El olvido

Del poemario inédito El olvido, de próxima aparición en Ilíada Ediciones.

Patricia Alejandra Núñez (Buenos Aires, Argentina). Poeta y psicoanalista. Ha publicado los libros Los rostros y la noche, Flores blancas, Pájaros en el desierto, La vida entre los ojos, La noche en la orilla de la luna, El sueño en mis manos, La mirada y Un relámpago de otoño. Ha participado en numerosos encuentros y festivales de poesía.


I

¡Mezquindad!
Escuche
dijiste mezquindad
mientras veías sobre las calles
el colchón sucio de un joven.
La calle
el paranoico mundo que nos habita.
¿Por dónde iras?
En este desamparo
en este cuerpo que se calla,
en esta venganza
en esta indiferencia.
¿Por dónde irás?
Junto a la bolsa llevabas
la fuerza terrible de tu trabajo.
¿La basura del mundo sobre el peso de tu cuerpo?
Te mire:
¡Tan hermoso tan joven!
Arrastrabas con valentía el peso,
la basura del mundo
mientras tu cuerpo, tu cuerpo…


II

Era la fiesta
me alejabas, no.
Un esfuerzo, la ración
la multitud, la muchedumbre.
Me iba, deseaba irme
salir, decir las palabras
La voz, la reprimenda, lo obligado.
Me rodeaban, ellos
el deseo oprimido me rodeaba.
Deseaba salir
la palabra deseaba decir.
La muchedumbre, el ruido
me asaltaban por la espalda
me vigilaban, me reprimían.
Me sujetabas con la culpa.
La palabra deseaba crear.
Saltar en un salto bello
parir los diferente
de indescifrables deseos.
La fiesta, los ruidos, el estar cercados
hasta que soltaste el insulto.
La palabra heriste
con resentimiento, con violencia soltaste.
Pusiste en peligro el amor
hasta silenciarme y dudar.
Así creció el escenario de la duda.
Salte,
una y otra vez salte
con el alma y sus heridas.
Hasta encontrar las palabras salte,
en silencio salte
hasta romper los muros.
Luego fue correr, correr, mirando atrás.
¡Que nadie venga a buscarme! dije
Corrí muy lejos hasta respirar
 y quebrar en llanto.


III

Respirar profundo mientras el corazón siente el rumor, ninguna arena pisada por las calles, ninguna flor arrastrada a las manos que oscurecen. Amanece el alba en estos dedos que señalan con inocencia la alegría.

Quisiera abrazarte en el instante que la inmensidad se esfuma y vuelve la bruma a los ojos con el canto de la voz.

Tu voz, mis ojos, estas manos retrasando la espera hasta llegar sobre la delgadez del cuerpo.

La frágil esperanza de los años, el universo estallando en sinuosas brevedades, la constancia de la nada, ecos donde la inmensidad es generosa y nos llama por el sonido que viaja hacia el corazón esculpido por atardeceres.

Sobre la luna los ojos de la ternura guiándonos.


IV

¡Enigma del amor aventurándose!
Este pecho abierto
en las fantasías despierta
por las noches, junto al alba.
¿Qué dichoso amor será?
No es un presagio
ni una revelación ni la certidumbre
es un preludio,
la premura, una sinfonía.
Este amor un despertar
una esperanza lucida
la espiritualidad de la voz.
El corazón
El cuerpo en el eco
de quien responde con la voz dulce
la firmeza de la ternura
la sinceridad del dolor.
La risa habla entre tambores
el cuerpo danza sobre la historia.
Esta fragilidad, esta levedad, este cielo

La noche bocarriba y otros poemas

Del poemario inédito Las aldabas del tiempo.

Clara Lecuona Varela (Santa Clara, Cuba, 1971). Poeta, narradora y crítica literaria. Ha sido premiada en poesía, narrativa, décima y crítica literaria. Parte de su obra ha sido traducida al italiano, al francés y al inglés. Ha publicado: De la remota esperanza (Ed. Mecenas, 2000), Antología de poemas cósmicos y líricos de Clara Lecuona (FAH, México, 2002), PreTextos (Ed. Mecenas, 2003), Estancias (Ed. Mecenas, 2007), Fragmentaciones (Sed de belleza editores, 2007), Lattes Capuccino (Ed.Oriente, 2011), Del cotidiano vacío (Ed. Letras Cubanas, 2017).


La noche bocarriba

Desnudos caminamos sobre el cielo
como una burbuja en el aire,
acaso somos ángeles olvidados
acaso somos nuestros hijos,
esos que no tuvimos.
(no lo sabremos)
Solo es cierto ahora tu mano en la mía,
para siempre tus ojos en mis ojos.
Existe un momento otro,
un universo versal donde la luna
asoma su cabeza para encontrarnos.
Te recuerdo:en mi camino hay una puerta
donde todo comienza o todo termina.
Se encuentra a la mitad del sueño
y no sé sabe si es hacia atrás
o hacia adelante
entonces la maravilla
está en nosotros desde siempre
y desde siempre retorna.
Disfruto echarte entre las nubes 
chupar tus espacios, olerte
y lento cabalgarte. Tu voz en mi voz,
hombre húmedo a la mitad del sueño.
Despierto de golpe y de golpe te poseo
como una burbuja
goteando entre mi boca abierta.
Sobre mi boca todo comienza
o todo termina
a la mitad de mi lengua y tu lengua
y no sé sabe si es hacia atrás o hacia adelante.
Solo que en mi boca a contragolpe se detiene
y abre un agujero enorme
donde la noche,
una vez más se tiende bocarriba.


Las flores del durazno abren para mí, solo en las tardes

En las tardes preparo el té
disfruto que las hojas se deshagan
en mis manos
y el olor se desplace por la habitación.
(Dices, es extraña
esta costumbre mía de estrujar
las hojas)
Coloco mis pies entre tus labios,
húmedos y tibios
por la bebida que recién preparo
como mismo preparo tu cuerpo.
Todo en él
me recuerda a las flores del durazno
Todo él se desparrama
me recibe como una cascada
mientras la ceremonia del té
comienzo.


La hora más cruel

Mis demonios y yo
tenemos un pacto,
donde ellos se ocultan
y yo los encuentro.
Subimos juntos las escaleras,
pisoteando los mensajes.
No nos interesan las palabras,
sabemos cuan fácil
es confundir con cada letra.
Más bien, preferimos
lo que reproduce
el sufrimiento y su adicción.
Más bien nos place
la estancia más cruel
para alimentar
a los que aguardan
con incertidumbre
ante la probable derrota.
Sucede que la dicha
nos aburre, la ilusión
y la esperanza.
Mis demonios y yo
tenemos un pacto,
a veces por turnos,
en el que soy todos ellos
y raras veces yo.


La tormenta como un dios

Una tormenta es siempre inspiradora
sobre todo si las luces
iluminan las ventanas
y los árboles se mueven
como un dios frenético.
Pero qué sabe del baile de mi cuerpo
qué presiente maldito
del otro lado de la ventana.
Acaso conoce
el deseo racional de ungir
su boca con mi boca
serpiente de lengua azul 
y le pregunto
qué sabes sabes de mis luces.
Allí donde todos escuchan
tus estruendos
yo te escucho gemir y siento pena.
porque sólo una ventana
nos distancia.
Así, apaciguo su delirio.
Así, lo aquieto por un rato.
Aunque sé volverá
con la lluvia a provocarme
a indagar por mis sombras…
mis postigos.
Yo, que no tengo conciencia
en estas horas
más bien me hago servir.
Lo invito a complacerme
en esta tarde
de tan absurdas maneras.

Y la rumba me llamó

Manuel Rodríguez Ramos (Jatibonico, Cuba, 1953) Licenciado en Lengua Española y Literatura General por el Instituto Superior Pedagógico “Enrique José Varona” de la Universidad de La Habana. Graduado del Master of Arts en New Mexico State University de Las Cruces. Ph. D. en University of Arizona, Tucson. Fue profesor titular de Literatura Hispanoamericana en el Instituto Pedagógico “José Martí” de Camagüey, y guionista y realizador de documentales en Cinematografía Educativa (CINED). En 1989 escribió y llevó a escena en la Casa de la Cultura de Plaza, en La Habana, la obra teatral El Rey de las Aves. También en los años 80 tradujo para el Instituto Cubano del Libro una muestra emblemática de literatura brasileña. De 1999 a 2013 se desempeñó en Madrid como guionista, director y productor de documentales. Su filmografía la componen más de treinta títulos, entre los que destacan Lezama, inalcanzable vuelve (1989)Retrato de Gastón Baquero (2013) y Las vivencias poéticas de Francisco Brines (2016). Ha desarrollado también una sostenida labor docente en torno a la dirección, la escritura de guiones y la teoría y la práctica del documental en varias instituciones académicas.


Todo aquel que piense que está solo y que está mal
tiene que saber que no es así,
que en la vida no hay nadie solo…

Corría la primera semana del mes de septiembre de 1999, mi primera temporada de exilio en Pozuelo de Alarcón, Madrid. Sufría la incertidumbre del recién llegado, con mi esposa todavía en Cuba, a riesgo de ser retenida en la isla. Eran días de tristeza, cierta depresión y algo de angustia, pensando que estaba solo y mal. Afortunadamente comenzaban por esos días las Fiestas Patronales con una deslumbrante explosión de fuegos artificiales, encierros taurinos, y jubilosas orquestas amenizando los bailes populares en las plazas. Joviales actividades que hacían prevalecer un ambiente de diversión y buena acogida en la pequeña ciudad.

Una de aquellas noches alguien tocó a mi puerta, era Alfonso, un esmerado floristero, un buen amigo español, para invitarme a uno de los conciertos que tendría lugar en esos días festivos, cuya programación yo desconocía.

–¿De quién se trata? –le pregunté.

Entonces me mostró el programa, y un maravilloso afiche, y unos discos de Celia Cruz, una de sus cantantes preferidas.

Programa del Ayuntamiento.

–¿Sabes quién es? –me preguntó, sonriente.

–¡¡¡Azúcar!!! –grité entusiasmado. Y el sábado partimos a disfrutar de aquella función de gala, con profunda emoción.

El lugar del concierto, Auditorio El Torreón, es un hermoso coliseo en cuyo graderío se puede beber alcohol mientras se disfruta del espectáculo. Y allí, en cuanto estuvimos sentados, Alfonso extrajo de su mochila una botella de ron Habana Club, dos vasos, un poco de hielo, unas ramitas de albahaca (pa’ la gente flaca, dijo), y de tapas unos granitos de maní picao, cao, cao. Y así, con la vida convertida en un carnaval, disfrutábamos mucho mejor del mítico concierto; que se tornó más interesante cuando Alfonso se percató de que yo miraba con especial curiosidad al pianista de la orquesta.

–¿Lo conoces? ¿Sabes quién es? –me preguntó entre Quimbara y Burundanga.

–Creo que sí. Su cara me parece conocida –le comenté, mirando hacia el músico que veíamos desde lejos.

Cuando el concierto terminó, con profunda nostalgia habanera, después de cantar, bailar, aplaudir, vitorear, Alfonso sugirió que nos acercáramos a los camerinos; un área muy restringida, pero cuidada por un guardia al que conocía desde su infancia.

–Hola, macho –lo saludó con afectuosidad–. ¿Podemos hablar un momento?

–Sí. Dime.

–Necesito que me hagas un gran favor. Este amigo es un cubano recién llegado, un tremendo fan de Celia Cruz. ¿Pudieras dejarnos entrar para quedarnos en el pasillo y verla pasar de cerca? Sería estupendo. Tremendo regalo le harías a este tío.

–Está  bien –dijo el guardia, esbozando una sonrisa–. Pueden quedarse junto a la escalera que conduce a los camerinos, para que la vean bajar, pero, sin molestarla. La queja por asedio de una estrella como esa me dejaría sin empleo. 

Escaleras por donde bajó Celia.

–Tranquilo, hombre. Allí estaremos de pie, como dos fantasmas –aseguró Alfonso, y abrazó a su amigo cuando abrió la puerta para dejarnos pasar.

Entonces, ocurrió el milagro. Ya en el interior del edificio, ubicados al pie la escalera, vimos de pronto bajar al pianista de la orquesta, y entonces, emocionado, supe que se trataba de Wicho, uno de mis vecinos en La Habana, un buen amigo, un músico excelente.

–¡¡¡Manolón!!! ¿Qué haces aquí? –gritó, preguntó Wicho, y nos dimos un fuerte abrazo.

Con brevedad nos informamos sobre nuestras aventuras de exilio, y después hice que se conocieran ambos amigos, y Alfonso enseguida le pidió a Wicho un favor a partir de cierta desmesura.

–Una de las cosas que Manolo más ansía en su vida es conocer a Celia Cruz. Desde que se enteró de este concierto lleva días comentándome sobre eso. Por ello es que estamos aquí –le comentó Alfonso, exagerando, y después le pidió un favor–. ¿Pudieras presentársela cuando pase frente a nosotros?

–Claro que sí. Ella no está en ná. Te la presentaré –me aseguró Wicho, dándome una palmada en el hombro.

–Celebremos entonces esta maravilla –dijo Alfonso, y sacó de su mochila el ron que le quedaba, los vasos, y nos hizo brindar.

Después salieron los otros músicos, se acercaron a nosotros y bebieron directamente de la botella mientras conversaban en alta voz. Fue el momento en el que entró el guardia, alarmado por el escándalo. Y Alfonso se le acercó sonriente.

–No te asustes. No habrá problema. Son los músicos de la orquesta los del escándalo.

–Bueno. Pues que siga la fiesta entonces –dijo el policía, más relajado; pero enseguida, algo nervioso, subió la mirada por la escalera de los camerinos–. ¡Por ahí viene Celia!

Entonces me acerqué a Wicho y le pedí que se la presentara primero a Alfonso, que me había invitado al concierto y había hecho posible que estuviéramos allí junto a ellos.

–Celia, te presento a este amigo español.

–Encantada –dijo ella, y sonrió.

–¿Pudiera, por favor, firmarme estas joyitas? –pidió Alfonso y le mostró varios discos, un par de afiches, y algunas fotos; y a todo fue añadiéndole Celia su nombre. Después, el agradecido español abrió su mochila y extrajo un hermoso ramo de flores–. Aquí tiene, para la diosa de la noche.

–Gardenias para mí. Muchas gracias, joven.

Sillas utilizadas para sentarse durante la conversación.

Después Wicho hizo mi presentación, informándole que yo era un cubano recién exiliado. Y entonces Celia le preguntó al asombrado guardián amigo de Alfonso si había un lugar donde pudiéramos sentarnos a conversar; y él, muy diligente, buscó dos sillas de terraza, las acomodó   en un rincón, y hacía allí nos fuimos.

Comenzaron entonces las preguntas: ¿Cómo saliste de Cuba? ¿Cuándo llegaste? ¿Por qué te veo un poco triste?

–Llevo dos meses fuera de Cuba, y todavía mi esposa está allá, bloqueada, y eso me crea mucha incertidumbre –le comenté luego de responderle en detalle las preguntas anteriores.

Entonces se acercó a nosotros Pedro Knight, y luego de un saludo afectuoso, le recordó a Celia que en el Ayuntamiento los estaban esperando para una cena de homenaje.

–Ya lo sé. Está bien. Que esperen –fue su rítmica respuesta, seguida de otra pregunta–. ¿De qué parte de Cuba eres?

–De Jatibonico –le respondí, teniendo en cuenta mi lugar de nacimiento, y sobre todo la canción de su “ahijado” Willy Chirino.

–Por favor te lo suplico; háblame, háblame, háblame de Jatibonico –dijo con ritmo cercano a la canción, y nos reímos mucho, y me sentí más relajado–. Qué bien. Te veo mejor. Es que eres muy fuerte, muchacho. De Jatibonico a Pozuelo, tremendo cambio.

Fue el momento en el que se acercó a nosotros uno de los músicos de su orquesta para recordarle la honorífica cena, y Celia le pidió que esperaran un poco, que ya estábamos terminando.

–Bueno, ¿y qué haces? ¿En qué trabajas? –siguió preguntando.

–Soy director de documentales. Trabajo en una productora pequeña, que durará poco. Pero donde se trabaja bien.

–¿Y por qué no hacemos juntos un documental?

–Me encantaría. Sería lo mejor que me podría pasar –le dije, muy animado.

–Cuando viaje otra vez a España nos veremos y hablaremos de eso. Tenemos que ir pensando cómo lo vamos a titular –dijo, sonriente.

En aquel momento se acercó nuevamente Pedro Knight, y Celia condescendió a la partida.

–Está bien, vamos, que el muchacho ya está mejor –aseguró, y se despidió con un beso, abandonó el teatro, y salió con su esposo hacia la calle.  

Alfonso y yo seguimos a la pareja hasta la limusina parqueada frente a El Torreón, donde esperaban los músicos. Entonces, junto a la puerta abierta, antes de subir al automóvil de lujo,  se volvió hacia mí y tuvo un comentario final: “al documental lo llamaremos Kikiribú Mandinga, como a la negra Tomasa”. Y después, sonriente, hizo un hermoso gesto de despedida, ocupó su asiento, cerró la puerta, y la limusina partió dejándonos cargado de emoción.  

–¡Cómo sois los cubanos! –dijo Alfonso, expresando su admiración en cuanto quedamos solos–. Es increíble que una súper estrella como esta te haya dedicado más de media hora de conversación. No se despidió de ti hasta que te vio animado, aun sabiendo que en el Ayuntamiento la esperaban para cenar y homenajearla.

–Así es amigo mío. Gracias a ti he tenido una de las mejores experiencias de mi vida.

–Vayamos para un bar. Se trata de un gesto de humanismo que hay que celebrar.

–¡Qué viva la Reina de la Salsa! –la glorificamos luego, haciendo entrechocar las copas de vino.

Fata Morgana

(Fragmento de novela homónima)

Oliet Rodríguez Moreno (La Habana, Cuba, 1971) Ingeniero Mecánico de formación, salió de Cuba a inicios del 2001 para radicarse en Alemania. Durante una estancia de 3 años en México, cursó un diplomado en escritura literaria en el Centro Mexicano de Escritores. Ha publicado sus relatos en la página Zoepost.com, de la reconocida escritora cubana Zoé Valdés. Su cuento “La rata “ se publicó en la revista de literatura Mexicana Anestesia. Su cuento “Mujer de humo” es parte de la antología Cuentan que un perro, cuentan que un gato (editorial Ego de Kaska, 2021”. También escribe regularmente en su blog personal www.orod-oficial.com.

Puede adquirir el libro aquí: Fata Morgana – Ilíada Ediciones, 2022

I.- Beso de Amor
No me podrás evitar y elegirás lo que quiero
como una rosa en la nieve, o como un perro sin dueño.
Soplaré bajo tus alas,
haré playas de desiertos,
descubrirás que, sin sueños todos estaremos muertos.
Seré el aire que respiras,
el perfume de tu cuello,
Cerraré miles de bocas de niños sin caramelos,
Alargaré tu camino,
confiarás sin fundamento.
Observarás sin juzgar a la maldición del tiempo,
Marcaré todos tus naipes,
me quedaré con tu aliento. 
Te privaré de esperar como llegan tus deseos.
Mentiré puras verdades,
lloraré paz y lamentos,
Renaceré en armonía bien adentro de tu cuerpo
como ilusiones que guían veleros a todo viento.
No me sabes,
voy por ti,
tú me buscas,
yo te encuentro.

Mi mente es un ente complejo, extravagante y malicioso que juega conmigo todo el tiempo. Creo lo que veo y recuerdo lo que he vivido, pero también lo que he soñado. En la distancia mi olvido se mezcla caprichoso con la nostalgia, las verdades amargas se difuminan y las mentiras al colorearse ya no lo parecen tanto. El resultado es simple: la locura, o la cordura, ¿acaso no son lo mismo? Mi mundo irreal se filtra a través de los sentidos y mi recuerdo modifica el pasado. La clave es sentir, aunque no sea cierto. ¿Habrán ocurrido todos los sucesos del pasado grabados en mi memoria? La respuesta no es importante, aunque me gustaría conocerla.

Una vez al año alquilo un velero para navegar en el lago Ontario. El más simple de todos y el menos difícil de dominar. Una de mis tantas cobardías porque navegar de verdad incluye el riesgo del mar abierto, la incertidumbre de un viento desconocido o una corriente de mar incontrolable. En un lago todo se encuentra bajo control, aunque en el horizonte veas solo agua, sabes que un poco más lejos hay tierra firme.

Invité a una amiga que conocí en el gimnasio. Los pilates la dejaban sin aliento y la sonrisa sudada mejoraba su cuerpo bien formado. Atardece y el mojito en la proa del barco activa su deseo de conversación. Hace tres horas que no deja de hablar. Ya no la escucho. ¿Por qué la trajiste? Me sorprende tu presencia a mi lado.

Ya es de noche y miro al cielo. Se alumbran todas las estrellas. Te escucho entonces tararear una melodía. Parece un vals y con él aparece una estela verdosa en el horizonte. El verde brilloso no para de crecer. Ya domina todo el cielo y justo encima de mi cabeza su sombra se convierte en matices morados. Los colores se toman de la mano y bailan, bailan, bailan. ¿Por qué esa mujer no para de hablar? Tiene el mismo tono de la voz de Carlos, pero en su variante femenina. ¿Por qué no mira al cielo? ¿Tendrán esas luces algo que ver con el sol? Mi paciencia se acaba. Le pido a mi amiga de malas maneras que me deje solo ante el paisaje, y ella, molesta, salta hacia un témpano de hielo que flota junto al barco. Se aleja con sus maldiciones dentro de la niebla.

¿De dónde sale el olor a yerbabuena si el mojito que tengo en la mano es apenas con ron y limón? Ya estamos solos, ven vamos a bailar, no pares de tararear tu música. Sigue hasta que la aurora boreal baje y nos envuelva. La fragancia de tu beso me hipnotiza y corto el aire con mis manos mientras te despojo con calma de las ropas en la cubierta del velero. El asombro y la euforia se difuminan uno dentro del otro. ¿Será la maravilla de tu cuerpo desnudo solo para mí? Tu relieve a contraluz estremece. Luces, colores, sombras, cielo, noche, mujer. Las dos visiones paralelas fantaseadas por la luz del sol se vuelven lo mismo.

Amanece y estoy solo en el barco. No recuerdo la última vez que reí de verdad. Los fantasmas que me persiguen robaron mi alegría. Extraño la carcajada que sale del pecho, la que si se trata de reprimir, se vuelve contra ti y crece hasta que te domina. ¿Es eso la felicidad? Quizás se parezca bastante. Me he cansado de acumular artilugios tecnológicos con fecha de caducidad y no he logrado la plenitud, ni me he acercado apenas.

Tu presencia, después de tanto tiempo cobra sentido. El camino de mi fortuna pasa por encontrarte otra vez, pero antes de buscarte debo aceptarme.

Una fina llovizna con olor a musgo tierno comienza a caer por todas partes y regreso a la costa. Amarro el velero al muelle y sonríes. Apoyas un dedo mudo en mi pecho, en el lugar del corazón. La marca que dejas en mi piel crece dentro de mí impulsada por tus huellas dactilares y al llegar a mis cavidades ocultas se reencuentra contigo. ¿Tendré la fuerza de enfrentarme? No se puede huir toda la vida de uno mismo.

Todo sucede por un motivo y tu regreso a mi pensamiento consciente es una señal, ¿de cambio? Todos los días cambiamos, envejecemos sin desearlo. ¿Será posible recuperarte después de tanto tiempo? Son tantos los años que ya no estoy seguro de que hayas existido o que seas un invento. Tu olor a yerbabuena te acompaña a todas partes. Por él te puedo identificar dentro de una multitud. Ese aroma y mi intuición son mis únicas armas para encontrarte.

La lluvia sigue en el aire dos semanas después, sin llegar a caer nunca al suelo. Llego a la oficina del jefe, renuncia en mano. Carajo, ahora recuerdo que dejé a mi amiga flotando en un témpano de hielo. ¿Habrá llegado a la costa? Como lo haya logrado mi vida corre peligro. El hombre firma el papel sin chistar. ¿Tendrá miedo a la locura dibujada en mis ojos? El musgo invisible lo hace estornudar, no sabe de dónde viene el olor ni encuentra cómo reaccionar. Es un jefe sensato y entiende que nada cambiará mi parecer. Devuelve la hoja.

—Le deseo la mayor de las suertes, Antonio, pero ¿está usted seguro de lo que hace? —balbucea con la frente poblada de arrugas y los brazos encima de la mesa.

No lo escucho, traspaso el umbral de la puerta y me alejo. Nunca he hecho una estupidez tan grande con la certeza de haber tomado la decisión correcta. Estoy loco, lo reconozco, la intuición, sin embargo, me empuja y como siempre, la sigo. He trabajado en esa compañía desde que llegué de Cuba y tras 20 años de pequeños éxitos, he acumulado algo de capital y algunas posesiones. ¿Cómo he podido resistir tanto en el mismo lugar?, Eso vuelve loco a cualquiera. Miedo quizás. La necesidad del cambio vive en mí, no la aplaqué, ya sea con pequeñas acciones y acumulada en el tiempo explota en mi cara.

La soledad hastiada de mí ha decidido abandonarme. Nadie como ella sabe manipularme. Me voy a tomar un trago. ¿Tendré yerbabuena para el mojito? Te encuentro en la superficie de mis recuerdos. ¿No habías desaparecido para siempre? Cuéntame qué ha sido de tu vida, ¿Dónde estás? ¿Estoy preparado para oír la verdad? Mejor habla de temas insignificantes, me gusta escucharte mientras duermo. Si te cansas, no te vayas. Ven, acuéstate a mi lado, déjame protegerte entre mis brazos. Por la mañana voy a despertar primero a extasiarme con tu desnudez hasta adivinar el instante mágico en que regresa tu alma al cuerpo. Por favor, dile a Carlos que se vaya, él no tiene nada que ver contigo. Quiero ver cómo la energía activa tu aura y se hace la luz.

Lo vendo todo. Me importa poco deshacerme del carro, siempre lo he visto como un bloque de hielo caro que se derrite, en seis o siete años no valdrá nada. Con la casa es distinto. Hace una década la elegí al sentir algo de mí en ella, o tal vez fue la casa misma quien me eligió. Con el cheque de su venta en la mano descubro el motivo que me decidió a comprarla en el pasado: está construida a la salida del pueblo, al borde mismo de un camino. Una casa construida al borde del camino no es para vivirla siempre porque tiene la profecía del abandono escrita en sus genes. Hoy regreso al camino y me alegro de recuperar la incertidumbre.

Compro un boleto de avión a La Habana. No poseer nada material libera, debí hacerlo antes. El viaje se antoja sin retorno otra vez. Es idéntico al de hace dos décadas, pero en sentido contrario. Vaya locura, me gustaría encontrar a alguien que me convenza de mi proceder ilógico. ¿Qué sentido tiene enfrentarme al pasado en una búsqueda inútil? Invoco a los ángeles salvadores y no aparece ninguno porque el destino, que acecha detrás de cualquier esquina, disfruta cambiarme las cartas. ¿Cambiar las cartas?, lo que ha hecho es cambiar las reglas del juego en medio de la partida y eso es injusto. No tengo, sin embargo, ni voz ni voto y aunque descubro la trampa en sus manos ágiles, le sigo el juego por malicia, por diversión macabra o por la curiosidad de conocer mi final inevitable. ¿Por qué demonios decido las cosas sin pensar?

Desde el día en que salí hace 20 años, no he vuelto a Cuba y me gustaría decir que no hace falta porque no se me ha ido nunca de adentro, pero ya estoy viejo para mentiras piadosas. Quisiera volver como cualquier inmigrante que regresa a su origen. La lluvia flota todavía y mi piel se impregna de un color gris húmedo con olor a musgo tierno que me da ganas de vomitar. Todo lo que poseo se esconde en una simple maleta, que no me importaría perder. Mi tesoro va bien guardado a partes iguales entre mi mente y mi corazón, ¿trabajarán juntos esta vez? Si lograra la fórmula para que lo hicieran siempre así, no hubiera manera de fallar. Los problemas de la vida suceden si el cerebro y el corazón piensan diferente y no decidimos por quién apostar. Una lástima que no se pongan de acuerdo a menudo, ¿quién puede poner de acuerdo a un caballo desbocado con su jinete? Cuando mi bestia se desboca, el pobre jinete pasa de dominador a dominado.

Dejo al taxista con sus quejidos acerca del clima y entro al aeropuerto. En el audio escucho las advertencias de rutina, recuerdan a los pasajeros no dejar las cosas de valor descuidadas. Te abrazo como si al hacerlo evitara que te alejes otra vez. Me acaricias el hombro después de chequear el equipaje.

—Estás loco, Antonio, no sabes ni por dónde vas a empezar a buscarme —dices con cara de preocupación y olor a menta.

Es verdad, ¿no enviarás una pista de cómo encontrarte? No dejo de mirarte a los ojos. ¿Es una pregunta o una afirmación? No, no parece una pregunta. Te puedes ir Carlos, por favor, no jodas más. El olor a yerbabuena inunda toda la sala de espera.

—Siempre hallaste la forma. —Sonríes—. No me decepciones. No olvides que contigo lo imposible siempre termina por suceder.

Claro que me acuerdo. ¿Habré perdido ese don? Nada es para siempre. Desprendes una alegría tan contagiosa que no comprendo cómo te fijaste en alguien tan simple como yo. Apenas tengo 18 años y acabo de terminar el preuniversitario. Tú, cinco años mayor, estudias el último año de Cibernética Matemática en la Universidad de La Habana.

Nos presentan en la casa de Carlos, otra vez Carlos, me cago en su madre. Vivía en un apartamento de arquitectura socialista situado en las calles Tercera y G, frente a la estatua ecuestre de Máximo Gómez. Ese día el muy cabrón me emborrachó a propósito. Sus plantas de yerbabuena crecen en todas sus ventanas. Eres de Gibara en la provincia de Holguín. Te han criado tus tíos, pues tus padres habían muerto en un accidente cuando eras una niña y no piensas regresar nunca a tu pueblo junto al mar.

Acabamos de salir de la fiesta en aquel edificio de aspecto tétrico. No me explico cómo logro acompañarte de regreso a la residencia estudiantil de las calles 12 y Tercera, en el Vedado. Caminamos sin hablar, con el muro del Malecón a la derecha. El salitre se mete en mis poros, las olas saltan varios metros por encima de mi cabeza convertidas en minúsculas partículas de agua que me espabilan. Tu lengua recoge la sal de tus labios carnosos. El mar no deja de susurrarme que intente arrancarte el beso y lo ignoro, pero él, molesto, insiste y choca violento contra la roca para mojarme de valor. La brisa me despeina y al girar el rostro, el mar aprovecha mi descuido para gritarme al oído.

—Ahora, cobarde, ¿qué esperas? —rugen las olas.

Indeciso, te agarro con mano temblorosa.

—¿Te pasa algo? —preguntas.

Sonríes porque conoces la respuesta. Estoy loco por ti, eres lo más bello que he visto en mi vida. ¿Habré dicho esas palabras? ¿Habrás entendido su significado a pesar de que salieron en un ciclón que quema las gargantas? Lo he dicho, muy mal y poco convincente, pero lo he dicho. Respiro entrecortado la desilusión. Muy mal intento, imposible lograr algo positivo.

—Lo siento, Antonio. —Tu rechazo se dulcifica—. Me caes bien, nada más. Discúlpame.

Te escucho y no puedo evitar llorar en esta silla incómoda del aeropuerto. ¿No tendrás algo tú con Carlos y por eso me rechazas? La pérdida es de color violeta. ¿Se puede perder acaso lo que nunca se ha tenido? Una ola de tristeza aparece de la nada en ese mar transparente que es mío y tuyo e insondable lanza su carga de derrota sobre mí. Me frustro, mi corazón se paraliza, el jinete vence a la bestia, que duda entre el latir o en el detenerse para siempre. Abro de golpe la boca para coger aire y vivir, aunque sea unos minutos más.

¿Por qué no me lanzo ahora mismo al mar y me pierdo lo más profundo posible donde no me halle nadie? ¿Sería eso un suicidio? Si la bestia no piensa puede acabar con todo. Las lágrimas incontrolables inundan mi rostro. ¿Qué hago? ¿Seré imbécil?, los hombres no lloran. ¿Cuántas veces me lo dijo mi padre? Menuda bestia de mierda que también se pone sentimental, eso no ayuda. No sabes qué decir, no comprendes lo que sucede, apenas nos conocemos. Seguro te preguntas: “¿De dónde carajo salió este hombre que me quiere enamorar y se pone a llorar?”, rarito el niño. ¿Cómo puedes entender lo que significas para mí? ¿Qué significo para mí? Lo mejor que hago es intentar salvar los muebles antes de tirarme al mar.

Debería decirte que soy de emociones fuertes y que en los próximos 20 años se me pasa, pero parece estúpido. Si hablo, mi voz saldrá entrecortada por los gemidos, mejor reír, aunque salga una sonrisa anacrónica, tal vez una mueca.

El amago de chiste no da resultado. Me arranco las lágrimas con la palma de mis manos, con dureza para mejorar la imagen de debilidad que transmite el llanto. No quiero decirte que te he amado siempre, porque no lo vas a creer. Las verdades más innegables son las más difíciles de entender. A veces no conocemos a alguien después de compartir media vida y solo necesitamos una mirada para estar seguros con una persona nueva.

—Vamos, que es tarde —dices en un suspiro.

Sonríes y tomas mi mano para cruzar solos la calle Malecón. Siento tu piel cálida e imaginar una caricia me ayuda a recuperarme. Con poco me conformo, apenas una mano. Reconforta la idea de haberlo pretendido, a pesar del resultado nefasto. Reconocer que algo se pudo alcanzar y no se logra por no intentarlo es el más duro reproche que se puede recibir, sobre todo si es demasiado tarde.

En el lobby del edificio de estudiantes me despido de la mejor manera posible. Está bueno ya de drama, reconozco mi derrota con una caricia en tu rostro de mi mano izquierda, la que usa el jinete para dominar a la bestia. El adiós sale como murmullo de riachuelo. ¿Tendré opciones de volverte a ver? Mejor no me hago muchas ilusiones y me apuro para evitar otra recaída de tristeza y salvarme del chapuzón. Una depresión excesiva imposibilitaría incluso un suicidio decente. Seguro que tienes algo con Carlos. Camino sin saber hacia dónde dirigirme, da igual, la derrota espera en todos lados. El fondo del mar sería perfecto. Necesito alejarme, de los tragos amargos se sale rápido.

Dos días después, apenas he avanzado 15 pasos. Tú sigues en el mismo lugar, observas sin entender qué ha sucedido. La noche se ha detenido en un suspiro desilusionado. El murmullo del agua apenas se escucha.

—Antonio, espera —resuena tu voz a mis espaldas.

Tus pasos resuenan en la noche. ¿Qué haces?, me vas a hacer llorar otra vez. No sigas, es de noche y el agua del mar está muy fría. Llegas frente a mí distinta: tus ojos le han robado la sonrisa a tu boca.

—No sé cómo lo has hecho, pero ahora que te alejas, me crecen unas ganas enormes de volverte a ver —hablas, brillas.

¿Qué sorpresa es esta, por Dios? El beso inesperado aparece y la bestia tumba al jinete. El olor a yerbabuena logra que me olvide del musgo fresco. Afuera todavía sigue la llovizna sin caer y el avión está retrasado por el mal tiempo. No salgo de mi sorpresa. Te jodiste, Carlos. Labios, lengua, deleite, perfume, no pares. ¿Qué es ese sonido ronco? Afino entonces mis oídos para escuchar mejor al mar.

—Te ha dado un beso de amor, Antonio, un beso de amor. —Suena el grito de la ola contra la roca.

El punto débil

(Fragmento de novela homónima)

Leandro Calle (Zárate, Argentina, 1969) Poeta y traductor. Reside en Córdoba. Docente universitario. Sus últimos libros de poesía son: entonces (Alción Editora, 2010). Blasfemo (Alción Editora, 2013), animalia urbana (Dínamo poético, 2014), elijo (Alción Editora, 2017), país (Alción Editora, 2018) y Nadar en las aguas de piscis (Colección Alfabeto del mundo, Ecuador-Venezuela, 2022). En 2020, la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), publicó una antología que reúne veinte años de poesía: Algo que arde. Antología poética 1999-2020. Ha traducido a Guy de Maupassant, y a los poetas marroquíes Abdellatif Laâbi, Siham Bouhlal y Miloud Gharrafi. También a los poetas francófonos Anissa Mohammedi (Argelia), Véronique Tadjo (Costa de Marfil) y Gabriel Okoundji (Congo Brazaville).

Puede adquirir el libro aquí: El punto débil – Ilíada Ediciones, 2022


Uno

El comisario inspector Ortiz, abrió los ojos y se llenó de oscuridad. Apenas si pudo distinguir un haz de luz. Luego vino un fuerte olor a nafta y más tarde un dolor agudo en la nuca. Pensó que soñaba. Iba a cerrar los ojos para conciliar el sueño, pero el traqueteo del vehículo lo hizo reaccionar. Manos esposadas, pies atados y una mordaza en la boca que por suerte no estaba muy ajustada. Trató de darse vuelta, pero había otras cosas allí. Una lata de aceite, una caja de herramientas, una rueda y trapos sucios. Tardó unos minutos en darse cuenta de que estaba en el baúl de un coche. ¿Cuánto tiempo había permanecido allí? Le dolía la cabeza, arriba de la nuca. La puerta del baúl tenía una hendija por la que se filtraba algo de luz. Junto con la luz, apenas perceptible, partículas de polvo flotaban por el aire. ¿Era de día o de noche? Hacía calor; sin embargo, si hubiera habido sol, desde la hendija podría percibirse el haz de luz con mayor intensidad.

El coche daba demasiadas vueltas ahora. Ortiz estaba boca abajo y el vehículo se movía demasiado. Le vinieron ganas de vomitar y vomitó. Una vez, dos veces y hasta tres. Maldita mordaza, pensó para sus adentros el comisario inspector Ortiz, que le había hecho tragar parte de su vómito para volver a vomitarlo. Un olor nauseabundo y un líquido viscoso le recordaron los tallarines que había comido ese mediodía. Después de todo, vomitar no le había hecho tan mal, había recordado algo. Los tallarines en su casa, comidos a toda prisa a las dos de la tarde. Entonces, se dijo el comisario inspector Ortiz, ya debe ser pasado el mediodía. Por la hendija de la puerta del baúl se colaba un haz de luz y partículas de polvo que enrarecían el lugar. Ortiz trató de darse vuelta, pero no pudo. Hizo un esfuerzo sobrehumano y consiguió quedar de costado. En ese momento, el coche frenó de golpe. Ortiz se fue hacia el fondo y su cara pegó contra la lata de aceite. Se desarmó en una puteada ronca e inaudible que hizo todo lo posible por atravesar los tejidos vomitados de la mordaza. ¿A dónde mierda me llevan?, pensó. Las curvas y contra curvas habían terminado y ahora parecía que el camino era recto y tranquilo. Sintió cómo el coche aceleraba.

Le seguía doliendo la nuca. ¿Qué fue lo que pasó? Un golpe, sí un golpe. Salió de su casa y todo se volvió negro. Sí, ahora lo recuerda. Comió los tallarines, fue al baño y luego salió. Después, todo fue negro y, más tarde, el haz de luz por la hendija de la puerta del baúl. Un culatazo, pensó Ortiz, pero ¿quién mierda se atrevería a darle un culatazo al Comisario inspector Ortiz? ¿Quién? Sintió nuevamente ganas de vomitar y trato de respirar profundo para contener el vómito. Reflexionó un poco sobre su situación y supo que alguien evidentemente había sido capaz.


Esa mañana había estado con el Moncholo y con el Subcomisario Hernández. ¿Para qué mierda lo había hecho llamar al Moncholo?, se preguntó Ortiz. El Moncholo sólo aparecía para los trabajos sucios. Seguramente le había encargado algún trabajo sucio. El coche aceleró y el comisario se dio cuenta de que estaban por una ruta bien asfaltada. ¿Dónde carajo me llevan?, pensó. Ya un poco harto de la situación, del olor a nafta, y de la lata de aceite que cada tanto insistía en golpearle la cabeza, Ortiz pateó con fuerza la tapa del baúl como si fuera una cabra. El coche no se detuvo. Insistió un par de veces y se dio cuenta de que hacer eso no tenía sentido alguno. Entre tanto, se acordó que el Moncholo le había mostrado unas fotos. Las fotos del juez Leiva. Pero eso había sido hace un mes atrás. Leiva saliendo de su casa, Leiva entrando a Tribunales, Leiva tomando un café, Leiva hablando con su chofer. Leiva, siempre Leiva. Se le vinieron a la mente un montón de fotos del Juez Leiva. Nada había de comprometedor con esas fotos. Pero ¿por qué el Moncholo había venido a la oficina? ¿Cuántas veces, cuántas veces le había dicho? Nos comunicamos por el mail común. Pero el Moncholo quería ser policía, le gustaba aparecer, mostrarse. Ortiz recordaba la forma que había encontrado para comunicarse sin verlo. Había creado una cuenta de correo electrónico, un gmail. Los dos tenían la contraseña. ¡Se lo explicó tantas veces al Moncholo! Vos entrás y escribís en borrador, y repetía, en borrador ¿entendés? No mandás nada, no enviás nada. Luego yo entro y te escribo en el borrador sin enviar. Vos entrás y leés. ¿Te queda claro? El Moncholo decía siempre que sí, sobre todo cuando Ortiz levantaba la voz. Pero al Moncholo nunca le quedaban claras las cosas. Así que de vez en cuando aparecía por la comisaría. Leiva, repetía mentalmente Ortiz hasta que ató cabos.a semana pasada lo había llamado su amigo de investigaciones. Todo comisario tiene algún amigo en inteligencia. Lo estaban investigando. El juez Leiva tenía algunos datos más o menos precisos acerca de la corrupción de la policía y ahí entraba Ortiz. Desde hacía mucho tiempo, el comisario manejaba una suerte de sistema de coimas que le generaban buenos dividendos. La mayor cantidad de la guita se la quedaba él. Otra parte más o menos gruesa iba para el subcomisario y el resto se repartía entre la muchachada. El sistema estaba bastante cerrado y era inexpugnable. Ortiz se había encargado de que todos los que pasaban por la Comisaría alguna vez hubieran “puesto los dedos” como decía él. Todos en algún momento habían participado. Era cuestión de no dejar un policía limpio. Si estamos todos sucios, decía Ortiz, nos vamos a saber cuidar entre todos. El Moncholo iba por otro lado. Estaba sucio de nacimiento. Villero, soplón, golpeador y cocainómano. Ortiz lo conoció en un allanamiento, pero se dio cuenta de que lo que tenía ante sus narices no era un pez gordo, si no un eslabón bastante menor de la cadena. Había que hacerlo cantar al Moncholo y el Moncholo era duro, duro e inteligente. Fue negociando de a poquito. Ortiz se dio cuenta de que tenía un aliado a futuro. El Moncholo entonces hizo de matón, de soplón, de detective barato y hasta de policía. Pero la relación siempre fue directa. Ortiz no quería vincularlo con la institución bajo ningún concepto. De alguna manera, el Moncholo era como un perro fiel, de esos perros malos pero fiel. En cinco años le demostró que podía confiar en él, siempre y cuando hubiese algo a cambio y Ortiz pagaba bien los servicios prestados.

Cuando el Comisario inspector Ortiz, se enteró de que Leiva estaba metiendo el hocico en sus asuntos le escribió al Moncholo y concertó una cita. Solían juntarse en un bar bastante lejos del centro. Un bar de morondanga en las periferias de Córdoba. Era un lugar que no estaba marcado por nadie. Quiero que me averigués en qué anda el Juez Leiva, le había dicho el comisario, mientras le pasaba un sobre de color marrón con datos y detalles del magistrado. Ya sabés de qué se trata, dijo Ortiz. Hay que buscarle el punto débil y todos tenemos un punto débil. Pero no te apresurés. Si encontrás algo avísame por mail y vemos de juntarnos. Anda con pie de plomo que la cosa está jodida.

En estas ocasiones, el Moncholo ni siquiera respiraba. Era un soldado ciego. Escuchaba atentamente, agarraba el sobre y comenzaba a laburar.

Ortiz repasaba mentalmente las fotos que le había traído el Moncholo. Venían a su mente las imágenes que luego se desmoronaban como un castillo de naipes para desaparecer. Leiva y su hijo de siete años saliendo del colegio, Leiva jugando al golf, Leiva saliendo del cine, Leiva en un acto político, Leiva en la misa de domingo. ¿Con esto no hacemos una mierda?, pensó Ortiz. Hay que hacer un seguimiento más fino, todos tenemos un punto débil. En ese momento, el Moncholo separó las fotos y señaló la que Leiva estaba con su hijo. No, dijo el comisario. Por ahí no. Buscá algo que lo avergüence, algo que lo haga callar sin que nos perjudique. Si no encontramos nada, le secuestramos el pendejo. El Moncholo recogió las fotos y se fue.

Todavía sentía el regusto ácido del vómito en la boca y los recuerdos se le apelotonaban en la cabeza. Por momentos venían todos juntos y luego se iban y le quedaba la mente en blanco. Le pareció que se había adormecido un par de veces. Le dolía la cabeza. Mucho. Un dolor puntual arriba de la nuca. ¿Estaría cortado? Le pareció que sí. Entonces pensó que había perdido sangre. ¿Tan fuerte lo golpearon? Gente de Leiva, seguro. Ortiz pensó que le querían cagar el negocio. Esto debe ser una mejicaneada de mi amigo de inteligencia. Tendría que haber repartido algunas migajas por esos lados.

El coche se detuvo. Ortiz comenzó a dar patadas al baúl, pero apenas si podía mover los pies. Intentó gritar, pero tampoco podía. Insistió con los golpes hasta que le dolieron las piernas. Se sosegó y trató de darse vuelta para ver si podía mirar por la hendija. Fuera era completamente de noche. Pensó que seguramente estaba en el campo o en las Sierras de Córdoba porque no había escuchado mucho ruido.


El coche arrancó y entró por un camino de tierra. El traqueteo le hizo recordar a Ortiz que hacía dos días el Moncholo le había dicho que había encontrado el punto débil del juez Leiva.

Una vez por semana Leiva viajaba a la ciudad de Río Cuarto a dar clases. En el camino de vuelta, paraba a dormir en algún pueblo. El Moncholo había hecho un buen seguimiento. Leiva paraba en distintos pueblos y a distintas horas. Era evidente que esos días no pretendía volver a su casa. Era evidente, además, porque después de que Leiva entraba al hotel, aparecía un Renault Clío gris con la misma patente siempre y se bajaba una señorita mucho más joven que él.

Ortiz recordó ahora perfectamente las fotos de la mujer del Renault Clío. También recordó que llamó a su amigo de inteligencia y le pidió que le concediera algunos favores. El Moncholo era bruto en cuestiones tecnológicas, pero junto con el subcomisario Hernández llegarían a hacer un buen trabajo. Ortiz les tenía confianza. Leiva no paraba siempre en los mismos pueblos, pero sí en los mismos hoteles, así que era cuestión de esperar. Eligieron el hotel más chiquito, el que menos conflictos presentaba. Lo llenaron de cámaras. Costó trabajo, pero lo lograron. Era cuestión de esperar. El juez Leiva se tomó unos días de vacaciones y el Moncholo se mordía los labios de la bronca.

Cuestión de esperar mascullaba el Moncholo. Ortiz sonreía mientras le decía: todos los hombres tenemos un punto débil, es cuestión de encontrarlo.

La espera dio sus frutos. ¿Cómo había sido? se preguntaba Ortiz entre el olor a nafta y el polvo que entraba por la hendija de la puerta del baúl. El Comisario Ortiz, tosió con fuerza y otra vez sintió el regusto del vómito añejo que se había secado entre la boca y la mordaza. Le vino súbitamente una arcada que pudo controlar. Junto con la sensación del vómito vinieron también los recuerdos.

Ya se acordaba. Leiva tenía una suerte de salidas higiénicas y por precaución cambiaba los lugares donde se quedaba a pasar la noche. Normalmente era el jueves de cada semana. El comisario Ortiz, imaginó al juez Leiva dando explicaciones de las ausencias a su mujer. La coartada la tenía por las clases que daba en Río Cuarto. Imaginó a ese hombre flacuchento y espigado decir que tenía reuniones importantes, que la cosa no andaba bien para los jueces, que la política, que esto y aquello. Lo cierto era que Leiva ya había mordido el anzuelo.

Encontré el punto débil, había sido el mensaje del Moncholo en el borrador del correo electrónico. Esta vez no eran fotos, así que Ortiz decidió no juntarse en ningún lado y esperar una copia para observar tranquilo en el escritorio de su casa. El Moncholo le dejó la copia en el bar de siempre, dentro de un paquete con libros. Cuando todos dormían, el Comisario Ortiz entró a su escritorio con un vaso de whisky en la mano. Encendió su computadora, cerró bien la puerta, bajó el volumen de los parlantes y se dispuso a ver cuál era el punto débil del juez Leiva.

Popurrí

(Fragmento de novela homónima de próxima aparición en Ilíada Ediciones)

Bernardo Javier Castro Reyes (Puerto Padre, Cuba, 1975). Poeta, narrador y artista del performance. Entre otros galardones obtuvo premio en el III Salón de Arte Erótico UNEAC- Las Tunas, en 2009 por su Performance “Reservado de Manuela”. Entre 2002 y 2005 fue miembro del Taller Literario “El Cucalambé”. Ha trabajado como promotor cultural en la Dirección Municipal de Cultura de LasTunas y como Especialista de Promoción Teatral en el Consejo Provincial de las Artes Escénicas. Actualmente es productor teatral en los grupos Huellas, Kaos Teatro y Total Teatro. En 2018 publicó el libro «Cuentos Cínicos», por Ediciones Santiago. En 2020 Ilíada Ediciones publicó su poemario Miscelánea.


Después del túnel abrí los ojos, respiré ¿De quién soy? ¿Cuál familia es esta? ¿A qué banquete me invitan?

Una voz misteriosa dijo: Eres la hija de la brisa y el fuego. El clamor del verano. La savia de la planta que da frutos abundantes a su tiempo. Eres la ligereza del pájaro, el buen gusto. El regalo en quien todos se verán y en todos te veré.

Nunca más el túnel.

Nunca pienses nunca más. Ni el túnel ni tú. Ni tu respiración, ni tus ojos, ni lo que miras. Ni tus actos. Nada es verdadero, sólo aquello al final de la oscuridad. Te invito a que lo descubras.

El árbol de ancha sombra me cobijaba. Sentí que una sutil fuerza me puso de pie, di los primeros pasos: Floté en un manto de flores silvestres, al abandonar en el fango el miedo que me impedía volar.


Natacha

Salió de Puerto Padre una mañana lluviosa de mayo en la colmillo blanco destino Matanzas. El pelo recogido en un haz de pensamientos contra la indiferencia y la miseria del pueblo que dejaba atrás. Sabía que era un viaje sin regreso, aunque volviera y edificara un castillo a sus nostalgias junto al mar y a los barcos. Aunque se comprara una finca (no muy lejos) y con el paso del tiempo, se convirtiera en la doña Bella de la región, protagonizando una historia similar a la telenovela que tuvo paralizado al país tantos meses.

¡Ay Cabrona!

Sabía que irse a Varadero significaba perder la tranquilidad, sus doce horas de sueño, el ardor de los convictos que la visitaban…

Sabía que era renunciar a sus carreras (desnuda) por la costa, a sus visitas a casa de tía Aurelia. Tata, cariñosa y comprensiva. La que más le daba ánimos para irse y no mirar ni un segundo la herencia de blasfemias…  

¡Maldita cruz a los veinte años, vaya que le costaba cargarla! O tirarla en la primera cuneta que viera y a desahogarse en un lugar diferente. Abierta a las oportunidades, Oh, salir del hueco y no dejar deudas. Hazte invisible, dijo Tata Aurelia al entregarle el pote de miel bajo la mata de caimito. Llama la atención brevemente cuando salgas. Después que atrapes a la víctima, te escondes y le das a beber agua con esta miel. Un día me dirás si da o no resultado.

Salió por el campo de maíz creyendo en firme que un nuevo camino se abría a sus pies, así lo decía Tata y ella nunca se equivoca. Además, con probar nada se pierde. En Puerto Padre no pasaba de ser una vendedora de café mal vestida y hambrienta, carajo, viendo pasar por su calle a muchachas elegantes de la mano de algún ricacho, rumbo al aeropuerto.

¡Había que moverse en otra dirección!

Camaroncito que se duerme, se lo lleva la corriente, declamó Anita arreglándose las uñas. Hojeaba una revista de modas. Descruzó los brazos, observando a la muchacha. Iba a una cita con el capitán del barco filipino que entró al puerto ¡Ya tiene una hembra jugosa para engañar las noches en tierra lejana!

No regresaría, aunque tuviera que volver cientos de veces. ¡Burla!, ¡Maldición! Estaba harta. Aguantó durante años, pero el tiempo de dar el salto había llegado. Anita no entendió la despedida. Simplemente, adiós, perra, que te encuentren bien y te complazcan. ¿Oye, qué volá? Where do you go? 

Besos, colmillo blanco, mano en el cristal.

Dos tragos de guachipupa en el estómago, tres noches sin dormir.

Adiós, porque no hasta luego. Ya no nos pintaremos las uñas juntas, no iremos a las descarguitas con los novios del momento. No oiremos en tu grabadora los casetes de Luis Miguel y Vico C. Adiós, perra. Si te olvidas de mí, mejor. Haré lo posible por olvidarme de ti, mi única amiga. Haré lo posible por olvidarme de todos.

Tata lo decía: Ella no pertenece al puerto, ni al susurro de las olas. Ella sabe que hay que dar un paso firme, si en verdad quieres algo que valga la pena. Ella lo esperaba. Era como un ave sin rumbo en sus deseos más oscuros. Como vampira chupando la energía de los otros. La de boca grande y piernas blanquísimas, un manjar para los cerdos.

—Amárralo, hazle el trabajo bien, no te momees. Aquí no hay de otra. Sí o sí. No me vengas con cuentos de camino o con una barriga. Sabes que, si llegas así, te acepto y lo criamos o lo que sea, pero, musa… Has las cosas bien, sigue mi consejo que no te vas a arrepentir.

El día de mañana me lo agradecerás.

Vienen tiempos difíciles y estoy muy vieja pa’ estar aguantando paquetes.

—Ay, Tata

—Nada, pa’lante

—Sí o sí, Tata

—Y recuerda, no te cambies ni te vendas por basura.

Se acomodó en el respaldo. Miró la noche en movimiento a través del cristal ¿O era su movimiento arriesgado en la noche? Tarde para arrepentirse. La colmillo blanco entraba en Santa Clara. Sabía que era un viaje sin regreso. ¿Dejo algo de valor? La tía le había dicho que ni en ella pensara, que borrase el casete: Sigue tu camino, métetelo en la cabeza: Nunca más vendedora de café, ni aguatera en los campos del preuniversitario. Nunca más la mamalona de los reclutas por cinco pesos. ¡No! Esa etapa ya fue. Ahora, mijiiiita, afínquese. Los ojos de la bruja se le aparecieron en la oscuridad al salir de Santa Clara. Ay, Tata, sí, vas conmigo. Píntate el moño de rojo, se te ve mal canoso. Ah, si un día me va bien, te voy a poner a vivir como una reina.

En Matanzas experimentó angustia (al entregar el paquete a la flaca desgreñada y comerle cuatro tamales con fricasé de ovejo) se despidió en un “Cuídese, escríbale a mi tía”.         

—Suerte, nena, que te vaya bien. Gracias por las yerbas, Aurelia siempre tan atenta —Un diente negro le bailaba en la boca.

Contempló la casa de tablas y techo de tejas al lado del puente en derrumbe. Tuvo deseos de vivir allí. Primera vez que estaba en Matanzas y le gustaba su aire limpio y fresco. Hubiese entrado a la casa y, una vez en la sala o en el patio, la reclamaría como herencia… Si fuera presidenta del país o de la Asamblea Popular: traslado de sus moradores a una propiedad confortable y digna. Esa casa le gustaba de veras. El puente y la idea de vivir allí por tiempo indefinido. ¡Qué burrada! Siguió caminando en dirección a la terminal de ómnibus. De Matanzas, en una Icarus, a Cárdenas. De Cárdenas a Varadero, en taxi.

Olga estaba esperando en la casa del portal enrejado en figuras de madera, viejo diseño de cuando aquello fue un escondido litoral y algunos postores levantaron las primeras residencias de veraneo. La playa no importaba más que para los que la descubrieron y veían sus bellezas y potencialidades. Otra cosa fue la inversión a largo plazo del Gobierno, que demoraría décadas en consolidarse.

El enrejado estaba podrido en las esquinas y tocando el techo.

La mulata salió a la acera en jeans y blusón rojo, le babeó dos besos en cada mejilla y le dio un apretujón de judoca.

Primera vez que veía un implante de pelo blanco. Olga medía seis pies. Ojos verdes como las hojas del limonero. Un encanto. La delicia puesta en venta en el clandestinaje de 1990.

—Sapisapi, ese es mi nombre aquí. No te presentes con tu nombre, ¿sabes? Debes ponerte un apodo antes que te lo pongan. Y date a conocer por los lugares que te voy a llevar después de las doce, nunca trabajamos de día ni cerca del hotel o de la playa. Cucha bien: a la playa vamo a bañarno. Si alguien te pregunta de dónde eres, o tu número de carné… le dices que estás de visita en casa’e tu tío. O de luna de miel, o cualquier cosa por el estilo. No puedes decir que viniste porque viniste, ahí te joden.

—De acuerdo.

—Sapisapi, llámame así a partir de ahora.

—Mire usted, Sapi.

—No, Sapisapi.

—¿Y ese nombre de cutarera?

—Me gusta, pepilla. Tú tendrás que llamarte Lucy.

—¡Eh!

—Sí, un buen nombre. Coralia o La Cestera, dale, tú escoge. El tape que te buscamo es vender cesto en el negocio’ el socito. 

Un hombre robusto salió al portal con dos vasos de limonada, los puso en la mesa de mimbre, se tocó el panzón bostezando y dijo: Voy pal’ agua, qué carajo. Salió calle arriba con su short de palmeras, los brazos peludos y las piernas afeitadas. Primera vez que veía unas piernas masculinas afeitadas. Le dio risa la calva brillando al sol, aquel tanque Sherman que trotaba metiendo los pies en la arena. ¡Ahorita vamo!, gritó Sapisapi.

Carne fresca y olorosa pa’ los turistas. A discotequear, siempre hay uno que se muere por ti.

—En este oficio hay que ser paciente, como Isolina Carrillo, que se pasó no sé cuántos años pa’ escribir “Dos Gardenias”. Ya está, con una sola canción se hizo famosa y le ha da’o la vuelta al mundo. Tengo mi propia melodía y todo se hace a mi tiempo. Hay que aprender de la gente grande. Por si acaso, fumando espero al gallego que más quiero, y mientras fumo, bueno, vendo esto y lo otro… me desplazo en tres direcciones a la vez, que no estudié por gusto… a mí no me echan con espuela’ e pineo, mi vida.

Escuchaba a la mulata como una discípula talentosa frente a la ingeniera en los retruques de la isla. Parecía el ideal balzaciano de la percepción. Un acoso a los europeos (en tanguitas por la playa, moviéndose cachonda, venga, venga, le compraban helados, le hacían invitaciones). Los mato con el chachachá. Oe pepilla, tienes que verme moviendo el culo delante de esos blancones… te miran como un flan. Son rubios y ojiazules, de espaldas anchas. Bellos con barbas, lampiños, Ah, me los he comío de todos los colores.

—Cabrona.

—Prepárate, si quieres progreso, te la tienes que pelar. Lo de los cestos y las figuritas es un tape de día. Aquí hay mucho control, ahora más que están haciendo hoteles nuevos y dale Juana con la cantaleta del retén y el pasaporte. Las cosas están cambiando. Dicen que van a entrar más turistas, van a despenalizar el dólar… aunque fíjate: en Varadero el dólar camina siempre, esto es otro país.

—Me gusta.

—Y eso que llegaste hace poco y no lo has vivío. Deja que le cojas la vuelta, ¡pero de verdá!

—¿Cuánto llevas aquí?

—Dos años y medio, ya quiero hacerme una casa.

—Usted sí que tiene esperanza, lucha. Tengo que aprender de vos, hermana.

—Prefiero la fe. Con la esperanza te caes a la menor agitación, pero la fe es otra cosa. Con voluntad logras lo que quieres.

—Si usted lo dice… ¿Ni aquí en el cuarto puedo llamarte Olga? ¿No puedo cantarte “Olga, la tamalera”?

—Así no vale, mi querer. Somos profesionales, no cometas una indiscreción.

—Pero no me pongas esos ojos así, parece que me vas a matar.

—Ponte pa’ la cosa que el da’o está malo. 

Juego de cartas. Entra el aire caliente por la puertezuela, canciones de Oscar de León.

—Ese dominicano es fanático a Melao de Caña, la oye como trenta veces al día.    

—Vamo a decirle que lo cambie.

—Pepilla, compórtate, no estás en tu barrio ni mucho menos.

A beber té y a comentar los juguetes que una italiana vende seis cuadras abajo.  

—¡Sí! He tenido de esos, no será la primera vez que me compre uno —sonríe, apretando los muslos. Mata un mosquito en el pareo color naranja. 

El señor Delgado recordaba las aventuras de una princesa congolesa que terminó como pulsera en Jamaica. Pasaron las horas y las risas. Viento del Norte. Viento del Sur. Proyecciones, un negocio legal, no tengas miedo. El caso Ochoa y los otros. La barbarie en el Oriente Medio. Los rusos están medio blanditos. Jajajá Jijijí Jojojó. ¡Tumbaron el muro de Berlín! Dicen que Mandela es un héroe en Sudáfrica. ¿Y los chinos qué? ¿Y los yanquis? ¿Y ahora qué va a pasar?

Unos tragos de ron Santiago oyendo Nocturno.

A Sapisapi le hacían reír las canciones de sus padres cuando se conocieron en la manigua, la voz engolada del locutor, las ocurrencias de la guajira tímida y mal hablá.

—Es las doce, mulata, arriba.

Cogieron las jabas y salieron en bicicletas por los árboles de ramas en el piso. Oscuridad total en el sendero.

Cien libras de café.

Olor a mar.

Viento del norte.

—Si nos cogen con esto, sabes que nos parten al medio ¿no?

—¡San Sereníco!

—No está de más rezar. Me llevo bien con el jefe’ e sector, pero si nos coge en el brinco… Que se quede con todo, yo le doy el culo y tú también… Que nos bote de aquí, pa’ salir suave.

—Mulataaa

—Sapisapi

—A mí nunca me la han metío por ahí.

—¿En serio?

—Nunca

Se rio de lo lindo bajando la jaba de la parrilla. Entraron al garaje, Natacha quejándose con su carga en la espalda.

—Lucy. Ese es tu nombre de lucha a partir de ahora. Y atiéndemeee, quiero deciiirte algoo…

La leyenda del río

(Fragmento de la novela homónima)

Frank Correa (Guantánamo, Cuba, 1963). Escritor, poeta y periodista. Autor de las novelas Pagar para ver (Latin Heritage Foundation, Estados Unidos, 2011), Larga es la noche (República Checa, Premio Internacional Franz Kafka de novela, 2012) y Un rey sin corona (Editorial Primigenios, Estados Unidos, 2021). Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y del Club de Escritores Independientes. Es reportero de la revista audiovisual independiente ADN Cuba. Actualmente reside en La Habana.

Puede adquirir el libro aquí: La leyenda del río – Ilíada Ediciones, 2022


UNO

Lo llamaban Rascacio y la insolvencia era su  talón de Aquiles. Vivía en una casucha junto al mar en Jaimanitas, con su esposa Amatista y una hija de tres años llamada Zafiro. Su oficio consistía en bucear en las playas todos los días, tras las prendas que por descuido pierden los bañistas.

En medio de la dura crisis que azotaba a Cuba, muchos jaimanitenses como él sobrevivían además de la pesca y la venta de calandraca, de bucear en la arena del fondo tras las prendas de oro y plata y el dinero perdido.

Era un trabajo sumamente duro: Con careta y snorkel patalear duro para mantenerse sumergido por un buen tiempo y tener la fuerza suficiente para abanicar el fondo con un guante de madera en forma de pala, para subir lo sólido con la revoltura. 

A veces Rascacio se iba con el grupo de buzos a las playas del este: Bacuranao, Jibacoa, Boca Ciega, Santa María del Mar y Guanabo, donde se podía encontrar mejores prendas, pero él prefería quedarse buceando en La conchita, la pequeña playa de Jaimanitas.

Desde niño Rascacio tenía un sueño recurrente: mientras buceaba, encuentra un cofre repleto de oro y se vuelve rico.

Para salvar su tesoro tiene que matar vampiros con balas de plata, fulminar fantasmas con exorcismos y por último y la peor parte: enfrentarse al pueblo que se muere de envidia.

Con el tiempo, a medida que Rascacio creció, su sueño se fue convirtiendo en pesadilla.

La cantidad de información que comenzó a emerger contra el buzo obligó a la Seguridad del Estado a montar un chequeo y organizar una pesquisa. Entonces tuvo que gastar parte de su oro para maniobrar y salvarse.

Es esa parte el sueño la que se convierte en tribulación y despertaba gritando en medio de la noche.

Lo que más le angustia del sueño es que sus amigos: Pejediente, Atila, Luisón, Chiqui y Joaquinito, son enviados a su casa para arrancarle el secreto, utilizando la amistad de ardid.

Sin embargo, era solo un sueño: en la vida real Rascacio jamás se encontró una cadena, ni una medalla, ni siquiera una manilla. Acertaba monedas de un peso y veinticinco CUC, y una que otra prenda sencilla, que no valía mucho.

Una vez encontró una argolla de oro 14. Y en otra oportunidad una alianza de oro 10, que dio seis gramos en la pesa de Chiqui. Y piezas de oro golfi que vendía como oro 16 después de limpiar y pulir en la piedra de mota verde de Joaquinito, entonces corría a comprar carne de puerco para darles descanso al pescado y al pulpo.

La mayoría de las veces, los días de buceo eran días perdidos. Regresaba a su casa flagelado los huesos por la frialdad del agua y la piel arrugada por la sal, con el saco vacío.

Lo salvaba llevar siempre consigo su carrete de pescar, porque cuando renunciaba a seguir abanicando el fondo inútilmente, arrancaba de las rocas del fondo unos tubos de calandraca, los aplastaba de atrás hacia alante entre el índice y el pulgar obligando a lombriz salir y tragarse el anzuelo, enmascarándolo con su largo cuerpo anillado de color marrón fosforescente, una carnada segura para todo tipo de pez.


Cien días cumplió Rascacio en noviembre sin encontrar nada en el fondo del mar. Ni siquiera un peso macho. Y se vio forzado a desempeñar oficios furtivos para llevar comida a su familia.

Se metió en el agua los cien días hiciera o no buen tiempo, azuzado por el hambre de la familia y la vieja premonición de hallar algo que cambiara su destino. 

Pero después de abanicar el fondo durante el día en vano y desfallecer, pescaba un par de mojarras, o una rabirrubia, y se las daba a su mujer para la comida, entonces se iba con su carricoche y el azadón a ver que trabajito caía: un patio que limpiar o botar basura, para buscar el dinero y pagar las facturas.

Fue durante un tiempo ayudante de Cachimba el soldador, que lo explotaba. Por veinte pesos al día, menos de un dólar, tenía que cargar la planta de soldar y subirla al riquimbili, cargar los materiales, lijar, soldar y pintar rejas durante ochos horas como si trabajara para el estado.

Renunció a Cachimba y se fue de ayudante con Pedro el albañil, que lo explotó aún más. También por veinte pesos debía cargar bloques, arena, piedra, batía mezcla y servía los cubos. Además, dar pico y pala en una fosa que no tenía fin.

Se disgustó con Pedro y se puso a vender confituras en la calle, con su amigo Miguelito melón. Iban de madrugada a comprar la confitura por detrás del telón a los trabajadores de la fábrica La Estrella, en el Cerro, para luego revenderla por la calle. 

Rascacio vendía en Santa Fe, y Miguelito, en Jaimanitas.

Todo iba viento en popa, hasta que la policía los detuvo en la calle por venta ilícita y fueron a parar a la estación de policía. Les decomisaron las mochilas, la mercancía, le quitaron el dinero y además les impusieron multas.

Continuó buceando por la mañana y trabajando en lo que cayera por la tarde esos cien días.

Su esposa y la niña lo esperaban en casa con la misma alegría, llegara con algo en la mano o con el saco vacío. 

El buzo andaba por Jaimanitas en short, descalzo, sin camisa, en una interminable carrera de la bodega al pan, a la carnicería, al puesto de viandas.

Su casucha era lo más parecido a un bajareque que se pudiera encontrar en aquel pueblo de pescadores del noroeste de La Habana.

Estaba enclavada en la orilla izquierda de la pequeña ensenada de Jaimanitas, muy cerca de la desembocadura del río. Frente al hotel El viejo y el mar de la Marina Hemingway, que se hallaba enclavado a doscientos metros en la otra orilla.  

La casucha era de madera y techo de zinc, con una sola habitación que a la vez era cuarto, sala y cocina. En un rincón había una mesa y dos sillas. El baño era una taza empotrada sobre un montículo, protegida por una cortina.

Delante de la casa hay un terreno yermo que en la escritura de propiedad pertenece a Rascacio y va desde la cerca de la casa de Margot la espiritista hasta la casa del viejo Chiquitico.

Sobre la hierba de un viejo césped descansaba el carricoche, con el bote de corcho encima.

Al terreno yermo Rascacio le sacó dinero una vez, rentándolo para peleas de perros. Pero la policía se llevó preso a los dueños de los perros, a los perros y a los apostadores y a Rascacio le pusieron una multa. 

También lo alquiló varias veces para que descargaran los camiones de arena y de piedra para las construcciones de casas vecinas, pero hacía rato nadie construía por allí y aquella tierra baldía se llenó de romerillo, hierba bruja, verdolaga y tilo. Solo quedaba el pedazo de césped en la puerta, donde descansaba el carricoche con el bote de corcho construido por él mismo, donde se sentaba por la mañana en la popa para mirar el mar, lo observaba con tanta obsesión que su mirada se sumergía y abanicaba mentalmente el fondo, hurgando en la revoltura el soñado destello amarillo del oro.       


En diciembre entró un frente frío a La Habana, que trajo mucho oleaje y cuando  pasó  Rascacio volvió sobre La conchita  de norte a sur y de este a oeste, porque los frentes fríos remueven el fondo como  mil buzos juntos.

Muchas joyas han sido encontradas después de pasar un frente frío, incluso en zonas alejadas de las playas, indicación que la marejada mueve las prendas a largas distancias, como aquella manilla de cuarenta gramos de oro 18 que se encontró peste a perro, el menor de los nietos de Atila el mallorquín, entre Guanabo y Santa María del Mar, en una zona sumamente inhóspita donde era imposible imaginar que se pudiera encontrar una prenda allí.

O la famosa cadena de cien gramos con la medalla de la virgen de la Caridad del Cobre, de oro 16 quilates que se encontró Alfredo Bocañanga entre el Náutico y Jaimanitas, casi llegando a Guardafronteras.

La familia de buzos más famosa de Jaimanitas son Los Bocañanga, una de las familias fundadoras del pueblo, y a la vez la más numerosa. La componen 37 personas que viven en una casa que originalmente era de tres habitaciones, con una sala, la cocina y el patio.

Con los años la familia creció Bocañanga y se fue desmembrando en nuevas familias que han dividido la casa en cuartuchos separados por tabiques. Para comprar los alimentos de la libreta se desencadena una batalla campal, porque se hurtan entre ellos los jabones, el arroz, el aceite y el pan, y por las broncas continuas en la carnicería y en la bodega se dispuso que todos los Bocañanga sacaran la cuota junta y se las repartieran en su casa. 

Por ser una familia tan nutrida, refleja toda la sociedad cubana. Están los abuelos paternos, los viejos Bocañanga, que iniciaron la procreación desmedida, el hacinamiento y el buceo. Luego vinieron los siete hijos, cuatro mujeres y tres varones, diecinueve nietos y seis bisnietos, todo un colorido de manifestaciones y razas.

En esa casa conviven pescadores, buzos, artistas, jineteras, dirigentes, un policía, borrachos, locos, delincuentes, militantes del partido, maestras, choferes de ómnibus, recogedores de basura, un gay, deportistas y vagos habituales. Hay pocos fogones en la casa y en el patio han dispuesto hornillas a base de piedras y pedazos de zinc, para cuando el hambre aprieta.

Existe un baño colectivo en el patio y hay muchas camas, de todo tipo, y muchos pasillos. De noche es un infierno dormir entre el llanto de los niños, los estertores del loco que no duerme nunca, los quejidos amorosos de las parejas, la cantaleta de los borrachos, o las broncas de los múltiples matrimonios, improvisados o de uniones indestructibles.

A pesar de la diversidad de caracteres y las responsabilidades intrínsecas de las subfamilias, los Bocañanga conviven en su hacinamiento.

En la casa entran muchos salarios, pero cuando un buzo acierta una prenda asume todo el peso del sustento colectivo. Nadie pone en duda que los Bocañanga son quienes más oro han sacado del fondo del mar en todo el litoral de La Habana.

La alegría de un buzo cuando encuentra una prenda es efímera, comparada con el tiempo que pasan en el mar sin hallar nada.

Algunos buzos también son corcheros, salen por la noche a pescar en sus botes de poliespuma y si tienen suerte de que el guardacostas no los intercepte y les confisque el bote, los avíos y les impongan multas tal vez enganchen un peto, un gallego, un coronado, o igual regresan a sus casas con las manos vacías.


Llegó diciembre y las fiestas navideñas en Jaimanitas fueron más apagadas que nunca. 

La tradición de celebrar Noche Buena y Navidad casi estaba borrada del imaginario. Para Rascacio y su familia fue Noche Mala y Naviná, porque además de no tener nada que cenar, los acreedores se aparecieron en su casucha para cobrar los préstamos de dinero para a escuela de Zafiro.

El buzo les pedía un plazo más, con recargo, porque hacía cien días que no sacaba nada del agua. 

Se hallaba en un callejón sin salida, con la familia muriéndose de hambre y, para colmo, su mujer embarazada otra vez.

El momento de las iniciaciones y otros poemas

(Del poemario Mi voto será por el silencio)

Osmari Reyes García (Mayarí, Cuba, 1972) Poeta y haijin. Además de sus numerosos premios nacionales e internacionales en importantes concursos de poesía y haikus y de que su obra poética haya sido incluida en antologías del género en Argentina, España y Estados Unidos, ha publicado los poemarios Los días que descienden sobre nosotros para habitarnos (Avant Editorial, España, 2020); Plenitud en los cuatro rincones de la nada (Amazon, 2020); Alivio a mitad del llanto (Vortoj Editores, México, 2020), La temporada del hombre (Editorial Dos Islas, Estados Unidos, 2020) y El momento de las iniciaciones (Editorial Primigenios, Estados Unidos, 2021). Textos suyos han aparecido en publicaciones periódicas de Argentina, Chile, Cuba, España, Estados Unidos, México, Uruguay, Perú y Venezuela.

Puede adquirir el libro aquí: Mi voto será por el silencio – Ilíada Ediciones


El momento de las iniciaciones

El olvido nace de los gestos cotidianos, 
desciende profusamente sobre los días al mínimo descuido 
y nosotros sorteando las miradas, 
traduciendo el ríspido discurso que nos ahueca, 
nos sobreponemos al silencio advenedizo que acaso nos descubre. 
Permanecemos a rato inmóviles, 
contenemos el aliento ante la mirada que señala para delatarnos, 
para acentuar nuestra aridez antes presentida, 
pero todo intento queda en silencio, 
ojalá fuera caos, 
golpe que destierra, 
fragmento que a diario resucita, 
ventana que el viento tira con la furia que se perdió la mañana
de los imposibles. 
Desprendo una torpe espiral de mi osamenta, 
un látigo ancestral que comparte el ayer sin tantas precauciones, 
mi invitación a las ciudades vecinas a desdibujar la hora interminable que agoniza, 
el precipicio del rostro triste que lanza al aire la oscuridad
de la discordia. 
Este es el momento de las iniciaciones, 
de proporcionar el agua clara contra la perfidia, 
el espejo contra la analogía de las despedidas, 
la foto contra lo perdurable que a veces padecemos.


La resaca de los días

Apenas nos separa la resaca de los días que dejaron
de mirarnos
para que no podamos raptar la imagen del espejo
o el grito incontrolable de un demente.
Algún que otro fantasma pasa, deja su porción de furia
en las afueras
donde no será el banquete planeado desde antes,
ni la hora de saldar las cuentas (ya saldadas),
pero nos desentenderemos de la mano y el amigo
para evitar otro altercado.
Tomo las riendas de la noche,
lavo las preguntas en el río del poema inconcluso sin encontrar consuelo
antes de que se fermenten los fracasos.
Comienzo a empacar los últimos regalos
desde la oscura adicción que me violenta una limpia tarde
de la isla que naufraga.
Suelto las frases postreras a los aires que tampoco escuchan.
Soy ciudad en ruinas,
reino que no depone su corona, pero igual,
reino en decadencia,
escombro que acompaña a mis desvelos,
pared emblanquecida por la alegría de los que se tragan el llanto
y se van en silencio por un rumbo diferente.
Cada verso será al final del día dulce manzana que aparenta su veneno.
El oleaje del tiempo te trajo hasta mi puerta
pero ya no soy la contrafigura que buscabas para parecer más exquisita, ni soy la marcha sobre el aliento.  


La mirada transparente            

La noche no alucina.
El insomne no medita.
La mirada omite los detalles.
El desconcierto es animal dormido.
Alguien desentierra sus tesoros,
soporta la certeza y la fatiga.
Ya no más lo racional
que añade y congela en la retina
un caudal imaginario
para mitigar las pérdidas.
El muro escoge
(desde siempre)
los lamentos.
La sedición fracasa,
contempla con cautela,
flota sobre las provocaciones.
Amanece,
se abre una ventana que ahuyenta los dolores.
Otro anuncio el mediodía,
la tarde,
la noche y su perfume recurrente.
Himno antiguo es la herida en la memoria.


Mucho tiempo frente al mar                        

Vi que se hundía el año en su propio llanto,
fue un duro golpe sobre el agua.
No hay códigos que disuelvan estas sombras
reveladas en el gesto.
He quedado solo,
lejos del verano y los jardines.
Asusta la fortuna,
el adiós,
lo eterno,
el universo,
el deseo,
el miedo que rompe los instintos,
la duda ante el milagro.
Voy a construir un cuerpo
y un país que me acompañen
en esta ceremonia que comienza a descubrirme.
Llevo mucho tiempo frente al mar inmenso y repetido,
esperando mi regreso.

Revoluciones y otros poemas

(Fragmento del poema homónimo, del poemario Colisiones verbales / Words colliding)

Daniel Díaz Mantilla (La Habana, Cuba, 1970). Licenciado en Lengua Inglesa, escritor y editor. Ha publicado Las palmeras domésticas (narrativa, 1996), en˙trance (narrativa, 1997), Templos y turbulencias (poesía, 2004), Regreso a Utopía (novela, 2007), Los senderos despiertos (poesía, 2007), El salvaje placer de explorar (cuentos, 2014) y Gravitaciones (poesía, 2018). Sus textos se incluyen en antologías editadas en varios países de América y Europa.

Puede adquirir el libro aquí: Colisiones verbales / Words colliding – Ilíada Ediciones


Buscando

No hay yo detrás de estas palabras.
No hay poesía, ni alma
aullando / cantando / gritando sus miedos o esperanzas.
No hay aliento tras la voz.
Sólo la ilusión de un ser,
una similitud ficticia disfrazando el vacío
donde ves tu propio reflejo.
Yo es un espejo, yo es un velo y un hueco.
Yo es tú.
Tú es un espejo y un velo y un hueco: palabras
colisionando.
No hay poesía,
ni verdad en lo que se dice.
Lo que se dice es el eco de incontables ecos
cíclicos / reciclados / traducidos / multiplicados
en la superficie de lo que dice «yo».
Un enigma buscando
su origen y su fin y el propósito
de su búsqueda, de su discurso.
No hay poesía,
no hay sino poesía,
mundos-palabras colisionando donde «tú» es.


Esperanza

Caminas solo por los pasillos vacíos.
Mantienes la distancia
y escrutas los rostros tensos en la fila.
Ves tu propio rostro
tenso y cansado en el espejo convexo
mientras la cajera guarda los productos en una bolsa
con sus manos ocultas en guantes de látex azul.
Saturado de noticias apocalípticas
has ido de una tienda a la otra,
buscando alimentos, papel sanitario, baterías…
Y has encontrado muy poco.
Aún así, te consideras afortunado
cuando la cajera te desea buenas noches.
Sus labios están cubiertos, sus ojos apagados,
pero imaginas una sonrisa detrás del barbijo
y regresas a casa en la fría oscuridad
con suficiente esperanza para resistir otro día.


Revoluciones

Cuando llegué
la revolución estaba en casa.
La multitud entraba por las ventanas
con sus himnos, sus gritos, sus alarmas de combate.
Cada rincón, cada sueño expresable
eran propiedad colectiva.
Sólo en el cuarto de abuela había calma,
sólo allí, ocultos de la vista, mudos
en un anaquel del closet, los santos meditaban.
Podía oírse aún a Dios en el mutismo de abuela,
podías verlo en sus ojos
ante la foto de Lenin que había en la sala.
El día que abuela murió,
papá puso sus santos en una bolsa plástica
y los tiró discretamente a la basura.
Años después hizo lo mismo con la foto de Lenin.
Eran los años noventa.
Lo recuerdo flaco y barbudo,
estrujando la imagen con rabia.
En el lugar de Lenin
hay ahora una foto de Arizona
y papá protesta oprimiendo los controles
de un nuevo aparato que, inexplicablemente,
dejó de funcionar.


Ante la vista de alguien

Todo esto ocurre ante la vista de alguien.
Las recriminaciones, los gritos,
el llanto mudo de quienes hacen sus maletas y parten,
y la acritud de quienes quedan
mirando en la ventana la ausencia
después de la pelea… Todo ocurre,
todo se rumia y vuelve a ocurrir, reflejado
—torcido por el rencor, la culpa, la añoranza—
en las astillas del espejo donde alguien
desde el futuro escruta y recompone
con los fragmentos dispersos de nuestra voz
el origen de su propio dolor.
Todo esto ocurre
de mil formas distintas
ante la vista de alguien.
Y aunque te empeñes en conducir
por cursos heroicos tu relato,
aunque parezca que es posible esconder
tras una máscara conveniente los exabruptos,
los golpes bajos,
la insidiosa erosión de las palabras y los modos;
aunque guardes tus penas tras una sonrisa de acero,
todo continúa ocurriendo:
el aroma salvaje de las antiguas quimeras,
la entrega incondicional, las sucesivas traiciones,
el otoño de los amantes en su larga posguerra
y la caída súbita de los velos.
Todo sucede con perfecta nitidez,
aunque siempre distinto, distorsionado, reencuadrado,
ante la vista de alguien,
alguien que se nos parece un poco
y nos juzga sin compasión ni compromisos,
como juzgamos nosotros
ahora
el pasado.

Otra habitación de hotel y otros poemas

(Del poemario Tres veces, de próxima aparición en Ilíada Ediciones)

Eilyn Lombard es madre doctorante y educadora en UConn, y miembro de Justicia 11J, una organización que documenta detenciones por motivos políticos en Cuba. Ha publicado las colecciones de poesía Suelen ser frágiles las muchachas sobre el puente (2007), Todas las diosas fatigadas (2011), Las tierras rojas (2019), y Bienvenido a Facebook (2022). Co-dirige y edita la afro-trans-feminista-decolonial Candela Review mientras escribe sobre Poesía, poder y performance en Latinoamérica (1970-2021).


Canción para despertar a Alejandra

cocodrilos, mamá, hay cocodrilos
y co-co-rrecciones/yerros/erratas
heridas siempre
siempre son heridas
pero no le respondo
es la otra voz la que me guardo
guardo desgarros
retorcijones/aguijones
un muro para ofrecer mis espaldas
lamentos/lamentables: lastimaduras
muro para grafitear– coger– romper
dejar el muro
separar los cocodrilos
claro que hay, mi niña, cocodrilos.


Otra habitación de hotel

casi desnuda
leí
auricular en la mano
despierta del goce
o el dolor
desnuda siempre
leí
(me) leí el poema
en silencio
dispuesta a sanar el cuerpo
grité su(mi) rabia/soledad/poema
del otro lado todos
alguien escuchando
fui otra norma jean
menos sola
y repetí números
palabras
todos oyeron
el canto de pavor
conexiones misteriosas
sus dedos
me devolvieron el cuerpo
performance/payasada
del dolor y el goce
marilyn otra
viví.


Eran senos maternos colmados de piedras

crecen las piedras
dentro de mi cuerpo
fingiéndose alimento
barcos soy
de uno a otro lado
barco ebrio de sed
lamentos
mar cada noche
agua agujereándome
sola
con las piedras
alguien bebe
y las piedras se deshacen
arena nutricia
y me sustituyo
o prostituyo
esperando los barcos
y la sed del otro
y ella?
me devuelve las piedras
guarda piedras en sus ojos ahora
y yo
y me hincan
apenas veo, Alejandra, tu nombre
y el otro nombre
esperando sus piedras
mi dolor
la sed que en la leche guardo
hecha piedras
ebria de miedo y dolor
dividida
en dos                       en tres.


Un gorrión se arranca las plumas

alguien mueve unos trastos
a la arruga del entrecejo se añaden lentes
Allí arrastran 
y duelen los silencios intermedios
Solo veo a esa mujer que cree amamantar a su hijo
solo veo el cuervo picoteando su pecho
y correr la sangre que ella cree leche
He mezclado nuestros cuerpos
su boca de mujer y la mía y la de él
He visto correr mezcladas la leche y la miel y la sangre
Yo también arranco mis plumas y me protejo la piel con cremas y trapos de colores
Arranco mis plumas y leo palabras ajenas
Y lloro amores ajenos
y digo
mentiras y verdades a medias
Defiendo cierta rara pureza
y me escondo de mí y de todos
Nadie sabe
Nadie sabe si estas o las otras serán las últimas palabras
si voy a morir
si arrancarme las plumas o ver al gorrión hacerlo es otra forma de morir
o la piedra en el pecho o el hueco en el cuello de abajo
o las manos hinchadas y el cigarrillo a escondidas
o el dolor
solo el dolor
Nadie sabe.