humano que es Marino Berigüete?

Todo, Amir. El protagonista contiene mucho de mi vida y de mis propias inquietudes. Naturalmente, la novela incorpora personajes, situaciones y recursos de la ficción para darle consistencia y fuerza narrativa. Pero, en su esencia, es una proyección de lo que imagino que podría ser mi propio regreso dentro de algunos años, cuando muchos de los que hoy forman parte de mi vida ya no estén. No escribí una autobiografía; escribí una novela. Sin embargo, las preguntas que atraviesan al protagonista, sus dudas, sus nostalgias y su necesidad de comprender el sentido de su existencia son también las mías. Quizá por eso siento que es el personaje que he escrito más cercano a mi propia vida.


Hablemos de la construcción de los tres personajes femeninos protagónicos: esa esposa fallecida (que regresa recurrentemente en un único recuerdo: el momento en que se conocieron) y las figuras entrañables de la madre y la abuela. Son espíritus, pero están tan o más vivos que el protagonista. Y aquí veo otras de las claves psicológicas de tu novela porque en el filósofo Carl Gustav Jung el «anima» representa la imagen inconsciente de lo femenino en la psique masculina. Sabiendo que eres un lector voraz de filosofía, dudo mucho que esa sea solo una coincidencia.

No lo creo, Amir. Hay lectores que encontrarán esa resonancia con Jung, y no me parece una interpretación forzada, porque toda gran novela termina dialogando con ideas que muchas veces exceden la intención de su autor. Pero, en mi caso, el origen de esos tres personajes no nace de una construcción filosófica deliberada, sino de la memoria y de la experiencia humana.

Mi esposa aparece siempre en un único recuerdo, el instante en que nos conocimos en la universidad, porque entendí que el amor verdadero no necesita muchas escenas para permanecer vivo. Hay momentos que contienen una vida completa. Ese primer encuentro basta para que el protagonista la sienta presente durante toda la novela. Su ausencia física hace más intensa esa permanencia interior.

La madre y la abuela pertenecen a otro territorio. Ellas representan el origen, la casa, la infancia, la educación sentimental y moral. Aunque han muerto, continúan habitando la conciencia del protagonista porque hay personas que nunca abandonan realmente nuestra vida. Cambia su forma de acompañarnos, pero no desaparecen. Por eso el regreso al pueblo es también un regreso hacia ellas. No vuelve únicamente a una casa; vuelve al lugar donde todavía escucha sus voces y reconoce el sentido de lo que fue.

Si un lector quiere ver en esas tres mujeres la manifestación del anima junguiana, me parece una lectura legítima y enriquecedora. Sin embargo, mientras escribía nunca pensé en convertirlas en la representación de un concepto filosófico. Pensé en tres mujeres concretas que sostienen la identidad del protagonista desde lugares distintos: el amor compartido, la maternidad y la memoria familiar.

Quizá la filosofía aparece después, cuando el lector observa la obra terminada. Yo escribo desde la vida; luego la filosofía encuentra, si puede, un modo de explicar aquello que la literatura ya había intuido. Tal vez por eso esas tres mujeres parecen más vivas que el propio protagonista: porque él regresa buscando una casa y termina descubriendo que quienes verdaderamente conservan su identidad no son los vivos, sino aquellos que siguen habitando su memoria.


Hay un leitmotiv en la novela que llamará mucho la atención de cualquier lector: el protagonista, al visitar la tumba de su madre en el cementerio empezará también a descubrirse a sí mismo gracias a que allí, cerca de donde yacen sus seres queridos, está la tumba de un niño. No quiero dar detalles de esa extraña pero enriquecedora relación, que en cierto momento también involucrará a la madre del personaje, pero veo aquí otro guiño filosófico… en esta ocasión a Friedrich Nietzche cuando en su clásico «Así habló Zaratustra» presenta a la niñez como la última de las tres metamorfosis del espíritu (el niño para Nietzche no simboliza inmadurez, sino creatividad, capacidad de comenzar de nuevo y afirmación de la vida. No es un llamado a volver a la infancia biológica, sino a recuperar ciertas cualidades), que es justo lo que parece buscar desesperadamente tu personaje.

No me parece una lectura descabellada. Al contrario, me gusta cuando un lector encuentra en una novela capas que el propio autor no se propuso construir de manera consciente. Nietzsche forma parte de mis lecturas en el doctorado que recién acabo de concluir, pero mientras escribía no pensé en ilustrar la tercera metamorfosis de Así habló Zaratustra.

La tumba del niño nació por una razón mucho más sencilla y, al mismo tiempo, más humana. El protagonista regresa al cementerio buscando a su madre y a su abuela, es decir, buscando el pasado. Sin embargo, ese niño desconocido termina obligándolo a mirar algo distinto: la fragilidad de la vida, aquello que nunca alcanzó a desarrollarse y la pregunta inevitable sobre todo lo que pudo haber sido. Ese descubrimiento modifica su manera de mirar también a su madre y, finalmente, de mirarse a sí mismo.

No quise convertir a ese niño en un símbolo cerrado. Preferí que fuera una presencia abierta, capaz de despertar preguntas diferentes en cada lector. Para unos será la inocencia perdida; para otros, la interrupción injusta de una vida; para otros, la posibilidad de un nuevo comienzo. La literatura gana cuando no obliga a una única interpretación.

Si alguien encuentra allí la idea nietzscheana del niño como la capacidad de empezar de nuevo, me parece una lectura perfectamente posible. Después de todo, mi protagonista no vuelve al pueblo para recuperar el pasado tal como fue, porque eso es imposible. Regresa para comprender quién es cuando ya casi todo lo que sostenía su existencia ha desaparecido. Ese viaje exige despojarse de muchas certezas y volver a hacerse preguntas esenciales.

Tal vez por eso el cementerio termina siendo uno de los lugares más vivos de la novela. Allí el protagonista deja de dialogar únicamente con sus muertos y comienza a dialogar consigo mismo. Y si en ese proceso aparece el niño de Nietzsche, no será porque yo lo coloqué deliberadamente en esas páginas, sino porque la literatura, cuando nace de una experiencia verdadera, suele encontrarse con la filosofía en el mismo lugar donde ambas intentan responder la misma pregunta: qué significa, realmente, volver a empezar.

Pero debo de confesarte que la tumba existe al lado de la de mi abuela en Barahona, y me extrañó un día cuando fui a visitarla que tenía ese pequeño juguete encima.


Otro detalle singular: la casa no es solo decoración escenográfica, no es un espacio muerto; la casa son recuerdos, sensaciones, riquezas perdidas que el protagonista irá reconquistando, al tiempo que es reconquistado él mismo… una casa viva que interactúa con el personaje… y aquí otra vez aparece ese Nietzche que en «La gaya ciencia» y otros de sus libros habla del amor fati («amor al destino»: la invitación no solo a aceptar lo que ocurre, sino a quererlo como parte inseparable de la propia vida). Dicho todo esto, esa casa de «El hombre que vuelve» ¿qué es para Marino Berigüete?

No escribí esta novela pensando en ilustrar ninguna corriente filosófica. Es verdad que he leído a Nietzsche, a Heidegger, a Jung y a muchos otros pensadores, pero cuando uno escribe una novela no está pensando en demostrar una tesis. Si eso ocurriera, dejaría de escribir literatura para escribir filosofía.

La casa nació de un lugar mucho más íntimo. Para mí, una casa nunca es solamente un conjunto de paredes. Es el sitio donde aprendemos a mirar el mundo, donde escuchamos las primeras voces, donde conocemos el amor, el miedo, las pérdidas y también la felicidad más sencilla. Cuando abandonamos esa casa, creemos que la dejamos atrás, pero en realidad ella sigue viviendo dentro de nosotros.

Por eso, en la novela, el protagonista cree que regresa para recuperar una casa, cuando en realidad la casa termina recuperándolo a él. Cada habitación, cada objeto, cada silencio le devuelve una parte de sí mismo que había quedado enterrada bajo los años, el trabajo, la ciudad y la rutina. La casa no habla, pero recuerda. Y al recordar, obliga al protagonista a enfrentarse con la persona que fue y con la que ha llegado a ser.

Si un lector encuentra en ese recorrido una cercanía con el amor fati de Nietzsche, me parece una lectura válida. Pero no fue un punto de partida para escribir la novela. Fue, si acaso, un punto de llegada que otro lector puede descubrir. Yo simplemente intenté contar la historia de un hombre que comprende que no puede cambiar su pasado, pero sí reconciliarse con él.

¿Qué representa esa casa para mí? Representa el origen. Ese lugar al que todos volvemos alguna vez, aunque sea únicamente con la memoria. Porque llega un momento en la vida en que uno descubre que la verdadera patria no es un país ni una ciudad, sino la casa donde comenzó a entender quién era. Y quizá esa sea la única conquista posible: regresar a ese lugar, aceptar todo lo vivido —lo bueno y lo doloroso— y comprender que sin esa historia tampoco seríamos quienes somos.

En esa casa hoy hay un hotel, se llama El Loro Tuerto.


Finalmente, ¿en qué proyectos literarios andas actualmente?

Antes de pensar en los libros publicados, pienso en los que todavía me exigen tiempo. Es una etapa distinta de mi vida. Ya no escribo con la ansiedad de demostrar nada, sino con la paciencia de quien entiende que cada obra necesita su propio ritmo. Hay manuscritos que avanzan con rapidez y otros que permanecen meses esperando una palabra, una lectura o una experiencia que los complete.

En este momento tengo sobre mi mesa dos libros de poesía, cada uno integrado por setenta poemas. Son proyectos diferentes, escritos desde registros distintos, pero ambos nacieron de la misma convicción: la poesía sigue siendo el lugar donde regreso para entender lo que no consigo explicar de otra manera.

También trabajo en dos novelas que aún no he dado por concluidas. Aprendí que una novela no termina cuando el autor cree haber escrito la última página, sino cuando los personajes dejan de reclamarle cambios. Hasta que eso no ocurre, prefiero seguir escuchándolos.

A esos proyectos se suman dos libros de ensayos literarios. Siempre he sentido que leer y escribir forman parte del mismo oficio. Los ensayos son mi manera de conversar con los autores que me han acompañado durante décadas y de reflexionar sobre la literatura desde la experiencia del escritor y del lector.

Pero, si debo decir dónde está hoy concentrada la mayor parte de mi energía, la respuesta es clara: en mi tesis doctoral en Filosofía. Es el trabajo que ocupa mis días y mis noches. Allí convergen muchas de las preguntas que han atravesado mis novelas, mis poemas y mis artículos. No la concibo como un ejercicio académico aislado, sino como otra forma de seguir buscando respuestas.

Al final, todos esos libros, terminados o inconclusos, participan de una misma travesía. No compiten entre sí. Se acompañan. Cada página escrita alimenta a las demás. Y mientras la vida me conceda el privilegio de seguir leyendo, pensando y escribiendo, siempre habrá un manuscrito abierto sobre mi escritorio esperando el comienzo de una nueva jornada.


PUEDE ADQUIRIR LA NOVELA EN ESTE LINK: El hombre que vuelve – Novela – Marino Berigüete

La enseñanza en Cuba: del civismo al mito

PRÓLOGO AL LIBRO CUBA: POLÍTICA Y SOCIEDAD. LA OTRA CARA DE LA ENSEÑANZA


Lecciones de un fracaso ideológico.

El civismo, la ética, la decencia, la cultura como alimento del crecimiento individual del ciudadano son visibles agujeros negros en la sociedad cubana actual. Es el resultado de sucesivas sustracciones, desviaciones y manipulaciones ideológicas de todos y cada uno de los elementos que, dentro del entramado social de la nación que encontró la Revolución Cubana en 1959, habían configurado durante cuatro siglos ese singular comportamiento social y espiritual que colocaba a la pequeña isla de Cuba, y a los cubanos, como una de las naciones y una de las poblaciones más adelantadas de América Latina y el mundo occidental en aspectos tan esenciales como el humanismo en tanto motor de la búsqueda constante de las libertades, la pluralidad de expresiones de esas libertades y la generación de un pensamiento social que se diversificaba en todos los ámbitos de la sociedad adecuándose al movimiento de la historia nacional, regional y universal.

La primera virtud de este libro es, entonces, mostrar muy nítidamente las muchas y múltiples luces de ese desarrollo social, así como del surgimiento y fortalecimiento del espíritu de nacionalidad, poniendo el foco en la responsabilidad que tuvo en esos ascensos continuados el universo vital de la enseñanza: desde la evangelización como herramienta “educacional” para el forzado adoctrinamiento religioso durante la conquista, la creación posterior de instituciones que resultaron hitos de la enseñanza en todo el imperio español, la impronta de la concepción educacional cristiana (básicamente católica, pero no la única) en la consolidación de los valores cívicos, éticos y morales de la población y de la sociedad, hasta ese amplísimo abanico de modalidades educativas que coexistieron en la Cuba plural de las décadas del 40 y el 50, y que fueron eliminadas de raíz después de 1959 para arraigar en toda la isla el monopolio que necesitaba ese otro forzado adoctrinamiento, esta vez ideológico, que implementó la triunfante Revolución.

Otro aspecto a destacar en esta obra es el esclarecimiento, mediante certeros análisis historiográficos y sociológicos, de una de las más dañinas acciones del proyecto social instaurado por Fidel Castro: las estrategias desestructuradoras esgrimidas por la nueva doctrina educacional “revolucionaria” (manipulación, deformación, segmentación y denigración mediante) para minimizar, encauzar en los “nuevos aires” y poder utilizar a conveniencia de la política el sólido aporte de figuras imborrables de la historia nacional a la cultura, la nación y la sociedad cubanas.

Y, reforzando lo anterior a través de lo que podríamos llamar “estudios de casos”, una zambullida reflexiva al daño antropológico que generaron las sucesivas, arbitrarias y monopólicas reformas, leyes, campañas (regidas en lo esencial por lo caprichos o invenciones, absolutamente unipersonales, del Máximo Líder) que pretendían concebir un modelo único (nacional y exportable) para facilitar el trabajo de control de los ciudadanos y condicionar la existencia y los credos de la población a la existencia misma de la Revolución, el Partido  y el Estado, maquiavélica deformación del orden natural de todas las instituciones y estructuras educacionales y/o generadoras del pensamiento social que finalmente, por solo poner un ejemplo importante en los tiempos que corren, consiguió que la inmensa mayoría del pueblo desconozca algo tan elemental como el derecho a tener derechos y el derecho a exigir el respeto a esos derechos.

Desfila por estas páginas el legado que al corpus de la enseñanza entregaron dominicos, franciscanos y jesuitas o el mando eclesiástico, escritores como Silvestre de Balboa (autor de la que se considera la primera obra literaria escrita en suelo cubano: el poema épico-histórico Espejo de paciencia) o Domingo del Monte y José Martí, y pensadores e intelectuales como Félix Varela, José de la Luz y Caballero, Tomás Romay, Felipe Poey e Ignacio Agramonte, entre otros. Y nos sumergimos en las vastas huellas de instituciones que lograron marcar la historia de la educación en lengua castellana, tales como el Seminario de San Carlos y San Ambrosio o la Sociedad Económica de Amigos del País que, si bien no puede ser considerada una institución docente, sí fue piedra angular de la modernización de la enseñanza en la isla.

Y al mismo tiempo (en el capítulo dedicado al Totalitarismo o lo que es igual, al período “revolucionario”, según la historiografía oficial) se propone un recorrido por esa suerte de traspiés continuados en el terreno de la enseñanza, que se fueron tejiendo mediante improvisaciones forzadas del Máximo Líder y sus comisarios políticos, y con un único basamento: la defensa de la ideología elegida por ese líder para el concepto de gobierno personalista y totalitario que le impuso al país, tanto a sus enemigos como a sus amigos y fieles seguidores: el castrismo.

Esa, la imposición del castrismo y las secuelas que provocó en el cuerpo debilitado de una nación y una isla que comenzó a manejar a su antojo quien poco después concentraría todo el poder en un cargo, Comandante en Jefe, sí podría ser considerado el único producto real de esa maquinaria gubernamental ineficaz y absurda que según el artículo 38 de la Constitución de la República de Cuba, de 1976, aprobada tras el Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba de 1975, estipulaba que “la política educativa y cultural se atiene a la concepción científica del mundo establecida y desarrollada por el marxismo-leninismo; la enseñanza como función del Estado, dirigida a la formación comunista de las nuevas generaciones”. Insistencia todavía más irracional en tanto ocurría cuando el liderazgo revolucionario se enfrentaba al fracaso de su intento original –y centralizado en los primeros años de la Revolución– de formar al “Hombre Nuevo”, una criatura idílicamente perfecta que, en la práctica, debería catalogarse como anomalía: ese cubano mayoritariamente iletrado o de cultura general superficial, mal hablado, sin ética, carente de la más mínima cuota de civismo, practicante natural de la doble moral y el doble discurso, y acostumbrado al parasitismo personal, ciudadano y social.

La minimización centralizada y estatalizada “revolucionaria” de la amplísima gama de ideas sobre la enseñanza que en épocas precedentes a la Revolución se imbricaron para la configuración del pensamiento social de la nación seleccionó y estableció dos claros paradigmas que, en opinión de los metodólogos fieles al castrismo, interactuaban y serían las vías más expeditas de alcanzar los objetivos de un ciudadano integral revolucionario. Dos modélicos personajes de la historia: José Martí y su ideario político que se constituyó en la voz que llegaba al presente desde un pasado glorioso, y Fidel Castro, el Moisés iluminado que conduciría al pueblo hacia la tierra prometida: el paraíso socialista como antesala del Reino Eterno de la Perfección, el comunismo. El anterior matiz paródico cristiano no está utilizado aquí por azar: la concepción de esa nueva política educacional y cultural de la Revolución apelaba también al espíritu mítico que gravitaba sobre ese hombre imperfecto y genial de carne y hueso que, sin embargo, llegó a tildarse de “Apóstol”, José Martí, y sobre ese Doctor Castro que bajó de la Sierra Maestra y fue recibido por buena parte de los cubanos como un esperado Mesías –paradójica adoración que la inteligencia astuta y retorcida de Fidel Castro aprovecharía inicialmente para concentrar todo el poder en sus manos, y que finalmente asumió hasta en sus comportamientos más íntimos, llegando a creerse un genuino Salvador de Cuba y de los cubanos.

Debería estudiarse el preocupante fenómeno de que, junto a esta simplificación histórica oportunista de la multiplicidad y pluralidad de conceptos e ideas sobre la enseñanza y los mecanismos de implementarla en la sociedad, uno de los objetivos esenciales del monopolio sobre la educación logrado mediante este proceso de utilizar del legado educacional cubano sólo lo conveniente a la lucha ideológica, fue la posibilidad de exportar el modelo, estableciendo para ello una red de proselitismo intelectual que se movía en los territorios de la cultura, la educación y el universo académico, en principio, en América Latina y, por extensión, en países del Tercer Mundo en África y algunas naciones del Medio Oriente y Asia. El flagelo contaminador, es un hecho, se cimentó y corrió sobre los rieles bien aceitados de la propaganda externa de la Revolución, que se deslizó con éxito hasta la caída del campo socialista pues unificaba el supuesto criterio humanista de formación de ciudadanos pensantes con el antimperialismo y antinorteamericanismo –proyecciones típicas de las naciones latinoamericanas–, y la convicción de la izquierda internacional (protagonista en el mundo de la enseñanza) de que el proyecto cubano que Fidel Castro encabezaba era la encarnación máxima de la lucha por un mundo mejor y, más que nada, libre de la voracidad capitalista e imperialista.

El rescate de la memoria histórica cubana en el terreno de la pedagogía es, finalmente, otra de las virtudes de este libro al resumir no solo las contribuciones personales de las más reconocidas figuras del pensamiento en Cuba vinculadas a la enseñanza: José Agustín Caballero, Félix Varela, José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero, Enrique José Varona y José Martí, cuya impronta no ha podido ser negada por la historiografía oficialista –aunque sí ha sido manipulada, descontextualizada y tergiversada a favor de un claro propósito: reforzar la ideología y la concepción educacional y de generación de pensamiento social de los estrategas de la Revolución–, junto a figuras menos conocidas como Antonio Bachiller y Morales, Esteban Borrero, María Luisa Dolz y Arango, Ramiro Guerra, y otros todavía menos analizados en los estudios sobre el tema en Cuba. 

Un libro este, en resumen, necesario. Una mirada unificadora que busca, más que analizar, decodificar las aviesas estrategias de los ideólogos del castrismo, y las adquisiciones y aportaciones que a esa manipulación social han hecho, y todavía hoy hacen, los intelectuales y pedagogos vinculados a la enseñanza en la isla, América Latina y el resto del mundo.   

Amir Valle, Berlín y marzo de 2024


PUEDE DESCARGAR GRATUITAMENTE ESTE LIBRO EN ESTE LINK: Programa Cuba – Universidad Sergio Arboleda – Colombia