(Cuba, 1967). Escritor y Periodista. Su obra narrativa ha sido elogiada, entre otros, por escritores como Augusto Roa Bastos, Manuel Vázquez Montalbán, Herta Müller y Mario Vargas Llosa. Ha publicado más de una veintena de títulos en los géneros cuento, novela, ensayo y testimonio. Saltó al reconocimiento internacional a través de su serie de novela negra “El descenso a los infiernos”, sobre la vida actual en Centro Habana, integrada por Las puertas de la noche (2001), Si Cristo te desnuda (2002), Entre el miedo y las sombras (2003), Últimas noticias del infierno (2004), Santuario de sombras (2006) y Largas noches con Flavia (2008). Sus libros más recientes son La Habana. Puerta de las Américas (una historia novelada sobre la capital cubana, Editorial alMED, España, 2010), Las raíces del odio (novela, Editorial El barco ebrio, España, 2012), Hugo Spadafora – Bajo la piel del hombre (biografía novelada, Aguilar-Santillana, 2013), Nunca dejes que te vean llorar (novela, Penguin Random House, 2014), la antología de sus mejores cuentos Nostalgias, ironías y otras alucinaciones (Editorial Betania, 2018) y el libro de ensayos La estrategia del verdugo. Breve historia de la censura cultural en Cuba. Actualmente reside en Berlín desde donde dirige OtroLunes – Revista Hispanoamericana de Cultura.
CUENTO DE LA ANTOLOGÍA LATINOAMÉRICA EN PIEL DE MUJER
Milia Gayoso Manzur (Villa Hayes, Paraguay, 1952) Periodista y escritora. Realizó estudios de Periodismo en la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción. Trabajó como periodista en los diarios Hoy, El Día y La Nación. Autora de una vasta obra, entre las que se cuentan En el parque de Gaudí (novela), Martín de los mangos y otros cuentos (infantil), La vecindad de los abrazos (novela juvenil) y Cruzaré el mar para encontrarte. Con Ilíada Ediciones ha publicado Gorriones bajo la lluvia,Todos somos libros. Antología de cuentos paraguayo (compiladora) y Lágrimas negras.
La hija del Tiranosaurio
Lo único que quería era llegar a casa. Me ardían el estómago y la cara. Siempre me ocurre cuando me pongo nerviosa, y esta vez tenía sobrados motivos para sentir que todo se derrumbaba sobre mi cabeza.
Salí corriendo de la reunión. Como cada mes, celebramos los cumpleaños en casa de una de las chicas, y en este octubre, tocó hacerlo en la residencia de Tuita Ferro Morales, cuñada de una de las homenajeadas.
Todo estaba perfecto: la decoración con hortensias naturales, los bocaditos comprados de Casa Fisher, la selección de jugos naturales, helados artesanales y tortas de varios gustos. La música era lo único que desentonaba: demasiado fuerte y chabacana.
No sé a quién se le ocurrió contratar a ese DJ que ponía temas horrendos.
Cuando estaba disfrutando de mi jugo de frutillas, Mela Bosio se acercó de manera sigilosa y con un pedazo de milanesita aún a medio masticar, me dijo que quería hablarme de algo importante.
Por favor, no quiero chismes de Hugo, le dije suplicante. La herida de la separación aún estaba al rojo vivo y me sentía harta de escuchar todo tipo de preguntas y consejos, o lo que es peor, chismes de con quién lo vieron una de estas noches en la chopería del puerto de Asunción.
No es de Hugo, sino de tu papá, dijo, tragando la milanesa y empujándola con un trago de gaseosa. ¿Qué le pasa a mi papá?, pregunté angustiada. Mi papá, el Coronel Eduardo Luis Mendieta, es uno de los seres que más amo en esta tierra, y vivo pendiente de su salud y bienestar.
Él no es tu papá, soltó Mela sin ningún preámbulo.
Claro que sí, le dije. No vas a venir a decirme quienes son mis padres…
Doña Cecilia es tu madre, pero el coronel no es tu papá, Dolores.
Repasé mentalmente mi nombre, Dolores Anahí Mendieta Zarratea, Dolores Mendieta Zarratea, Doli Mendieta…, la hija del Coronel Mendieta, la nieta del Coronel Mendieta Safuán, la hija de Cecilia Zarratea Pino…
Tenés que escucharme, Doli, conozco a una de tus hermanas de padre y ella quiere hablar contigo.
Soy la ex esposa de Fermín Alarcón Sauá, mamá de Rocío y Julián, mejor amiga de Rosita Valladares que hoy celebra su cumpleaños, soy la hija del Coronel Mendieta…
No te entiendo, Mela, qué es lo que tenés en la cabeza. ¿Cómo es eso de que mi papá no es mi papá? ¿Quién, según vos, es mi padre?
Mirate al espejo, me dijo. Mirate al espejo y vas a notar que tenés sus mismos labios y la forma de su cara. ¿Y tu pelo rubio? ¡Es igualito al de él!
Pero cuando veas a tu hermana, vas a notar que son como dos gotas de agua. Solo que ella tiene los cabellos más castaños, pero es idéntica a vos, hasta en la forma de caminar. Querrás saber cómo la conocí. Ella me buscó. En realidad, buscaba acercarse a vos a través de cualquiera de tus amigas, y me ubicó primero a mí.
Las dos son hijas de Alfredo Stroessner. Desgració a tu madre y a la de ella, las embarazó y como hizo con varias jóvenes, las casó con militares solteros de su confianza, para que fueran criadas en una familia. ¿Por qué pensás que nunca pasaste penurias económicas? Porque el viejo siempre se encargó de enviarles una muy buena cantidad de dinero, primero para callar a tu madre y al esposo, y luego para que no te falte nada. Dicen que a pesar de las barbaridades que hizo, quería mucho a sus hijos y no desamparó económicamente a ninguno.
Y mirá que son varios, che.
No quería seguir escuchándola, pero me retuvo del brazo. Si no me creés, tratá de hablar con tu madre y ella te va a contar que el tirano fue quien le entregó su certificado de la secundaria, y allí en pleno acto, ya le echó el ojo y dos días después la hizo buscar en un auto negro, para que se la llevaran a su guarida. Tu abuela no pudo oponer resistencia para que no se llevaran a su hija. Era frágil y humilde, ¿cómo enfrentar al dictador?
Tu madre fue una de las tantas jovencitas ultrajadas que quedaron embarazadas, y luego obligadas a casarse con alguien elegido por él. Ella tuvo suerte porque tu papá adoptivo es una buena persona, pero no todas tuvieron esa dicha, algunas cayeron en manos de depravados.
Mela, quiero irme a casa, hablamos otro día. Acá está su número, Dolores, se llama Eugenia Von Tropper. Hace días que espera tu llamado.
No la escuché, salí sin despedirme de nadie, y sentí que se me había corrido el rímel por toda la cara. Manejé a cien por hora, me comí los semáforos rojos y no podía ver a causa de las lágrimas.
Cuando llegué a casa, no hice ruido para que Rocío no me viera en ese estado. Subí a mi habitación y me dirigí al baño. Aún con los ojos empañados de máscara de pestañas y lágrimas, me miré los labios carnosos, exageradamente gruesos, parecidas a la del dictador.
Me lavé la cara y tomé, con agua de la canilla, uno de mis tranquilizantes. Me eché a la cama con los zapatos puestos y debí dormir varias horas.
A la mañana siguiente, mi hija me contó que me quitó las sandalias y me tapó, pensando que llegué cansada de la reunión de cumpleaños. Me di una ducha y desayuné para despabilarme. Busqué el número de celular anotado en un trozo de papel.
En vez del tradicional sonido se escuchó una canción brasileña y al otro lado una voz muy parecida a la mía. ¡Hola!, holaaa… tardé en responderle porque tenía una catarata de saliva en la garganta. Hola, soy Dolores. Me dijeron que querías hablarme.
Nos citamos para las cinco de la tarde en el bar del Club Centenario. No almorcé de los nervios y estuve a punto de faltar a la cita. Sin embargo, fui, para llegar primera y verla atravesar el salón.
A las cuatro y media ya estaba instalada en la mesa más escondida del bar, semitapada por el centro de mesa y la botella de agua tónica. Hice como que leía, pero en realidad ni siquiera sabía qué libro agarré del estante, cuando salí de casa.
Ya había tomado dos botellas de tónica, cuando la vi llegar. Era yo con el pelo castaño, y orillando los sesenta años, con un conjunto de pantalón blanco y blusa verde manzana, con la misma cantidad de pulseras en el brazo derecho, con los mismos labios gruesos que los hombres encuentran sensuales, pero que para mí se estaba convirtiendo en una seña particular de desgracia. Sí, soy la hija del tiranosaurio.
LUIS MARCELINO GÓMEZ (Ciudad de Holguín, 1950) Cubano-estadounidense. Escritor, psiquiatra y doctor en letras hispanas. En 1985 se le confirió el Premio Nacional de Cuento en Cuba. En 2007 fue Finalista del Premio de Cuento Juan Rulfo en París, Francia. A mediados de los años 80, en viaje hacia el Sahara enviado por el régimen de La Habana, se asiló en Madrid. Luego de concluir su doctorado en la Universidad Internacional de Florida se desempeñó como profesor de literaturas hispánicas, lengua portuguesa y talleres de Escritura Creativa en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. Ha publicado varios poemarios, tres colecciones de relatos: Donde el sol es más rojo (1994), Oneiros (2002), Cuando llegaron los helechos (Monte Ávila Editores Latinoamericana, Venezuela, 2009) y una novela, Solo con el fuego (Editorial Betania, España, 2024). Fue uno de los narradores escogidos por Letras Cubanas para la antología Isla tan dulce y otras historias. Cuentos cubanos de la diáspora (La Habana, 2002). Los cofrades de Columbia Street constituye su cuarta colección de relatos.
Cuando quedó huérfano, se mudó a un pueblo pequeño junto a su padre. Tenía, a la sazón, siete años.
Provenía de una familia reducida, tanto materna como paterna, que residía lejos de ellos en otra parte del país. La dulzura de la madre había llenado el hogar, el jardín, las horas muertas, los almuerzos, las cenas. El trabajo del viejo, conductor de su propio auto, les permitió vivir sin necesidades. Además, ella era costurera y lo mismo cosía un vestido que una bata de cumpleaños para una niña o hacía los bajos a un pantalón de hombre. Pero cuando se quedaron solos, el padre le explicó que aquella casa estaba llena de recuerdos y que era demasiado grande para ellos.
En el nuevo pueblo, el padre adquirió un revolver que siempre llevaba consigo en la guantera del taxi. Porque nunca se sabe, le decía. Y uno tiene que estar preparado. Un arma que nunca usó aquel hombre bondadoso, que no se enojaba con él, del cual no tenía recuerdo ingrato. En el barrio, donde fueron a vivir, se hizo querer también. Era servicial. Y no hubo nadie que, si lo necesitaba y llamaba a su puerta, no lo llevara a donde precisara, aunque no tuviera con qué pagarle, o lo hiciera después.
El hombre no volvió a casarse. Se dedicó a cuidarlo, a alimentarlo, a enseñarle los buenos modales, a defenderse, a llevarlo a la escuela, al terreno de pelota, a comprarle los guantes, los soldaditos, los carritos de plástico, los bloques de lego, blancos y rojos, con los que construía edificios y puentes; los videojuegos. Los libros para que estudiara. Y para que leyera: el Robinson Crusoe, Las aventuras de Tom Sawyer, Corazón, Harry Potter. Y los teléfonos móviles, para que pudieran comunicarse. Siempre mantuvo las habitaciones ordenadas, limpias, hasta que él creció y compartió las tareas del hogar.
Cuando alcanzó la adolescencia, pensó que su padre lo quería con lástima y que no se había juntado con mujer alguna para no darle una madrastra. Para no borrar el recuerdo de aquel ángel que había sido su madre. El viejo era un tesoro. Hablaba con orgullo de él a sus amigos. Y lo mismo hizo cuando se enamoró de Laura, una compañera de preuniversitario, a la que demoró en llevar a casa hasta asegurarse de que estaba preparada para que formara parte de la familia.
Aunque nunca hablara del tema, hubo épocas en las que deseó que el padre se casara, que le diera una madre, aunque no fuera como la que lo había traído al mundo. Con el sueño le venían hermanos, varones y hembras, a los que querer y con quienes jugar. Como aquel sueño no se había hecho realidad, volcó su anhelo en formar una familia propia, siempre al lado del viejo, al que no abandonaría, se había prometido. Y quien lo amara, tendría que adaptarse a los dos. ¿Cómo dejarlo solo? ¿Cómo vivir sin él que tanto le había dado, quien tanto se había sacrificado por su felicidad? Laura lo entendió y ambos comenzaron a trabajar en el mismo mercado del barrio. Tan cercano a la casa, que podían ir andando. Ella de cajera, él de ayudante del administrador. Les iba bien. Y pronto se casaron en una discreta boda a la que asistieron sus excompañeros de colegio y algunos colegas de labor. Y Laura se habituó al suegro que con tanta distinción la trataba, que seguía conduciendo su antiguo taxi para ayudarlos, quien les hizo el primer regalo de la canastilla para el varón, según le había dicho el obstetra, que en breve llenaría las habitaciones con sus gorjeos.
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En la televisión, alarmados, vieron la noticia. Era un virus que había surgido en el encuentro del río Han con el Yangtsé y que pronto se convirtió en pandemia con un avance indetenible. Las estaciones radiales, televisivas y los diarios, hablaban sobre la enfermedad. Y se aterraron como cada habitante del planeta.
Por su estado de gestación, él determinó que Laura no volviera al mercado. Y que su padre, de setenta años, no saldría de la casa. Podría, con su puesto de subadministrador, suplir las necesidades familiares hasta que el mal cediera. Dormirían en cuartos separados. Comerían en sus habitaciones. Abrirían las ventanas para que circulara el aire. Y usaron máscaras aun en la intimidad del hogar. Mantuvieron la distancia requerida. Y cuando él regresaba, entraba por la puerta trasera, dejaba los zapatos fuera y se dirigía al baño, donde se enjabonaba de pies a cabaza y así permanecía por más tiempo de lo estipulado hasta enjuagarse el cuerpo. Y las ropas, directas a la lavadora, con mucho detergente. Fueron rigurosos hasta el extremo, a conciencia de que todo cuidado era poco.
―Tenemos que hacerlo, por ahora ―decía temeroso, precavido―. Un día esta pandemia pasará como la de gripe de 1918. Pero en aquellos tiempos no había vacunas. Ahora tenemos esa esperanza.
Diez días después, Laura le dijo que había pasado la noche con fiebre, que tenía tos y estaba muy cansada, que había perdido el olfato. Se asustaron, pero decidieron no decirle nada al padre. En el viejo taxi, ella atrás, con máscaras ambos, se fueron al hospital que encontraron abarrotado. Luego de unas horas le hicieron la prueba para determinar si tenía el virus. Debía regresar a la casa y esperar por el resultado, porque, por fortuna, su estado no era serio. El feto estaba bien.
―Solo dejamos ingresados a los más graves y con complicaciones ―les explicó un médico de bata arrugada y ojos cansados, a través de una máscara―. No se preocupen. Se los digo por experiencia. No quieran ver las salas. Están repletas.
Tres días después, cuando regresó del mercado, Laura no respondió su llamado. Pensó que dormía. Y la dejó descansar. Una hora después volvió a llamarla. Tocó en la puerta. Y ante la ausencia de respuesta entró en la habitación. Laura yacía en el suelo, hecha un ovillo abrazaba su vientre. Los ojos abiertos. La mirada perdida. Perplejo, como un autómata se lo comunicó al padre, prohibiéndole que saliera de su habitación.
Sintió los sollozos del viejo.
―Hijo, déjame estar contigo. Te juro que usaré máscara.
―Te necesito vivo, papá. Ya no hay nada que hacer. Estamos solos de nuevo. Por amor de Dios, no salgas de tu cuarto.
Con dificultad, sabiendo que no volvería a abrazarla ni que tampoco vendría el hijo, tan esperado, conversó con ellos mientras envolvía a Laura en una sábana. Así la llevó hasta el hospital. En la morgue no cabían los cuerpos. Con prontitud le extendieron un certificado y con él se vio en el crematorio. Lo mejor era incinerarlos, pensó, porque las funerarias estaban atestadas y ni ataúdes había.
Regresó al mercado, porque creyó que lo mejor era estar ocupado. El jefe lo comprendía, pero desde la distancia le rogó que permaneciera en cuarentena.
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No se acordaba del recorrido hasta el hogar. Solo de estar frente al cuarto del padre pidiéndole, por enésima vez, que no saliera, que no había necesidad, que le llevaría la comida y que no abriera hasta que supiera que él estaba lejos.
Abúlico, deprimido, se sentó en la puerta trasera. Desconsolado, comenzó a llorar, sin poder contenerse, buscando un culpable del asolamiento que se cernía sobre la humanidad. Reflexionó acerca de aquel mal que le había privado del amor de su vida, del crío que esperaba, de formar la familia con la que tanto había soñado. Ronco, por primera vez gritó obscenidades en voz alta. Maldijo.
―Hijo ―sintió la voz del padre detrás de él. Y aterrado, sin voltearse a verlo, se alejó.
―Papá, por favor, regresa a tu cuarto. Ya no hay remedio. Tenemos que ser fuertes. Más fuertes que nunca. Es el único modo de salvarnos.
Mudo, desconcertado, queriendo abrazar al hijo, a sabiendas de que no podía hacerlo, lloroso también, el viejo volvió a su habitación.
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No dormía por las noches. Cocinaba. Iba, siempre con máscara, hasta la puerta de la habitación del viejo a colocarle su desayuno, su almuerzo, su comida. A llevarle café, agua, postres. A recoger su ropa para lavarla. A pedirle una vez más que no saliera del cuarto hasta que supieran que no había peligro. A darle, y darse, aliento al decirle que las vacunas avanzaban, que pronto estarían disponibles. Que el mundo sería otro. Que volvería a ser como antes.
Concluido el confinamiento, regresó al mercado. Debía habituarse. Y la resignación comenzó a invadirle el cuerpo. Pero no lograba conciliar el sueño. Los compañeros se preocupaban de su mirada vaga, aunque nada le decían, evitando caer en una conversación que imaginaban demasiado dolorosa. Él, ahora, se concentraba más que nunca en sus tareas. Y extremó los cuidados. Se había obsesionado con la limpieza de la casa: paños con alcohol, toallitas de cloro. El rostro cubierto. Las ventanas siempre abiertas. El padre le daba esperanza. Aún estaba joven. Podría rehacer su vida.
Una tarde, al llegar a la casa, se percató de que el taxi no estaba en el garaje ni el padre en su cuarto. Unos minutos después lo vio llegar, deshacerse de sus ropas, ir hacia la lavadora. Entrar en el baño. Ante sus preguntas le contó que Frank, el vecino que vivía con su abuelo, lo había venido a buscar por haberlo encontrado febril. Que llevó al anciano al hospital, pero que, al no ingresarlo, le indicaron al nieto que lo observara, que solo regresaran si empeoraba. Amedrentado, le repitió como tantas veces en los últimos meses que se fuera a su habitación y que, por favor, no volviera a atender la puerta, tocara quien tocara. Sin embargo, temía que en su ausencia lo hiciera, que su bondad no se intimidara ante la posibilidad del contagio. Porque su padre seguía siendo el hombre servicial de su infancia, de su adultez. ¿Cómo hacerle entender que corrían otros tiempos, que por el momento debía olvidar su amabilidad habitual?
Cinco días después, al regreso de la jornada laboral, encontró que el viejo tiritaba, estaba confuso, se quejaba de dolor de cabeza y del pecho y de una severa falta de aire. De inmediato, en pánico, lo llevó al Cuerpo de Guardia. Por fortuna, se había desocupado una cama en la Unidad de Cuidados Intensivos, donde no pudo verlo más. Todos los días lo intentó. Pero siempre obtuvo la misma respuesta. Estaba con ventilación mecánica, hacían lo posible porque se recuperara. Había que ser optimistas, le aconsejaba la enfermera detrás de la máscara y que mejor los llamara, que era muy peligroso que fuera a preguntar por él. Lo comprendía, mas no podía aceptar quedarse en casa. Además, estaba seguro de que si el contagiado fuera él, el padre no dejaría de visitarlo, al menos hubiera permanecido lo más cercano posible del hospital. Aun así, ni con todas las atenciones, le explicó el médico por teléfono, logró sobrevivir. Cayó en shock por los procesos sépticos del virus. Y no pudieron salvarlo. Se lo comunicaron en el momento que acomodaba unas cajas en el mercado.
No lloró. Lo asumió como si le hubiera ocurrido a otro. Y ese otro dejó el mercado atrás. Erró por las calles con un pensamiento fijo. Por último, se dirigió a la casa. En cuanto entró, fue hasta la guantera del taxi. Tomó el revolver. Decidido, recorrió los escasos pasos que lo separaban de la vivienda de Frank.
WALTER LINGÁN (Cajamarca, Perú, 1954) Desde su primera novela Por un puñadito de sal (1993), que ahora reeditamos, ha publicado una amplia obra narrativa que incluye Koko Shijam, El libro andante del Marañón (2014), Mis flores negras y otras indecencias (2022), Mi nombre es Paronacional (2024), Mamá Angélica (2024), El Titikaka en la mochila (2025) y la novela infantil Niña y Stupsi – El increíble viaje de dos cuyes a la luna (2025). Después de una larga estadía en Alemania, actualmente radica en Austria.
1.- Hecha polvo volaré entre los remolinos
No sé para qué ha de servir que cuente la historia de mi vida. Quisiera que lo recuerden bien clarito, yo no soy reina ni princesa, ni heroína ni nada por el estilo. ¿A quién pues, dígame, podrá interesarle las lunas y los soles que han alumbrado mi trajineo de los años que ya he vivido? ¿Qué le puedo enseñar a la genteque vive tan lejossi no conozco ni una letra? La pobreza me ha hecho crecer en las sombras de la ignorancia, envejeciéndome llena de oscuranas. Sin embargo, he parido un hijo, de quien usted afirma ser su amigo, que le ha encontrado gustito a las letras y dizque ha resultado poeta, o sea, es una de esas personas que escriben para darle a la vida otro color o arreglar los caminos del mundo con la luz que brotan de los versos y de los libros. A otro de mis hijos, llamado Rafael, se le dio por los números y pregona que los pobres a la izquierda valen más que el cero; y otro, sin ser brujo ni redentor, anda explicando, a quien quiera oírle, que es posible cambiar el destino de la gente pobre y que es bueno sembrar, aunque sea un poquito de esperanzas. Mis hijas aprendieron a leer lo necesario y con esa luz, de una u otra laya, alumbran el porvenir de sus hijos. Lo más valioso que tengo en la vida son mis hijos, mis nietos, mis biznietos y mis tataranietos. Además, tengo sueños, muchísimos sueños, que me hacen ser dueña de pequeñas y de grandes locuras. Sin todo esto, me pregunto muchas veces, ¿cómo podríamos vivir en este mundo tan degenerado? Quizás la locura es lo único cuerdo que hay en esta mi vida, es el puñadito de sal que nos llena de esperanzas, nos da y nos quita la razón de vivir.
La verdad, y eso se nota en los ojos de quienes me visitan, hay gente que piensa de que estoy muy vieja, de que tengo los días contados y no me queda mucho pan por rebanar en este valle de arena, de ríos casi secos, de caminos polvorientos, de gente que languidece en su pobreza y que resignada parece estar sentada esperando que les llegue la tramposa muerte. No lo puedo negar, la vejez se ha metido ya en todo mi cuerpo, sus achaques asoman para atacarme, sobretodo me golpean la barriga y mis músculos; se me hinchan los nudos de mis dedos, se inflaman mis rodillas y mis tobillos; pero la cabeza, eso es lo más importante, así me ha dicho mi hijo Melacio, el poeta, se mantiene viva, fresca, y pienso, pienso en la vida, en este nuestro pobre país, en los destinos del mundo perdido en la miseria, y pienso también en Alemania porque allá está él, mi Mela, con su esposa Annette y mis dos nietos: Simon Amaru y Johanna. Ellos, que nos visitan de tiempo en tiempo, seguramente conversarán en las noches, antes de dormirse.
—Mamá Juana creo…
—Sí… ¿Qué crees?
—¿No crees tú también?
—¿Qué?
—No sé cómo decírtelo… A lo mejor la próxima vez que viajemos al Perú ya no la encontramos revoloteando bajo el verdor de los algarrobales o entre los arenales incendiados por ese sol del demonio.
Quién sabe pues, quizás ya no me hallarán; no verán más a estos mis andariegos pies que no se gastan del mismo modo como se gastan los zapatos, ni se agotan de caminar por estos montonales de tierras, familia de los desiertos clamando por agua, por vida nueva. A lo mejor llegan un día y ya no encontrarán mis manos atizando el fogón o tirando puñaditos de maíz a las gallinas. Sus ojos no podrán ver más las alegrías ni las tristezas de estos mis ojos que los gusanos han de comer. Aparecerán a la puerta de mi choza y no encontrarán mi boca dándoles los buenos días ni el buen llegar, cuando la luz del día se apague ya no podré despedirlos con un buenas noches y lindos sueños. Y es que los muertos no hablan, simplemente se quedan en silencio y abandonados en los cementerios. Aunque a mí me queda la esperanza que mi cuerpo hecho tierra, polvo de los caminos, estará volando en medio de los remolinos.
Entonces, lo único que les quedará de mí, como consuelo, será mi voz encerrada en esas cajitas, colocándolo en el radiocasetero podrán escucharlo hasta el cansancio, pero yo ya no estaré, ni rastro habrá de mí en este mundo. Llegará un día que cuando alguien pregunte por mí, por doña Juana Mendoza, la mamá del poeta Melacio, de los Castro, ya no habrá nadie que le pueda decir quien fui, no habrá ni un alma que se acuerde de mí, ni siquiera de mi nombre. Los nuevos vecinos al escuchar mi nombre, alzando los hombros o negando con la cabeza, dirán que nunca lo han escuchado. ¿Juana Mendoza? No, esa señora no vive por acá, dirán y seguirán caminando o laborando sin mayores preocupaciones que intentar comer el pan con el sudor de su frente.
Nací en el campo, cerca de un sitio llamado Pueblo Nuevo, en una chocita de las serranías de San Gregorio, provincia de San Miguel, en el departamento de Cajamarca, y por eso los costeños me dicen con desprecio: «Serrana come papa con gusano» o «chola piojosa». El día que,asustada, abrímis ojos a la vida, en Pueblo Nuevo todo andaba revuelto y es que celebraban la fiesta de San Juan. Dizque no había nada en paz ni en silencio. En vez de eso, alboroto y griterío. Música, baile y aguardiente, o sea, borrachera, gente borracha, bailando y cantando, jaraneando de lo lindo. El viento flotaba sobre las pajas; fuiiii, fuiiii, fuiiii, silbaba y envolvía los montes. La luna, que no había dormido toda la noche, agarraba a las nubes de pañuelo y bailaba en una esquina del cielo. «Vengan todos a la fiesta / vengan todos a bailar…» cantaba la gente. El agua del río: ploc, ploc, ploc, tumba que tumba, como borracho, se reventaba entre las piedras, por entre las cañadas. Hasta los cerros, azuleando en las alturas, «te-pongo, te-pongo, te-pongo», repetían la voz de las cajas y la metálica risa de los rondines salpicaba en la verdosa larguedad de los valles, en las anochecidas hondonadas, en las enconadas laderas.
«¡Qué buena está la fiesta / la fiesta de san Juan!…» cantaba incansable la gente. Entre tanto alborotapueblos, la maldad, gritando ¡guija! ¡guija!, se arrumaba a cualquier sombra que encontraba en las quebradas oscuras. Hombres y mujeres, estrenando ponchos, chales y sombreros, zapa-teaban huaynos y copa-copa apuraban la candela del aguardiente. Las flautas preguntaban: «¿Qué-comeremos-mañana?, ¿qué-comeremos-mañana?», y las cajas respondían: «¡Mondongo-mondongo-mondongo!» Un loquerío de voces cantando: «Vengan todos a la fiesta de San Juan / vengan todos a bailar / ¡qué buena está la fiesta / la fiesta de San Juan». El bombo y el redoblante estaban conversa y conversa, ni un minuto acallaban su vocerío. Uno decía: «de-bajada, de-bajada, de-bajada», y el otro repetía: «te-pongo, te-pongo, te-pongo». El pueblo estaba de fiesta, era fiesta pues, la fiesta de San Juan.
Mi mamá, quejándose por los dolores que le anunciaban el arribo de una nueva criatura, abandonó el baile y se metió rapidito por la chacra rumbo a su choza, a parir en un rincón de la cocina. Aunque, a decir verdad, no recuerdo el día ni la hora en que vi al sol alumbrando a la tierra, ahuyentando a los malos espíritus, pues se nace con ojos que no saben lo que ven, nacemos sin pensamiento, sin conciencia. Desnuda, con el cuerpecito pegajoso, acurrucándome en el seno de mamá, lloraba presintiendo la fealdad de las sombras. Ahí fue que ella acercando su boca a mi oído, me dijo: «Si recién llegas a estas tierras y lloras con tanta ternura, te da tanta pena, ¿cómo será tu vida? ¿Un montón de desgracias? ¿Puro sufrimiento?» Así habló mi mamá. Quizás ella, que parió tantos hijos, sabía leer en nuestro llanto, el destino, la vida que nos estaba entregando.
Mi tayta, rascándole lo poquito de malo que tenía, fue un hombre bueno y se llamó Hipólito Mendoza Hernández. Conoció a mamá, doña Rosa Novoa Mondragón, y en menos de lo que canta un gallo, se antojaron y entre antojo y antojo trajeron siete hijos a este mundo. Nosotros hemos sido —como decía mi mamá— sus siete penas y sus siete alegrías. Pero quién sabe ¿cuántos dolores y malagradecimientos le habremos dado? El único hermano varón que tuve se llamaba Artemio. Mis cinco hermanas fueron: Rosaura, Rogelia, Fidencia, Isaura, y la menor de todas, mi Julia. A mi hermana Julia dizque la esperaban para el mes de julio, pero en señal de capricho, ella se tardó un poco y nació en agosto. «De raza le viene el capricho», decía mi mamá. Mi tayta, que también tenía su geniecito, salió también con su gusto al no llamarla Agusta o Agustina. Había dicho: «Nazca o no en julio, se llamará Julio o Julia».
Recuerdo que en Pueblo Nuevo, en los campos cercanos, y en los otros caseríos, la gente vivía muy mal, mucho peor que en Caín. ¡Uy!, la miseria en que vivía era como para llorar. Claro, en ese tiempo era chica y no sabía reconocer las cosas y tampoco tenía tiempo para llorar por la miseria de otros. Pero conforme fui creciendo, me di cuenta de que no todos somos iguales. Unos no tienen ni donde caerse muertos, mientras otros, los menos, hasta les sobra la riqueza como para intentar comprar a la muerte. Ahora, con toda la vejez y la experiencia, las palabras no me alcanzan para contarles todos los sufrimientos de la gente que vivía en aquel tiempo, allá en el caserío donde nací. No sé si basta con decirles que la gente era muy pobre, tan pobre como esa gente que anda limosneando por el mercado de Chepén, por las calles de Chiclayo o de Lima. Por suerte ellos encontraban un sitio donde laborar, aunque tenían que pasarse trabajando todito el santo día. No sé…
A veces me da por creer que cuando se nace pobre ni el trabajo de sol a sol, ni el rezo nos salva de esta maldición. Dicen que el trabajo es una bendición; en cambio ¿qué es la pobreza?, segurito que es la maldición que propagan los que no saben trabajar. Eso es y así lo digo siempre: la pobreza es una maldición sin remedio. De nada nos sirve trabajar como bestias de carga, ni levantar los ojos al cielo nos ayuda para ahuyentar las maldiciones de la necesidad. Les digo con plena seguridad de que la pobreza es obra de quienes viven bien, de quienes con su dinero manejan el andar del mundo; porque Dios, o quién diablos sea el creador, por más mala sangre que tenga, no haría sufrir tanto a sus criaturas.
Allá en Pueblo Nuevo la gente trabajaba sin importarle nada, si soleaba o si llovía; agachaditos, soplando la lluvia para que se vaya pronto, laborabanel campo sin descanso. Porque así también decían los viejos: «Para que la lluvia se vaya, hay que soplarla». Para los pobres solo hay dos caminos: morirse de hambre o morir pensando que mañana, para sus hijos, todo será mejor. Cuando un pobre no trabaja ¿de dónde saca pues para comer, aunque sea por última vez? Hay gente que pierde toda esperanza, y con razón, entonces ya no hay ninguna razón que la detenga. Eso lo estamos viendo, la guerra que estamos sufriendo no es castigo divino, como muchos quieren decir, no es ninguna maldición que de pronto ha caído del cielo, es producto de la pobreza que el cuerpo ya no aguanta, es la forma de responder a tanta locura, a tanta injusticia o a esa justicia de los que todo tienen y no les falta nada.
Mis taytas eran dueños de una regular extensión de terrenos, tierras que producían buenas y abundantes cosechas. Lindo espigaban el trigo y la cebada. Rubio-rubio florecían las mazorcas de maíz. Hermosas y grandes papas ojonas. Las tierras. ¡Qué tierras! ¡Uf!, mis pies llegaban cansados hasta la última punta de las propiedades que tenían mis taytas. ¿Cuánta tierra pues habrán tenido? ¡Pucha!, bueno, harto, hartote, suficiente como para poder vivir, digamos, bien, holgados, aunque sin lujos. De todo eso ¿qué nos queda ahora? Nada o casi nada. ¿Y a mí qué me queda de toda esa riqueza? Una pizca de tierra bajo las uñas, nada más, también recuerdos como sueños, recuerdos que para mis nietos y biznietos serán simples historias, historias que no encontrarán en ningún libro.
El ganado que dejaron mis taytas, lo mismo que los terrenos, desaparecieron con el tiempo, con la noche, de pronto amaneció y ya no teníamos nada. Quiero decirles que en aquel tiempo era pequeña, de ahí que no podría decir cuan extensas eran las propiedades de mis taytas. Después, más tarde, me porté como una muchacha sonsa que no supo o no pudo defender la herencia que, con su muerte, nos dejaron. Unos cuantos vivos, por uno u otro motivo, fueron recortando, esquilmando, el mundo que con tanto esfuerzo habían construido los pobres viejitos. Los terrenos, que en aquel tiempo tuvimos, eran tan extensos como las propiedades que tiene el señor Barboza, y él no es pues un hacendado, pero tiene suficiente como para vivir cómodamente. Cuando mi tayta se unió a mi mamá dizque ya tenía unas cuantas cabezas de ganado y un buen pedazo de tierra, aunque más grande que El Palto, ese terreno que tenemos aquí en Caín y dizque mide más o menos seis hectáreas.
En esos tiempos las tierras no se medían por hectáreas ni por metros cuadrados, sino por fanegadas. Los metros cuadrados y las hectáreas, como ahora dicen, no se conocían en aquella época. Ahora escucho hablar de metros cuadrados y de hectáreas a los muchachos que vienen de la escuela, como si hablaran de trompos y rayuelas. Nosotros, que no fuimos a la escuela, no, no hemos conocido eso. En cambio, mi Melacio, mi hijo el poeta Mela, que ahora vive en Alemania, decía: «Mamá, mira bien, los hacendados han ocupado todas las tierras que en otros tiempos pertenecieron a nuestros mayores. ¿Acaso ellos compraron los terrenos? No, mamá, no. Ellos vinieron y diciendo: ‘esto me pertenece’, pusieron cerco aquí, más acá y más allá. A los hombres que reclamaban los llamaban indios brutos y haraganes, los amontonaban en las cárceles o les metían un par de balazos. Y ahí quedaba, que vida ni vida, que cristiano ni ocho cuartos. ¿Cómo vamos a morir si no existimos? ‘Los indios no tienen valor’, así dicen, es triste ¿no?, pero así nos tratan. Dizque no tenemos alma y por eso vivimos como animalitos, criando piojos en la cabeza.
¿De justicia? Para qué hablar de justicia, si lo que llaman justicia se banquetea en la mesa de los ricos, de los poderosos, de los que se hacen elegir de alcaldes, diputados o presidentes. Sus haciendas, mamá, por donde las miremos, vienen a toparse con las hilachas de nuestra pobreza.» Yo, con mis torpes conocimientos, le decía: «Estudia hijito, estudia y trabaja. Solo hazme ese favor. Trabaja y estudia para que los límites de las haciendas cambien y a las hilachas las lleve el viento o el demonio. Estudia y trabaja hijo, para que el Perú sea otra cosa». Pero resulta también que al que estudia y voltea sus ojos al pobrerío, no lo dejan en paz, lo persiguen sin descanso y no paran hasta matarlo, matar a su propia sombra, a su saber.
A mi Melacio, el poeta, porque hablaba con la gente sobre la injusticia de las leyes, sobre los abusos de los hacendados y de los capataces, empezaron a fastidiarlo, no lo dejaban en paz, policía aquí, policía allá. Después lo persiguieron, las veces que lograron prenderlo, lo metieron a la cárcel. Al final, no lo mataron, suerte ha tenido este mi muchacho, pero consiguieron ausentarlo, se tuvo que ir de mi lado, y al final, del Perú. Y es que el saber, como en la frente del Carbunclo, ese animal fantasma, es la luz que alumbra y agita la conciencia, despierta la memoria, sacude el polvo de la oscurana y abre las puertas del nuevo día, de un amanecer que, aunque lejano, llegará, llegará. Nadie podrá evitarlo por más que patalee o le dé el patatús. Y es que la historia no se acaba, no tiene fin, solo da vueltas y vueltas…
Se cuenta que el Carbunclo es una aparición, como un duende, más veloz que el viento. Los que lo han visto refieren que es un animal fantasma con el pelaje espeso, negro-negro como un choloque, y suavita, muy suavecita. Dizque su cola se parece a la cola del zorro: así coposa, coposita, como una mota de algodón; sus garras son filudas como las de un gato y tiene la cabeza de cabrito con un enorme diamante prendido en medio de la frente, brillando como una estrella. El fulgor azulado que irradia el diamante alumbra su camino en las noches. Y, lo más interesante, dizque da fortuna al que logra cazarlo, cosa muy difícil, muy muy difícil, porque es más rápido que un cerrar y abrir de ojos, mucho más rápido que el propio pensamiento.
Mi tayta contaba que una vez unos viejos cazadores, una de esas noches en el bosque, lograron coger un Carbunclo. Emocionados, pensando en la fortuna que se les presentó, lo metieron en un saco y no pegaron ni un ojo haciendo guardia al tesoro. Al día siguiente, con la luz del día, se dieron con la sorpresa de que el cuerpo del animal se había convertido en el esqueleto de un zorro y el diamante que estaba pegado en su frente era una simple piedrecita. Y así pues, la conciencia, cuando se enciende en el alma de la gente, es como la luz que despide el diamante prendido en la frente del Carbunclo, no se la puede encarcelar ni matar con todas las balas del mundo…
RAÚL MOARQUECH FERRERA-BALANQUET (Cuba/Estados Unidos, 1958) Miembro de la Generación Mariel y del Centro Yucateco de Escritores A.C. (CYEAC) desde 1993. Autor de los libros Aestesis Decolonial Transmoderna Latinx_MX (2019); Imaginarios Creativos y Soberanía Erótica Decolonial (2018) y editor de la antología Andar Erótico Decolonial (2015, Ediciones del Signo, Buenos Aires, Argentina). Entre sus premios destacan: Fulbright Scholar, MacDowell Fellowship, CLACSO/Ibercultura, FONCA, Foundation of Contemporary Arts, Fundación Prince Claus, Contacto Cultural (Rockefeller/FONCA), ANAT Australia, y la Fundación de Video Lyn Blumenthal. Vive y trabaja en Washington DC, Estados Unidos y Mérida, Yucatán, México.
I
Abro la doble puerta de cristal de la estación de trenes de Houston ubicada en la avenida Washington; la sostengo con la mano izquierda indicando a Xux Éek’ que avance y, tras ella, me dirijo a la sala de espera. El recio aroma de cedro que emana de los bancos disponibles para los pasajeros me transporta al sur de la ciénaga donde los frondosos pinos y almendros resguardaban las casas de madera… el Fuereño los mandó a talar y luego los vendió. La madera era un buen negocio… entonces, iniciaron la construcción del terraplén y el suelo del pantano comenzó a secarse… dejaron de venir los flamencos… Desde aquella noche cuando me forzaron a abandonar la isla, siento la lejanía y el tiempo transcurrir velozmente. Me oprime el pecho… me dificulta respirar.
Una pausada voz femenina se escucha en las bocinas colocadas cerca del techo en las esquinas de la sala de espera. Anuncia el abordaje. Le indico a Xux Éek’ dirigirnos a los andenes. Me detengo frente a la espléndida locomotora pintada de azul brilloso que nos transportaría a la frontera. Alargo la mirada por la hilera de vagones que, en perspectiva cónica, converge en la línea de ferrocarril para luego confundirse con el horizonte. Evoco los rieles extendiéndose desde el puerto de Gueykabon hasta la mina… De vuelta a la locomotora, distingo las letras de metal incrustadas a un costado con el nombre de la compañía: Union Pacific Rail Road.
Alejándose de la estación, el roce de las ruedas sobre los rieles provoca un chirrido metálico. La presión en el pecho aumenta la ansiedad por recuperar el aliento. Suelto un leve aullido. Los pasajeros acomodados en asientos reclinables forrados de microfibra azul extendidos a cada lado del pasillo interior del vagón, al escucharme, notan mi desasosiego. Evito la mirada, volteo hacia la parte delantera divisando cinco ventanas anchas de cristal grueso a cada lado y los estantes de aluminio en la parte superior, en los cuales se colocan el equipaje de mano. Observo el contraste entre los cuatro tonos de azul marino pintados sobre las paredes interiores del Brownie y continuo una detallada inspección de los diseños funcionales de la década de los cincuentas. Con cierta suspicacia, imagino la posibilidad de cómo el níquel descubierto en Gueykabon, el pueblo costero donde nací, pudiera formar parte de las piezas de acero inoxidable incrustadas en las paredes.
Xux Éek’, sin dar importancia a mis acciones y con la cara apoyada en la ventana de cristal, mira en la distancia, parece no escuchar. Examino su delgada figura, su pelo color miel, sus grandes ojos azabache, sus delicadas manos. Ya no emana olor a azucena de su piel cobriza y extraño el aroma que la envolvía la noche cuando nos conocimos en La Perla Tapatía, el cabaret de Isla del Carmen donde yo trabajaba mezclando música mientras las teiboleras amenizaban el ambiente.
La potente máquina diésel arrastra los seis vagones traseros deslizándose por una curva inclinada hacia el sur. Por la ventana, diviso el ancho mar abrir sus dominios hacia el horizonte. Ubico al fondo, un par de pequeños cuartos destinados al equipaje pesado y luego, a cada lado del pasillo, otras tres ventanas, los baños y al final, la puerta corrediza contigua al acople de articulación con el otro vagón, destinado para subir y descender del tren. Atraído por la brisa marina que entra por la puerta, recorro el pasillo central hacia el fondo.
Parado sobre el puente entre los coches, volteo a la derecha y me encuentro de cara al Golfo—. “La inmensa llanura azul” —pronuncié en voz baja al recordar cómo mi padre Yayael siempre nombraba a la mar. Comienzo a inhalar profundamente como cuando era un adolescente y buscaba calmar las secuelas de la violencia familiar en Punta de Martillo.
Extraño demasiado, a mamá esquivando los golpes de mi padre; a Tomás mientras señalaba hacia el padre Baltasar, parado en la puerta de la iglesia aquella tarde… cuando Massiel y los otros travestis del pueblo decidieron marchar frente al Ayuntamiento… pero la imagen más recurrente es la oscuridad de la mar en medio de la noche mientras el buque navegaba lejos de la costa y, en el horizonte, las luces del puerto se escondían poco a poco detrás del litoral… Doce… trece años sin ver a mi familia, la Isla… cómo si una neblina delgada cubriera el pasado… Abuelo Ixbalanqué me explicó en repetidas ocasiones cómo mi nacimiento tuvo lugar instigado por la furia de Jurakán, el supremo vórtice, corazón y centro del cielo porque esa noche un ciclón llamado Flora cruzó sobre la isla de Guacanayabo. Por eso me nombraron Arimao Urakán. Recuerdo la cadencia de la voz del anciano mientras leía el libro hecho con corteza de coco guardado celosamente en la cueva que conducía a los campos de amaranto…
Una tarde, durante la siesta, en las bocinas de la publicidad rodante se escuchó la voz del alcalde invitando a una asamblea frente al Ayuntamiento. Habían descubierto minas de níquel y cobalto cerca de la desembocadura del río Moa. Fuereño había llegado dos semanas atrás y ofrecía trabajo a todos los hombres. Después de comenzar la extracción, la brisa del mar se mezcló con el polvo rojo proveniente de las excavaciones; se metía en los poros, en la ropa, en la cama… algunos enfermaron. Aparecieron ampollas moradas en la piel de los mineros. Sólo un cocimiento de hojas de cedro, ácana y jagüey preparado por las abuelas curaba las llagas. Murieron muchos peces y otros emigraron al interior del río, donde las aguas estaban más limpias.
D’Óleo, el trovador del pueblo y cantante de la orquesta dirigida por mi padre, nos advirtió del polvo rojo. Según él, era el embrujo de la historia. El tío Janiguanó quedó atrapado en la mina de níquel y murió al instante. Su viuda, la tía Onane, y mamá lavaron su cuerpo varias veces, pero la delgada capa rojiza se mantuvo pegada a su piel. Me atreví a mirar su cuerpo inmóvil en el ataúd y recordé las momias de Nohcacab por su color cobrizo y el tufo agrio. Las minas quedaron paralizadas. El velorio duró tres días y durante el entierro, cuando la procesión tomó rumbo al cementerio, divisé a Fuereño salir de Gueykabon en un camión con dos uniformados. Seis horas más tarde regresó con la parte trasera del vehículo repleta de gente de otro pueblo. No pudieron llegar a la mina. Escuché disparos. Frente a mí, el cuerpo de Ignacio Ramírez cayó de espaldas y observé como José Juan rodaba por el asfalto… el hedor de la mezcla de la pólvora con la carne quemada llegó hasta mi nariz…
—¡Huye, hijo…! —mi madre, Yara Yaloldé, gritaba desde el jardín. Salté la cerca de madera colindante con la calle san Vicenta… resucito la persecución de aquella tarde por los senderos del traspatio—. Allí me detuvo una patrulla y, a empujones, me subieron en la parte trasera… desabrocharon mi camisa y la usaron para cubrir mi cara… las voces de los policías retumban en mis oídos. Me patearon en el estómago… todo estaba oscuro… luego escuché a mi hermano Habaguanex retar a los otros guardias.
Rumbo al muelle, al mismo tiempo que conducía la patrulla, mi hermano me explicó cómo debía esconderme en un buque contenedor. Una hora después de haber zarpado, El Capitán apareció en la bodega donde me habían ocultado. Dejamos atrás el olor a pescado congelado. Lo seguí hasta la cubierta y logré respirar el salitre de alta mar. Calmó mi ansiedad. Junto a la torre del puesto de mando me ofreció un emparedado de bacalao. Estaba fuera de peligro y del acoso de la policía… el barco rompía olas mientras las luces de Gueykabon disminuían en el horizonte. Desde entonces no he podido ver a mi familia… papá murió hace nueve años…
Al desembarcar en Isla del Carmen, El Capitán me llevó directo al patio trasero de la estación de trenes, hasta los vagones abandonados donde el tufo podrido de las frutas y las mercancías desechadas cubría el ambiente. Allí conocí a Jarocho, al Güero y a Sargento. El Capitán me aconsejó no volver a Gueykabon y, antes de marcharse, me obsequió cincuenta pesos. Agradecí su ayuda y quedé a merced de esa pandilla de maleantes quienes se convirtieron en mis camaradas… En las noches nos resguardábamos en los vagones… Fueron los primeros instantes en el exilio.
En el Golfo, con el cuerpo calado por la pestilencia del petróleo crudo y la gasolina refinada, navegué junto a nuevos amigos. Cometí fechorías en cada puerto; trafiqué ron, tabacos cubanos e indocumentados chinos; desembarqué en Tampico en busca de otras encrucijadas y, sobre trenes de carga, atravesé el desierto rumbo a Tijuana. Allí conocí a Edgardo, quien me ayudó a cruzar hacia el otro lado de la barrera de hierro… Hasta logré un título universitario hace seis años y llegaré a viejo pagando los intereses del préstamo bancario utilizado para costear la licenciatura en la escuela de Comunicaciones.
Algunos dirían: —cumplió el sueño americano. Ahora me invade el temor de ser acusado de malversar la beca del NEA gracias a un senador republicano llamado Jesse Helms a quien se le ocurrió decir que las artistas mujeres y lesbianas, junto a creadores latinos, afroamericanos y gais desfalcamos los fondos de las becas financieras del Consejo de las Artes. Según él, al realizar proyectos en contra de las buenas costumbres de la sociedad norteamericana. El senador Helms ha propuesto congelar los pagos.
No sé si podré terminar el filme autobiográfico en el cual quiero plasmar mi experiencia como inmigrante indocumentado al llegar a Los Ángeles y luego, cómo, adolescente callejero que sobrevivió en las calles de Nueva York. Freí hamburguesa en un Carl’s Jr.; fregué baños y limpié pisos en un hospital; lavé platos y cazuelas cuando era estudiante en la Universidad de Iowa… inesperadamente tropecé con el pasado en una calle de Nueva York…
ENTREVISTA CON EL POETA Y NARRADOR CUBANO RAFAEL VILCHES PROENZA
Foto cortesía RTVE
POR AMIR VALLE
¿Cómo definirías Salón del Reino?
Salón del Reino es, probablemente, el libro que más tiempo me acompañó y el que más se resistió a existir. Durante años lo fui escribiendo sin saber del todo que estaba armando un volumen; era más bien una respiración paralela, una suerte de cuaderno secreto que iba creciendo al margen de todo lo demás y de mis andanzas por un país roto que se resistía a mi voz y a mi canto de libertad e independencia.
Es también el libro que más cerca estuvo de desaparecer. Fue el último manuscrito que la Seguridad del Estado logró sacar de una editorial en Cuba antes de mi salida del país. Permaneció inédito durante años, hasta que uno de mis hijos, en diciembre de 2022, logró sacarlo de la isla vía Serbia-Madrid. Tal vez por eso acabó convirtiéndose en otra cosa: no solo en un poemario, sino en el registro íntimo de una metamorfosis.
En él hay algo del diario, algo de la elegía y algo del testimonio personal y de una nación. Están mis amores y mis pérdidas, mis arrestos, mis secuestros, la devastación de un país y, también, la obstinación de seguir creyendo en la dignidad humana cuando todo parece derrumbarse.
No sabría definirlo como un libro de poemas en el sentido convencional. Lo siento más bien como un territorio donde las voces de una vida fueron entrando poco a poco hasta encontrar una música común. Si alguien quisiera entender no solo mi poesía, sino la temperatura moral y emocional desde la que he escrito, quizá tendría que empezar por aquí.
He leído en algún sitio, y confieso que no me ha gustado, que estos poemas “sobraron” en otros libros. Eso haría pensar a un hipotético lector que no es una unidad, que es un Frankenstein poético, una simple recopilación de retazos poéticos dispersos… ¿Quiero que cuentes, o precises, si lo crees necesario, si eso es cierto y qué razones te llevaron a reunir todos estos poemas “sobrantes” en un libro?
No, de ninguna manera son poemas sobrantes. Y quizá esa idea nació de algo que expliqué mal hace años.
Recuerdo un episodio decisivo: un día llegué a la casa de mi madre, busqué todos los cuadernos inéditos de poesía que tenía guardados y los rompí. Todos, menos uno. Ese cuaderno era Salón del Reino. No porque yo supiera ya lo que iba a ser, sino porque había algo ahí que se resistía a desaparecer.
Ese manuscrito me acompañó por toda Cuba: Bayamo, Holguín, Santa Clara, las casas de mis hijos… las estaciones de una vida bastante rota y bastante obstinada. Mientras escribía novelas o publicaba otros libros —muchas veces fuera de Cuba, cuando ya me habían censurado por completo—, estos poemas seguían apareciendo con una música distinta. No entraban en otros libros; parecían reclamar un espacio propio.
Yo suelo escribir un libro de poesía y luego pasar mucho tiempo sin escribir un poema, hasta que un nuevo universo verbal empieza a llamar y a cantar dentro de mí. Pero con Salón del Reino ocurrió algo raro: mientras soñaba otros libros, algunos textos nacían con otra respiración, como si pertenecieran a un mismo clima moral y emocional sin que yo lo hubiera decidido.
Por eso nunca lo he visto como una suma de fragmentos, sino como un organismo que tardó años en reconocerse a sí mismo. Hay poemas muy tempranos, incluso anteriores a Dura silueta, la luna, y otros que llegan hasta 2014, con las máscaras finales del libro. Sin embargo, el lector advertirá que hay una dramaturgia interna, una secuencia emocional y una música persistente que sigue acompañándome y golpeándome.
Quizá porque fue, sin yo proponérmelo, una larga bitácora de confesión. O quizá porque en él terminó entrando, de una forma u otra, el sufrimiento de un país y la vida de alguien que intentaba sobrevivir a ese derrumbe sin renunciar del todo a la esperanza y al amor.
Si miras ahora a Dura silueta, la luna (2003)… ¿qué ha cambiado en tu mirada poética, además de los más de veinte años transcurridos?
Quizá en Dura silueta, la luna había todavía una forma de candor. Lo ha dicho alguna vez José Alberto Velázquez: ese era, acaso, mi libro más inocente y hermoso. También el dolor era otro, y el país desde donde escribía todavía no había terminado de revelar todos sus mecanismos de devastación y humillación.
Ese libro lo escribí en Vado del Yeso, el lugar donde crecí. Años después entendí algo que entonces no podía nombrar: cuando llegamos allí, el 20 de mayo de 1970, nos estaban conduciendo a uno de los llamados “pueblos cautivos”, levantados por la revolución cubana por mandato del ser más nefasto de cuantos he conocido, Fidel Castro, para aislar a familias consideradas incómodas o desobedientes.
La poesía cambia cuando cambian las heridas, pero también cuando cambia la conciencia de lo vivido. Después de Dura silueta, la luna, quien escribió fue alguien más roto, más triste; alguien que había comprendido que vivir bajo un sistema totalitario no solo afecta la biografía, sino que también modifica el lenguaje interior, lo modifica todo.
Desde entonces he intentado escribir desde una honestidad radical, incluso cuando lo contado resulta incómodo. Quizá toda mi poesía posterior sea el intento de dejar un testimonio sin traicionar la complejidad humana ni la fragilidad de quien escribe un poema.
Eras conocido como narrador por una rara novela, Ángeles desamparados (2001), cuando empezaste a publicar poesía. ¿Recuerdas las circunstancias en las que ocurrió ese salto?
La verdad es que la poesía llegó primero. Escribía poemas desde los catorce años —o antes— sin saber muy bien de dónde venían. Lo curioso es que entonces no había leído prácticamente poesía ni conocía poetas. Sucedió como ocurren algunas obsesiones tempranas: algo empezó a hablar dentro de mí antes de que yo tuviera un lenguaje para explicarlo.
La narrativa apareció después, por necesidad. Hay experiencias que el poema no siempre permite contar del modo en que uno necesita ser escuchado.
Recuerdo un momento decisivo. Durante el Periodo Especial (en 1993 o 1994) coincidimos en Bayamo un grupo de escritores. Los únicos que no éramos de la ciudad éramos Guillermo Vidal y yo. Después de un evento literario, fuimos a almorzar al antiguo Hotel Central. O a intentarlo: terminamos sin comer, pensando más bien qué estaría comiendo nuestra familia en casa.
Guillermo me preguntó por un cuento que acababa de leer. Le hablé de aquella experiencia de infancia y adolescencia en las becas cubanas, esos espacios de internamiento y adoctrinamiento que marcaron profundamente a varias generaciones. Me escuchó un rato y me dijo una frase que no he olvidado: “Ahí tienes una novela”.
Tres meses después estaba escrita Ángeles desamparados. En el año 2000 la despojaron de un Premio Nacional de Novela y en 2001 fue finalmente publicada; sin embargo, meses más tarde fue recogida y convertida en pulpa por el Instituto Cubano del Libro y la Literatura. A veces basta que alguien vea la herida antes que tú para entender que llevabas años intentando contarla.
Hace un tiempo escuché este reto… era de algún modo la clásica discusión entre Sartre y Camus sobre la participación del intelectual en la política, trasladada a la poesía: “entre el escapismo de John Keats y el tribunalismo poético de Mayakovski…”. ¿Cuál eliges?
Nunca me ha convencido esa falsa disyuntiva entre el escapismo de Keats y el tribunalismo de Mayakovski. La poesía no tiene por qué escoger entre la torre de marfil y el panfleto.
Keats no huía del mundo: intentaba salvar algo de él a través de la belleza, y la belleza no es evasión, sino otra forma de conocimiento. Mayakovski, por su parte, convirtió el poema en plaza pública y terminó revelando, incluso trágicamente, las fracturas entre la utopía y el individuo.
A mí me interesan más los escritores que sostienen esa tensión sin resolverla del todo: Mandelstam, Celan, Vallejo, Cavafis, Brodsky, Milosz, Pasolini… poetas capaces de mirar de frente la historia sin entregar el poema a la propaganda, pero también de defender la complejidad estética sin desertar de la tragedia humana.
No creo en una literatura neutral; he vivido demasiado para creer en esa comodidad. Pero tampoco creo en la literatura subordinada a consignas: un poema convertido en cartel político envejece rápido.
Durante años intentaron convencerme de que los escritores, artistas o religiosos no debían mezclarse con la política. Aprendí exactamente lo contrario: no podemos dejarles la política únicamente a los políticos y a la policía. La tarea del escritor quizá sea otra: defender la conciencia crítica sin convertir el arte en obediencia.
Por eso no elijo del todo entre Keats y Mayakovski. Prefiero una poesía que no huya del mundo, pero que tampoco se arrodille ante él.
“La maldita circunstancia del agua por todas partes”, Piñera dixit. Escribir en la isla, escribir en el exilio… ¿qué ha cambiado en la escritura de Rafael Vilches Proenza desde tu escape de esa maldita circunstancia?
Escultura del migrante – Bruno Catalano, Marsella.
La libertad modifica incluso la respiración de quien escribe.
Durante años escribí bajo vigilancia: coches de policía frente a mi casa, vecinos convertidos en informantes, la sensación de estar permanentemente observado. Uno termina interiorizando el miedo, incluso cuando cree haber aprendido a convivir con él.
El exilio no elimina las heridas, pero cambia la relación con ellas. Aquí he podido revisar lo que logré salvar de Cuba —manuscritos, notas, libros— gracias a personas que arriesgaron mucho para sacarlos, y también he podido reconciliarme con partes de mí que habían quedado suspendidas en la supervivencia.
Escribir fuera de Cuba me ha dado distancia. Y la distancia, aunque dolorosa, también ilumina. Uno empieza a comprender que el trauma no era solo individual, sino histórico.
Pero el precio es alto. El exilio siempre tiene algo de amputación. Todos los días pienso en quienes quedaron atrás, en mi familia, en los presos políticos, en los amigos a quienes todavía no sé cuándo volveré a abrazar. De modo que, aunque ahora escriba desde la libertad, Cuba sigue entrando todos los días a mi mesa de trabajo, a mi vida.
¿Por qué Salón del Reino?
No es un libro religioso en el sentido convencional, aunque la espiritualidad atraviesa muchas de sus páginas.
El título nace también de una memoria personal. La primera religión que conocí de cerca fue la de una familia de testigos de Jehová. De niño me impresionó algo profundamente: la obstinación con que defendían sus creencias incluso bajo la humillación. No usar la pañoleta escolar, no saludar la bandera, no cantar el himno nacional, no bajar la cabeza ante las imposiciones ideológicas de un sistema que exigía obediencia absoluta.
Aquella dignidad silenciosa me enseñó algo esencial: la fe —religiosa, moral o política— solo tiene sentido cuando alguien está dispuesto a sostenerla incluso en condiciones adversas.
Quizá Salón del Reino también dialogue con eso: con la resistencia íntima, con la idea de que el ser humano puede ser golpeado, vigilado, expulsado, pero, aun así, conservar una zona totalmente inviolable de sí mismo.
ENTREVISTA AL ESCRITOR Y PASTOR EVANGÉLICO ALBERTO GARRIDO
POR AMIR VALLE
En 1984, en Santiago de Cuba, cuando por invitación de mi asesora literaria Maritza Ramírez comencé a participar en las sesiones de los talleres literarios que dirigía la escritora Aida Bahr Valcárcel, conocí a quienes se convertirían, más que en colegas escritores, en hermanos de sueños y luchas: José Mariano Torralbas, Ricardo Hodelín, José Manuel Poveda Ruiz, Marcos González y Alberto Garrido. Terminamos formando el grupo literario SEIS DEL OCHENTA (el otro miembro, la única mujer, fue la excelente poeta Radhis Curie, aunque nunca asistió a nuestros encuentros). Queríamos dinamitar la anquilosada y elitista escena literaria santiaguera. Queríamos imponer nuestras visiones realmente libertinas sobre la literatura es un escenario donde predominaba el clientelismo cultural, el sociolismo literario y la cultura filtrada por la ideología. Creo que nadie duda que lo logramos, unidos en ese espíritu rompedor con nuestros amigos del grupo LA ESCALERA (cuya valía se demuestra solo con mencionar la presencia entre ellos de esa enorme poeta que es hoy Odette Alonso Yodú).
Jamás imaginamos entonces ni Garrido ni yo que un día esa hermandad se consolidaría en el descubrimiento de un Salvador: Jesucristo. Garrido vio Su rostro primero; después, otro hermano del alma, ese ser humano inolvidable y especial (excepcional escritor también) llamado Guillermo Vidal… Y ambos se confabularon en un encuentro literario en Las Tunas, ciudad donde ambos vivían por esos tiempos, para hacer que yo cayera rendido a los pies de ese Jesucristo del que ellos insistían en hablar pese a que en nuestra generación, integrada entonces por más de 50 jóvenes escritores, los tildáramos de ingenuos, locos, ciegos «con esa bobería de creer en algo que hasta ellos reconoce no pueden ver».
Cuando me desterraron pude cumplir un viejo sueño: tener mi propia editorial. Y he visto realizarse otro: tener una colección dedicada a publicar esas obras que la gente perdida en este mundo perdido necesita leer para encontrar la luz de la salvación en medio de tanta oscuridad. Y he tenido el privilegio de haber publicado todos los libros cristianos escritos hasta la fecha por Alberto Garrido: La verdadera batalla del creyente (2017), La gloria de la cruz (2018), La gloria de la resurrección (2022), ¡Llenos del Espíritu! (2023) y Evidencias de nuestra salvación (2025).
Garrido es, sin dudas, uno de los autores imprescindibles de la literatura cubana. Pero también es Pastor y desde República Dominicana, el país que lo acogió como a un hijo, se ha convertido también en un autor imprescindible de ensayos cristianos en Cuba y en la lengua española.
Así surge esta entrevista.
Escribir y escribir para Dios… ¿Cuál es la diferencia, desde tu experiencia como figura destacada en estos dos ámbitos?
Diferencia básica: el tema. Mis libros cristianos son ensayos de certezas vitales, un testimonio de mi gratitud infinita al Señor por salvarme de pura gracia y por darme el don de escribir, un don en el que (debo decirlo) no he sido muy fiel, porque he intentado dejar de escribir varias veces. Lo he intentado, pero siempre vuelvo, como el hijo pródigo de la parábola. Los libros de ficción son actos de kamikaze o de voyerismo: a veces interrogo mis dudas; a veces me meto en las habitaciones privadas de los otros.
Hace unos años, seguro lo recuerdas, nos acusaron de pornógrafos por la fuerte carga de erotismo y sexualidad en nuestros textos. Cuando hablo de mi entrega a Cristo suelen preguntarme: ¿y Dios permite que escribas lo que escribes?
Esa “acusación” de pornógrafos fue una clasificación exagerada a la que contribuyeron las presentaciones públicas en ferias de buenos amigos que querían que nuestros libros se vendieran, aunque no podemos negar la carga erótica de algunos de nuestros mejores cuentos y novelas.
En cuanto a la pregunta, si Dios no lo permitiera, ni una palabra saldría de nuestra cabeza al teclado (y te lo dice alguien a quien Dios literalmente enmudeció una vez). Estoy persuadido de que no cae un gorrión del cielo sin el control soberano de Dios. Dios tiene, sin duda, planes que nuestra razón no alcanza a comprender, que siempre redundan en que Él sea glorificado y nosotros seamos bendecidos.
Por otro lado, creo que Dios nos permite el aprendizaje, especialmente el aprendizaje de conocerlo a Él, a través de pruebas, aflicciones e incluso de los frecuentes fallos de nuestro libre albedrío, entre ellos el ejercicio de la escritura. Creo que Dios me ha permitido escribir algunos libros malos para que pueda escribir otros mejores. Juzguen los lectores. Por cierto, que Dios permita muchas cosas no nos excusa ni de las motivaciones ni de los actos que hagamos: somos responsables no solo de nuestras acciones, sino también de sus consecuencias. No todo lo que hagamos expresa necesariamente Su aprobación moral.
¿Cuándo y en qué circunstancias el Alberto Garrido escritor descubrió que debía poner su talento también en escribir para Dios?
Cuando vi que no tenía en mi biblioteca personal ciertos libros que dijeran lo que yo quería leer. Desde que comencé a predicar en los montes de Cuba, en casas con piso de tierra y a la luz de una vela, al ver los milagros del Señor en respuesta a la glorificación de Su Hijo, me di cuenta de que había mucho error que quería introducirse en las iglesias históricas cubanas. Como una voz que clama en el desierto, denuncié esos errores. Y comprendí que debía escribir esa denuncia para que quedara como un testimonio que perdurase en el tiempo. Así salió el primer ensayo: La verdadera batalla del creyente.
Esta denuncia sigue en pie porque esas herejías continúan escuchándose de la boca de nuevos lobos, especialmente de falsos apóstoles del evangelio de la prosperidad. Así que he intentado exaltar a Cristo y denunciar el error.
Otra razón de mis ensayos son los lectores. Hay muy buenos libros que son muy difíciles de leer. He sido misionero, pastor y maestro bíblico al mismo tiempo que editor, corrector, profesor y director de un departamento universitario. He visto una sed de Dios que necesita ser alimentada con libros que no renuncien a su profundidad teológica y devocional, pero que sean comprensibles para cualquier lector. Es lo que he intentado en cada uno de mis ensayos.
En Ilíada Ediciones he tenido el privilegio de publicar tus cinco libros de temática cristiana. Cristo es el centro en todos ellos. ¿Para qué escribir sobre Cristo si ya tanto se ha escrito sobre un tema tan gastado?
El privilegio es mío por haber sido tú mi editor, sin duda. También agradezco el espacio que me ha dado la editorial Ilíada. En cuanto a la pregunta, ¿acaso los temas se gastan? Esto también podría decirse del amor, la guerra, el exilio, la vida o la muerte, que siguen siendo los grandes temas del hombre.
Si se sigue escribiendo sobre ellos es porque algunos logran una mirada inusual, de oscuro esplendor, o un texto original, y el poder de las palabras sigue subyugando al lector a vivir y morir esas vidas y esos mundos.
Así que le preguntaría a tu inquisidor: ¿por qué no escribir sobre Aquel que ha hecho las declaraciones más asombrosas lanzadas por boca de hombre alguno? ¿Por qué no hacerlo por quien realizó las señales más poderosas sobre el polvo del Medio Oriente y que las sigue haciendo por medio de Su Espíritu en Su iglesia? ¿Por qué no escribir con gratitud a Quien está tatuando ahora mismo su huella dentro de mí?
Cristo me salvó, me sacó del lugar más oscuro y terrible de mi vida y enderezó mis pasos. Me dio nueva vida y la esperanza de resurrección. Y no deja de ser extraordinario que se hayan escrito más libros sobre Él que sobre cualquier otra persona de la historia, aunque Él mismo no haya escrito ninguno. El apóstol Juan dijo que si se escribieran todos los actos y dichos de Jesús no alcanzarían todos los libros del mundo.
Y ahora, otro reto: definir en un párrafo qué perspectiva nueva podría encontrar un hipotético lector en tus libros cristianos.
La verdadera batalla del creyente: Una pelea contra los demonios y herejías del apostolado moderno y el falso evangelio de la prosperidad. Excelente como Manual de discipulado y como vacuna antiherejías. Como dijo Chesterton: “Dios dijo que nos quitáramos el sombrero al entrar a la iglesia, no la cabeza”.
La gloria de la cruz: ¿Qué somos, para que Él nos haya amado de tal modo que vino a morir? Una inmersión en el hecho más extraordinario de la historia, la muerte de Cristo en lugar de los pecadores. Un estudio de los pasajes que expresan su significado y beneficios para el creyente, desde Génesis hasta Apocalipsis. Un libro que nos recuerda por qué debemos amar a Cristo y, sobre todo, que Él nos amó primero.
La gloria de la resurrección: La doctrina más esperanzadora para el creyente está anclada en la resurrección del Hijo de Dios. Nuestra unión con Él garantiza el cumplimiento de esta promesa en Su regreso. Una demostración de por qué estamos bajo un mejor pacto, con mejores promesas.
¡Llenos del Espíritu!: en un mundo donde las experiencias emocionales y los testimonios privados se han convertido en doctrina y, lo peor, en traspié, conviene huir de las cisternas rotas del emocionalismo y el misticismo y regresar a las fuentes de la salvación de la palabra profética más segura. Se denuncia el pecado más frecuente de la iglesia (la falta de llenura espiritual) y somos animados con las palabras de Pablo: ¡sed llenos del Espíritu! Libro desafiante y de gracia abundante para volvernos al primer amor.
Evidencias de nuestra salvación: un examen que responde, con 14 evidencias de 1 de Juan, a la pregunta más importante que debe hacerse todo creyente: ¿soy un verdadero hijo de Dios.
Los escritores sabemos en carne propia que, además de sacerdocio, la carrera de escritor es aprendizaje en muchos ámbitos de la vida. Escribir para Dios, ¿ha cambiado la visión que como escritor impones a tu literatura no cristiana?
Vivir para la gloria de Dios, experimentar Su amor y Su gracia y mirar el mundo con lentes bíblicos ha cambiado mi forma de verlo todo. Escribir para Dios ha profundizado algunos elementos de este cambio, sin duda. Antes yo era muy, muy irónico y muy vanidoso. Son perros que intento matar de hambre cada día. No debo olvidar nunca que soy un pecador salvado por gracia y que Dios extiende esa gracia a todos los pecadores que, como yo, se acercan en busca de su oportuno socorro en Cristo.
Hay muchas aristas interesantes en tus libros cristianos que defines como “temas para otras reflexiones”. ¿Podrías darnos un adelanto de lo que escribes?
En los cinco ensayos publicados por Ilíada he intentado tratar temas esenciales para todo el pueblo de Dios, sin importar su denominación. Tal vez en el futuro pueda escribir otro ensayo titulado “La gloria de la iglesia”. Esta idea se me hace más importante cada día ante el peligro creciente de millones de cristianos “virtuales”, personas que ven cultos por Internet y dicen que aman a Cristo, pero que no necesitan a la iglesia.
¿Símbolo de la egolatría exagerada de estos tiempos o del fracaso de una iglesia que ha dejado el primer amor? ¿De ambas?
No se puede amar a Cristo y despreciar al objeto de Su amor. La Biblia dice: “Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (Ef. 5:25). No se puede amar a Cristo y despreciar a la esposa del Cordero al mismo tiempo.
Tengo aún en mente un libro que quise escribir a cuatro manos con mi madre espiritual en República Dominicana, Doña Liliana de Bobea, y que no pudimos concretar porque el Señor la llamó a Su presencia. Se titularía “Misterios y paradojas”. También me ha dado vueltas, al ver a mi alrededor cómo la fe en las sanidades ha decrecido tanto, otro ensayo que titularé “Palabras de sanidad”. Como misionero y pastor, estos ojos dan fe de sanidades y milagros extraordinarios, aunque sin duda el mayor es ver a alguien, que estaba muerto en sus pecados, ser regenerado.
Por otro lado, tengo como proyecto más ambicioso para los próximos años escribir una novela sobre uno de mis héroes de la fe: Casiodoro de Reina, a quien la Inquisición persiguió y Ginebra miró con recelo, y que nos entregó una de las mayores joyas literarias de todos los tiempos: la traducción de las Escrituras.
Dime, editor mío: ¿por dónde debería comenzar?
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Llevas tiempo utilizando las redes sociales para promover una idea que difiere de lo que muchos otros opositores esgrimen: cambiar la visión con la que se aplicaría el poder en una Cuba futura. En tu caso, insistes en que el soberano sea el ciudadano y no el pueblo. ¿Podrías explicar por qué esa insistencia?
Mi insistencia nace de una larga experiencia de vida como ciudadano en un régimen totalitario, donde no se reconocen los derechos ciudadanos, de mi condición de abogado, perseguido y preso político, de mi sensibilidad de escritor, de mi condición de académico, de mi convicción jurídica, filosófica y espiritual.
Una tradición literaria cubana me ilumino: la metáfora como creadora de realidades. En Jesus, Ignacio Agramjonte, José Marti y José Lezama Lima las encontré: Dios hizo a su imagen y semejanza, el individuo es soberano de sí mismo, y la ley primera de la republica como culto a la dignidad plena del hombre.
Los peregrinos que arribaron al continente americano no eran únicamente aventureros económicos. Muchos de ellos constituían comunidades religiosas perseguidas que concebían la libertad de conciencia como atributo esencial de la dignidad humana. Esa experiencia espiritual marcaría decisivamente el desarrollo posterior de nuestros patricios. La idea de que existen derechos anteriores al Estado, derechos que no dependen de la voluntad del gobernante, hunde sus raíces precisamente en esa tradición religiosa y jurídica.
Ahí aparece una diferencia esencial entre el pacto social y el contrato social desarrollado posteriormente por gran parte de la tradición revolucionaria francesa. Parte de la tradición americana, basado por el pacto social de la cristiandad, e influido por pensamiento protestante, por el Common Law y por la filosofía política inglesa, concibió los derechos individuales como anteriores al Estado. El poder político no crea esos derechos; apenas los reconoce y debe protegerlos. La Revolución Francesa, en cambio, aunque proclamó los derechos del hombre, terminó organizando la soberanía alrededor de la nación abstracta representada por el Estado. La Asamblea Nacional se convirtió entonces en intérprete suprema de la voluntad general y el ciudadano quedó progresivamente subordinado al aparato político encargado de representar esa soberanía nacional.
La Constitución norteamericana siguió un camino distinto. La expresión “We the People” posee una profundidad filológica y filosófica extraordinaria que frecuentemente se pierde en las traducciones convencionales al español. El problema no es meramente lingüístico. Es civilizatorio, jurídico y político. En buena medida, dos concepciones distintas de la soberanía permanecen ocultas detrás de dos estructuras gramaticales diferentes.
En inglés, la fórmula “We the People” comienza con el pronombre personal “We”: “nosotros”. Y ese detalle aparentemente simple resulta decisivo. Porque el “nosotros” anglosajón no funciona exactamente igual que la noción abstracta de “el pueblo” desarrollada posteriormente por gran parte del constitucionalismo continental europeo influido por la Revolución Francesa. En la tradición política inglesa y norteamericana, el plural conserva una fuerte carga individualizante. “Nosotros” significa una pluralidad concreta de sujetos determinados que actúan conjuntamente sin desaparecer completamente dentro de una masa colectiva indiferenciada. Ahí reside una diferencia filológica fundamental.
El inglés político heredero de la tradición anglosajona mantiene una relación mucho más estrecha entre pluralidad y personalidad individual. “We” no absorbe al individuo dentro de una entidad metafísica superior. Al contrario: presupone sujetos concretos que permanecen reconocibles dentro del conjunto. Por eso “We the People” puede entenderse, desde una lectura filológica profunda, como “Nosotros, cada uno de los ciudadanos que integramos el cuerpo político”. Ese matiz transforma completamente el problema de la soberanía. La soberanía deja entonces de residir en una abstracción colectiva separada de las personas reales y pasa a concebirse como algo distribuido entre ciudadanos concretos que pactan limitar el poder político mediante una Constitución.
Ello condujo a que los Padres Fundadores de la Nacion Cubana procuraran un proyecto de país basado el la soberanía del ciudadano, la incviolabilidad de los derechos inalienables y la justicia como fin del derecho.
En la tradición francesa revolucionaria, “el pueblo” tendería progresivamente a adquirir una dimensión abstracta susceptible de ser interpretada por una asamblea, un partido, una vanguardia revolucionaria o incluso un Estado centralizado que afirma actuar en su nombre. El individuo termina subordinado a la voluntad general. En cambio, la estructura lingüística de “We the People” conserva mucho más claramente la idea de pluralidad operativa. No habla una masa homogénea. Hablan ciudadanos concretos. Desde el punto de vista filológico, incluso puede observarse algo todavía más profundo: el sujeto sintáctico verdadero de la frase no es “People”, sino “We”. El núcleo activo de legitimidad permanece entonces vinculado a la persona y no exclusivamente a la colectividad abstracta.
Esa diferencia filológica termina produciendo consecuencias jurídicas enormes. El Estado queda limitado; los derechos son anteriores al poder; la Constitución funciona como pacto y no simplemente como contrato social; el juez adquiere centralidad protectora; y la soberanía permanece distribuida en la ciudadanía. Las civilizaciones también organizan el poder mediante el lenguaje. Precisamente por eso la diferencia entre “We the People” y “La soberanía reside en el pueblo” no constituye únicamente una cuestión semántica. Es una diferencia de antropología política.
La soberanía deja entonces de residir en una abstracción colectiva llamada pueblo o nación y se traslada hacia el ciudadano concreto. El individuo aparece como sujeto primario de derechos inviolables frente al Estado. La función del gobierno deja de ser únicamente administrar la voluntad colectiva y pasa además a garantizar espacios de libertad personal que el poder político no puede legítimamente destruir.
Pueblo es una categoría colectiva; el ciudadano es una persona concreta. Cuando se dice que “el pueblo” es soberano, siempre aparece alguien que pretende hablar en nombre de ese pueblo: el partido, la revolución, el caudillo, la mayoría circunstancial o el Estado. En cambio, cuando afirmamos que el soberano es el ciudadano, colocamos el poder político bajo la autoridad moral y jurídica de cada ser humano, creado por Dios a su imagen y semejanza, titular de derechos inalienables que ningún Estado, partido ni mayoría puede confiscar.
En esa Cuba futura, ¿qué peligros implicaría continuar con el modelo (que, por cierto, también es asumido por el gobierno de la isla desde 1959) que establece al pueblo como soberano?
Fidel Castro manipuló el concepto «poder del pueblo», un monopolio del poder en sus manos.
El peligro de mantener la soberanía popular, la soberanía residiendo en el pueblo, que es la gran muchedumbre donde el ciudadano se diluye, como fórmula, permite convertir una abstracción en instrumento de dominación, que las castas políticas y económicas usurpen ilegitima, pero legalmente, la soberanía de los ciudadanos. En Cuba, desde 1959, Fidel Castro, decía en sus maratónicos discursos, una y mil veces, “nosotros el pueblo”, y era una gran mentira. Era solo él; Fidel Castro, el poder, invocando constantemente al pueblo para su obra mesiánica, para reprimir al ciudadano. En nombre del pueblo se ha encarcelado, confiscado, exiliado, censurado y vigilado. Por eso sostengo que la futura República no puede limitarse a cambiar gobernantes; debe cambiar el fundamento mismo del poder, debe cambiar el sujeto político. Si el pueblo sigue siendo una masa manipulable, el ciudadano volverá a quedar indefenso ante quienes digan representarlo.
¿Crees que los líderes de la oposición que ahora mismo encabezan el entorno político en la isla y la diáspora son conscientes de la necesidad de tener en cuenta esta diferencia entre el ciudadano como soberano y el pueblo como soberano?
Todos los líderes opositores al castrismo. tanto los que están dentro de la isla como los del exilio y la diáspora, intuyen la necesidad de la democracia, los derechos humanos y las elecciones libres, pero no siempre advierten la profundidad conceptual de esta diferencia. La democracia, por si sola no es suficiente. Muchos déspotas han ganado las elecciones. La democracia popular puede convertirse en una casta corrupta. No basta con sustituir una dictadura por un sistema electoral. La pregunta esencial es: ¿quién será el verdadero soberano al día siguiente de la transición? Si la respuesta sigue siendo una entidad colectiva superior al individuo, entonces no habremos fundado plenamente una República de todos y para bien de todos, donde el soberano sea el ciudadano, porque Dios nos hizo a su imagen y semejanza, donde los derechos inviolables sean los inalienables, por la dignidad humana y donde el fin del derecho sea la justica, que es lo armónico, lo equilibrado, lo que se merece cada quien teniendo en cuenta la totalidad de las circunstancias, sino apenas una democracia vulnerable a nuevos autoritarismos.
Una frase que suele escucharse en el mundo de la política es “los políticos siempre llevarán el timón, porque siempre alguien deberá asumir la voz del ciudadano y tomar las decisiones en su nombre”. En esa Cuba futura, ¿cómo puede el soberano (el ciudadano) fiscalizar que el poder que deposita en manos de los políticos se adecue a lo que él, en tanto ciudadano, determine.
El ciudadano soberano debe ser la primera y última fuente de poder. Los políticos, desde las instituciones no deben ser más que servidores públicos, un servidor del ciudadano, el verdadero soberano. En consecuencia, debe elegir a sus servidores públicos, a sus políticos, fiscalizar el poder mediante instituciones, pero también mediante una cultura constitucional. Debe existir separación, división e independencia real de los poderes públicos: tribunales independientes, prensa libre, acceso a la información pública, revocación de mandatos en determinados casos, elecciones periódicas, control judicial de la constitucionalidad, transparencia administrativa y responsabilidad civil y penal de los funcionarios. Pero, sobre todo, debe existir la conciencia de que el político no es dueño del poder: es apenas un depositario temporal de una autoridad delegada por el soberano, el ciudadano.
Y ya que estamos en el tema: ¿qué papel jugarían los políticos y sus partidos en un escenario donde el soberano sea el ciudadano?
Los políticos y los partidos que, en la nueva Era de la Revolución Digital, más que partidos deben corriente de pensamiento respetuosa de la pluralidad, son necesarios, pero no pueden convertirse en nuevos soberanos. Deben estar al servicio de los ciudadanos. Su función debe ser organizar propuestas, articular intereses legítimos, formar gobiernos y ofrecer caminos de administración pública, Pero en una República fundada sobre la soberanía ciudadana, los partidos no están por encima de la Constitución, ni de los derechos, ni del ciudadano. Son instrumentos de representación, no propietarios de la nación.
¿Y los poderes del Estado? ¿Mantendrían su independencia o tendrían que someterse a la soberanía del ciudadano?
Los poderes del Estado deben mantener más que su independencia, su separación y división, precisamente porque esa independencia es una garantía del ciudadano soberano. El Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial, el Fiscal y el Electoral, deben ser elegidos por los viudadanos, pero no deben someterse a una voluntad popular manipulada ni a un partido dominante, sino al orden constitucional que reconoce al ciudadano como fuente primera y última y límite del poder. La soberanía ciudadana no significa que cada ciudadano gobierne directamente cada acto del Estado; significa que todo poder público existe para servir, proteger y garantizar sus derechos.
Otro reto: el ciudadano no es un monolito, es un complejo y muy variable recipiente de ideas… y en el caso cubano estamos hablando ahora mismo de casi catorce millones de ciudadanos, contando isla y diáspora. ¿Qué mecanismos tendría que tener la sociedad para que todas esas voces sean realmente soberanas y puedan poner esa soberanía en función del desarrollo del país?
La pluralidad ciudadana exige mecanismos amplios de participación. Cuba no puede ser reconstruida excluyendo a la diáspora, ni reduciendo la nación a quienes viven dentro de la isla. Deben existir elecciones libres, representación de los cubanos en el exterior, consultas vinculantes sobre asuntos fundamentales, iniciativa legislativa ciudadana, autonomía municipal, libertad de asociación, universidades libres, medios independientes y una justicia accesible. La soberanía ciudadana no elimina la diversidad: la organiza jurídicamente para que ninguna voz sea aplastada por otra. Con todos y para el bien de todos, con multiciudadanía, con un Estado Posmoderno, insertado en las interdependencias nacionales, en procesos legítimos de integración, para contribuir al equilibrio aun vacilante del mundo, como nos enseñara José Marti; patria es humanidad.
Hay un elemento esencial en el caso cubano: “la fuerza del pueblo” utilizada como instrumento y canal de represión del ciudadano. ¿Qué papel tendrían los órganos militares, de defensa y de control de la disciplina social en una Cuba futura?
En Cuba, la llamada “fuerza del pueblo” fue deformada hasta convertirse en mecanismo de vigilancia y represión contra el ciudadano. En una Cuba futura, las Fuerzas Armadas, la policía y los órganos de seguridad deberán estar subordinados estrictamente a la Constitución, al poder civil legítimo y al respeto de los derechos fundamentales. Su función no será defender a un partido ni disciplinar ideológicamente a la sociedad, sino proteger la soberanía nacional, el orden constitucional y la seguridad y servir de protector de todos los ciudadanos.
Háblanos de tu libro más reciente sobre este tema: “De la soberanía popular a la soberanía ciudadana”. Además de lo que hemos hablado en esta entrevista, ¿qué encontrará el lector en las páginas de tu libro?
En De la soberanía popular a la soberanía ciudadana, el lector encontrará una reflexión sobre el problema central de la historia política cubana: la sustitución del ciudadano por abstracciones colectivas que han terminado justificando el poder absoluto. El libro propone una nueva arquitectura constitucional para Cuba, fundada en la dignidad de la persona humana, los derechos inalienables, la separación de poderes, la justicia como fin del derecho y la reintegración de la nación cubana —isla y diáspora— en una misma comunidad histórico cultural con una personalidad jurídica. No es solamente un libro contra la dictadura; es una propuesta para impedir que, después de la dictadura, vuelva a nacer otra forma de poder contra el ciudadano.
Una recomendación para los amantes de la poesía cubana
La jungla – Wifredo Lam (1943)
Proponer un listado de libros que indiquen los rumbos de la poesía cubana…
Por su complejidad, esta idea había quedado aparcada. Como explicamos en dossier similar sobre las novelas (Entender Cuba: 100 novelas – 100 Autores, publicado en nuestro número 65 del 2023) durante los casi dos años de pandemia del COVID-19 lanzamos a nuestros lectores (mayormente a los cubanos) un reto singular: ¿qué 20 novelas cubanas del siglo XX y XXI recomendarías a un lector no cubano que quisiera entender Cuba, su historia, su cultura, su sociedad?…
Hicimos lo mismo con la poesía, en este caso con lectores y escritores cubanos amigos de OtroLunes y aprovechando los intercambios con fieles seguidores de nuestra revista hasta 2025… pero ahora con la pregunta: ¿qué poemarios de autores cubanos consideras que han dejado una huella en la literatura cubana, ya sea en el aspecto de la historia literaria, el desarrollo de las promociones o generaciones poéticas y las corrientes literarias, e incluso los modismos, sin que importe qué circunstancias marcaran esa huella? Insistimos en hacerles entender a los participantes en esta idea que no se trataba, en ningún caso, de una selección para determinar ningún tipo de supuesta superioridad poética si no de impacto poético, ya fuera en el entorno literario o en el ámbito de lectores, aunque sabíamos que posiblemente el resultado apuntaría a libros de algún modo u otro «importantes» en la historia del género.
Bajo ese criterio recibimos la mención de un total de 142 poemarios, de los cuales seleccionamos 100 atendiendo al número de propuestas que tenían.
Como dijimos en nuestro dossier anterior dedicado a la novela, OtroLunes desea aclarar que este listado no apunta a ninguna selección de canon, no responde a ningún interés de priorización generacional, ni tampoco a la valoración de la literatura escrita en la isla o la diáspora. Y como en todo listado, seguramente se encontrarán muchas ausencias.
1.- Los convocantes aclaran que no se trata de un concurso de literatura erótica, de modo que los cuentos deberán ajustarse a las normas de la “literatura errótica”, modalidad creativa del erotismo, cuyas normas, perspectivas estilísticas, temas y visión de las historias tratadas deberán ajustarse a una fórmula adicionada al final de esta convocatoria.
2.- El objetivo de este concurso literario se centra en la promoción del «errotismo» (escrito así con la penetración de la erre) como nuevo estilo de comunicación que mezcla lo erótico con otros asuntos espinosos difíciles de digerir por el lector per se. Los convocantes se basan en el éxito que tuvo la convocatoria internacional que se hizo en el 2015 para la compilación-selección de Cuentos erróticos, 2018 y Cuentos erróticos II, 2023, (este último solo con autores cubanos). Ambos libros con sus respectivos prólogos explicativos de la fórmula están disponibles en Amazon.
3.- Los cuentos deberán estar escritos en lengua española y ser totalmente inéditos, entendiéndose esto como no haber sido publicados ni siquiera parcialmente en ningún medio o plataforma impresa o digital. Sólo se podrá enviar un cuento por autor.
4.- Los escritores que participaron gentilmente en las dos antologías de Cuentos erróticos y Cuentos erróticos II, tienen derecho a participar en este concurso con un nuevo cuento.
5.- El cuento llevará solo su título, sin ninguna señal que identifique al autor, e irá paginado, en formato A-4, con interlineado simple o de 1.15, y letra Times New Roman, a 12 puntos. La extensión tendrá un mínimo de cinco folios y un máximo de quince folios.
6.- Por favor, no confundir errótico con errático. Son dos palabras con significados diferentes. Los cuentos erróticos deben ser presentados en perfecta ortografía, coherencia y composición gramatical y estructural.
7.- La presentación de las obras a concurso será del modo siguiente:
B.- En un mismo mensaje se incluirán dos archivos:
– el archivo de la obra, en formato PDF, que deberá tener solamente como nombre el título de la obra.
– el archivo, también en formato PDF, donde el autor deberá consignar su nombre y apellidos, breve nota bio-bibliográfica, indicando el título del cuento presentado, dirección postal, email y teléfono del autor.
7.- El plazo de admisión finalizará el lunes 16 de noviembre de 2026.
8.- Una comisión de lectores especializados de Ilíada Ediciones y colaboradores de OtroLunes-Revista Hispanoamericana de Cultura (en todos los casos, escritores latinoamericanos y españoles de reconocida trayectoria), seleccionará 10 finalistas, entre los que el jurado otorgará UN premio, dotado con 1500,00 USD.
—Tanto la obra ganadora como las finalistas serán publicadas en una antología bajo el sello de la casa editorial Ilíada Ediciones a principios del 2027.
—Al presentar sus obras a este concurso, todos los autores manifiestan su conformidad de que, en caso de resultar finalistas, sus obras sean publicadas en dicha antología, sin que ello implique que Ilíada Ediciones deba pagar derechos por las obras publicadas.
—Los escritores premiados no podrán publicar el cuento (haya sido premiado o finalista) en ningún sitio impreso ni digital, en el período de 5 años que dura el contrato de publicación en Ilíada Ediciones, pero sí podrán incluir dicha obra en libros, compilaciones o antologías personales de cuentos del autor, siempre consignando el premio obtenido.
—Los autores interesados en adquirir ejemplares de la antología podrán comprarlos a precio de coste editorial en Ilíada Ediciones.
—Por acuerdo entre los organizadores de este concurso, los hipotéticos royalties de las ventas de la antología serán destinados a la publicación de futuros libros dentro de la modalidad creativa de la literatura errótica en Ilíada Ediciones.
9.- El Jurado, cuyo fallo será inapelable, estará integrado por personas de reconocido prestigio en el ámbito de las letras en lengua castellana, y su identidad no será revelada hasta el día del fallo.
10.- La decisión final del jurado se dará a conocer el lunes 21 de diciembre de 2026 en el correspondiente número de OtroLunes – Revista Hispanoamericana de Cultura, y otros medios culturales.
A partir de esa fecha, en los casos que correspondan, Ilíada Ediciones se comunicará con los autores premiados para todo lo referente al proceso editorial de la antología que saldrá publicada durante el primer trimestre de 2027.
10.- Los premios se entregarán en una velada literaria virtual que se celebrará en los primeros meses de 2027 donde se presentará la antología publicada. El autor premiado y los autores finalistas se comprometen a participar de modo virtual en dicha velada.
11.- La participación en el Concurso Internacional de Cuentos Erróticos supone la plena aceptación de estas bases.