(Fragmento del poema homónimo, del poemario El Reflejo / The reflection)
Asley L. Mármol. Poeta y novelista. Desde 1996 hasta 1999, trabajó como subdirector de la revista literaria Jácara. Publicó, durante el año 1996, el cuaderno de poesía El cuerpo vivo (Ediciones Jácara). En el 2009, su primera novela Magister Dixit fue publicada por Editorial Sigla en los EE. UU. Su libro de poemas bilingüe El Esplendor (The Splendor) vio la luz en mayo del 2019 publicado por Editorial Verbum, Madrid. Su colección bilingüe de cuentos cortos El interior de la montaña (The Interior of the Mountain) fue lanzada en enero del 2020 en Tampa, Florida. Su novela en inglés The Watchers fue publicada en el invierno del 2020 por Editorial Primigenios, Miami, Florida.
Sonia Díaz Corrales (Cabaiguán, Sancti-Spíritus, Cuba, 1964). Poetisa y narradora, una de las autoras mas significativas de la poesía cubana de los años 90. Salió de Cuba hacia Costa Rica en 1998, y con posterioridad, en septiembre de 2001, se trasladó a Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias, donde desde entonces reside. Ha escrito varios de los más notables libros de poesía de su generación, entre ellos Diario del grumete (1996) y La hija del reo (2016). También ha publicado dos novelas: El hombre del vitral (2010) y El puente de los elefantes (2013).
Discurso sobre la pared
En esta pared solemos escribir todo el silencio la soledad que nos aparta. Ahí escribí lo que pensaba y mi madre lo borró letra a letra para que nadie supiera que me rondaba la locura.
Esta pared de casa es todos los sitios a la vez aquí nacemos y morimos y amamos, a veces. Y no se engañe nadie amar es lo primero aunque lo diga último. Bueno o malo aquí el amor siempre reivindica su lugar de preferencia.
Mi abuelo se sentaba sobre esta pared y decía su discurso inteligible monótono sus disculpas a todos nosotros por el fracaso por no habernos dejado más patrimonio más herencia que esta pared y mi abuela besaba su boca viejísima arrugada para hacerlo callar para que no escucháramos su desvarío para ocultarnos su demencia.
Si la pared amenaza con caer la apuntalamos. Si se reciente al centro cubrimos su desnudez con cal y mezclas.
Si pierdes el rumbo vienes a la pared y escuchas y lees te explicas y revives y recorres palmo a palmo en la superficie rugosa la línea de tu vida y luego puedes continuar como si nada.
Una vez quise derribar la pared ver mas allá y mi abuelo ordenó a la pared hacerse a un lado miré y mas allá no había nada aun así mi abuelo insistió en que mirara otra vez pero no pude el miedo estaba tendiéndome la mano y mi abuela dijo al abuelo que le sacaría los ojos si no ordenaba a la pared recolocarse. A mi me dijo que el mundo no era verdad que era una farsa en toda regla que no hay ninguna pared para poner la espalda si te cansas ni para saber cuál es el límite no hay nada ahí que te recuerde quién eres qué te falta quién te quiere.
No hay una pared para mandar a recordar a quien te olvida a quien se olvida ni para mandar a olvidar a los que se cansan de llevar a cuestas el recuerdo no hay nada, como ves, ahí afuera decía tejiendo una trenza enorme, apretada con mi pelo revuelto para dejarme la cara visible.
En alguna ocasión la pared y yo firmamos una tregua no sé bien si cuando murieron los abuelos cuando nació mi hijo o si la primera vez que el olvido distrajo al objeto de mi amor quizás fuera aquel invierno en que el viento arrastró un diario de mas allá hasta nosotros no lo recuerdo y no importa porque en verdad estamos en un punto sin retorno. La pared se mantuvo callada, pero firme y yo recité mi proposición convenimos que ella aceptaría tener alguna puerta y yo me encargaría sin excepción de que no entrara nadie.
Ya más nunca mágica
Cuando todos nos mirábamos al espejo y yo era mágica cuando le daba a cada uno mi brillo y maldecía de antemano a quien lo perdiera cuando creía que estaba loquísima y me llenaba el gorro de guisasos cuando comíamos y dormíamos la misma siesta y yo era correcta y no daba gritos cuando vivíamos felices y el milagro era yo transparentando mi desnudez cuando casi no teníamos guerras cuando nacíamos y moríamos sin que nadie preguntara por qué esta mujer se ensarta con su lanza y nadie aquí se mueve del espejo. Cuando flotaba y ustedes no bajaban a la tierra cuando pregunté por nosotros y nadie quiso responderme..Cuando lo bueno y lo peor lo ácido y lo que no quiero decir ahora se fundan y yo avise. Cuando los hijos no estén en África o en Miami y los padres no se mueran de cáncer cuando las mujeres salgan de los hoteles de todas las oscuridades sin que el espejo se empañe. Cuando me pueda cercenar un brazo y hallar un hombre que me quiera manca y neurótica ya más nunca mágica sin nada que repartir cuando me quede sola y ni el espejo devuelva mi imagen verdadera cuando ni yo me reconozca cuando volvamos todos y no sea igual cuando ninguno esté tan puro como para reírse delante del espejo cuando yo pregunte cuando todo se repita y ustedes no me quieran ver. Cuando me desarme cuando me arme cuando me canse cuando los acuse cuando me despierte cuando llore cuando me rinda. ¿De parte de quién estará el espejo?
Retrato de la florista
(Del libro La hija del reo)
La locura me propuso ser la florista esa que vende flores de silencio flores de arenas movedizas flores para el protocolo de los fuertes flores para la cama de la diva flores de malévola relación con la miseria extrañas flores para los húmedos rincones de la casa una flor de agua para el pubis de la niña una flor de castrada soledad para la solapa del tirano flores blancas y redundantes para el amigo. En la locura soy la que vende las más caras flores a los hombres. Pero han cerrado las puertas y hoy la florista es un pájaro de bronce sobre el escritorio de la casa un pájaro detenido en el bronce en el amarillo cálido de la estatua. Habrá para cada quién un verso un estado imparcial una amnistía y los gladiolos de la florista serán de un rosa comestible verás como claudican con la rabia de quien odia morir. Ella encenderá lámparas para los oscuros días que vendrán nos dará el antídoto que me salvó de venderme como un simple pájaro de feria. Fui la dueña de todos los pájaros y eran míos en la locura sobreviví sus graznidos sus cantos hipnóticos sus desesperados gritos. Una torre estas flores y los pájaros fue todo lo que tuve cuando ustedes me encerraron para describir en mi rostro la locura como se describen los paisajes.
Casi discurso, monólogo, mala imitación, exaltación y juego a una tal Sor Juana que conozco
para Rosa, alma mía cuando no tuve alma
Madre, no me voy a quedar en el anverso ni el reverso de esta hoja y a echar una siesta con los muertos los que te mataron tratando de exorcizarte esos demonios tan poco convincentes. Voy a llevar tu toca, tus enaguas no voy a exaltarte ni a imitar tu genio ¿quién pudiera? Qué poquedad yo soy cuando vienes Juana con tus versos siempre saliendo de tu celda. Con letánico ingenio les hiciste creer que estabas muerta cómo Sor Inés, pusiste esa trampa sin agua sin velas, sin más paz que la deja el miedo a estar muertos antes de morir. Dudo más de mi existencia de lo que entrambas manos tengo que de tu vida, más que santa, eterna. ¿Qué hicieron del rosario de tus rezos? digo, ¿qué no hicieron? para desgajar el árbol caído siempre hay tiempo ¿qué nos hicieron a las dos, a todas? Tú estás viva si no, ¿qué nos quedara? una expectativa atroz de juicio y de silencio una lisiada rama del almendro. Yo me encontré comiendo tu guisado filosófico y sabes, Sor mía, lo estupendo de su sabor, pero mis varones no dan su aprobación a tal hartazgo y desperdicio de la mujer que soy de la que quiero sin dudas ser. ¿Qué nos hicieron en ti los enormes jesuitas de tu tiempo? ¿Qué nos hizo ese enemigo el mío ahora, el tuyo, aquel que conocemos desde el génesis? Al unísono, Juana, lloro si no llorare, júrolo, reviento más por nosotras dos que por las otras de nombre Filotea, que sólo por tu luz se ven a veces. Dios me libre de mentir en esto por parecer humilde o por parecer cualquier otra simpleza, por imitarte acaso nunca me sentí tan sola, tan rota, tan inmensa por el ángel sublime que reclamo para mi sutil lo quiero no tan brillante que me ciegue ni tan opaco que reniegue de él, no por masculino si lo fuera, sino más bien por limitado o necio. Que tú lo sabes Juana lo masculino suele ser tan bello en la cruz del Gólgota en la barca de Pedro en el Salomón aquel que a la reina de Saba deslumbró en el hombre que a ciegas nos ha amado que tu y yo sabemos Juana lo masculino suele ser tan bueno como tener un niño silente en las entrañas y aunque esto no lo sepas quizás imaginando aventajas mi experiencia. Es verdad esto que afirmo y aseguro si yo supiera que mi vida alcanza no para vencer hombres sin seso que ellos mismos se vencen sino para hacer la justicia que tu llevas diera mi vida, mis rezos. Si quisieras porque no quiero obligarte a llevar lo que me espanta para que por mí vinieras a mi lecho de mujer casada de amamantar a mi hijo te dolieras y a mis varones ripostaras. Sor Juana de la Cruz, Sor Juana abismo donde al asomarme me siento casi nada, sin tu gloria sin otra exigencia que tu propia celda tu propia toca descalza, pues ni loca usaría tus sandalias —si no las tuyas, ¿cuáles otras?— yo dejaría vida, esperanza, fueros, poesía, hombres, mil ventajas, y en tu lugar me iría al monasterio.
Con motivo de la publicación de la nueva edición de Breve historia de todas las cosas en Ilíada Ediciones, Otro lunes ofrece un capítulo de esta novela que fue comparada con Cien años de soledad cuando se publicó por primera vez en Buenos Aires, en 1975.
Marco Tulio Aguilera Garramuño (Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez, pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía «El libro de la vida», cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.
La Sietecolores se viste de yeso. La cocote de los Beryeres
Para los capitalinos San Isidro era un lejano oeste lleno de tipos rudos como John Wayne y mujeres parecidas a Raquel Welch, estaban seguros que aquello era un infierno no sólo por el calor sino por la lubricidad que se respiraba en el ambiente, la violencia en las periferias, la insidiosa belleza de algunas mujeres y los aires de perdonavidas o perdularios de algunos hombres. Por las calles céntricas se veía gran cantidad de señoras estrepitosamente maquilladas y con vestidos ceñidos que ni les dejaban dar el paso con sus tacones de equilibrista, guiñándole descaradamente no un ojo sino dos a los transeúntes día y noche. Para el San Isidro ciudad ésta era una de las lacras de las cuales no había podido liberarse; para el San Isidro pueblo, una de las tantas formas de ganarse el gallopinto, más nutritivo que el caldo de mípalo y menos indigesto que el guisado de tepezcuintle o iguana. Los prostíbulos, serrallos, harenes y burdeles, además de otras casas de prácticas nefandas y divertidas, ocupaban sitios céntricos y ninguna ley u autoridad o campaña cívica habían podido erradicarlos porque precisamente aquéllos que legislaban y ejecutaban eran quienes más protestaban y menos hacían, más bien parecía que si se quejaban era por cumplir con un deber socialmente conveniente. El Bar Tico quedaba exactamente al frente de El Trabajador, en plena Calle del Comercio, lo mismo que el Bar Rojo, cuyo olor inconfundible abarcaba sesenta metros a la redonda y formaba una especie de invisible barrera contra la cual tropezaban las gentes de decencia comprobada; la Casa de Clementina La Más Fina estaba al lado del Almacén de Sebastián Pereira; además había otros lugares más distinguidos, discretos y conspicuos donde se podía hacer en habitaciones tapizadas del todo con espejos: suelo, paredes y techo, o entre querubines, grandes fotografías de coitos históricos e impunes. Tenían diversos nombres eufemísticos que a veces ocasionaban equívocos; se les llamaba posadas, innes, boites, fábricas restauradoras, se encubrían también bajo propagandas comerciales que anunciaban artículos finos para caballeros elegantes, fábricas de cobijas especiales, almacenes de aspiradoras galantes, de juguetes para niños traviesos, órganos e instrumentos musicales, casas de confecciones a la medida. Claro que los sitios reservados habían aparecido sólo últimamente; antes la profesión era pública y se ejercía con orgullo. Cuando las mujeres pasaban en fila hacia la revisión sanitaria en la Unidad de Salud, acompañadas por Robustiano, los empleados de las tiendas y los estudiantes les coqueteaban, tratándolas como si fueran personajes muy principales de la comunidad y se decía, Renato decía, que las bellas famullas eran tan importantes como el servicio de drenaje y que sin ellas la ciudad estaría cubierta por una nata de tristeza y las calles asoladas por amantes deprimidos y las cantinas llenas de suicidas ensopados. Ahora, con mayor cantidad de gente circulando, con dólares en los bolsillos y muchos clientes nuevos y sofisticados, habían llegado fulanas de otros lugares que llevaban atuendos muy llamativos, y también damiselas refinadas y discretas, a competir, lo que hacía bajar los precios y afinar las técnicas y en la lucha las provincianas eran las que llevaban la peor parte por su falta de espíritu cosmopolita y de modernas perversidades: más allá del prestigiado muchiqui no prestaban otros servicios de satisfacción. Las nuevas sí eran limpiamente desenvueltas, había que verlas, algunas hasta tenían un contador público diplomado a su servicio, y entre todas ellas hubo una que en cuanto la vieron bajarse los amigos del Paticorvo Palomo, agresiva y dominante, del bus, pensaron que era nada menos que la Lorena Velázquez en carne, hueso y tacones de inconcebible altura: lucía piel de zorrillo morado, ¡a los 41 grados centígrados de su triunfal llegada!, anteojos azules ahumados, vestido de Dolce y Gabana largo hasta los tobillos, ceñido al cuerpo como un pellejo de nutria y abierto a un lado de modo que dejaba entrever la punta del calzón color orinado, pañoleta verde olivo, piel blanquísima de lactante, piernilarga, cejijunta, patiabierta y cartera color pollito de granja. Naturalmente la ayudaron con el equipaje; ella les dijo merci bocú, pelaos y les preguntó que dónde quedaba el Restaurante de Pascual que porque se iba a hospedar allí ya que le habían dicho que era lo mejor en guaracha y danzón; apenas les dijo esto, los muchachos se dieron cuenta que se habían equivocado: la Velásquez jamás de los jamásmente jamás y nunca se hospedaría en ese antro, pero no podían echarse atrás, la llevaron hasta la puerta y ella tuvo la insolvencia de negarles propina diciéndoles chao bambinos y merci bocup otra vez, nos vemos por ái, manos. Ellos le respondieron ái nos vigilamos, resignándose a clasificarla entre las mujeres de poco celuloide y mucho combo y orquesta, sin nada de enjundia. Se quedaron todos con las cabezas juntas espiándola. La vieron entrar, hablar con el villamuelino Pascual mientras alborotaba su estola de piel de pájaros amazónicos con las manos de bailarina de flamenco, la vieron y la siguieron viendo alejarse hacia la puerta del fondo… para mear, afirmó con poca fineza y guiñándoles un ojo… Antes de desaparecer exhibió una sonrisa en tecnicolor llena de promesas.
A pesar de haber llegado con altas aspiraciones pronto se dio cuenta que la competencia era tenaz. Buscó trabajo en los sitios más refinados (la rechazaron en Los Pollitos por no ser rubia; corrió a teñirse el pelo y regresó disfrazada de tonta Marylin: la volvieron a rechazar por no ser rubia auténtica y por insultar y vulnerar la memoria de la santa patrona de la casa:
Se te nota…
le cantaron a coro las blondas putas haciéndole el honor de la famosa canción de Sandro de América; decía yo Mateo que buscó trabajo en los sitios más refinados pero halló que todas las plazas estaban ocupadas y las solicitudes de plazas llenas; luego intentó pescar solapadamente en los bailes del Prado Bar y lo logró por algún tiempo haciéndose pasar por una turista francesa o italiana, en los dos casos libertina, que se alojaba en el mismo Motel El Prado y prefería hacer sus cochinadas al amparo del guayabal o donde el villamuelino la dejara acomodar sus huesos; hacía sus levantes y se rendía a las suplicas de los galanes calenturientos después de mucho devaneo haciéndolos sentir tenorios exacerbados doblegando una presa que tenía todo el aspecto de ser caza mayor. Cuando fue conocida por la mayor parte de los braguetones, quienes comentaban el suceso deslumbrados y desplumados por sus argucias amatorias, comenzó a perder prestigio hasta que ya no la dejaban siquiera entrar a los Jueves del Prado Bar. Por eso debió buscar otro sitio donde desplegar sus artes y oficios. Cuando se aburrió de gastar sus zapatillas de lagarto artificial taloneando calle abajo y calle arriba por la Calle del Comercio se dijo que lo importante era trabajar y cumplir su noble misión en el mundo y dejarse de vainas y se metió en el Bar Tico rindiéndose a todas las condiciones que le quiso imponer la Musoc, ama y señora del prosticomio. Las mujeres la recibieron con risas desordenadas e insolentes, burlonas y despectivas, al ver aquella facha tan llena de colorines y la piel de pájaros amazónicos que le cubría los hombros (¡con 39 grados centígrados a la sombra más dos grados húmedos y apestosos al fondo del bar!) y el escándalo de sus manos flamencas, pero pronto logró ganarse el aprecio de las chicas malas y no pasó mucho tiempo sin que se la considerase una de las más principales e influyentes. Tenía sus gustos muy especiales y para satisfacerlos debía trabajar horas extras y utilizar las partes menos sociables de la anatomía: la nariz (que tenía destacada sobremanera y en forma de tobogán) y los rascabacos (parte sólo por ella conocida y subutilizada por el resto de sus colegas). Los bajos precios que allí imperaban imponían horas doblemente extras y costumbres inauditas, hasta se alquilaba de fiado con tal de que le dejaran algo en garantía: con ella se quedaron el reloj Orient de Ildefonso, la chaqueta con el escudo de Supermán del Bogart, el libro de ejercicios (medio libro de ejercicios) de Betóben, los zapatos cojos de Alisio, la llave de la moto de Termidor, un tomo de los poemas A mí mismo del director del Liceo y calculo unos doscientos mil cachivaches más, si consideramos el elevado número de servicios que prestó durante el par de décadas que estuvo en febril y fervorosa actividad puteril.
Parece que las preferencias de los isidreños tenían sus bases bien asentadas, lástima que nunca trajeron detenida a tan afamada operaria para poder dar fe más objetiva sobre estas afirmaciones. De todos modos, dicen, y de lo dicho algo debe de ser cierto, que se sabía los siete efectos, el triple invertido, la demoledora, el exprimidor, el pollo asado, el lechoncito belga, el trinchante, el salsa blanca y la milanesa, el alrededor del mundo y otros cincuenta, todos muy satisfactorios.
Consiguió clientes fijos, con horas establecidas y pago mensual. Ocupaba hasta los días difíciles, las horas muertas y las de sueño, los dedos de los pies y las zonas increíbles. Los más generosos le pagaban por adelantado pues reconocían las exquisiteces de la operaria y el peligro de quedar fuera de la lista y además porque eran conscientes que una mujer de esas tenía derecho a rarezas como vestidos con lunares de plata y lunas venecianas, pieles de mink, foca o nutria, zuecos, coturnos, bufandas de seda holandesa y telas de papalina y velos árabes que traían la marca Scherezada en el orillo. Casi con verguenza y sin diéresis las Fernández, Sol, Cielo, Estrella y Lucero, tuvieron que reconocer que si la Sietecolores (así la bautizaron los amigos del Palomo) lucía alguna prenda extraña era porque antes de un mes se pondría de moda. No es que ella tuviera una gran intuición, sino que quién sabe cómo diablos estaba suscrita a las principales revistas de moda europeas que le llegaban con puntualidad de rentista. ¡O la la!, decía a sus amigas, que reclutaba al inicio entre las putitas más delicadas, decentes, pulcras, elegantes y discretas, que en realidad no eran ni delicadas, ni decentes, ni pulcras, ni discretas, tejiendo poesías en el aire con su velo Sherezada, para mí, Dino di Laurentis es le plus bonne de tutos los modistos, y cada uno de sus gestos hacía cotizar más alto sus acciones. Para pagar sus lujos se excedía, como dije, de la jornada de diez horas dispuesta por el gobierno cantonal. Robustiano vivía importunándola. La Musoc le gritaba: ¡A que esa no la conseguís, Margarito, Mariflorio, Flioripondio, Minipucio, dos Prepucio, Pitonimio!, y él, con sus dos metros de alto y sus dos metros de ancho se emputaba, o por mejor decir se emberracaba, enojaba o emberrenchinaba. Primero la fregó con el cuento del carné de salud; y yo para qué esa caca, le preguntaba ella haciéndole vibrar las cuerdas más interiores de los conductos seminales; luego con lo de la licencia; y acaso voy a manejar un carro, le gritaba; por último, le confesó que estaba enamorado, enculado y con luna llena.
—Enamorado de qué, Salchichónconpatas, y usté que se creyó, ¿qué yo soy desas?, no señor, soy puta honesta pa que sepa, y las putas no se enamoran, soy una profesional, una cocote de raca mandaca como las de Montparnás y Liverpool.
Total, que no cedió y no se dio y Robustiano tuvo que ocultar su derrota llevándose a una fornida matrona al patio de la alcaldía. Habrá que investigar su nombre y su historia. Lo que sí se sabe es que el sargento, por el talante desaforado de su dotación masculina, generalmente escogía putas de aguante. Ya en más de una oportunidad había defenestrado a muchachas inexpertas y de corta capacidad de asimilación. Y esos melindres y desprecios ya no pensaba permitírselos Robustiano que, aunque craso, gigantesco y consciente de su poder omnímodo sobre el pueblo, tenía sus escrúpulos con las damiselas. El caso es que cuando abandonaba a alguna criatura después del natural abuso, tenía la precaución de dejarla viva para un segundo asalto.
Para desventura de la Sietecolores, siete días después de una farra agotadora, alucinante, en la que ella y los ingenieros de la RRR voltearon el mundo y los intestinos al revés, destruyeron mesas, sillas, camas, bebieron toneles, quebraron todos los faroles del nuevo alumbrado de mercurio del parque, bailaron los tambitos de Benito Chúber, el punto guanacasteco, las cumbias desenfrenadas y unos mapalés francamente obscenos que los dejaban en el otro mundo, amaneció con el pan infectado, enrojecido y goteante. No hubo emplastos, curaciones de hierbas ni oraciones que curaran aquella peste, y lo peor de todo fue que Robustiano se dio cuenta y le prohibió trabajar si no se entregaba.
Me rindo, le mandó decir con uno de los negritos de Vladimiro que limpiaba zapatos a las puertas del Bar Tico y hacía mandados a velocidad de la luz.
La tarde de su apoteosis el sargento acometió el hecho histórico de bañarse, se acicaló con su mejor pachulí, la canana nueva, el pistolón rodillero y el pelo hacia atrás peinado con 250 gramos de grasa de la más fina (grasa artificial, es claro, pues como se tiene dicho los chanchos eran sagrados en San Isidro y sus derivados prohibidos incluso por la iglesia). Una magna faja de piel de ternera fina contenía su vientre de luchador de sumo. Con pasos de Hernán Cortés entrando en Tenochtitlan salió de la Inspección, atravesó el parque ya a oscuras, saludó a Óscar Lopera y a Yamil Geldsteinberg Hohensolen. Hizo un gesto de amenaza medio burlón a los amigos del Palomo que se paseaban por la Calle del Comercio y entró al Bar Tico. Esperaba una recepción amorosa y marcial, coqueteo, traqueteo, brillada de hebilla, cervecitas y después el suave y prolongado encatre. Lo que halló fue a la Sietecolores impaciente, afiebrada, pateando el suelo como una bestia antes de la carrera y maldiciendo la pérdida de tiempo.
Tomó al gigantón del brazo como una madre carbrona y encabronada y lo arrastró hacia el interior, a los desvencijados cuartos hechos de maderas verdes ya retorcidas a efectos del calor, donde era como hacerlo en una vitrina que daba entera perspectiva a los samueleadores de la más poblada calle. Ella se tendió en la cama después de sacudir las sábanas y espantar las pulgas. Con un movimiento brusco de las piernas y los músculos del atlético y sano vientre hizo que la falda de abundantes pliegues de percalina se le viniera a la cara descubriendo su secreto muchiqui, veterano de tantas batallas.
La muy expedita, comentaría el sargento, ni siquiera tuvo la decencia de utilizar sus calzones color orinado. La vil se vino a pelo para facilitar el ajetreo.
Al policía, gran conocedor, comenzó a darle rabia ya que para él en asuntos peristálticos lo mejor era el aderezo, pero como el pan estaba en el horno y de pronto se quemaba, si no hay lomo de todo como, se dijo, y puso el instrumento a la obra. Fue como montarse en una montaña rusa, pero sólo de bajada. En realidad, todo terminó casi antes de comenzar. La mujer no tenía una fruta deleitosa entre las lindas piernas sino un ávido hocico de lobo feroz, que no sólo lo exprimió sino que magullólo, masticólo, vapluleólo y dejólo casi al segundo inservible quizás para el resto de la vida. Ya la Sietecolores iba a dar por finiquitado el negocio cuando Robustiano, que también tenía su bárbara bestia incluida, le abrió las puertas del cuerpo de par en par, y la fue abrazando como quien quiere espichar un mango. Después alegó que había sido legítima pasión y que él no tenía la culpa que ella tuviera huesos de leche y flojos los costillares.
El Doctor Tremens se encargó de radiografiarla, recetó yeso para tres costillas quebradas en forma de fractura conminuta y reposo total; de paso le reconoció el angelito y descubrió una sífilis cuaternaria que ya estaba echando costra. No es enfermedad de humano sino de burra promiscua, comentaría luego en privado el doctor y escribió una receta para caballos. (Eran los tiempos en que la letra de Tremens podía ser descifrada sin gran esfuerzo.)
Una desgracia de ese tamaño no estaba en las previsiones de la ilustre profesional. ¿Cómo iba a pagar las suscripciones a los magazines, los abrigos, las lunas venecianas de plata, los coloretes, los vestidos de piel de pantera y la secreta tienda de abarrotes que era su dizque camerino en el Bar Tico? ¿Cómo iba a cumplir con los contratos pagados por adelantado por más de media docena de conocedores de sus talentos?… El yeso que le pusieron le cubría desde las coyunturas de las piernas hasta las hombros, donde sólo dejaba libre la cabeza y los brazos y un rombo en el sitio de la barriga, para que al comer la digestión pudiera llevarse a cabo.
Mientras se sintió demasiado débil comió gracias a sus compañeras y a la venta de cachivaches y chunches que había recogido en prenda. Luego, cuando se le terminaron, ya estaba un poco restablecida. Cualquiera otra se hubiera dedicado a cocinar empanadas para venderlas en alguna esquina bien comercial; ella no, su vida era su vida y no iba a cambiarla por un insuceso sin importancia; por otro lado hubiera preferido empeñar la cabeza a abandonar sus lentejuelas, perfumes y neceseres; de modo que un día de tantos, después de limar el yeso lo suficiente como para que no estorbara, apareció en el Bar Tico, alegre y bamboleante como las gigantas de circo o como las chicas grandes, grandísimas del Coro de Las Doscientas Vírgenes, pero con las facciones demacradas y un tabaco en los labios que desde ese día pareció petrificársele. A sus compañeras les pareció extraño que ella fumara esos tabacos de trailero; ella, que se llamaba la cocote de los Beryeres, ¿fumando de los de cuatro por dos céntimos? ¡Cómo cambian las cosas!, se decían, y le preguntaban que por qué. Ella les respondió que ya no era una cocote de los Beryeres sino una puta igual a todas, sólo que con una culofalda de yeso encima. Las muchachas pensaron que había regresado por nostalgia, pero no, apenas llegado el primer parroquiano le cortó el camino pizpireta con cambio de luces y un irresistible y sugerente barrido de lengua por los labios rojo rabioso. Está más gorda, pensaría el cliente, don Poeta Gordo, que teniendo una sílfide y tricoferina por esposa, esbozaba en prostíbulos y metederos de mala muerte, su apetito por hembras jamonas, extensas y de lonjas generosas. Y sin más hipótesis y preámbulos, se fueron de horizontal deleite extraconyugal. Nadie sabe ni le alcanza la imaginación para comprender cómo se las ingenió la Sietecolores; lo cierto es que don Poeta salió como gato gordo relamiéndose los bigotes y al día siguiente regresó haciendo lenguas sobre las habilidades de la proletaria del amor impune y diciendo que seguramente lo que había pasado era que a ella le estaba sucediendo lo que a los ciegos o a los mudos, que perdiendo una facultad desarrollan extraordinariamente otra. Las niñas no se tragaron el cuento: según ellas ese hombre de poderoso vientre y lira poética inspirada había sido pagado por la colega para que le hiciera propaganda. Y no fue así, según se deduce de otras declaraciones fidedignas, pues de la misma forma hablaron los demás, y el especial el Doctor Tremens, quien sí era muy puntilloso antes de su irremediable declinación en asuntos horizontales, y Termidor, que ya llevaba veinte años aburriéndose de ver a su negra barragana barrigona, y Fermín Fano, quien por perseguir y alcanzar a la esposa de su mejor amigo se había quedado solterón, prostático y corcoveante.
Pero aquello fue un florecimiento temporal; después que le quitaron el vestido de yeso quedó tiesa, llena de marcas muertas, multicolor de pellejo, torcida, perdió aquella afamada pericia de los siete efectos y no hubo forma de retornarle los anteriores atributos. Sin embargo, siguió fiel a su puesto cerca de la rokola de los mil quinientos discos dominados por Julio Jaramillo y el jefe Daniel Santos, con el tabaco apestoso, interminable, camuflador de su olor a muerta viviente, echando humo como una locomotora y consiguiendo clientes ocasionales que se lo pedían por compasión o descuido.
Fue engordando a ritmo acelerado hasta que sus nalgas no cupieron en una silla ni en dos y hubo que juntarle tres, le creció una gran papada que unió el mentón con el plexo solar y así permanecía sudando y esperando, a la escucha de las canciones de Pigalle y la Suite Cascanueces y Los Patinadores hasta que le dio un cáncer en la base de la columna y se murió en las mismas bancas de las viejas y provechosas transacciones, al lado de la rokola, y todo esto sucedió en menos de un año.
En su honor se siguió haciendo sonar La Marsellesa versión de Pérez Prado todas las noches a las doce y las guerreras del campo de plumas se ponían en formación y presentaban armas de amor.
De la antología poética personal Con tantas lluvias al lomo (Ilíada Ediciones, 2022)
Manuel Vázquez Portal (Morón, Cuba, 1951). Poeta y periodista de reconocida y premiada trayectoria en Cuba. Publicó en Cuba los libros Del pecho como una gota, A mano abierta, Cantos iniciales, Un día de Pablo y Cascabeles. En 1995 ingresó en la agencia de prensa independiente CubaPress y más tarde fundó el Grupo de Trabajo Decoro. Durante el proceso represivo conocido internacionalmente como “Primavera Negra de 2003 en Cuba fue condenado a 18 años de cárcel por ejercer el periodismo independiente. En junio de 2004 consiguió una “licencia extrapenal” por razones de salud, gracias a una campaña internacional por su liberación. Ha publicado además Celda número cero (poesía, 2000 ), Escrito sin permiso (testimonio, 2007), Cambio de celda (poesía, 2008), Velo de cristal (poemas, 2009 ), la novela Un amor en los ochenta (2011), En el extraño viaje (poemas , 2015), Nada puedo enmendar de aquellos miércoles (poesía, 2016) y el ensayo Diciendo mal de mujer: Apuntes críticos sobre poetisas cubanas (2021). Desde 2005 reside en Miami donde ha ejercido el periodismo y sigue escribiendo.
Johan Ramírez (Caracas, 1982) estudió periodismo en la Universidad Central de Venezuela. En 2013 se mudó a París, donde cursó una licenciatura en Estudios Internacionales y un master en Comunicación Política en La Sorbona. Ha escrito reportajes y crónicas de viajes para distintos medios en América Latina, entre ellos National Geographic Traveler. Actualmente reside en Berlín, donde trabaja para el canal alemán, Deutsche Welle. En 2019, esa cadena lo envió a Bogotá como corresponsal para Latinoamérica. Ilíada Ediciones publicó en 2020 su libro de cuentos Fe de erratas y acaba de publicar esta novela.
Alejandro Otero Paz (La Habana, Cuba, 1978) Nació en un tiempo, un país y un mundo que ya no existen. Estudió Filología Hispánica en la Universidad de La Habana y se graduó con una tesis sobre la primera prosa de Jorge Luis Borges. Fue profesor antes de entrar a trabajar en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos. Salió de la isla en 2005, con veintisiete años. Vivió algo más de cuatro años en Bolivia, donde trabajó como profesor de Literatura Universal y Comunicación Oral y Escrita en la Universidad Privada Boliviana. En 2010 se instaló en Barcelona, donde vive actualmente, con un paréntesis soleado y decepcionante de casi tres años en Miami. En Barcelona cursó el Máster en Formación de Profesores de Español como Lengua Extranjera de la Universitat de Barcelona y la Universitat Pompeu Fabra, y trabaja como traductor y profesor de español para extranjeros.
Del libro Desnúdame, isla (Ilíada Ediciones, 2022)
Idania Bacallao Iturria (Villa Clara, Cuba, 1957). Graduada de inglés. Como escritora ha incursionado en la poesía, el relato y la crítica literaria. Su obra La hija del agua, publicada por la editorial Capiro, de su natal Villa Clara, en 2004 marcó su debut literario. Posteriormente ha publicado Ana de mis amores (relatos), Mujeres raras (relatos), La plegaria de la yerbabuena (novela, 2010), Toma café conmigo (relatos) y El día que voló la amapola (poesía). Textos de su autoría aparecen en revistas y periódicos culturales nacionales e internacionales.
Del poemario Entre murallas (Ilíada Ediciones, 2022)
Patricia Alejandra Núñez (Buenos Aires, Argentina). Poeta y psicoanalista. Ha publicado los libros Los rostros y la noche, Flores blancas, Pájaros en el desierto, La vida entre los ojos, La noche en la orilla de la luna, El sueño en mis manos, La mirada y Un relámpago de otoño. Ha participado en numerosos encuentros y festivales de poesía.
Del poemario Examen de tiempo (Ilíada Ediciones, 2022)
María Cristina Garrido (Quivicán, Cuba, 1982) Desde muy joven se interesa en la poesía y percibe una especial sensibilidad para el arte. Recibe cursos especializados en talleres y peñas literarias. Se gradua de Bachillerato en el año 2000 y en el año 2003 sus versos salen publicados en la Antología de poetas de su localidad. Ganadora en el 2008 del Primer Premio Nacional del Concurso Tabacalero Carlos Baliño. En el presente permanece recluida en las cárceles del presidio político cubano por su compromiso con la libertad de Cuba y el fin de la dictadura castrista. Examen de tiempo es su primer libro.
Alfredo Antonio Fernández (La Habana, Cuba) Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana, Master en Estudios Latinoamericanos en la UNAM, México y Doctorado en Español de la University of Houston, Estados Unidos, donde reside actualmente. Ha publicado: El Candidato (Premio de la Unión de Escritores de Cuba, 1978), Crónicas de medio mundo (relatos, 1982), La última frontera, 1898 (novela, primera finalista Premio de la Crítica, Cuba, 1985), Del otro lado del recuerdo (novela, 1988), Los profetas de Estelí(novela, Feria Internacional del Libro, Guadalajara,1990), Lances de amor, vida y muerte del Caballero Narciso (Premio Razón de Ser de Novela, 1989 y Premio Alejo Carpentier de Novela 1993, de la Fundación Alejo Carpentier), Amor de mis amores(novela, Planeta, México, 1996), Adrift: The Cuban raft people (Rockfeller Foundation Grant, 1996; Arte Publico Press, Estados Unidos, 2001), Bye, camaradas(novela, 1era finalista Premio Internacional Novela Marcio Veloz Maggiolo, New York, 2002 y finalista Premio Novela La ciudad y los perros, Madrid, 2003, publicada en la Editorial El barco Ebrio, España, 2012), A través del espejo. El cine hispanoamericano contemporáneo. Volumen I(ensayo, Editorial El Barco Ebrio, España, 2013),Aló, marciano(novela, Editorial El Barco Ebrio, España, 2014),Buñuel In memoriam (ensayo, Editorial El Barco Ebrio, España, 2015). En el Otoño 2022 obtuvo Sabbatical Leave Research de Prairie View A & M University (Texas) para desarrollar en el Instituto Nacional de Audiovisuales de Francia una investigación sobre la obra cinematográfica de Santiago Álvarez: Noticiero ICAIC Latinoamericano (1960-1990). Ilíada Ediciones (Alemania) ha publicado las novelas Citizen Kane se fue a la guerra (2021, 1era finalista en el Premio Internacional de Literatura «Hypermedia»), Dominó de dictadores (2020) y en proceso de edición El condotiero, la domadora y el escritor que cierra la trilogía, a la que pertenece el fragmento que reproducimos a continuación.