Fata Morgana

(Fragmento de novela homónima)

Oliet Rodríguez Moreno (La Habana, Cuba, 1971) Ingeniero Mecánico de formación, salió de Cuba a inicios del 2001 para radicarse en Alemania. Durante una estancia de 3 años en México, cursó un diplomado en escritura literaria en el Centro Mexicano de Escritores. Ha publicado sus relatos en la página Zoepost.com, de la reconocida escritora cubana Zoé Valdés. Su cuento “La rata “ se publicó en la revista de literatura Mexicana Anestesia. Su cuento “Mujer de humo” es parte de la antología Cuentan que un perro, cuentan que un gato (editorial Ego de Kaska, 2021”. También escribe regularmente en su blog personal www.orod-oficial.com.

Puede adquirir el libro aquí: Fata Morgana – Ilíada Ediciones, 2022

I.- Beso de Amor
No me podrás evitar y elegirás lo que quiero
como una rosa en la nieve, o como un perro sin dueño.
Soplaré bajo tus alas,
haré playas de desiertos,
descubrirás que, sin sueños todos estaremos muertos.
Seré el aire que respiras,
el perfume de tu cuello,
Cerraré miles de bocas de niños sin caramelos,
Alargaré tu camino,
confiarás sin fundamento.
Observarás sin juzgar a la maldición del tiempo,
Marcaré todos tus naipes,
me quedaré con tu aliento. 
Te privaré de esperar como llegan tus deseos.
Mentiré puras verdades,
lloraré paz y lamentos,
Renaceré en armonía bien adentro de tu cuerpo
como ilusiones que guían veleros a todo viento.
No me sabes,
voy por ti,
tú me buscas,
yo te encuentro.

Mi mente es un ente complejo, extravagante y malicioso que juega conmigo todo el tiempo. Creo lo que veo y recuerdo lo que he vivido, pero también lo que he soñado. En la distancia mi olvido se mezcla caprichoso con la nostalgia, las verdades amargas se difuminan y las mentiras al colorearse ya no lo parecen tanto. El resultado es simple: la locura, o la cordura, ¿acaso no son lo mismo? Mi mundo irreal se filtra a través de los sentidos y mi recuerdo modifica el pasado. La clave es sentir, aunque no sea cierto. ¿Habrán ocurrido todos los sucesos del pasado grabados en mi memoria? La respuesta no es importante, aunque me gustaría conocerla.

Una vez al año alquilo un velero para navegar en el lago Ontario. El más simple de todos y el menos difícil de dominar. Una de mis tantas cobardías porque navegar de verdad incluye el riesgo del mar abierto, la incertidumbre de un viento desconocido o una corriente de mar incontrolable. En un lago todo se encuentra bajo control, aunque en el horizonte veas solo agua, sabes que un poco más lejos hay tierra firme.

Invité a una amiga que conocí en el gimnasio. Los pilates la dejaban sin aliento y la sonrisa sudada mejoraba su cuerpo bien formado. Atardece y el mojito en la proa del barco activa su deseo de conversación. Hace tres horas que no deja de hablar. Ya no la escucho. ¿Por qué la trajiste? Me sorprende tu presencia a mi lado.

Ya es de noche y miro al cielo. Se alumbran todas las estrellas. Te escucho entonces tararear una melodía. Parece un vals y con él aparece una estela verdosa en el horizonte. El verde brilloso no para de crecer. Ya domina todo el cielo y justo encima de mi cabeza su sombra se convierte en matices morados. Los colores se toman de la mano y bailan, bailan, bailan. ¿Por qué esa mujer no para de hablar? Tiene el mismo tono de la voz de Carlos, pero en su variante femenina. ¿Por qué no mira al cielo? ¿Tendrán esas luces algo que ver con el sol? Mi paciencia se acaba. Le pido a mi amiga de malas maneras que me deje solo ante el paisaje, y ella, molesta, salta hacia un témpano de hielo que flota junto al barco. Se aleja con sus maldiciones dentro de la niebla.

¿De dónde sale el olor a yerbabuena si el mojito que tengo en la mano es apenas con ron y limón? Ya estamos solos, ven vamos a bailar, no pares de tararear tu música. Sigue hasta que la aurora boreal baje y nos envuelva. La fragancia de tu beso me hipnotiza y corto el aire con mis manos mientras te despojo con calma de las ropas en la cubierta del velero. El asombro y la euforia se difuminan uno dentro del otro. ¿Será la maravilla de tu cuerpo desnudo solo para mí? Tu relieve a contraluz estremece. Luces, colores, sombras, cielo, noche, mujer. Las dos visiones paralelas fantaseadas por la luz del sol se vuelven lo mismo.

Amanece y estoy solo en el barco. No recuerdo la última vez que reí de verdad. Los fantasmas que me persiguen robaron mi alegría. Extraño la carcajada que sale del pecho, la que si se trata de reprimir, se vuelve contra ti y crece hasta que te domina. ¿Es eso la felicidad? Quizás se parezca bastante. Me he cansado de acumular artilugios tecnológicos con fecha de caducidad y no he logrado la plenitud, ni me he acercado apenas.

Tu presencia, después de tanto tiempo cobra sentido. El camino de mi fortuna pasa por encontrarte otra vez, pero antes de buscarte debo aceptarme.

Una fina llovizna con olor a musgo tierno comienza a caer por todas partes y regreso a la costa. Amarro el velero al muelle y sonríes. Apoyas un dedo mudo en mi pecho, en el lugar del corazón. La marca que dejas en mi piel crece dentro de mí impulsada por tus huellas dactilares y al llegar a mis cavidades ocultas se reencuentra contigo. ¿Tendré la fuerza de enfrentarme? No se puede huir toda la vida de uno mismo.

Todo sucede por un motivo y tu regreso a mi pensamiento consciente es una señal, ¿de cambio? Todos los días cambiamos, envejecemos sin desearlo. ¿Será posible recuperarte después de tanto tiempo? Son tantos los años que ya no estoy seguro de que hayas existido o que seas un invento. Tu olor a yerbabuena te acompaña a todas partes. Por él te puedo identificar dentro de una multitud. Ese aroma y mi intuición son mis únicas armas para encontrarte.

La lluvia sigue en el aire dos semanas después, sin llegar a caer nunca al suelo. Llego a la oficina del jefe, renuncia en mano. Carajo, ahora recuerdo que dejé a mi amiga flotando en un témpano de hielo. ¿Habrá llegado a la costa? Como lo haya logrado mi vida corre peligro. El hombre firma el papel sin chistar. ¿Tendrá miedo a la locura dibujada en mis ojos? El musgo invisible lo hace estornudar, no sabe de dónde viene el olor ni encuentra cómo reaccionar. Es un jefe sensato y entiende que nada cambiará mi parecer. Devuelve la hoja.

—Le deseo la mayor de las suertes, Antonio, pero ¿está usted seguro de lo que hace? —balbucea con la frente poblada de arrugas y los brazos encima de la mesa.

No lo escucho, traspaso el umbral de la puerta y me alejo. Nunca he hecho una estupidez tan grande con la certeza de haber tomado la decisión correcta. Estoy loco, lo reconozco, la intuición, sin embargo, me empuja y como siempre, la sigo. He trabajado en esa compañía desde que llegué de Cuba y tras 20 años de pequeños éxitos, he acumulado algo de capital y algunas posesiones. ¿Cómo he podido resistir tanto en el mismo lugar?, Eso vuelve loco a cualquiera. Miedo quizás. La necesidad del cambio vive en mí, no la aplaqué, ya sea con pequeñas acciones y acumulada en el tiempo explota en mi cara.

La soledad hastiada de mí ha decidido abandonarme. Nadie como ella sabe manipularme. Me voy a tomar un trago. ¿Tendré yerbabuena para el mojito? Te encuentro en la superficie de mis recuerdos. ¿No habías desaparecido para siempre? Cuéntame qué ha sido de tu vida, ¿Dónde estás? ¿Estoy preparado para oír la verdad? Mejor habla de temas insignificantes, me gusta escucharte mientras duermo. Si te cansas, no te vayas. Ven, acuéstate a mi lado, déjame protegerte entre mis brazos. Por la mañana voy a despertar primero a extasiarme con tu desnudez hasta adivinar el instante mágico en que regresa tu alma al cuerpo. Por favor, dile a Carlos que se vaya, él no tiene nada que ver contigo. Quiero ver cómo la energía activa tu aura y se hace la luz.

Lo vendo todo. Me importa poco deshacerme del carro, siempre lo he visto como un bloque de hielo caro que se derrite, en seis o siete años no valdrá nada. Con la casa es distinto. Hace una década la elegí al sentir algo de mí en ella, o tal vez fue la casa misma quien me eligió. Con el cheque de su venta en la mano descubro el motivo que me decidió a comprarla en el pasado: está construida a la salida del pueblo, al borde mismo de un camino. Una casa construida al borde del camino no es para vivirla siempre porque tiene la profecía del abandono escrita en sus genes. Hoy regreso al camino y me alegro de recuperar la incertidumbre.

Compro un boleto de avión a La Habana. No poseer nada material libera, debí hacerlo antes. El viaje se antoja sin retorno otra vez. Es idéntico al de hace dos décadas, pero en sentido contrario. Vaya locura, me gustaría encontrar a alguien que me convenza de mi proceder ilógico. ¿Qué sentido tiene enfrentarme al pasado en una búsqueda inútil? Invoco a los ángeles salvadores y no aparece ninguno porque el destino, que acecha detrás de cualquier esquina, disfruta cambiarme las cartas. ¿Cambiar las cartas?, lo que ha hecho es cambiar las reglas del juego en medio de la partida y eso es injusto. No tengo, sin embargo, ni voz ni voto y aunque descubro la trampa en sus manos ágiles, le sigo el juego por malicia, por diversión macabra o por la curiosidad de conocer mi final inevitable. ¿Por qué demonios decido las cosas sin pensar?

Desde el día en que salí hace 20 años, no he vuelto a Cuba y me gustaría decir que no hace falta porque no se me ha ido nunca de adentro, pero ya estoy viejo para mentiras piadosas. Quisiera volver como cualquier inmigrante que regresa a su origen. La lluvia flota todavía y mi piel se impregna de un color gris húmedo con olor a musgo tierno que me da ganas de vomitar. Todo lo que poseo se esconde en una simple maleta, que no me importaría perder. Mi tesoro va bien guardado a partes iguales entre mi mente y mi corazón, ¿trabajarán juntos esta vez? Si lograra la fórmula para que lo hicieran siempre así, no hubiera manera de fallar. Los problemas de la vida suceden si el cerebro y el corazón piensan diferente y no decidimos por quién apostar. Una lástima que no se pongan de acuerdo a menudo, ¿quién puede poner de acuerdo a un caballo desbocado con su jinete? Cuando mi bestia se desboca, el pobre jinete pasa de dominador a dominado.

Dejo al taxista con sus quejidos acerca del clima y entro al aeropuerto. En el audio escucho las advertencias de rutina, recuerdan a los pasajeros no dejar las cosas de valor descuidadas. Te abrazo como si al hacerlo evitara que te alejes otra vez. Me acaricias el hombro después de chequear el equipaje.

—Estás loco, Antonio, no sabes ni por dónde vas a empezar a buscarme —dices con cara de preocupación y olor a menta.

Es verdad, ¿no enviarás una pista de cómo encontrarte? No dejo de mirarte a los ojos. ¿Es una pregunta o una afirmación? No, no parece una pregunta. Te puedes ir Carlos, por favor, no jodas más. El olor a yerbabuena inunda toda la sala de espera.

—Siempre hallaste la forma. —Sonríes—. No me decepciones. No olvides que contigo lo imposible siempre termina por suceder.

Claro que me acuerdo. ¿Habré perdido ese don? Nada es para siempre. Desprendes una alegría tan contagiosa que no comprendo cómo te fijaste en alguien tan simple como yo. Apenas tengo 18 años y acabo de terminar el preuniversitario. Tú, cinco años mayor, estudias el último año de Cibernética Matemática en la Universidad de La Habana.

Nos presentan en la casa de Carlos, otra vez Carlos, me cago en su madre. Vivía en un apartamento de arquitectura socialista situado en las calles Tercera y G, frente a la estatua ecuestre de Máximo Gómez. Ese día el muy cabrón me emborrachó a propósito. Sus plantas de yerbabuena crecen en todas sus ventanas. Eres de Gibara en la provincia de Holguín. Te han criado tus tíos, pues tus padres habían muerto en un accidente cuando eras una niña y no piensas regresar nunca a tu pueblo junto al mar.

Acabamos de salir de la fiesta en aquel edificio de aspecto tétrico. No me explico cómo logro acompañarte de regreso a la residencia estudiantil de las calles 12 y Tercera, en el Vedado. Caminamos sin hablar, con el muro del Malecón a la derecha. El salitre se mete en mis poros, las olas saltan varios metros por encima de mi cabeza convertidas en minúsculas partículas de agua que me espabilan. Tu lengua recoge la sal de tus labios carnosos. El mar no deja de susurrarme que intente arrancarte el beso y lo ignoro, pero él, molesto, insiste y choca violento contra la roca para mojarme de valor. La brisa me despeina y al girar el rostro, el mar aprovecha mi descuido para gritarme al oído.

—Ahora, cobarde, ¿qué esperas? —rugen las olas.

Indeciso, te agarro con mano temblorosa.

—¿Te pasa algo? —preguntas.

Sonríes porque conoces la respuesta. Estoy loco por ti, eres lo más bello que he visto en mi vida. ¿Habré dicho esas palabras? ¿Habrás entendido su significado a pesar de que salieron en un ciclón que quema las gargantas? Lo he dicho, muy mal y poco convincente, pero lo he dicho. Respiro entrecortado la desilusión. Muy mal intento, imposible lograr algo positivo.

—Lo siento, Antonio. —Tu rechazo se dulcifica—. Me caes bien, nada más. Discúlpame.

Te escucho y no puedo evitar llorar en esta silla incómoda del aeropuerto. ¿No tendrás algo tú con Carlos y por eso me rechazas? La pérdida es de color violeta. ¿Se puede perder acaso lo que nunca se ha tenido? Una ola de tristeza aparece de la nada en ese mar transparente que es mío y tuyo e insondable lanza su carga de derrota sobre mí. Me frustro, mi corazón se paraliza, el jinete vence a la bestia, que duda entre el latir o en el detenerse para siempre. Abro de golpe la boca para coger aire y vivir, aunque sea unos minutos más.

¿Por qué no me lanzo ahora mismo al mar y me pierdo lo más profundo posible donde no me halle nadie? ¿Sería eso un suicidio? Si la bestia no piensa puede acabar con todo. Las lágrimas incontrolables inundan mi rostro. ¿Qué hago? ¿Seré imbécil?, los hombres no lloran. ¿Cuántas veces me lo dijo mi padre? Menuda bestia de mierda que también se pone sentimental, eso no ayuda. No sabes qué decir, no comprendes lo que sucede, apenas nos conocemos. Seguro te preguntas: “¿De dónde carajo salió este hombre que me quiere enamorar y se pone a llorar?”, rarito el niño. ¿Cómo puedes entender lo que significas para mí? ¿Qué significo para mí? Lo mejor que hago es intentar salvar los muebles antes de tirarme al mar.

Debería decirte que soy de emociones fuertes y que en los próximos 20 años se me pasa, pero parece estúpido. Si hablo, mi voz saldrá entrecortada por los gemidos, mejor reír, aunque salga una sonrisa anacrónica, tal vez una mueca.

El amago de chiste no da resultado. Me arranco las lágrimas con la palma de mis manos, con dureza para mejorar la imagen de debilidad que transmite el llanto. No quiero decirte que te he amado siempre, porque no lo vas a creer. Las verdades más innegables son las más difíciles de entender. A veces no conocemos a alguien después de compartir media vida y solo necesitamos una mirada para estar seguros con una persona nueva.

—Vamos, que es tarde —dices en un suspiro.

Sonríes y tomas mi mano para cruzar solos la calle Malecón. Siento tu piel cálida e imaginar una caricia me ayuda a recuperarme. Con poco me conformo, apenas una mano. Reconforta la idea de haberlo pretendido, a pesar del resultado nefasto. Reconocer que algo se pudo alcanzar y no se logra por no intentarlo es el más duro reproche que se puede recibir, sobre todo si es demasiado tarde.

En el lobby del edificio de estudiantes me despido de la mejor manera posible. Está bueno ya de drama, reconozco mi derrota con una caricia en tu rostro de mi mano izquierda, la que usa el jinete para dominar a la bestia. El adiós sale como murmullo de riachuelo. ¿Tendré opciones de volverte a ver? Mejor no me hago muchas ilusiones y me apuro para evitar otra recaída de tristeza y salvarme del chapuzón. Una depresión excesiva imposibilitaría incluso un suicidio decente. Seguro que tienes algo con Carlos. Camino sin saber hacia dónde dirigirme, da igual, la derrota espera en todos lados. El fondo del mar sería perfecto. Necesito alejarme, de los tragos amargos se sale rápido.

Dos días después, apenas he avanzado 15 pasos. Tú sigues en el mismo lugar, observas sin entender qué ha sucedido. La noche se ha detenido en un suspiro desilusionado. El murmullo del agua apenas se escucha.

—Antonio, espera —resuena tu voz a mis espaldas.

Tus pasos resuenan en la noche. ¿Qué haces?, me vas a hacer llorar otra vez. No sigas, es de noche y el agua del mar está muy fría. Llegas frente a mí distinta: tus ojos le han robado la sonrisa a tu boca.

—No sé cómo lo has hecho, pero ahora que te alejas, me crecen unas ganas enormes de volverte a ver —hablas, brillas.

¿Qué sorpresa es esta, por Dios? El beso inesperado aparece y la bestia tumba al jinete. El olor a yerbabuena logra que me olvide del musgo fresco. Afuera todavía sigue la llovizna sin caer y el avión está retrasado por el mal tiempo. No salgo de mi sorpresa. Te jodiste, Carlos. Labios, lengua, deleite, perfume, no pares. ¿Qué es ese sonido ronco? Afino entonces mis oídos para escuchar mejor al mar.

—Te ha dado un beso de amor, Antonio, un beso de amor. —Suena el grito de la ola contra la roca.

El punto débil

(Fragmento de novela homónima)

Leandro Calle (Zárate, Argentina, 1969) Poeta y traductor. Reside en Córdoba. Docente universitario. Sus últimos libros de poesía son: entonces (Alción Editora, 2010). Blasfemo (Alción Editora, 2013), animalia urbana (Dínamo poético, 2014), elijo (Alción Editora, 2017), país (Alción Editora, 2018) y Nadar en las aguas de piscis (Colección Alfabeto del mundo, Ecuador-Venezuela, 2022). En 2020, la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), publicó una antología que reúne veinte años de poesía: Algo que arde. Antología poética 1999-2020. Ha traducido a Guy de Maupassant, y a los poetas marroquíes Abdellatif Laâbi, Siham Bouhlal y Miloud Gharrafi. También a los poetas francófonos Anissa Mohammedi (Argelia), Véronique Tadjo (Costa de Marfil) y Gabriel Okoundji (Congo Brazaville).

Puede adquirir el libro aquí: El punto débil – Ilíada Ediciones, 2022


Uno

El comisario inspector Ortiz, abrió los ojos y se llenó de oscuridad. Apenas si pudo distinguir un haz de luz. Luego vino un fuerte olor a nafta y más tarde un dolor agudo en la nuca. Pensó que soñaba. Iba a cerrar los ojos para conciliar el sueño, pero el traqueteo del vehículo lo hizo reaccionar. Manos esposadas, pies atados y una mordaza en la boca que por suerte no estaba muy ajustada. Trató de darse vuelta, pero había otras cosas allí. Una lata de aceite, una caja de herramientas, una rueda y trapos sucios. Tardó unos minutos en darse cuenta de que estaba en el baúl de un coche. ¿Cuánto tiempo había permanecido allí? Le dolía la cabeza, arriba de la nuca. La puerta del baúl tenía una hendija por la que se filtraba algo de luz. Junto con la luz, apenas perceptible, partículas de polvo flotaban por el aire. ¿Era de día o de noche? Hacía calor; sin embargo, si hubiera habido sol, desde la hendija podría percibirse el haz de luz con mayor intensidad.

El coche daba demasiadas vueltas ahora. Ortiz estaba boca abajo y el vehículo se movía demasiado. Le vinieron ganas de vomitar y vomitó. Una vez, dos veces y hasta tres. Maldita mordaza, pensó para sus adentros el comisario inspector Ortiz, que le había hecho tragar parte de su vómito para volver a vomitarlo. Un olor nauseabundo y un líquido viscoso le recordaron los tallarines que había comido ese mediodía. Después de todo, vomitar no le había hecho tan mal, había recordado algo. Los tallarines en su casa, comidos a toda prisa a las dos de la tarde. Entonces, se dijo el comisario inspector Ortiz, ya debe ser pasado el mediodía. Por la hendija de la puerta del baúl se colaba un haz de luz y partículas de polvo que enrarecían el lugar. Ortiz trató de darse vuelta, pero no pudo. Hizo un esfuerzo sobrehumano y consiguió quedar de costado. En ese momento, el coche frenó de golpe. Ortiz se fue hacia el fondo y su cara pegó contra la lata de aceite. Se desarmó en una puteada ronca e inaudible que hizo todo lo posible por atravesar los tejidos vomitados de la mordaza. ¿A dónde mierda me llevan?, pensó. Las curvas y contra curvas habían terminado y ahora parecía que el camino era recto y tranquilo. Sintió cómo el coche aceleraba.

Le seguía doliendo la nuca. ¿Qué fue lo que pasó? Un golpe, sí un golpe. Salió de su casa y todo se volvió negro. Sí, ahora lo recuerda. Comió los tallarines, fue al baño y luego salió. Después, todo fue negro y, más tarde, el haz de luz por la hendija de la puerta del baúl. Un culatazo, pensó Ortiz, pero ¿quién mierda se atrevería a darle un culatazo al Comisario inspector Ortiz? ¿Quién? Sintió nuevamente ganas de vomitar y trato de respirar profundo para contener el vómito. Reflexionó un poco sobre su situación y supo que alguien evidentemente había sido capaz.


Esa mañana había estado con el Moncholo y con el Subcomisario Hernández. ¿Para qué mierda lo había hecho llamar al Moncholo?, se preguntó Ortiz. El Moncholo sólo aparecía para los trabajos sucios. Seguramente le había encargado algún trabajo sucio. El coche aceleró y el comisario se dio cuenta de que estaban por una ruta bien asfaltada. ¿Dónde carajo me llevan?, pensó. Ya un poco harto de la situación, del olor a nafta, y de la lata de aceite que cada tanto insistía en golpearle la cabeza, Ortiz pateó con fuerza la tapa del baúl como si fuera una cabra. El coche no se detuvo. Insistió un par de veces y se dio cuenta de que hacer eso no tenía sentido alguno. Entre tanto, se acordó que el Moncholo le había mostrado unas fotos. Las fotos del juez Leiva. Pero eso había sido hace un mes atrás. Leiva saliendo de su casa, Leiva entrando a Tribunales, Leiva tomando un café, Leiva hablando con su chofer. Leiva, siempre Leiva. Se le vinieron a la mente un montón de fotos del Juez Leiva. Nada había de comprometedor con esas fotos. Pero ¿por qué el Moncholo había venido a la oficina? ¿Cuántas veces, cuántas veces le había dicho? Nos comunicamos por el mail común. Pero el Moncholo quería ser policía, le gustaba aparecer, mostrarse. Ortiz recordaba la forma que había encontrado para comunicarse sin verlo. Había creado una cuenta de correo electrónico, un gmail. Los dos tenían la contraseña. ¡Se lo explicó tantas veces al Moncholo! Vos entrás y escribís en borrador, y repetía, en borrador ¿entendés? No mandás nada, no enviás nada. Luego yo entro y te escribo en el borrador sin enviar. Vos entrás y leés. ¿Te queda claro? El Moncholo decía siempre que sí, sobre todo cuando Ortiz levantaba la voz. Pero al Moncholo nunca le quedaban claras las cosas. Así que de vez en cuando aparecía por la comisaría. Leiva, repetía mentalmente Ortiz hasta que ató cabos.a semana pasada lo había llamado su amigo de investigaciones. Todo comisario tiene algún amigo en inteligencia. Lo estaban investigando. El juez Leiva tenía algunos datos más o menos precisos acerca de la corrupción de la policía y ahí entraba Ortiz. Desde hacía mucho tiempo, el comisario manejaba una suerte de sistema de coimas que le generaban buenos dividendos. La mayor cantidad de la guita se la quedaba él. Otra parte más o menos gruesa iba para el subcomisario y el resto se repartía entre la muchachada. El sistema estaba bastante cerrado y era inexpugnable. Ortiz se había encargado de que todos los que pasaban por la Comisaría alguna vez hubieran “puesto los dedos” como decía él. Todos en algún momento habían participado. Era cuestión de no dejar un policía limpio. Si estamos todos sucios, decía Ortiz, nos vamos a saber cuidar entre todos. El Moncholo iba por otro lado. Estaba sucio de nacimiento. Villero, soplón, golpeador y cocainómano. Ortiz lo conoció en un allanamiento, pero se dio cuenta de que lo que tenía ante sus narices no era un pez gordo, si no un eslabón bastante menor de la cadena. Había que hacerlo cantar al Moncholo y el Moncholo era duro, duro e inteligente. Fue negociando de a poquito. Ortiz se dio cuenta de que tenía un aliado a futuro. El Moncholo entonces hizo de matón, de soplón, de detective barato y hasta de policía. Pero la relación siempre fue directa. Ortiz no quería vincularlo con la institución bajo ningún concepto. De alguna manera, el Moncholo era como un perro fiel, de esos perros malos pero fiel. En cinco años le demostró que podía confiar en él, siempre y cuando hubiese algo a cambio y Ortiz pagaba bien los servicios prestados.

Cuando el Comisario inspector Ortiz, se enteró de que Leiva estaba metiendo el hocico en sus asuntos le escribió al Moncholo y concertó una cita. Solían juntarse en un bar bastante lejos del centro. Un bar de morondanga en las periferias de Córdoba. Era un lugar que no estaba marcado por nadie. Quiero que me averigués en qué anda el Juez Leiva, le había dicho el comisario, mientras le pasaba un sobre de color marrón con datos y detalles del magistrado. Ya sabés de qué se trata, dijo Ortiz. Hay que buscarle el punto débil y todos tenemos un punto débil. Pero no te apresurés. Si encontrás algo avísame por mail y vemos de juntarnos. Anda con pie de plomo que la cosa está jodida.

En estas ocasiones, el Moncholo ni siquiera respiraba. Era un soldado ciego. Escuchaba atentamente, agarraba el sobre y comenzaba a laburar.

Ortiz repasaba mentalmente las fotos que le había traído el Moncholo. Venían a su mente las imágenes que luego se desmoronaban como un castillo de naipes para desaparecer. Leiva y su hijo de siete años saliendo del colegio, Leiva jugando al golf, Leiva saliendo del cine, Leiva en un acto político, Leiva en la misa de domingo. ¿Con esto no hacemos una mierda?, pensó Ortiz. Hay que hacer un seguimiento más fino, todos tenemos un punto débil. En ese momento, el Moncholo separó las fotos y señaló la que Leiva estaba con su hijo. No, dijo el comisario. Por ahí no. Buscá algo que lo avergüence, algo que lo haga callar sin que nos perjudique. Si no encontramos nada, le secuestramos el pendejo. El Moncholo recogió las fotos y se fue.

Todavía sentía el regusto ácido del vómito en la boca y los recuerdos se le apelotonaban en la cabeza. Por momentos venían todos juntos y luego se iban y le quedaba la mente en blanco. Le pareció que se había adormecido un par de veces. Le dolía la cabeza. Mucho. Un dolor puntual arriba de la nuca. ¿Estaría cortado? Le pareció que sí. Entonces pensó que había perdido sangre. ¿Tan fuerte lo golpearon? Gente de Leiva, seguro. Ortiz pensó que le querían cagar el negocio. Esto debe ser una mejicaneada de mi amigo de inteligencia. Tendría que haber repartido algunas migajas por esos lados.

El coche se detuvo. Ortiz comenzó a dar patadas al baúl, pero apenas si podía mover los pies. Intentó gritar, pero tampoco podía. Insistió con los golpes hasta que le dolieron las piernas. Se sosegó y trató de darse vuelta para ver si podía mirar por la hendija. Fuera era completamente de noche. Pensó que seguramente estaba en el campo o en las Sierras de Córdoba porque no había escuchado mucho ruido.


El coche arrancó y entró por un camino de tierra. El traqueteo le hizo recordar a Ortiz que hacía dos días el Moncholo le había dicho que había encontrado el punto débil del juez Leiva.

Una vez por semana Leiva viajaba a la ciudad de Río Cuarto a dar clases. En el camino de vuelta, paraba a dormir en algún pueblo. El Moncholo había hecho un buen seguimiento. Leiva paraba en distintos pueblos y a distintas horas. Era evidente que esos días no pretendía volver a su casa. Era evidente, además, porque después de que Leiva entraba al hotel, aparecía un Renault Clío gris con la misma patente siempre y se bajaba una señorita mucho más joven que él.

Ortiz recordó ahora perfectamente las fotos de la mujer del Renault Clío. También recordó que llamó a su amigo de inteligencia y le pidió que le concediera algunos favores. El Moncholo era bruto en cuestiones tecnológicas, pero junto con el subcomisario Hernández llegarían a hacer un buen trabajo. Ortiz les tenía confianza. Leiva no paraba siempre en los mismos pueblos, pero sí en los mismos hoteles, así que era cuestión de esperar. Eligieron el hotel más chiquito, el que menos conflictos presentaba. Lo llenaron de cámaras. Costó trabajo, pero lo lograron. Era cuestión de esperar. El juez Leiva se tomó unos días de vacaciones y el Moncholo se mordía los labios de la bronca.

Cuestión de esperar mascullaba el Moncholo. Ortiz sonreía mientras le decía: todos los hombres tenemos un punto débil, es cuestión de encontrarlo.

La espera dio sus frutos. ¿Cómo había sido? se preguntaba Ortiz entre el olor a nafta y el polvo que entraba por la hendija de la puerta del baúl. El Comisario Ortiz, tosió con fuerza y otra vez sintió el regusto del vómito añejo que se había secado entre la boca y la mordaza. Le vino súbitamente una arcada que pudo controlar. Junto con la sensación del vómito vinieron también los recuerdos.

Ya se acordaba. Leiva tenía una suerte de salidas higiénicas y por precaución cambiaba los lugares donde se quedaba a pasar la noche. Normalmente era el jueves de cada semana. El comisario Ortiz, imaginó al juez Leiva dando explicaciones de las ausencias a su mujer. La coartada la tenía por las clases que daba en Río Cuarto. Imaginó a ese hombre flacuchento y espigado decir que tenía reuniones importantes, que la cosa no andaba bien para los jueces, que la política, que esto y aquello. Lo cierto era que Leiva ya había mordido el anzuelo.

Encontré el punto débil, había sido el mensaje del Moncholo en el borrador del correo electrónico. Esta vez no eran fotos, así que Ortiz decidió no juntarse en ningún lado y esperar una copia para observar tranquilo en el escritorio de su casa. El Moncholo le dejó la copia en el bar de siempre, dentro de un paquete con libros. Cuando todos dormían, el Comisario Ortiz entró a su escritorio con un vaso de whisky en la mano. Encendió su computadora, cerró bien la puerta, bajó el volumen de los parlantes y se dispuso a ver cuál era el punto débil del juez Leiva.

Popurrí

(Fragmento de novela homónima de próxima aparición en Ilíada Ediciones)

Bernardo Javier Castro Reyes (Puerto Padre, Cuba, 1975). Poeta, narrador y artista del performance. Entre otros galardones obtuvo premio en el III Salón de Arte Erótico UNEAC- Las Tunas, en 2009 por su Performance “Reservado de Manuela”. Entre 2002 y 2005 fue miembro del Taller Literario “El Cucalambé”. Ha trabajado como promotor cultural en la Dirección Municipal de Cultura de LasTunas y como Especialista de Promoción Teatral en el Consejo Provincial de las Artes Escénicas. Actualmente es productor teatral en los grupos Huellas, Kaos Teatro y Total Teatro. En 2018 publicó el libro «Cuentos Cínicos», por Ediciones Santiago. En 2020 Ilíada Ediciones publicó su poemario Miscelánea.


Después del túnel abrí los ojos, respiré ¿De quién soy? ¿Cuál familia es esta? ¿A qué banquete me invitan?

Una voz misteriosa dijo: Eres la hija de la brisa y el fuego. El clamor del verano. La savia de la planta que da frutos abundantes a su tiempo. Eres la ligereza del pájaro, el buen gusto. El regalo en quien todos se verán y en todos te veré.

Nunca más el túnel.

Nunca pienses nunca más. Ni el túnel ni tú. Ni tu respiración, ni tus ojos, ni lo que miras. Ni tus actos. Nada es verdadero, sólo aquello al final de la oscuridad. Te invito a que lo descubras.

El árbol de ancha sombra me cobijaba. Sentí que una sutil fuerza me puso de pie, di los primeros pasos: Floté en un manto de flores silvestres, al abandonar en el fango el miedo que me impedía volar.


Natacha

Salió de Puerto Padre una mañana lluviosa de mayo en la colmillo blanco destino Matanzas. El pelo recogido en un haz de pensamientos contra la indiferencia y la miseria del pueblo que dejaba atrás. Sabía que era un viaje sin regreso, aunque volviera y edificara un castillo a sus nostalgias junto al mar y a los barcos. Aunque se comprara una finca (no muy lejos) y con el paso del tiempo, se convirtiera en la doña Bella de la región, protagonizando una historia similar a la telenovela que tuvo paralizado al país tantos meses.

¡Ay Cabrona!

Sabía que irse a Varadero significaba perder la tranquilidad, sus doce horas de sueño, el ardor de los convictos que la visitaban…

Sabía que era renunciar a sus carreras (desnuda) por la costa, a sus visitas a casa de tía Aurelia. Tata, cariñosa y comprensiva. La que más le daba ánimos para irse y no mirar ni un segundo la herencia de blasfemias…  

¡Maldita cruz a los veinte años, vaya que le costaba cargarla! O tirarla en la primera cuneta que viera y a desahogarse en un lugar diferente. Abierta a las oportunidades, Oh, salir del hueco y no dejar deudas. Hazte invisible, dijo Tata Aurelia al entregarle el pote de miel bajo la mata de caimito. Llama la atención brevemente cuando salgas. Después que atrapes a la víctima, te escondes y le das a beber agua con esta miel. Un día me dirás si da o no resultado.

Salió por el campo de maíz creyendo en firme que un nuevo camino se abría a sus pies, así lo decía Tata y ella nunca se equivoca. Además, con probar nada se pierde. En Puerto Padre no pasaba de ser una vendedora de café mal vestida y hambrienta, carajo, viendo pasar por su calle a muchachas elegantes de la mano de algún ricacho, rumbo al aeropuerto.

¡Había que moverse en otra dirección!

Camaroncito que se duerme, se lo lleva la corriente, declamó Anita arreglándose las uñas. Hojeaba una revista de modas. Descruzó los brazos, observando a la muchacha. Iba a una cita con el capitán del barco filipino que entró al puerto ¡Ya tiene una hembra jugosa para engañar las noches en tierra lejana!

No regresaría, aunque tuviera que volver cientos de veces. ¡Burla!, ¡Maldición! Estaba harta. Aguantó durante años, pero el tiempo de dar el salto había llegado. Anita no entendió la despedida. Simplemente, adiós, perra, que te encuentren bien y te complazcan. ¿Oye, qué volá? Where do you go? 

Besos, colmillo blanco, mano en el cristal.

Dos tragos de guachipupa en el estómago, tres noches sin dormir.

Adiós, porque no hasta luego. Ya no nos pintaremos las uñas juntas, no iremos a las descarguitas con los novios del momento. No oiremos en tu grabadora los casetes de Luis Miguel y Vico C. Adiós, perra. Si te olvidas de mí, mejor. Haré lo posible por olvidarme de ti, mi única amiga. Haré lo posible por olvidarme de todos.

Tata lo decía: Ella no pertenece al puerto, ni al susurro de las olas. Ella sabe que hay que dar un paso firme, si en verdad quieres algo que valga la pena. Ella lo esperaba. Era como un ave sin rumbo en sus deseos más oscuros. Como vampira chupando la energía de los otros. La de boca grande y piernas blanquísimas, un manjar para los cerdos.

—Amárralo, hazle el trabajo bien, no te momees. Aquí no hay de otra. Sí o sí. No me vengas con cuentos de camino o con una barriga. Sabes que, si llegas así, te acepto y lo criamos o lo que sea, pero, musa… Has las cosas bien, sigue mi consejo que no te vas a arrepentir.

El día de mañana me lo agradecerás.

Vienen tiempos difíciles y estoy muy vieja pa’ estar aguantando paquetes.

—Ay, Tata

—Nada, pa’lante

—Sí o sí, Tata

—Y recuerda, no te cambies ni te vendas por basura.

Se acomodó en el respaldo. Miró la noche en movimiento a través del cristal ¿O era su movimiento arriesgado en la noche? Tarde para arrepentirse. La colmillo blanco entraba en Santa Clara. Sabía que era un viaje sin regreso. ¿Dejo algo de valor? La tía le había dicho que ni en ella pensara, que borrase el casete: Sigue tu camino, métetelo en la cabeza: Nunca más vendedora de café, ni aguatera en los campos del preuniversitario. Nunca más la mamalona de los reclutas por cinco pesos. ¡No! Esa etapa ya fue. Ahora, mijiiiita, afínquese. Los ojos de la bruja se le aparecieron en la oscuridad al salir de Santa Clara. Ay, Tata, sí, vas conmigo. Píntate el moño de rojo, se te ve mal canoso. Ah, si un día me va bien, te voy a poner a vivir como una reina.

En Matanzas experimentó angustia (al entregar el paquete a la flaca desgreñada y comerle cuatro tamales con fricasé de ovejo) se despidió en un “Cuídese, escríbale a mi tía”.         

—Suerte, nena, que te vaya bien. Gracias por las yerbas, Aurelia siempre tan atenta —Un diente negro le bailaba en la boca.

Contempló la casa de tablas y techo de tejas al lado del puente en derrumbe. Tuvo deseos de vivir allí. Primera vez que estaba en Matanzas y le gustaba su aire limpio y fresco. Hubiese entrado a la casa y, una vez en la sala o en el patio, la reclamaría como herencia… Si fuera presidenta del país o de la Asamblea Popular: traslado de sus moradores a una propiedad confortable y digna. Esa casa le gustaba de veras. El puente y la idea de vivir allí por tiempo indefinido. ¡Qué burrada! Siguió caminando en dirección a la terminal de ómnibus. De Matanzas, en una Icarus, a Cárdenas. De Cárdenas a Varadero, en taxi.

Olga estaba esperando en la casa del portal enrejado en figuras de madera, viejo diseño de cuando aquello fue un escondido litoral y algunos postores levantaron las primeras residencias de veraneo. La playa no importaba más que para los que la descubrieron y veían sus bellezas y potencialidades. Otra cosa fue la inversión a largo plazo del Gobierno, que demoraría décadas en consolidarse.

El enrejado estaba podrido en las esquinas y tocando el techo.

La mulata salió a la acera en jeans y blusón rojo, le babeó dos besos en cada mejilla y le dio un apretujón de judoca.

Primera vez que veía un implante de pelo blanco. Olga medía seis pies. Ojos verdes como las hojas del limonero. Un encanto. La delicia puesta en venta en el clandestinaje de 1990.

—Sapisapi, ese es mi nombre aquí. No te presentes con tu nombre, ¿sabes? Debes ponerte un apodo antes que te lo pongan. Y date a conocer por los lugares que te voy a llevar después de las doce, nunca trabajamos de día ni cerca del hotel o de la playa. Cucha bien: a la playa vamo a bañarno. Si alguien te pregunta de dónde eres, o tu número de carné… le dices que estás de visita en casa’e tu tío. O de luna de miel, o cualquier cosa por el estilo. No puedes decir que viniste porque viniste, ahí te joden.

—De acuerdo.

—Sapisapi, llámame así a partir de ahora.

—Mire usted, Sapi.

—No, Sapisapi.

—¿Y ese nombre de cutarera?

—Me gusta, pepilla. Tú tendrás que llamarte Lucy.

—¡Eh!

—Sí, un buen nombre. Coralia o La Cestera, dale, tú escoge. El tape que te buscamo es vender cesto en el negocio’ el socito. 

Un hombre robusto salió al portal con dos vasos de limonada, los puso en la mesa de mimbre, se tocó el panzón bostezando y dijo: Voy pal’ agua, qué carajo. Salió calle arriba con su short de palmeras, los brazos peludos y las piernas afeitadas. Primera vez que veía unas piernas masculinas afeitadas. Le dio risa la calva brillando al sol, aquel tanque Sherman que trotaba metiendo los pies en la arena. ¡Ahorita vamo!, gritó Sapisapi.

Carne fresca y olorosa pa’ los turistas. A discotequear, siempre hay uno que se muere por ti.

—En este oficio hay que ser paciente, como Isolina Carrillo, que se pasó no sé cuántos años pa’ escribir “Dos Gardenias”. Ya está, con una sola canción se hizo famosa y le ha da’o la vuelta al mundo. Tengo mi propia melodía y todo se hace a mi tiempo. Hay que aprender de la gente grande. Por si acaso, fumando espero al gallego que más quiero, y mientras fumo, bueno, vendo esto y lo otro… me desplazo en tres direcciones a la vez, que no estudié por gusto… a mí no me echan con espuela’ e pineo, mi vida.

Escuchaba a la mulata como una discípula talentosa frente a la ingeniera en los retruques de la isla. Parecía el ideal balzaciano de la percepción. Un acoso a los europeos (en tanguitas por la playa, moviéndose cachonda, venga, venga, le compraban helados, le hacían invitaciones). Los mato con el chachachá. Oe pepilla, tienes que verme moviendo el culo delante de esos blancones… te miran como un flan. Son rubios y ojiazules, de espaldas anchas. Bellos con barbas, lampiños, Ah, me los he comío de todos los colores.

—Cabrona.

—Prepárate, si quieres progreso, te la tienes que pelar. Lo de los cestos y las figuritas es un tape de día. Aquí hay mucho control, ahora más que están haciendo hoteles nuevos y dale Juana con la cantaleta del retén y el pasaporte. Las cosas están cambiando. Dicen que van a entrar más turistas, van a despenalizar el dólar… aunque fíjate: en Varadero el dólar camina siempre, esto es otro país.

—Me gusta.

—Y eso que llegaste hace poco y no lo has vivío. Deja que le cojas la vuelta, ¡pero de verdá!

—¿Cuánto llevas aquí?

—Dos años y medio, ya quiero hacerme una casa.

—Usted sí que tiene esperanza, lucha. Tengo que aprender de vos, hermana.

—Prefiero la fe. Con la esperanza te caes a la menor agitación, pero la fe es otra cosa. Con voluntad logras lo que quieres.

—Si usted lo dice… ¿Ni aquí en el cuarto puedo llamarte Olga? ¿No puedo cantarte “Olga, la tamalera”?

—Así no vale, mi querer. Somos profesionales, no cometas una indiscreción.

—Pero no me pongas esos ojos así, parece que me vas a matar.

—Ponte pa’ la cosa que el da’o está malo. 

Juego de cartas. Entra el aire caliente por la puertezuela, canciones de Oscar de León.

—Ese dominicano es fanático a Melao de Caña, la oye como trenta veces al día.    

—Vamo a decirle que lo cambie.

—Pepilla, compórtate, no estás en tu barrio ni mucho menos.

A beber té y a comentar los juguetes que una italiana vende seis cuadras abajo.  

—¡Sí! He tenido de esos, no será la primera vez que me compre uno —sonríe, apretando los muslos. Mata un mosquito en el pareo color naranja. 

El señor Delgado recordaba las aventuras de una princesa congolesa que terminó como pulsera en Jamaica. Pasaron las horas y las risas. Viento del Norte. Viento del Sur. Proyecciones, un negocio legal, no tengas miedo. El caso Ochoa y los otros. La barbarie en el Oriente Medio. Los rusos están medio blanditos. Jajajá Jijijí Jojojó. ¡Tumbaron el muro de Berlín! Dicen que Mandela es un héroe en Sudáfrica. ¿Y los chinos qué? ¿Y los yanquis? ¿Y ahora qué va a pasar?

Unos tragos de ron Santiago oyendo Nocturno.

A Sapisapi le hacían reír las canciones de sus padres cuando se conocieron en la manigua, la voz engolada del locutor, las ocurrencias de la guajira tímida y mal hablá.

—Es las doce, mulata, arriba.

Cogieron las jabas y salieron en bicicletas por los árboles de ramas en el piso. Oscuridad total en el sendero.

Cien libras de café.

Olor a mar.

Viento del norte.

—Si nos cogen con esto, sabes que nos parten al medio ¿no?

—¡San Sereníco!

—No está de más rezar. Me llevo bien con el jefe’ e sector, pero si nos coge en el brinco… Que se quede con todo, yo le doy el culo y tú también… Que nos bote de aquí, pa’ salir suave.

—Mulataaa

—Sapisapi

—A mí nunca me la han metío por ahí.

—¿En serio?

—Nunca

Se rio de lo lindo bajando la jaba de la parrilla. Entraron al garaje, Natacha quejándose con su carga en la espalda.

—Lucy. Ese es tu nombre de lucha a partir de ahora. Y atiéndemeee, quiero deciiirte algoo…

La leyenda del río

(Fragmento de la novela homónima)

Frank Correa (Guantánamo, Cuba, 1963). Escritor, poeta y periodista. Autor de las novelas Pagar para ver (Latin Heritage Foundation, Estados Unidos, 2011), Larga es la noche (República Checa, Premio Internacional Franz Kafka de novela, 2012) y Un rey sin corona (Editorial Primigenios, Estados Unidos, 2021). Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y del Club de Escritores Independientes. Es reportero de la revista audiovisual independiente ADN Cuba. Actualmente reside en La Habana.

Puede adquirir el libro aquí: La leyenda del río – Ilíada Ediciones, 2022


UNO

Lo llamaban Rascacio y la insolvencia era su  talón de Aquiles. Vivía en una casucha junto al mar en Jaimanitas, con su esposa Amatista y una hija de tres años llamada Zafiro. Su oficio consistía en bucear en las playas todos los días, tras las prendas que por descuido pierden los bañistas.

En medio de la dura crisis que azotaba a Cuba, muchos jaimanitenses como él sobrevivían además de la pesca y la venta de calandraca, de bucear en la arena del fondo tras las prendas de oro y plata y el dinero perdido.

Era un trabajo sumamente duro: Con careta y snorkel patalear duro para mantenerse sumergido por un buen tiempo y tener la fuerza suficiente para abanicar el fondo con un guante de madera en forma de pala, para subir lo sólido con la revoltura. 

A veces Rascacio se iba con el grupo de buzos a las playas del este: Bacuranao, Jibacoa, Boca Ciega, Santa María del Mar y Guanabo, donde se podía encontrar mejores prendas, pero él prefería quedarse buceando en La conchita, la pequeña playa de Jaimanitas.

Desde niño Rascacio tenía un sueño recurrente: mientras buceaba, encuentra un cofre repleto de oro y se vuelve rico.

Para salvar su tesoro tiene que matar vampiros con balas de plata, fulminar fantasmas con exorcismos y por último y la peor parte: enfrentarse al pueblo que se muere de envidia.

Con el tiempo, a medida que Rascacio creció, su sueño se fue convirtiendo en pesadilla.

La cantidad de información que comenzó a emerger contra el buzo obligó a la Seguridad del Estado a montar un chequeo y organizar una pesquisa. Entonces tuvo que gastar parte de su oro para maniobrar y salvarse.

Es esa parte el sueño la que se convierte en tribulación y despertaba gritando en medio de la noche.

Lo que más le angustia del sueño es que sus amigos: Pejediente, Atila, Luisón, Chiqui y Joaquinito, son enviados a su casa para arrancarle el secreto, utilizando la amistad de ardid.

Sin embargo, era solo un sueño: en la vida real Rascacio jamás se encontró una cadena, ni una medalla, ni siquiera una manilla. Acertaba monedas de un peso y veinticinco CUC, y una que otra prenda sencilla, que no valía mucho.

Una vez encontró una argolla de oro 14. Y en otra oportunidad una alianza de oro 10, que dio seis gramos en la pesa de Chiqui. Y piezas de oro golfi que vendía como oro 16 después de limpiar y pulir en la piedra de mota verde de Joaquinito, entonces corría a comprar carne de puerco para darles descanso al pescado y al pulpo.

La mayoría de las veces, los días de buceo eran días perdidos. Regresaba a su casa flagelado los huesos por la frialdad del agua y la piel arrugada por la sal, con el saco vacío.

Lo salvaba llevar siempre consigo su carrete de pescar, porque cuando renunciaba a seguir abanicando el fondo inútilmente, arrancaba de las rocas del fondo unos tubos de calandraca, los aplastaba de atrás hacia alante entre el índice y el pulgar obligando a lombriz salir y tragarse el anzuelo, enmascarándolo con su largo cuerpo anillado de color marrón fosforescente, una carnada segura para todo tipo de pez.


Cien días cumplió Rascacio en noviembre sin encontrar nada en el fondo del mar. Ni siquiera un peso macho. Y se vio forzado a desempeñar oficios furtivos para llevar comida a su familia.

Se metió en el agua los cien días hiciera o no buen tiempo, azuzado por el hambre de la familia y la vieja premonición de hallar algo que cambiara su destino. 

Pero después de abanicar el fondo durante el día en vano y desfallecer, pescaba un par de mojarras, o una rabirrubia, y se las daba a su mujer para la comida, entonces se iba con su carricoche y el azadón a ver que trabajito caía: un patio que limpiar o botar basura, para buscar el dinero y pagar las facturas.

Fue durante un tiempo ayudante de Cachimba el soldador, que lo explotaba. Por veinte pesos al día, menos de un dólar, tenía que cargar la planta de soldar y subirla al riquimbili, cargar los materiales, lijar, soldar y pintar rejas durante ochos horas como si trabajara para el estado.

Renunció a Cachimba y se fue de ayudante con Pedro el albañil, que lo explotó aún más. También por veinte pesos debía cargar bloques, arena, piedra, batía mezcla y servía los cubos. Además, dar pico y pala en una fosa que no tenía fin.

Se disgustó con Pedro y se puso a vender confituras en la calle, con su amigo Miguelito melón. Iban de madrugada a comprar la confitura por detrás del telón a los trabajadores de la fábrica La Estrella, en el Cerro, para luego revenderla por la calle. 

Rascacio vendía en Santa Fe, y Miguelito, en Jaimanitas.

Todo iba viento en popa, hasta que la policía los detuvo en la calle por venta ilícita y fueron a parar a la estación de policía. Les decomisaron las mochilas, la mercancía, le quitaron el dinero y además les impusieron multas.

Continuó buceando por la mañana y trabajando en lo que cayera por la tarde esos cien días.

Su esposa y la niña lo esperaban en casa con la misma alegría, llegara con algo en la mano o con el saco vacío. 

El buzo andaba por Jaimanitas en short, descalzo, sin camisa, en una interminable carrera de la bodega al pan, a la carnicería, al puesto de viandas.

Su casucha era lo más parecido a un bajareque que se pudiera encontrar en aquel pueblo de pescadores del noroeste de La Habana.

Estaba enclavada en la orilla izquierda de la pequeña ensenada de Jaimanitas, muy cerca de la desembocadura del río. Frente al hotel El viejo y el mar de la Marina Hemingway, que se hallaba enclavado a doscientos metros en la otra orilla.  

La casucha era de madera y techo de zinc, con una sola habitación que a la vez era cuarto, sala y cocina. En un rincón había una mesa y dos sillas. El baño era una taza empotrada sobre un montículo, protegida por una cortina.

Delante de la casa hay un terreno yermo que en la escritura de propiedad pertenece a Rascacio y va desde la cerca de la casa de Margot la espiritista hasta la casa del viejo Chiquitico.

Sobre la hierba de un viejo césped descansaba el carricoche, con el bote de corcho encima.

Al terreno yermo Rascacio le sacó dinero una vez, rentándolo para peleas de perros. Pero la policía se llevó preso a los dueños de los perros, a los perros y a los apostadores y a Rascacio le pusieron una multa. 

También lo alquiló varias veces para que descargaran los camiones de arena y de piedra para las construcciones de casas vecinas, pero hacía rato nadie construía por allí y aquella tierra baldía se llenó de romerillo, hierba bruja, verdolaga y tilo. Solo quedaba el pedazo de césped en la puerta, donde descansaba el carricoche con el bote de corcho construido por él mismo, donde se sentaba por la mañana en la popa para mirar el mar, lo observaba con tanta obsesión que su mirada se sumergía y abanicaba mentalmente el fondo, hurgando en la revoltura el soñado destello amarillo del oro.       


En diciembre entró un frente frío a La Habana, que trajo mucho oleaje y cuando  pasó  Rascacio volvió sobre La conchita  de norte a sur y de este a oeste, porque los frentes fríos remueven el fondo como  mil buzos juntos.

Muchas joyas han sido encontradas después de pasar un frente frío, incluso en zonas alejadas de las playas, indicación que la marejada mueve las prendas a largas distancias, como aquella manilla de cuarenta gramos de oro 18 que se encontró peste a perro, el menor de los nietos de Atila el mallorquín, entre Guanabo y Santa María del Mar, en una zona sumamente inhóspita donde era imposible imaginar que se pudiera encontrar una prenda allí.

O la famosa cadena de cien gramos con la medalla de la virgen de la Caridad del Cobre, de oro 16 quilates que se encontró Alfredo Bocañanga entre el Náutico y Jaimanitas, casi llegando a Guardafronteras.

La familia de buzos más famosa de Jaimanitas son Los Bocañanga, una de las familias fundadoras del pueblo, y a la vez la más numerosa. La componen 37 personas que viven en una casa que originalmente era de tres habitaciones, con una sala, la cocina y el patio.

Con los años la familia creció Bocañanga y se fue desmembrando en nuevas familias que han dividido la casa en cuartuchos separados por tabiques. Para comprar los alimentos de la libreta se desencadena una batalla campal, porque se hurtan entre ellos los jabones, el arroz, el aceite y el pan, y por las broncas continuas en la carnicería y en la bodega se dispuso que todos los Bocañanga sacaran la cuota junta y se las repartieran en su casa. 

Por ser una familia tan nutrida, refleja toda la sociedad cubana. Están los abuelos paternos, los viejos Bocañanga, que iniciaron la procreación desmedida, el hacinamiento y el buceo. Luego vinieron los siete hijos, cuatro mujeres y tres varones, diecinueve nietos y seis bisnietos, todo un colorido de manifestaciones y razas.

En esa casa conviven pescadores, buzos, artistas, jineteras, dirigentes, un policía, borrachos, locos, delincuentes, militantes del partido, maestras, choferes de ómnibus, recogedores de basura, un gay, deportistas y vagos habituales. Hay pocos fogones en la casa y en el patio han dispuesto hornillas a base de piedras y pedazos de zinc, para cuando el hambre aprieta.

Existe un baño colectivo en el patio y hay muchas camas, de todo tipo, y muchos pasillos. De noche es un infierno dormir entre el llanto de los niños, los estertores del loco que no duerme nunca, los quejidos amorosos de las parejas, la cantaleta de los borrachos, o las broncas de los múltiples matrimonios, improvisados o de uniones indestructibles.

A pesar de la diversidad de caracteres y las responsabilidades intrínsecas de las subfamilias, los Bocañanga conviven en su hacinamiento.

En la casa entran muchos salarios, pero cuando un buzo acierta una prenda asume todo el peso del sustento colectivo. Nadie pone en duda que los Bocañanga son quienes más oro han sacado del fondo del mar en todo el litoral de La Habana.

La alegría de un buzo cuando encuentra una prenda es efímera, comparada con el tiempo que pasan en el mar sin hallar nada.

Algunos buzos también son corcheros, salen por la noche a pescar en sus botes de poliespuma y si tienen suerte de que el guardacostas no los intercepte y les confisque el bote, los avíos y les impongan multas tal vez enganchen un peto, un gallego, un coronado, o igual regresan a sus casas con las manos vacías.


Llegó diciembre y las fiestas navideñas en Jaimanitas fueron más apagadas que nunca. 

La tradición de celebrar Noche Buena y Navidad casi estaba borrada del imaginario. Para Rascacio y su familia fue Noche Mala y Naviná, porque además de no tener nada que cenar, los acreedores se aparecieron en su casucha para cobrar los préstamos de dinero para a escuela de Zafiro.

El buzo les pedía un plazo más, con recargo, porque hacía cien días que no sacaba nada del agua. 

Se hallaba en un callejón sin salida, con la familia muriéndose de hambre y, para colmo, su mujer embarazada otra vez.

El momento de las iniciaciones y otros poemas

(Del poemario Mi voto será por el silencio)

Osmari Reyes García (Mayarí, Cuba, 1972) Poeta y haijin. Además de sus numerosos premios nacionales e internacionales en importantes concursos de poesía y haikus y de que su obra poética haya sido incluida en antologías del género en Argentina, España y Estados Unidos, ha publicado los poemarios Los días que descienden sobre nosotros para habitarnos (Avant Editorial, España, 2020); Plenitud en los cuatro rincones de la nada (Amazon, 2020); Alivio a mitad del llanto (Vortoj Editores, México, 2020), La temporada del hombre (Editorial Dos Islas, Estados Unidos, 2020) y El momento de las iniciaciones (Editorial Primigenios, Estados Unidos, 2021). Textos suyos han aparecido en publicaciones periódicas de Argentina, Chile, Cuba, España, Estados Unidos, México, Uruguay, Perú y Venezuela.

Puede adquirir el libro aquí: Mi voto será por el silencio – Ilíada Ediciones


El momento de las iniciaciones

El olvido nace de los gestos cotidianos, 
desciende profusamente sobre los días al mínimo descuido 
y nosotros sorteando las miradas, 
traduciendo el ríspido discurso que nos ahueca, 
nos sobreponemos al silencio advenedizo que acaso nos descubre. 
Permanecemos a rato inmóviles, 
contenemos el aliento ante la mirada que señala para delatarnos, 
para acentuar nuestra aridez antes presentida, 
pero todo intento queda en silencio, 
ojalá fuera caos, 
golpe que destierra, 
fragmento que a diario resucita, 
ventana que el viento tira con la furia que se perdió la mañana
de los imposibles. 
Desprendo una torpe espiral de mi osamenta, 
un látigo ancestral que comparte el ayer sin tantas precauciones, 
mi invitación a las ciudades vecinas a desdibujar la hora interminable que agoniza, 
el precipicio del rostro triste que lanza al aire la oscuridad
de la discordia. 
Este es el momento de las iniciaciones, 
de proporcionar el agua clara contra la perfidia, 
el espejo contra la analogía de las despedidas, 
la foto contra lo perdurable que a veces padecemos.


La resaca de los días

Apenas nos separa la resaca de los días que dejaron
de mirarnos
para que no podamos raptar la imagen del espejo
o el grito incontrolable de un demente.
Algún que otro fantasma pasa, deja su porción de furia
en las afueras
donde no será el banquete planeado desde antes,
ni la hora de saldar las cuentas (ya saldadas),
pero nos desentenderemos de la mano y el amigo
para evitar otro altercado.
Tomo las riendas de la noche,
lavo las preguntas en el río del poema inconcluso sin encontrar consuelo
antes de que se fermenten los fracasos.
Comienzo a empacar los últimos regalos
desde la oscura adicción que me violenta una limpia tarde
de la isla que naufraga.
Suelto las frases postreras a los aires que tampoco escuchan.
Soy ciudad en ruinas,
reino que no depone su corona, pero igual,
reino en decadencia,
escombro que acompaña a mis desvelos,
pared emblanquecida por la alegría de los que se tragan el llanto
y se van en silencio por un rumbo diferente.
Cada verso será al final del día dulce manzana que aparenta su veneno.
El oleaje del tiempo te trajo hasta mi puerta
pero ya no soy la contrafigura que buscabas para parecer más exquisita, ni soy la marcha sobre el aliento.  


La mirada transparente            

La noche no alucina.
El insomne no medita.
La mirada omite los detalles.
El desconcierto es animal dormido.
Alguien desentierra sus tesoros,
soporta la certeza y la fatiga.
Ya no más lo racional
que añade y congela en la retina
un caudal imaginario
para mitigar las pérdidas.
El muro escoge
(desde siempre)
los lamentos.
La sedición fracasa,
contempla con cautela,
flota sobre las provocaciones.
Amanece,
se abre una ventana que ahuyenta los dolores.
Otro anuncio el mediodía,
la tarde,
la noche y su perfume recurrente.
Himno antiguo es la herida en la memoria.


Mucho tiempo frente al mar                        

Vi que se hundía el año en su propio llanto,
fue un duro golpe sobre el agua.
No hay códigos que disuelvan estas sombras
reveladas en el gesto.
He quedado solo,
lejos del verano y los jardines.
Asusta la fortuna,
el adiós,
lo eterno,
el universo,
el deseo,
el miedo que rompe los instintos,
la duda ante el milagro.
Voy a construir un cuerpo
y un país que me acompañen
en esta ceremonia que comienza a descubrirme.
Llevo mucho tiempo frente al mar inmenso y repetido,
esperando mi regreso.

Revoluciones y otros poemas

(Fragmento del poema homónimo, del poemario Colisiones verbales / Words colliding)

Daniel Díaz Mantilla (La Habana, Cuba, 1970). Licenciado en Lengua Inglesa, escritor y editor. Ha publicado Las palmeras domésticas (narrativa, 1996), en˙trance (narrativa, 1997), Templos y turbulencias (poesía, 2004), Regreso a Utopía (novela, 2007), Los senderos despiertos (poesía, 2007), El salvaje placer de explorar (cuentos, 2014) y Gravitaciones (poesía, 2018). Sus textos se incluyen en antologías editadas en varios países de América y Europa.

Puede adquirir el libro aquí: Colisiones verbales / Words colliding – Ilíada Ediciones


Buscando

No hay yo detrás de estas palabras.
No hay poesía, ni alma
aullando / cantando / gritando sus miedos o esperanzas.
No hay aliento tras la voz.
Sólo la ilusión de un ser,
una similitud ficticia disfrazando el vacío
donde ves tu propio reflejo.
Yo es un espejo, yo es un velo y un hueco.
Yo es tú.
Tú es un espejo y un velo y un hueco: palabras
colisionando.
No hay poesía,
ni verdad en lo que se dice.
Lo que se dice es el eco de incontables ecos
cíclicos / reciclados / traducidos / multiplicados
en la superficie de lo que dice «yo».
Un enigma buscando
su origen y su fin y el propósito
de su búsqueda, de su discurso.
No hay poesía,
no hay sino poesía,
mundos-palabras colisionando donde «tú» es.


Esperanza

Caminas solo por los pasillos vacíos.
Mantienes la distancia
y escrutas los rostros tensos en la fila.
Ves tu propio rostro
tenso y cansado en el espejo convexo
mientras la cajera guarda los productos en una bolsa
con sus manos ocultas en guantes de látex azul.
Saturado de noticias apocalípticas
has ido de una tienda a la otra,
buscando alimentos, papel sanitario, baterías…
Y has encontrado muy poco.
Aún así, te consideras afortunado
cuando la cajera te desea buenas noches.
Sus labios están cubiertos, sus ojos apagados,
pero imaginas una sonrisa detrás del barbijo
y regresas a casa en la fría oscuridad
con suficiente esperanza para resistir otro día.


Revoluciones

Cuando llegué
la revolución estaba en casa.
La multitud entraba por las ventanas
con sus himnos, sus gritos, sus alarmas de combate.
Cada rincón, cada sueño expresable
eran propiedad colectiva.
Sólo en el cuarto de abuela había calma,
sólo allí, ocultos de la vista, mudos
en un anaquel del closet, los santos meditaban.
Podía oírse aún a Dios en el mutismo de abuela,
podías verlo en sus ojos
ante la foto de Lenin que había en la sala.
El día que abuela murió,
papá puso sus santos en una bolsa plástica
y los tiró discretamente a la basura.
Años después hizo lo mismo con la foto de Lenin.
Eran los años noventa.
Lo recuerdo flaco y barbudo,
estrujando la imagen con rabia.
En el lugar de Lenin
hay ahora una foto de Arizona
y papá protesta oprimiendo los controles
de un nuevo aparato que, inexplicablemente,
dejó de funcionar.


Ante la vista de alguien

Todo esto ocurre ante la vista de alguien.
Las recriminaciones, los gritos,
el llanto mudo de quienes hacen sus maletas y parten,
y la acritud de quienes quedan
mirando en la ventana la ausencia
después de la pelea… Todo ocurre,
todo se rumia y vuelve a ocurrir, reflejado
—torcido por el rencor, la culpa, la añoranza—
en las astillas del espejo donde alguien
desde el futuro escruta y recompone
con los fragmentos dispersos de nuestra voz
el origen de su propio dolor.
Todo esto ocurre
de mil formas distintas
ante la vista de alguien.
Y aunque te empeñes en conducir
por cursos heroicos tu relato,
aunque parezca que es posible esconder
tras una máscara conveniente los exabruptos,
los golpes bajos,
la insidiosa erosión de las palabras y los modos;
aunque guardes tus penas tras una sonrisa de acero,
todo continúa ocurriendo:
el aroma salvaje de las antiguas quimeras,
la entrega incondicional, las sucesivas traiciones,
el otoño de los amantes en su larga posguerra
y la caída súbita de los velos.
Todo sucede con perfecta nitidez,
aunque siempre distinto, distorsionado, reencuadrado,
ante la vista de alguien,
alguien que se nos parece un poco
y nos juzga sin compasión ni compromisos,
como juzgamos nosotros
ahora
el pasado.

Otra habitación de hotel y otros poemas

(Del poemario Tres veces, de próxima aparición en Ilíada Ediciones)

Eilyn Lombard es madre doctorante y educadora en UConn, y miembro de Justicia 11J, una organización que documenta detenciones por motivos políticos en Cuba. Ha publicado las colecciones de poesía Suelen ser frágiles las muchachas sobre el puente (2007), Todas las diosas fatigadas (2011), Las tierras rojas (2019), y Bienvenido a Facebook (2022). Co-dirige y edita la afro-trans-feminista-decolonial Candela Review mientras escribe sobre Poesía, poder y performance en Latinoamérica (1970-2021).


Canción para despertar a Alejandra

cocodrilos, mamá, hay cocodrilos
y co-co-rrecciones/yerros/erratas
heridas siempre
siempre son heridas
pero no le respondo
es la otra voz la que me guardo
guardo desgarros
retorcijones/aguijones
un muro para ofrecer mis espaldas
lamentos/lamentables: lastimaduras
muro para grafitear– coger– romper
dejar el muro
separar los cocodrilos
claro que hay, mi niña, cocodrilos.


Otra habitación de hotel

casi desnuda
leí
auricular en la mano
despierta del goce
o el dolor
desnuda siempre
leí
(me) leí el poema
en silencio
dispuesta a sanar el cuerpo
grité su(mi) rabia/soledad/poema
del otro lado todos
alguien escuchando
fui otra norma jean
menos sola
y repetí números
palabras
todos oyeron
el canto de pavor
conexiones misteriosas
sus dedos
me devolvieron el cuerpo
performance/payasada
del dolor y el goce
marilyn otra
viví.


Eran senos maternos colmados de piedras

crecen las piedras
dentro de mi cuerpo
fingiéndose alimento
barcos soy
de uno a otro lado
barco ebrio de sed
lamentos
mar cada noche
agua agujereándome
sola
con las piedras
alguien bebe
y las piedras se deshacen
arena nutricia
y me sustituyo
o prostituyo
esperando los barcos
y la sed del otro
y ella?
me devuelve las piedras
guarda piedras en sus ojos ahora
y yo
y me hincan
apenas veo, Alejandra, tu nombre
y el otro nombre
esperando sus piedras
mi dolor
la sed que en la leche guardo
hecha piedras
ebria de miedo y dolor
dividida
en dos                       en tres.


Un gorrión se arranca las plumas

alguien mueve unos trastos
a la arruga del entrecejo se añaden lentes
Allí arrastran 
y duelen los silencios intermedios
Solo veo a esa mujer que cree amamantar a su hijo
solo veo el cuervo picoteando su pecho
y correr la sangre que ella cree leche
He mezclado nuestros cuerpos
su boca de mujer y la mía y la de él
He visto correr mezcladas la leche y la miel y la sangre
Yo también arranco mis plumas y me protejo la piel con cremas y trapos de colores
Arranco mis plumas y leo palabras ajenas
Y lloro amores ajenos
y digo
mentiras y verdades a medias
Defiendo cierta rara pureza
y me escondo de mí y de todos
Nadie sabe
Nadie sabe si estas o las otras serán las últimas palabras
si voy a morir
si arrancarme las plumas o ver al gorrión hacerlo es otra forma de morir
o la piedra en el pecho o el hueco en el cuello de abajo
o las manos hinchadas y el cigarrillo a escondidas
o el dolor
solo el dolor
Nadie sabe.

Nosotros

(Fragmento del poema homónimo, del poemario El Reflejo / The reflection)

Asley L. Mármol. Poeta y novelista. Desde 1996 hasta 1999, trabajó como subdirector de la revista literaria Jácara. Publicó, durante el año 1996, el cuaderno de poesía El cuerpo vivo (Ediciones Jácara). En el 2009, su primera novela Magister Dixit fue publicada por Editorial Sigla en los EE. UU. Su libro de poemas bilingüe El Esplendor (The Splendor) vio la luz en mayo del 2019 publicado por Editorial Verbum, Madrid. Su colección bilingüe de cuentos cortos El interior de la montaña (The Interior of the Mountain) fue lanzada en enero del 2020 en Tampa, Florida. Su novela en inglés The Watchers fue publicada en el invierno del 2020 por Editorial Primigenios, Miami, Florida.

Puede adquirir el libro aquí: El Reflejo / The reflection – Ilíada Ediciones.


I

Los miramos hundirse en el marasmo habitual

Introspección hacia un universo que creemos atroz

Nosotros

Carne seca y cerebro pastoso

Dedos torpes y miradas adustas

Enfurecidos al tener que ser socorridos constantemente

Cuando nos atoramos en algún laberinto virtual

Incapaces de llegar a alguna parte.

II

Furias de lo inalámbrico

Triunfantes iconoclastas que diseñan industrias fantasmagóricas

que nos hacen reír por ser incomprensibles

                                    para nuestras embotadas nociones

devenidas arcaicas.

III

Si supiéramos escuchar

El sube y baja de la vida

Reconocer que el ramalazo del tiempo

Nos persigna inadecuados.

Nos rebelamos fútilmente

Pronosticando maldiciones que terminamos inhalando…

Bajo la cabeza con resignación

Y tecleo lentamente mi carta de renuncia.

IV

No es nuestra culpa que los dedos

habituados al mango y la palanca

Sean incapaces de remontar la marejada

de diminutas cifras fulgurantes

que para colmo no existen.

V

El despiadado juicio taja…

¿No es esa la niña que hasta no hace mucho

me contaba historias de ardillas

Y saltaba en mis muslos olorosa a canela?

VI

A sabiendas comenzamos a parecernos menos

Desechamos las bridas

Despedimos el ruido que otrora nos dio el pan.

Cambiamos los lemas y hasta de libros sagrados

Rechazamos la piel que nos definía

Todo por sabernos más plausibles

Y no quedar abandonados a un lado del camino.

VII

Nosotros, mis padres, los padres de mis padres, sucesivamente

Transgredimos la placidez establecida

Irrumpiendo hacia lo que creímos fue la luz

para concluir

que aquel hueco que creamos en el tiempo

Todos esos lagos colmados de gotas

Se secarían a nuestros pies

Solo para regresar a la montaña llana que es el ayer.

Cuatro poemas

Sonia Díaz Corrales (Cabaiguán, Sancti-Spíritus, Cuba, 1964). Poetisa y narradora, una de las autoras mas significativas de la poesía cubana de los años 90.​ Salió de Cuba hacia Costa Rica en 1998, y con posterioridad, en septiembre de 2001, se trasladó a Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias, donde desde entonces reside. Ha escrito varios de los más notables libros de poesía de su generación, entre ellos Diario del grumete (1996) y La hija del reo (2016). También ha publicado dos novelas: El hombre del vitral (2010) y El puente de los elefantes (2013).


Discurso sobre la pared

En esta pared solemos escribir todo el silencio
la soledad que nos aparta.
Ahí escribí lo que pensaba
y mi madre lo borró letra a letra
para que nadie supiera que me rondaba la locura.

Esta pared de casa es todos los sitios a la vez
aquí nacemos y morimos
y amamos, a veces.
Y no se engañe nadie
amar es lo primero
aunque lo diga último.
Bueno o malo
aquí el amor siempre reivindica su lugar de preferencia.

Mi abuelo se sentaba sobre esta pared
y decía su discurso inteligible
monótono
sus disculpas a todos nosotros
por el fracaso
por no habernos dejado más patrimonio
más herencia que esta pared
y mi abuela besaba su boca viejísima
arrugada
para hacerlo callar
para que no escucháramos su desvarío
para ocultarnos su demencia.

Si la pared amenaza con caer la apuntalamos.
Si se reciente al centro
cubrimos su desnudez con cal y mezclas.

Si pierdes el rumbo
vienes a la pared
y escuchas
y lees
te explicas
y revives
y recorres palmo a palmo
en la superficie rugosa
la línea de tu vida
y luego puedes continuar como si nada.

Una vez quise derribar la pared
ver mas allá
y mi abuelo ordenó a la pared hacerse a un lado
miré
y mas allá no había nada
aun así mi abuelo insistió en que mirara otra vez
pero no pude
el miedo estaba tendiéndome la mano
y mi abuela dijo al abuelo que le sacaría los ojos
si no ordenaba a la pared recolocarse.
A mi me dijo
que el mundo no era verdad
que era una farsa en toda regla
que no hay ninguna pared para poner la espalda si te cansas
ni para saber cuál es el límite
no hay nada ahí que te recuerde quién eres
qué te falta
quién te quiere.

No hay una pared para mandar a recordar a quien te olvida
a quien se olvida
ni para mandar a olvidar
a los que se cansan de llevar a cuestas el recuerdo
no hay nada, como ves, ahí afuera
decía
tejiendo una trenza enorme, apretada
con mi pelo revuelto
para dejarme la cara visible.

En alguna ocasión la pared y yo firmamos una tregua
no sé bien si cuando murieron los abuelos
cuando nació mi hijo
o si la primera vez que el olvido distrajo al objeto de mi amor
quizás fuera aquel invierno
en que el viento arrastró un diario de mas allá hasta nosotros
no lo recuerdo
y no importa
porque en verdad estamos en un punto sin retorno.
La pared se mantuvo callada, pero firme
y yo recité mi proposición
convenimos
que ella aceptaría tener alguna puerta
y yo me encargaría
sin excepción
de que no entrara nadie.


Ya más nunca mágica

Cuando todos nos mirábamos al espejo
y yo era mágica
cuando le daba a cada uno mi brillo
y maldecía de antemano a quien lo perdiera
cuando creía que estaba loquísima
y me llenaba el gorro de guisasos
cuando comíamos y dormíamos la misma siesta
y yo era correcta y no daba gritos
cuando vivíamos felices
y el milagro era yo transparentando mi desnudez
cuando casi no teníamos guerras
cuando nacíamos y moríamos sin que nadie preguntara
por qué esta mujer se ensarta con su lanza
y nadie aquí se mueve del espejo.
Cuando flotaba y ustedes no bajaban a la tierra
cuando pregunté por nosotros
y nadie quiso responderme..Cuando lo bueno y lo peor
lo ácido y lo que no quiero decir ahora
se fundan
y yo avise.
Cuando los hijos no estén en África o en Miami
y los padres no se mueran de cáncer
cuando las mujeres salgan
de los hoteles
de todas las oscuridades
sin que el espejo se empañe.
Cuando me pueda cercenar un brazo
y hallar un hombre que me quiera manca y neurótica
ya más nunca mágica
sin nada que repartir
cuando me quede sola
y ni el espejo devuelva mi imagen verdadera
cuando ni yo me reconozca
cuando volvamos todos y no sea igual
cuando ninguno esté tan puro
como para reírse delante del espejo
cuando yo pregunte
cuando todo se repita
y ustedes no me quieran ver.
Cuando me desarme
cuando me arme
cuando me canse
cuando los acuse
cuando me despierte
cuando llore
cuando me rinda.
¿De parte de quién estará el espejo?


Retrato de la florista

(Del libro La hija del reo)

La locura me propuso ser la florista
esa que vende flores de silencio
flores de arenas movedizas
flores para el protocolo de los fuertes
flores para la cama de la diva
flores de malévola relación con la miseria
extrañas flores para los húmedos rincones de la casa
una flor de agua para el pubis de la niña
una flor de castrada soledad para la solapa del tirano
flores blancas y redundantes para el amigo.
En la locura
soy la que vende las más caras flores a los hombres.
Pero han cerrado las puertas
y hoy la florista es un pájaro de bronce
sobre el escritorio de la casa
un pájaro detenido en el bronce
en el amarillo cálido de la estatua.
Habrá para cada quién un verso
un estado imparcial
una amnistía
y los gladiolos de la florista
serán de un rosa comestible
verás como claudican
con la rabia de quien odia morir.
Ella encenderá lámparas
para los oscuros días que vendrán
nos dará el antídoto que me salvó de venderme
como un simple pájaro de feria.
Fui la dueña de todos los pájaros
y eran míos en la locura
sobreviví sus graznidos
sus cantos hipnóticos
sus desesperados gritos.
Una torre estas flores y los pájaros
fue todo lo que tuve
cuando ustedes me encerraron
para describir en mi rostro la locura
como se describen los paisajes.


Casi discurso, monólogo, mala imitación, exaltación y juego a una tal Sor Juana que conozco

para Rosa, alma mía cuando no tuve alma

Madre, no me voy a quedar
en el anverso ni el reverso de esta hoja
y a echar una siesta con los muertos
los que te mataron
tratando de exorcizarte esos demonios
tan poco convincentes.
Voy a llevar tu toca, tus enaguas
no voy a exaltarte ni a imitar tu genio
¿quién pudiera?
Qué poquedad yo soy
cuando vienes Juana con tus versos
 siempre saliendo de tu celda.
Con letánico ingenio
les hiciste creer que estabas muerta
cómo Sor Inés, pusiste esa trampa sin agua
sin velas, sin más paz que la deja el miedo
a estar muertos antes de morir.
Dudo más de mi existencia
de lo que entrambas manos tengo
que de tu vida, más que santa, eterna.
¿Qué hicieron del rosario de tus rezos?
digo, ¿qué no hicieron?
para desgajar el árbol caído siempre hay tiempo
¿qué nos hicieron a las dos, a todas?
Tú estás viva
si no, ¿qué nos quedara?
una expectativa atroz de juicio y de silencio
una lisiada rama del almendro.
Yo me encontré comiendo tu guisado filosófico
y sabes, Sor mía, lo estupendo de su sabor,
pero mis varones no dan su aprobación
a tal hartazgo y desperdicio
de la mujer que soy
de la que quiero sin dudas ser.
¿Qué nos hicieron en ti
los enormes jesuitas de tu tiempo?
¿Qué nos hizo ese enemigo
el mío ahora, el tuyo,
aquel que conocemos desde el génesis?
Al unísono, Juana, lloro
si no llorare, júrolo, reviento
más por nosotras dos que por las otras
de nombre Filotea, que sólo por tu luz se ven a veces.
Dios me libre de mentir en esto
por parecer humilde
o por parecer cualquier otra simpleza,
por imitarte acaso
nunca me sentí tan sola, tan rota, tan inmensa
por el ángel sublime que reclamo para mi
sutil lo quiero
no tan brillante que me ciegue
ni tan opaco que reniegue de él,
no por masculino si lo fuera,
sino más bien por limitado o necio.
Que tú lo sabes Juana
lo masculino suele ser tan bello
en la cruz del Gólgota
en la barca de Pedro
en el Salomón aquel
que a la reina de Saba deslumbró
en el hombre que a ciegas nos ha amado
que tu y yo sabemos Juana
lo masculino suele ser tan bueno
como tener un niño silente en las entrañas
y aunque esto no lo sepas
quizás imaginando aventajas mi experiencia.
Es verdad esto que afirmo
y aseguro
si yo supiera que mi vida alcanza
no para vencer hombres sin seso
que ellos mismos se vencen
sino para hacer la justicia que tu llevas
diera mi vida, mis rezos. Si quisieras
porque no quiero obligarte a llevar lo que me espanta
para que por mí vinieras
a mi lecho de mujer casada
de amamantar a mi hijo te dolieras
y a mis varones ripostaras.
Sor Juana de la Cruz, Sor Juana
abismo donde al asomarme me siento casi nada,
sin tu gloria
sin otra exigencia que tu propia celda
tu propia toca
descalza, pues ni loca usaría tus sandalias
—si no las tuyas, ¿cuáles otras?—
yo dejaría vida, esperanza, fueros,
poesía, hombres, mil ventajas,
y en tu lugar me iría al monasterio.

Breve historia de todas las cosas

(Fragmento de la novela homónima)


Con motivo de la publicación de la nueva edición de Breve historia de todas las cosas en Ilíada Ediciones, Otro lunes ofrece un capítulo de esta novela que fue comparada con Cien años de soledad cuando se publicó por primera vez en Buenos Aires, en 1975.

Marco Tulio Aguilera Garramuño (Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez, pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía «El libro de la vida», cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.

Puede adquirir el libro aquí: Breve historia de todas las cosas – Ilíada Ediciones, 2023


Tragedia en dos actos y un descanso.

La Sietecolores se viste de yeso. La cocote de los Beryeres

Para los capitalinos San Isidro era un lejano oeste lleno de tipos rudos como John Wayne y mujeres parecidas a Raquel Welch, estaban seguros que aquello era un infierno no sólo por el calor sino por la lubricidad que se respiraba en el ambiente, la violencia en las periferias, la insidiosa belleza de algunas mujeres y los aires de perdonavidas o perdularios de algunos hombres. Por las calles céntricas se veía gran cantidad de señoras estrepitosamente maquilladas y con vestidos ceñidos que ni les dejaban dar el paso con sus tacones de equilibrista, guiñándole descaradamente no un ojo sino dos a los transeúntes día y noche. Para el San Isidro ciudad ésta era una de las lacras de las cuales no había podido liberarse; para el San Isidro pueblo, una de las tantas formas de ganarse el gallopinto, más nutritivo que el caldo de mípalo y menos indigesto que el guisado de tepezcuintle o iguana. Los prostíbulos, serrallos, harenes y burdeles, además de otras casas de prácticas nefandas y divertidas, ocupaban sitios céntricos y ninguna ley u autoridad o campaña cívica habían podido erradicarlos porque precisamente aquéllos que legislaban y ejecutaban eran quienes más protestaban y menos hacían, más bien parecía que si se quejaban era por cumplir con un deber socialmente conveniente. El Bar Tico quedaba exactamente al frente de El Trabajador, en plena Calle del Comercio, lo mismo que el Bar Rojo, cuyo olor inconfundible abarcaba sesenta metros a la redonda y formaba una especie de invisible barrera contra la cual tropezaban las gentes de decencia comprobada; la Casa de Clementina La Más Fina estaba al lado del Almacén de Sebastián Pereira; además había otros lugares más distinguidos, discretos y conspicuos donde se podía hacer en habitaciones tapizadas del todo con espejos: suelo, paredes y techo, o entre querubines, grandes fotografías de coitos históricos e impunes. Tenían diversos nombres eufemísticos que a veces ocasionaban equívocos; se les llamaba posadas, innes, boites, fábricas restauradoras, se encubrían también bajo propagandas comerciales que anunciaban artículos finos para caballeros elegantes, fábricas de cobijas especiales, almacenes de aspiradoras galantes, de juguetes para niños traviesos, órganos e instrumentos musicales, casas de confecciones a la medida. Claro que los sitios reservados habían aparecido sólo últimamente; antes la profesión era pública y se ejercía con orgullo. Cuando las mujeres pasaban en fila hacia la revisión sanitaria en la Unidad de Salud, acompañadas por Robustiano, los empleados de las tiendas y los estudiantes les coqueteaban, tratándolas como si fueran personajes muy principales de la comunidad y se decía, Renato decía, que las bellas famullas eran tan importantes como el  servicio de drenaje y que sin ellas la ciudad estaría cubierta por una nata de tristeza y las calles asoladas por amantes deprimidos y las cantinas llenas de suicidas ensopados. Ahora, con mayor cantidad de gente circulando, con dólares en los bolsillos y muchos clientes nuevos y sofisticados, habían llegado fulanas de otros lugares que llevaban atuendos muy llamativos, y también damiselas refinadas y discretas, a competir, lo que hacía bajar los precios y afinar las técnicas y en la  lucha las provincianas eran las que llevaban la peor parte por su falta de espíritu cosmopolita y de modernas perversidades: más allá del prestigiado muchiqui no prestaban otros servicios de satisfacción. Las nuevas sí eran limpiamente desenvueltas, había que verlas, algunas hasta tenían un contador público diplomado a su servicio, y entre todas ellas hubo una que en cuanto la vieron bajarse los amigos del Paticorvo Palomo, agresiva y dominante, del bus, pensaron que era nada menos que la Lorena Velázquez en carne, hueso y tacones de inconcebible altura: lucía piel de zorrillo morado, ¡a los 41 grados centígrados de su triunfal llegada!, anteojos azules ahumados, vestido de Dolce y Gabana largo hasta los tobillos, ceñido al cuerpo como un pellejo de nutria y abierto a un lado de modo que dejaba entrever la punta del calzón color orinado, pañoleta verde olivo, piel blanquísima de lactante, piernilarga, cejijunta, patiabierta y cartera color pollito de granja. Naturalmente la ayudaron con el equipaje; ella les dijo merci bocú, pelaos y les preguntó que dónde quedaba el Restaurante de Pascual que porque se iba a hospedar allí ya que le habían dicho que era lo mejor en guaracha y danzón; apenas les dijo esto, los muchachos se dieron cuenta que se habían equivocado: la Velásquez  jamás de los jamásmente jamás y nunca se hospedaría en ese antro, pero no podían echarse atrás, la llevaron hasta la puerta y ella tuvo la insolvencia de negarles propina diciéndoles chao bambinos y merci bocup otra vez, nos vemos por ái, manos. Ellos le respondieron ái nos vigilamos, resignándose a clasificarla entre las mujeres de poco celuloide y mucho combo y orquesta, sin nada de enjundia. Se quedaron todos con las cabezas juntas espiándola. La vieron entrar, hablar con el villamuelino Pascual mientras alborotaba su estola de piel de pájaros amazónicos con las manos de bailarina de flamenco, la vieron y la siguieron viendo alejarse hacia la puerta del fondo… para mear, afirmó con poca fineza y guiñándoles un ojo…   Antes de desaparecer exhibió una sonrisa en tecnicolor llena de promesas.

A pesar de haber llegado con altas aspiraciones pronto se dio cuenta que la competencia era tenaz. Buscó trabajo en los sitios más refinados (la rechazaron en Los Pollitos por no ser rubia; corrió a teñirse el pelo y regresó disfrazada de tonta Marylin: la volvieron a rechazar por no ser rubia auténtica y por insultar y vulnerar la memoria de la santa patrona de la casa:

Se te nota…

le cantaron a coro las blondas putas haciéndole el honor de la famosa canción de Sandro de América; decía yo Mateo que buscó trabajo en los sitios más refinados pero halló que todas las plazas estaban ocupadas y las solicitudes de plazas llenas; luego intentó pescar solapadamente en los bailes del Prado Bar y lo logró por algún tiempo haciéndose pasar por una turista francesa o italiana, en los dos casos libertina,  que se alojaba en el mismo Motel El Prado y prefería hacer sus cochinadas al amparo del guayabal o donde el villamuelino la dejara acomodar sus huesos; hacía sus levantes y se rendía a las suplicas de los galanes calenturientos después de mucho devaneo haciéndolos sentir tenorios exacerbados doblegando una presa que tenía todo el aspecto de ser caza mayor.  Cuando fue conocida por la mayor parte de los braguetones, quienes comentaban el suceso deslumbrados y desplumados por sus argucias amatorias, comenzó a perder prestigio hasta que ya no la dejaban siquiera entrar a los Jueves del Prado Bar. Por eso debió buscar otro sitio donde desplegar sus artes y oficios.  Cuando se aburrió de gastar sus zapatillas de lagarto artificial taloneando calle abajo y calle arriba por la Calle del Comercio se dijo que lo importante era trabajar y cumplir su noble misión en el mundo y dejarse de vainas y se metió en el Bar Tico rindiéndose a todas las condiciones que le quiso imponer la Musoc, ama y señora del prosticomio. Las mujeres la recibieron con risas desordenadas e insolentes, burlonas y despectivas, al ver aquella facha tan llena de colorines y la piel de pájaros amazónicos que le cubría los hombros (¡con 39 grados centígrados a la sombra más dos grados húmedos y apestosos al fondo del bar!) y el escándalo de sus manos flamencas, pero pronto logró ganarse el aprecio de las chicas malas y no pasó mucho tiempo sin que se la considerase una de las más principales e influyentes.  Tenía sus gustos muy especiales y para satisfacerlos debía trabajar horas extras y utilizar las partes menos sociables de la anatomía: la nariz (que tenía destacada sobremanera y en forma de tobogán) y los rascabacos  (parte sólo por ella conocida y subutilizada por el resto de sus colegas). Los bajos precios que allí  imperaban imponían horas doblemente extras y costumbres inauditas, hasta se alquilaba de fiado con tal de que le dejaran algo en garantía: con ella se quedaron el reloj Orient de Ildefonso, la chaqueta con el escudo de Supermán del Bogart, el libro de ejercicios (medio libro de ejercicios) de Betóben, los zapatos cojos de Alisio, la llave de la moto de Termidor, un tomo de los poemas A mí mismo  del director del Liceo y calculo unos doscientos mil cachivaches más, si consideramos el elevado número de servicios que prestó durante el par de décadas que estuvo en febril y fervorosa actividad puteril.

Parece que las preferencias de los isidreños tenían sus bases bien asentadas, lástima que nunca trajeron detenida a tan afamada operaria para poder dar fe más objetiva sobre estas afirmaciones. De todos modos, dicen, y de lo dicho algo debe de ser cierto, que se sabía los siete efectos, el triple invertido, la demoledora, el exprimidor, el pollo asado, el lechoncito belga, el trinchante, el salsa blanca y la milanesa, el alrededor del mundo y otros cincuenta, todos muy satisfactorios.

Consiguió clientes fijos, con horas establecidas y pago mensual. Ocupaba hasta los días difíciles, las horas muertas y las de sueño, los dedos de los pies y las zonas increíbles. Los más generosos le pagaban por adelantado pues reconocían las exquisiteces de la operaria y el peligro de quedar fuera de la lista y además porque eran conscientes que una mujer de esas tenía derecho a rarezas como vestidos con lunares de plata y lunas venecianas, pieles de mink, foca o nutria, zuecos, coturnos, bufandas de seda holandesa y telas de papalina y velos árabes que traían la marca Scherezada en el orillo. Casi con verguenza y sin diéresis las Fernández, Sol, Cielo, Estrella y Lucero, tuvieron que reconocer que si la Sietecolores (así la bautizaron los amigos del Palomo) lucía alguna prenda extraña era porque antes de un mes se pondría de moda. No es que ella tuviera una gran intuición, sino que quién sabe cómo diablos estaba suscrita a las principales revistas de moda europeas que le llegaban con puntualidad de rentista. ¡O la la!, decía a sus amigas, que reclutaba al inicio entre las putitas más delicadas, decentes, pulcras, elegantes y discretas, que en realidad no eran ni delicadas, ni decentes, ni pulcras, ni discretas, tejiendo poesías en el aire con su velo Sherezada, para mí, Dino di Laurentis es le plus bonne de tutos los modistos, y cada uno de sus gestos hacía cotizar más alto sus acciones. Para pagar sus lujos se excedía, como dije, de la jornada de diez horas dispuesta por el gobierno cantonal. Robustiano vivía importunándola. La Musoc le gritaba: ¡A que esa no la conseguís, Margarito, Mariflorio, Flioripondio, Minipucio, dos Prepucio, Pitonimio!, y él, con sus dos metros de alto y sus dos metros de ancho se emputaba, o por mejor decir se emberracaba, enojaba o emberrenchinaba. Primero la fregó con el cuento del carné de salud; y yo para qué esa caca, le preguntaba ella haciéndole vibrar las cuerdas más interiores de los conductos seminales; luego con lo de la licencia; y acaso voy a manejar un carro, le gritaba; por último, le confesó que estaba enamorado, enculado y con luna llena.

—Enamorado de qué, Salchichónconpatas, y usté que se creyó, ¿qué yo soy desas?, no señor, soy puta honesta pa que sepa, y las putas no se enamoran, soy una profesional, una cocote de raca mandaca como las de Montparnás y Liverpool.

Total, que no cedió y no se dio y Robustiano tuvo que ocultar su derrota llevándose a una fornida matrona al patio de la alcaldía. Habrá que investigar su nombre y su historia. Lo que sí se sabe es que el sargento, por el talante desaforado de su dotación masculina, generalmente escogía putas de aguante. Ya en más de una oportunidad había defenestrado a muchachas inexpertas y de corta capacidad de asimilación. Y esos melindres y desprecios ya no pensaba permitírselos Robustiano que, aunque craso, gigantesco y consciente de su poder omnímodo sobre el pueblo, tenía sus escrúpulos con las damiselas. El caso es que cuando abandonaba a alguna criatura después del natural abuso, tenía la precaución de dejarla viva para un segundo asalto.

Para desventura de la Sietecolores, siete días después de una farra agotadora, alucinante, en la que ella y los ingenieros de la RRR voltearon el mundo y los intestinos al revés, destruyeron mesas, sillas, camas, bebieron toneles, quebraron todos los faroles del nuevo alumbrado de mercurio del parque, bailaron los tambitos de Benito Chúber, el punto guanacasteco, las cumbias desenfrenadas y unos mapalés francamente obscenos que los dejaban en el otro mundo, amaneció con el pan infectado, enrojecido y goteante. No hubo emplastos, curaciones de hierbas ni oraciones que curaran aquella peste, y lo peor de todo fue que Robustiano se dio cuenta y le prohibió trabajar si no se entregaba.

Me rindo, le mandó decir con uno de los negritos de Vladimiro que limpiaba zapatos a las puertas del Bar Tico y hacía mandados a velocidad de la luz.

La tarde de su apoteosis el sargento acometió el hecho histórico de bañarse, se acicaló con su mejor pachulí, la canana nueva, el pistolón rodillero y el pelo hacia atrás peinado con 250 gramos de grasa de la más fina (grasa artificial, es claro, pues como se tiene dicho los chanchos eran sagrados en San Isidro y sus derivados prohibidos incluso por la iglesia). Una magna faja de piel de ternera fina contenía su vientre de luchador de sumo. Con pasos de Hernán Cortés entrando en Tenochtitlan salió de la Inspección, atravesó el parque ya a oscuras, saludó a Óscar Lopera y a Yamil Geldsteinberg Hohensolen. Hizo un gesto de amenaza medio burlón a los amigos del Palomo que se paseaban por la Calle del Comercio y entró al Bar Tico. Esperaba una recepción amorosa y marcial, coqueteo, traqueteo, brillada de hebilla, cervecitas y después el suave y prolongado encatre. Lo que halló fue a la Sietecolores impaciente, afiebrada, pateando el suelo como una bestia antes de la carrera y maldiciendo la pérdida de tiempo.

Tomó al gigantón del brazo como una madre carbrona y encabronada y lo arrastró hacia el interior, a los desvencijados cuartos hechos de maderas verdes ya retorcidas a efectos del calor, donde era como hacerlo en una vitrina que daba entera perspectiva a los samueleadores de la más poblada calle. Ella se tendió en la cama después de sacudir las sábanas y espantar las pulgas. Con un movimiento brusco de las piernas y los músculos del atlético y sano vientre hizo que la falda de abundantes pliegues de percalina se le viniera a la cara descubriendo su secreto muchiqui, veterano de tantas batallas.

La muy expedita, comentaría el sargento, ni siquiera tuvo la decencia de utilizar sus calzones color orinado. La vil se vino a pelo para facilitar el ajetreo.

Al policía, gran conocedor, comenzó a darle rabia ya que para él en asuntos peristálticos lo mejor era el aderezo, pero como el pan estaba en el horno y de pronto se quemaba, si no hay lomo de todo como, se dijo, y puso el instrumento a la obra. Fue como montarse en una montaña rusa, pero sólo de bajada. En realidad, todo terminó casi antes de comenzar. La mujer no tenía una fruta deleitosa entre las lindas piernas sino un ávido hocico de lobo feroz, que no sólo lo exprimió sino que magullólo, masticólo, vapluleólo y  dejólo casi al segundo inservible quizás para el resto de la vida. Ya la Sietecolores iba a dar por finiquitado el negocio cuando Robustiano, que también tenía su bárbara bestia incluida, le abrió las puertas del cuerpo de par en par, y la fue abrazando como quien quiere espichar un mango. Después alegó que había sido legítima pasión y que él no tenía la culpa que ella tuviera huesos de leche y flojos los costillares.

El Doctor Tremens se encargó de radiografiarla, recetó yeso para tres costillas quebradas en forma de fractura conminuta y reposo total; de paso le reconoció el angelito y descubrió una sífilis cuaternaria que ya estaba echando costra. No es enfermedad de humano sino de burra promiscua, comentaría luego en privado el doctor y escribió una receta para caballos. (Eran los tiempos en que la letra de Tremens podía ser descifrada sin gran esfuerzo.)

Una desgracia de ese tamaño no estaba en las previsiones de la ilustre profesional. ¿Cómo iba a pagar las suscripciones a los magazines, los abrigos, las lunas venecianas de plata, los coloretes, los vestidos de piel de pantera y la secreta tienda de abarrotes que era su dizque camerino en el Bar Tico? ¿Cómo iba a cumplir con los contratos pagados por adelantado por más de media docena de conocedores de sus talentos?… El yeso que le pusieron le cubría desde las coyunturas de las piernas hasta las hombros, donde sólo dejaba libre la cabeza y los brazos y un rombo en el sitio de la barriga, para que al comer la digestión pudiera llevarse a cabo.

Mientras se sintió demasiado débil comió gracias a sus compañeras y a la venta de cachivaches y chunches que había recogido en prenda. Luego, cuando se le terminaron, ya estaba un poco restablecida. Cualquiera otra se hubiera dedicado a cocinar empanadas para venderlas en alguna esquina bien comercial; ella no, su vida era su vida y no iba a cambiarla por un insuceso sin importancia; por otro lado hubiera preferido empeñar la cabeza a abandonar sus lentejuelas, perfumes y neceseres; de modo que un día de tantos, después de limar el yeso lo suficiente como para que no estorbara, apareció en el Bar Tico, alegre y bamboleante como las gigantas de circo o como las chicas grandes, grandísimas del Coro de Las Doscientas Vírgenes, pero con las facciones demacradas y un tabaco en los labios que desde ese día pareció petrificársele. A sus compañeras les pareció extraño que ella fumara esos tabacos de trailero; ella, que se llamaba la cocote de los Beryeres, ¿fumando de los de cuatro por dos céntimos? ¡Cómo cambian las cosas!, se decían, y le preguntaban que por qué. Ella les respondió que ya no era una cocote de los Beryeres sino una puta igual a todas, sólo que con una culofalda de yeso encima. Las muchachas pensaron que había regresado por nostalgia, pero no, apenas llegado el primer parroquiano le cortó el camino pizpireta con cambio de luces y un irresistible y sugerente barrido de lengua por los labios rojo rabioso. Está más gorda, pensaría el cliente, don Poeta Gordo, que teniendo una sílfide y tricoferina por esposa, esbozaba en prostíbulos y metederos de mala muerte, su apetito por hembras jamonas, extensas y de lonjas generosas. Y sin más hipótesis y preámbulos, se fueron de horizontal deleite extraconyugal.  Nadie sabe ni le alcanza la imaginación para comprender cómo se las ingenió la Sietecolores; lo cierto es que don Poeta salió como gato gordo relamiéndose los bigotes y al día siguiente regresó haciendo lenguas sobre las habilidades de la proletaria del amor impune y diciendo que seguramente lo que había pasado era que a ella le estaba sucediendo lo que a los ciegos o a los mudos, que perdiendo una facultad desarrollan extraordinariamente otra. Las niñas no se tragaron el cuento: según ellas ese hombre de poderoso vientre y lira poética inspirada había sido pagado por la colega para que le hiciera propaganda. Y no fue así, según se deduce de otras declaraciones fidedignas, pues de la misma forma hablaron los demás, y el especial el Doctor Tremens, quien sí era muy puntilloso antes de su irremediable declinación en asuntos horizontales, y Termidor, que ya llevaba veinte años aburriéndose de ver a su negra barragana barrigona, y Fermín Fano, quien por perseguir y alcanzar a la esposa de su mejor amigo se había quedado solterón, prostático y corcoveante.

Pero aquello fue un florecimiento temporal; después que le quitaron el vestido de yeso quedó tiesa, llena de marcas muertas, multicolor de pellejo, torcida, perdió aquella afamada pericia de los siete efectos y no hubo forma de retornarle los anteriores atributos. Sin embargo, siguió fiel a su puesto cerca de la rokola de los mil quinientos discos dominados por Julio Jaramillo y el jefe Daniel Santos, con el tabaco apestoso, interminable, camuflador de su olor a muerta viviente, echando humo como una locomotora y consiguiendo clientes ocasionales que se lo pedían por compasión o descuido.

Fue engordando a ritmo acelerado hasta que sus nalgas no cupieron en una silla ni en dos y hubo que juntarle tres, le creció una gran papada que unió el mentón con el plexo solar y así permanecía sudando y esperando, a la escucha de las canciones de Pigalle y la Suite Cascanueces y Los Patinadores hasta que le dio un cáncer en la base de la columna y se murió en las mismas bancas de las viejas y provechosas transacciones, al lado de la rokola, y todo esto sucedió en menos de un año.

En su honor se siguió haciendo sonar La Marsellesa versión de Pérez Prado todas las noches a las doce y las guerreras del campo de plumas se ponían en formación y presentaban armas de amor.

Doy fe por interpósitas personas.