Oliet Rodríguez Moreno (La Habana, Cuba, 1971) Ingeniero Mecánico de formación, salió de Cuba a inicios del 2001 para radicarse en Alemania. Durante una estancia de 3 años en México, cursó un diplomado en escritura literaria en el Centro Mexicano de Escritores. Ha publicado sus relatos en la página Zoepost.com, de la reconocida escritora cubana Zoé Valdés. Su cuento “La rata “ se publicó en la revista de literatura Mexicana Anestesia. Su cuento “Mujer de humo” es parte de la antología Cuentan que un perro, cuentan que un gato (editorial Ego de Kaska, 2021”. También escribe regularmente en su blog personal www.orod-oficial.com.
Puede adquirir el libro aquí: Fata Morgana – Ilíada Ediciones, 2022
I.- Beso de Amor
No me podrás evitar y elegirás lo que quiero
como una rosa en la nieve, o como un perro sin dueño.
Soplaré bajo tus alas,
haré playas de desiertos,
descubrirás que, sin sueños todos estaremos muertos.
Seré el aire que respiras,
el perfume de tu cuello,
Cerraré miles de bocas de niños sin caramelos,
Alargaré tu camino,
confiarás sin fundamento.
Observarás sin juzgar a la maldición del tiempo,
Marcaré todos tus naipes,
me quedaré con tu aliento.
Te privaré de esperar como llegan tus deseos.
Mentiré puras verdades,
lloraré paz y lamentos,
Renaceré en armonía bien adentro de tu cuerpo
como ilusiones que guían veleros a todo viento.
No me sabes,
voy por ti,
tú me buscas,
yo te encuentro.
Mi mente es un ente complejo, extravagante y malicioso que juega conmigo todo el tiempo. Creo lo que veo y recuerdo lo que he vivido, pero también lo que he soñado. En la distancia mi olvido se mezcla caprichoso con la nostalgia, las verdades amargas se difuminan y las mentiras al colorearse ya no lo parecen tanto. El resultado es simple: la locura, o la cordura, ¿acaso no son lo mismo? Mi mundo irreal se filtra a través de los sentidos y mi recuerdo modifica el pasado. La clave es sentir, aunque no sea cierto. ¿Habrán ocurrido todos los sucesos del pasado grabados en mi memoria? La respuesta no es importante, aunque me gustaría conocerla.
Una vez al año alquilo un velero para navegar en el lago Ontario. El más simple de todos y el menos difícil de dominar. Una de mis tantas cobardías porque navegar de verdad incluye el riesgo del mar abierto, la incertidumbre de un viento desconocido o una corriente de mar incontrolable. En un lago todo se encuentra bajo control, aunque en el horizonte veas solo agua, sabes que un poco más lejos hay tierra firme.
Invité a una amiga que conocí en el gimnasio. Los pilates la dejaban sin aliento y la sonrisa sudada mejoraba su cuerpo bien formado. Atardece y el mojito en la proa del barco activa su deseo de conversación. Hace tres horas que no deja de hablar. Ya no la escucho. ¿Por qué la trajiste? Me sorprende tu presencia a mi lado.
Ya es de noche y miro al cielo. Se alumbran todas las estrellas. Te escucho entonces tararear una melodía. Parece un vals y con él aparece una estela verdosa en el horizonte. El verde brilloso no para de crecer. Ya domina todo el cielo y justo encima de mi cabeza su sombra se convierte en matices morados. Los colores se toman de la mano y bailan, bailan, bailan. ¿Por qué esa mujer no para de hablar? Tiene el mismo tono de la voz de Carlos, pero en su variante femenina. ¿Por qué no mira al cielo? ¿Tendrán esas luces algo que ver con el sol? Mi paciencia se acaba. Le pido a mi amiga de malas maneras que me deje solo ante el paisaje, y ella, molesta, salta hacia un témpano de hielo que flota junto al barco. Se aleja con sus maldiciones dentro de la niebla.
¿De dónde sale el olor a yerbabuena si el mojito que tengo en la mano es apenas con ron y limón? Ya estamos solos, ven vamos a bailar, no pares de tararear tu música. Sigue hasta que la aurora boreal baje y nos envuelva. La fragancia de tu beso me hipnotiza y corto el aire con mis manos mientras te despojo con calma de las ropas en la cubierta del velero. El asombro y la euforia se difuminan uno dentro del otro. ¿Será la maravilla de tu cuerpo desnudo solo para mí? Tu relieve a contraluz estremece. Luces, colores, sombras, cielo, noche, mujer. Las dos visiones paralelas fantaseadas por la luz del sol se vuelven lo mismo.
Amanece y estoy solo en el barco. No recuerdo la última vez que reí de verdad. Los fantasmas que me persiguen robaron mi alegría. Extraño la carcajada que sale del pecho, la que si se trata de reprimir, se vuelve contra ti y crece hasta que te domina. ¿Es eso la felicidad? Quizás se parezca bastante. Me he cansado de acumular artilugios tecnológicos con fecha de caducidad y no he logrado la plenitud, ni me he acercado apenas.
Tu presencia, después de tanto tiempo cobra sentido. El camino de mi fortuna pasa por encontrarte otra vez, pero antes de buscarte debo aceptarme.
Una fina llovizna con olor a musgo tierno comienza a caer por todas partes y regreso a la costa. Amarro el velero al muelle y sonríes. Apoyas un dedo mudo en mi pecho, en el lugar del corazón. La marca que dejas en mi piel crece dentro de mí impulsada por tus huellas dactilares y al llegar a mis cavidades ocultas se reencuentra contigo. ¿Tendré la fuerza de enfrentarme? No se puede huir toda la vida de uno mismo.
Todo sucede por un motivo y tu regreso a mi pensamiento consciente es una señal, ¿de cambio? Todos los días cambiamos, envejecemos sin desearlo. ¿Será posible recuperarte después de tanto tiempo? Son tantos los años que ya no estoy seguro de que hayas existido o que seas un invento. Tu olor a yerbabuena te acompaña a todas partes. Por él te puedo identificar dentro de una multitud. Ese aroma y mi intuición son mis únicas armas para encontrarte.
La lluvia sigue en el aire dos semanas después, sin llegar a caer nunca al suelo. Llego a la oficina del jefe, renuncia en mano. Carajo, ahora recuerdo que dejé a mi amiga flotando en un témpano de hielo. ¿Habrá llegado a la costa? Como lo haya logrado mi vida corre peligro. El hombre firma el papel sin chistar. ¿Tendrá miedo a la locura dibujada en mis ojos? El musgo invisible lo hace estornudar, no sabe de dónde viene el olor ni encuentra cómo reaccionar. Es un jefe sensato y entiende que nada cambiará mi parecer. Devuelve la hoja.
—Le deseo la mayor de las suertes, Antonio, pero ¿está usted seguro de lo que hace? —balbucea con la frente poblada de arrugas y los brazos encima de la mesa.
No lo escucho, traspaso el umbral de la puerta y me alejo. Nunca he hecho una estupidez tan grande con la certeza de haber tomado la decisión correcta. Estoy loco, lo reconozco, la intuición, sin embargo, me empuja y como siempre, la sigo. He trabajado en esa compañía desde que llegué de Cuba y tras 20 años de pequeños éxitos, he acumulado algo de capital y algunas posesiones. ¿Cómo he podido resistir tanto en el mismo lugar?, Eso vuelve loco a cualquiera. Miedo quizás. La necesidad del cambio vive en mí, no la aplaqué, ya sea con pequeñas acciones y acumulada en el tiempo explota en mi cara.
La soledad hastiada de mí ha decidido abandonarme. Nadie como ella sabe manipularme. Me voy a tomar un trago. ¿Tendré yerbabuena para el mojito? Te encuentro en la superficie de mis recuerdos. ¿No habías desaparecido para siempre? Cuéntame qué ha sido de tu vida, ¿Dónde estás? ¿Estoy preparado para oír la verdad? Mejor habla de temas insignificantes, me gusta escucharte mientras duermo. Si te cansas, no te vayas. Ven, acuéstate a mi lado, déjame protegerte entre mis brazos. Por la mañana voy a despertar primero a extasiarme con tu desnudez hasta adivinar el instante mágico en que regresa tu alma al cuerpo. Por favor, dile a Carlos que se vaya, él no tiene nada que ver contigo. Quiero ver cómo la energía activa tu aura y se hace la luz.
Lo vendo todo. Me importa poco deshacerme del carro, siempre lo he visto como un bloque de hielo caro que se derrite, en seis o siete años no valdrá nada. Con la casa es distinto. Hace una década la elegí al sentir algo de mí en ella, o tal vez fue la casa misma quien me eligió. Con el cheque de su venta en la mano descubro el motivo que me decidió a comprarla en el pasado: está construida a la salida del pueblo, al borde mismo de un camino. Una casa construida al borde del camino no es para vivirla siempre porque tiene la profecía del abandono escrita en sus genes. Hoy regreso al camino y me alegro de recuperar la incertidumbre.
Compro un boleto de avión a La Habana. No poseer nada material libera, debí hacerlo antes. El viaje se antoja sin retorno otra vez. Es idéntico al de hace dos décadas, pero en sentido contrario. Vaya locura, me gustaría encontrar a alguien que me convenza de mi proceder ilógico. ¿Qué sentido tiene enfrentarme al pasado en una búsqueda inútil? Invoco a los ángeles salvadores y no aparece ninguno porque el destino, que acecha detrás de cualquier esquina, disfruta cambiarme las cartas. ¿Cambiar las cartas?, lo que ha hecho es cambiar las reglas del juego en medio de la partida y eso es injusto. No tengo, sin embargo, ni voz ni voto y aunque descubro la trampa en sus manos ágiles, le sigo el juego por malicia, por diversión macabra o por la curiosidad de conocer mi final inevitable. ¿Por qué demonios decido las cosas sin pensar?
Desde el día en que salí hace 20 años, no he vuelto a Cuba y me gustaría decir que no hace falta porque no se me ha ido nunca de adentro, pero ya estoy viejo para mentiras piadosas. Quisiera volver como cualquier inmigrante que regresa a su origen. La lluvia flota todavía y mi piel se impregna de un color gris húmedo con olor a musgo tierno que me da ganas de vomitar. Todo lo que poseo se esconde en una simple maleta, que no me importaría perder. Mi tesoro va bien guardado a partes iguales entre mi mente y mi corazón, ¿trabajarán juntos esta vez? Si lograra la fórmula para que lo hicieran siempre así, no hubiera manera de fallar. Los problemas de la vida suceden si el cerebro y el corazón piensan diferente y no decidimos por quién apostar. Una lástima que no se pongan de acuerdo a menudo, ¿quién puede poner de acuerdo a un caballo desbocado con su jinete? Cuando mi bestia se desboca, el pobre jinete pasa de dominador a dominado.
Dejo al taxista con sus quejidos acerca del clima y entro al aeropuerto. En el audio escucho las advertencias de rutina, recuerdan a los pasajeros no dejar las cosas de valor descuidadas. Te abrazo como si al hacerlo evitara que te alejes otra vez. Me acaricias el hombro después de chequear el equipaje.
—Estás loco, Antonio, no sabes ni por dónde vas a empezar a buscarme —dices con cara de preocupación y olor a menta.
Es verdad, ¿no enviarás una pista de cómo encontrarte? No dejo de mirarte a los ojos. ¿Es una pregunta o una afirmación? No, no parece una pregunta. Te puedes ir Carlos, por favor, no jodas más. El olor a yerbabuena inunda toda la sala de espera.
—Siempre hallaste la forma. —Sonríes—. No me decepciones. No olvides que contigo lo imposible siempre termina por suceder.
Claro que me acuerdo. ¿Habré perdido ese don? Nada es para siempre. Desprendes una alegría tan contagiosa que no comprendo cómo te fijaste en alguien tan simple como yo. Apenas tengo 18 años y acabo de terminar el preuniversitario. Tú, cinco años mayor, estudias el último año de Cibernética Matemática en la Universidad de La Habana.
Nos presentan en la casa de Carlos, otra vez Carlos, me cago en su madre. Vivía en un apartamento de arquitectura socialista situado en las calles Tercera y G, frente a la estatua ecuestre de Máximo Gómez. Ese día el muy cabrón me emborrachó a propósito. Sus plantas de yerbabuena crecen en todas sus ventanas. Eres de Gibara en la provincia de Holguín. Te han criado tus tíos, pues tus padres habían muerto en un accidente cuando eras una niña y no piensas regresar nunca a tu pueblo junto al mar.
Acabamos de salir de la fiesta en aquel edificio de aspecto tétrico. No me explico cómo logro acompañarte de regreso a la residencia estudiantil de las calles 12 y Tercera, en el Vedado. Caminamos sin hablar, con el muro del Malecón a la derecha. El salitre se mete en mis poros, las olas saltan varios metros por encima de mi cabeza convertidas en minúsculas partículas de agua que me espabilan. Tu lengua recoge la sal de tus labios carnosos. El mar no deja de susurrarme que intente arrancarte el beso y lo ignoro, pero él, molesto, insiste y choca violento contra la roca para mojarme de valor. La brisa me despeina y al girar el rostro, el mar aprovecha mi descuido para gritarme al oído.
—Ahora, cobarde, ¿qué esperas? —rugen las olas.
Indeciso, te agarro con mano temblorosa.
—¿Te pasa algo? —preguntas.
Sonríes porque conoces la respuesta. Estoy loco por ti, eres lo más bello que he visto en mi vida. ¿Habré dicho esas palabras? ¿Habrás entendido su significado a pesar de que salieron en un ciclón que quema las gargantas? Lo he dicho, muy mal y poco convincente, pero lo he dicho. Respiro entrecortado la desilusión. Muy mal intento, imposible lograr algo positivo.
—Lo siento, Antonio. —Tu rechazo se dulcifica—. Me caes bien, nada más. Discúlpame.
Te escucho y no puedo evitar llorar en esta silla incómoda del aeropuerto. ¿No tendrás algo tú con Carlos y por eso me rechazas? La pérdida es de color violeta. ¿Se puede perder acaso lo que nunca se ha tenido? Una ola de tristeza aparece de la nada en ese mar transparente que es mío y tuyo e insondable lanza su carga de derrota sobre mí. Me frustro, mi corazón se paraliza, el jinete vence a la bestia, que duda entre el latir o en el detenerse para siempre. Abro de golpe la boca para coger aire y vivir, aunque sea unos minutos más.
¿Por qué no me lanzo ahora mismo al mar y me pierdo lo más profundo posible donde no me halle nadie? ¿Sería eso un suicidio? Si la bestia no piensa puede acabar con todo. Las lágrimas incontrolables inundan mi rostro. ¿Qué hago? ¿Seré imbécil?, los hombres no lloran. ¿Cuántas veces me lo dijo mi padre? Menuda bestia de mierda que también se pone sentimental, eso no ayuda. No sabes qué decir, no comprendes lo que sucede, apenas nos conocemos. Seguro te preguntas: “¿De dónde carajo salió este hombre que me quiere enamorar y se pone a llorar?”, rarito el niño. ¿Cómo puedes entender lo que significas para mí? ¿Qué significo para mí? Lo mejor que hago es intentar salvar los muebles antes de tirarme al mar.
Debería decirte que soy de emociones fuertes y que en los próximos 20 años se me pasa, pero parece estúpido. Si hablo, mi voz saldrá entrecortada por los gemidos, mejor reír, aunque salga una sonrisa anacrónica, tal vez una mueca.
El amago de chiste no da resultado. Me arranco las lágrimas con la palma de mis manos, con dureza para mejorar la imagen de debilidad que transmite el llanto. No quiero decirte que te he amado siempre, porque no lo vas a creer. Las verdades más innegables son las más difíciles de entender. A veces no conocemos a alguien después de compartir media vida y solo necesitamos una mirada para estar seguros con una persona nueva.
—Vamos, que es tarde —dices en un suspiro.
Sonríes y tomas mi mano para cruzar solos la calle Malecón. Siento tu piel cálida e imaginar una caricia me ayuda a recuperarme. Con poco me conformo, apenas una mano. Reconforta la idea de haberlo pretendido, a pesar del resultado nefasto. Reconocer que algo se pudo alcanzar y no se logra por no intentarlo es el más duro reproche que se puede recibir, sobre todo si es demasiado tarde.
En el lobby del edificio de estudiantes me despido de la mejor manera posible. Está bueno ya de drama, reconozco mi derrota con una caricia en tu rostro de mi mano izquierda, la que usa el jinete para dominar a la bestia. El adiós sale como murmullo de riachuelo. ¿Tendré opciones de volverte a ver? Mejor no me hago muchas ilusiones y me apuro para evitar otra recaída de tristeza y salvarme del chapuzón. Una depresión excesiva imposibilitaría incluso un suicidio decente. Seguro que tienes algo con Carlos. Camino sin saber hacia dónde dirigirme, da igual, la derrota espera en todos lados. El fondo del mar sería perfecto. Necesito alejarme, de los tragos amargos se sale rápido.
Dos días después, apenas he avanzado 15 pasos. Tú sigues en el mismo lugar, observas sin entender qué ha sucedido. La noche se ha detenido en un suspiro desilusionado. El murmullo del agua apenas se escucha.
—Antonio, espera —resuena tu voz a mis espaldas.
Tus pasos resuenan en la noche. ¿Qué haces?, me vas a hacer llorar otra vez. No sigas, es de noche y el agua del mar está muy fría. Llegas frente a mí distinta: tus ojos le han robado la sonrisa a tu boca.
—No sé cómo lo has hecho, pero ahora que te alejas, me crecen unas ganas enormes de volverte a ver —hablas, brillas.
¿Qué sorpresa es esta, por Dios? El beso inesperado aparece y la bestia tumba al jinete. El olor a yerbabuena logra que me olvide del musgo fresco. Afuera todavía sigue la llovizna sin caer y el avión está retrasado por el mal tiempo. No salgo de mi sorpresa. Te jodiste, Carlos. Labios, lengua, deleite, perfume, no pares. ¿Qué es ese sonido ronco? Afino entonces mis oídos para escuchar mejor al mar.
—Te ha dado un beso de amor, Antonio, un beso de amor. —Suena el grito de la ola contra la roca.













