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Si no puedo publicar o decir en las entrevistas lo que se dice en la mesa de dominó de la esquina, entonces todo está bien jodido

luis-felipePrimero, tuve el privilegio de que Luis Felipe Rojas Rosabal fuera uno de mis alumnos cuando impartía clases de técnicas narrativas en el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso en La Habana. Luis Felipe, a quien cariñosamente entonces llamábamos “Gorrita”, me concedió el privilegio, después, de ser su amigo. Y esa amistad se hizo aún más sólida cuando descubrimos que teníamos los mismos amigos en una época en que tener amigos, en Cuba y dentro del medio cultural, era igual que tener cómplices, camaradas de un mismo barco al que hacíamos avanzar a puro remo, es decir, con nuestros deseos compartidos de hacer cosas.

De muchos modos, el hecho de que yo hubiera emigrado años antes desde Oriente a La Habana, así como la curiosa circunstancia de que él y yo habíamos vivido casi los mismos escenarios geográficos en nuestras infancias (bajo la atmósfera de la vida en un Central azucarero que él menciona en esta entrevista: él en San Germán y yo en Maceo, un pueblo a pocos kilómetros), me hacía comprender muchas de las claves del comportamiento campechano, jocoso, natural de Luis Felipe y me permitió descodificar mejor algunas de sus señales literarias, en cuentos que, lo he dicho otras veces, estaban entre lo mejor que se escribía en el país en esos años, como lo demostró él mismo imponiéndose en el género apenas meses después de la última clase de aquel taller.

Y también por esa tremenda circunstancia de que ahora mismo yo pueda viajar más fácilmente (y seguro que en menos tiempo) desde Berlín a Miami que hacerlo entonces desde La Habana a San Germán, nuestros encuentros posteriores se concentraron más en mantenernos informados a través de esos amigos comunes que sí tenían la suerte de viajar más a menudo o de no ser considerados un enemigo (por lo cual era impensable que lo invitaran a eventos literarios, y muchísimo menos que lo trajeran a la Feria Internacional del Libro en La Habana a pesar de que, extraliterariamente, se le mencionaba como uno de los mejores escritores de su provincia, Holguín, en el terreno de la poesía y el cuento).

Supe de su “escache”, como decimos en Cuba. Un escache que, recuerdo, empezó del modo más absurdo: estar descontento con la gestión cultural de su provincia, del país. Pero yo bien sabía, por haberlo sufrido en carne propia, que una cosa era quejarse de ese tema en La Habana y otra muy distinta era hacerlo en un perdido pueblito de una provincia donde las autoridades culturales, en contubernio total con los organismos represivos, ejercían su poder como modernos señores feudales. Es comprensible entender entonces que, desde esa posición crítica hacia lo cultural, pasar a la llamada “disidencia” no había más que un paso. Y Luis Felipe osó hacer lo que menos se esperaba de él, algo que el gran mayoral del batey cubano había prohibido apenas puso el pie en el estribo del poder décadas atrás: fundó su propia revista, Bifronte, junto otro poeta, Michael H Miranda, pues necesitaba hablar, decir lo que pensaba. Y el cocotazo institucional y político  (que como sabemos en Cuba es casi lo mismo) no se hizo esperar.

Lo demás, es historia: el trancazo cultural que recibió su alma de creador, porque fue eso, un trancazo, lo hizo comprender que estaba obligado a emprender metas mayores. No bastaba con escribir en sus mundos literarios lo que pensaba, había que cronicar la realidad, denunciar la suciedad, demostrar que el supuesto sol de la Revolución estaba, como la isla, “rodeado de manchas por todas partes”. Y lo hizo, perdiendo el miedo. Y lo hizo bien. Hasta un día en que se vio obligado a dar el salto que no quería: irse al exilio.

De ese tránsito hablamos en esta entrevista.

 

La literatura

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Central Azucarero "Urbano Noris", antiguo San Germán.

Central Azucarero “Urbano Noris”, antiguo San Germán.

Como en la vida misma, o como en la historia misma del hombre, antes del animal político existió el individuo, ese ser con los simples sueños de un simple mortal, cuya única diferencia, en tu caso, es que se trataba de un individuo tocado por el don de poder inventarse mundos propios, reinos íntimos a través de la literatura. ¿Cómo fue esa infancia, esa adolescencia hasta ese día en que, como te escuché decir allá en Cuba en una de las sesiones del Taller Onelio Jorge Cardoso, el ámbito del central San Germán, quizás su pitido despertó al escritor que se escondía detrás de las travesuras de ese muchacho que eras?

Fui un niño feliz que jugó en la yerba, en los arroyos, caminé descalzo hasta casi los 20 años, montado entre San Germán, Pilón y la ciudad de Holguín, esas mudanzas tuvieron que ver mucho con la manera en que después vi el mundo. El olor a melaza, la molestia del bagacillo y el polvo de las calles de san Germán completaron este ser medio loco, que se morirá loco, pero feliz y con nivel de libertad individual para hacer todo, pero todo como no lo hubiera soñado. Mi libertad personal está ligada a las horas de jugar en los potreros cuando creía que el mundo terminaba al bajar el río.

 

Hay lecturas que, justo en esos primeros tiempos, dejan profundas marcas que, generalmente, resultan definitorias en nuestra formación como escritores incluso aunque leamos tanto que no las notemos, pero quedan ahí, como pendones clavados en el escritor que somos luego. Si miras atrás, ¿qué lecturas de ese tipo recuerdas?

No son lecturas precisamente. En San Germán, precisamente en una colonia cañera llamada Cauto #3, vivíamos en lo que había sido un barracón para haitianos que cortaban caña de azúcar. Mi madre leía en voz alta en las noches para que los del cuarto de al lado escucharan y escuchaba yo también. Antes de enredarme en los vericuetos de la literatura universal, me quedé horas pegado a la radio cubana, radio Progreso, allí supe de Carpentier, Víctor Hugo, Moliere y Balzac, primero que con el libro impreso. De modo que mi acercamiento fue auditivo y no visual. Pero recuerdo a todo Verne, todo Dumas (sin El conde… no hubiera escrito una línea), cuando tenía 12 años un tío mío me regaló un poemario de César Vallejo, y ahí se jodió la cosa, no he podido parar. Por eso creo con un personaje de Piglia que la literatura no se trasmite de padres a hijos sino de tíos a sobrinos.

 

Cada día se pone más de moda negar a los maestros literarios. Ya se sabe, parece haber más mérito en decir que surgimos de la nada, porque Dios nos dio el don o porque en el vientre de nuestra madre recibimos ese click especial que nos haría “distintos”, de algún modo “especiales”. Si tuvieras que hablar a quienes consideras o consideraste maestros literarios, ¿a quién mencionarías?

A mi tío Gabriel, el mejor conversador del mundo, ahora mismo hace humor en Granma, Cuba. A mi madre por los libros que me compró, y maestros, lo que se dice maestros, se lo debo todo a Borges y a Martí; a Vallejo y a la Biblia; a la poesía anónima africana retraducida y compilada por Martínez Furé. Entre los socios, quisiera terminar de aprender a limpiar un texto como lo hacía el Guille Vidal, a tener la fuerza que tienen algunos cuentos de Alberto Guerra y escribir una crónica como lo hacía Lichi Diego. Que no haya aprendido o no los copie lo suficiente, no quiere decir que no tenga sus influencias, las influencias, todas, son buenas, y si a veces se ven, mejor pues de eso se trata el agradecimiento.

 

Guillermo Vidal, quien jamás quiso irse a vivir a La Habana a pesar de que tuvo muchas ofertas y posibilidades de hacerlo, me dijo en una entrevista que el único problema de querer ser escritor desde un pueblo de campo era que, por muchos premios, libros y méritos que acumularas, jamás dejabas de ser considerado un “escritor de provincia”. El vivía en una capital provincial, pero tú vivías en un pueblo de una provincia, ¿difícil?

Bueno, para mí era difícil para entrar en la farándula, pero no para escribir. No hay nada para escribir como un pueblo de provincia. Por lo otro, yo nunca aspiré a viajar como escritor, ni ganarme un apartamento en Alamar ni nadie me iba a invitar impartir conferencias. Cuando me invitaban a La Habana, me montaba en el remolque de una rastra, comía croquetas y refrescos desabridos y pasaba un viaje de puta madre, que después me servía para escribir. Yo nunca tuve líos con eso. Reconozco también que soy un ser extravagante, móvil y díscolo como no lo era mi hermano el Guille.

 

Junto a los escritores Michael H Miranda y Martha María Montejo en los tiempos en que lo llamábamos "Gorrita" (ya adivinarán por qué).

Junto a los escritores Michael H Miranda y Martha María Montejo en los tiempos en que lo llamábamos “Gorrita” (ya adivinarán por qué).

Sobre el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso gravitan por igual, en mi opinión, ataques desmedidos y elogios excesivos. ¿Qué significó para tu vida intelectual y personal tu paso por el Centro?

Jijijij! Jojojojojojoj!! He querido graficar una risa de gozo. La gestión de Heras va a ser incalculable por mucho tiempo. Me dio la oportunidad de reunirme con mis socios los narradores cubanos de esa década. Me enseño trampas de lectura que nunca hubiera pensado, aprendí a leer de manera distinta, me prestó libros que no le devolví pero regalé para adelante. Y más en serio: el Centro Onelio es una brújula, que si bien no es imprescindible, ya te digo, como herramienta, no hay claustro universitario en el país que se le ponga delante… y mira que lo han intentado. Lo he hecho de manera personal, pero ahora lo hago público, le doy las gracias al Profe, El Chino Heras… y a la sin par Ivonne Galiano.

 

¿Qué sueños tiene el Luis Felipe Rojas escritor?

Terminar una novela y que la gente diga, así, en buen cubano: “Eso te quedó encojona’o”. ¿Para qué me voy a poner filosófico y metatrancoso? Sueño con ser leído otra vez en Cuba, con regalarles los libros a mis amigos y volver a sentarme en un café, a leer, a ‘rajar’ del gobierno y de las ‘vacas sagradas’ sin que esté rodeado por los ‘perros de verdeolivo’.

 

 

La política

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Aunque los cubanos vivimos sumergidos obligadamente en un asfixiante escenario político desde que nacemos, en tu caso el “galardón” de disidente te fue concedido, primero, por tu descontento con ciertos elementos de eso que llaman “política cultural de la Revolución” y sólo posteriormente, luego del insilio cultural al que fuiste condenado, saltaste a una postura abiertamente opositora contra el sistema dictatorial de “finca tomada” de Fidel y Raúl. Me gustaría que les contaras en detalles a nuestros lectores ese tránsito.

Cualquier escritor joven en Cuba está en desacuerdo con la política cultural del país, que es una muela que bajan del Buró Político del Partido. Hasta ahí, todo bien, pero yo me metí en la locura de hacer una revista (Bifronte) que no le gustó a represores culturales como Abel Prieto, Iroel Sánchez y Alpidio Alonso (todos removidos de sus cargos) y la emprendieron no solo contra mí y el co-editor Michael Hernández Miranda, sino contra escritores que colaboraron con la revista. Después vino el registro domicialiario, la detención, la expulsión mía y de mi esposa del trabajo, hasta la exclusión de la vida pública cultural, con la anuencia de muchos escritores que hoy están hasta sin trabajo o ya fuera del país. Después vino mi decisión de la denuncia y del periodismo de calle que hice. Yo publicaba bajo seudónimo desde 2002 con Cubaencuentro. Después vino el horror contra mi familia, pero pude hacer cosas que nunca las hubiera hecho desde una tertulia o un puesto en una oficina municipal.

 

Hablemos sobre un mito: Cuba como paraíso de la cultura en América Latina. Tú y yo, como diría Martí, conocemos las entrañas del monstruo; entrañas donde hay mucho de verdad, mucho de mentira y, sobre todo, mucho de manipulación ideológica. Me gustaría saber qué piensas sobre este tema.

¿Paraíso donde un comisario decide quién pública y quién no? ¿Paraíso donde se hace zafra, a machetazos literales contra quien ose decir que el país vive bajo un sistema dictatorial? Los que se ‘portan mal’ no van a Caracas ni publican en Letras Cubana, y menos en Unión. Te mueres en un rincón y jamás te vuelven a invitar a una Feria del Libro, y encima les hacen creer que son libres. Mira, mi hermano, si no puedo publicar o decir en las entrevistas lo que se dice en la mesa de dominó de la esquina, entonces todo está bien jodido y que se metan su paraíso cultural por donde mejor estimen. Tú necesitas ser africano o latinoamericano para ser recibido como escritor en Casa de las Américas y ser hospedado en el Meliá Cohíba, siempre y cuando digas lo que te pida el comisario cultural de turno.

 

Recuerdo algunos encuentros donde coincidimos en Cuba, cuando todavía éramos “niños buenos”, y la imagen que me viene de ti es la de alguien muy querido, rodeado de amigos, elogiado por la calidad de su poesía y por la exquisita visualidad de sus cuentos. ¿Quedó algo de eso después de la satanización de la que fuiste víctima?

Queda y queda bastante, y sabes cómo somos los escritores, jajajaja. Ser disidente y echar cuatro carajos en una plaza me dio algo de glamour, aunque no leyeran ya mis textos de ficción y poesía. Tengo más amigos escritores que antes, yo no contabilizo el miedo que tienen de saludarme en público. Me escriben por Facebook, me envían recados con extraños o me hacen señas en la calle. En los últimos dos años que estuve en Cuba gocé de la bondad de muchos escritores que me hospedaron en sus casas, me sacaron en la madrugada hasta la terminal La Coubre o me ‘resolvían’ un pasaje en tren. Eso no es proporcional con el silencio que guardaron con mi caso y con el de otros, yo no puedo controlar el miedo de ellos. Parafraseo siempre esta frase robada al gordo Raúl Rivero, porque es bestial.

 

En una entrevista, el escritor Carlos Victoria me dijo, uniendo varios dichos sobre nuestra idiosincrasia política, que “a nosotros, los cubanos, nadie podrá entendernos, nadie podrá ayudarnos por mucho que lo intente, y nadie podrá impedir que nos ladremos unos a otros y nos saltemos al cuello a la menor diferencia de criterios”. ¿Qué piensas al respecto luego de estos años de experiencia en el terreno de la oposición política?

Mi madre (que es el ser que más quiero en el mundo) y yo nos tirábamos los cacharros a cada rato. Cómo no van a existir diferencias entre opositores que apenas se conocen a sí mismos, entre escritores que quieren quitarse el puesto en una revista o pugilatean por un viajecito de una semana. Sin eso no habría literatura. Creo que somos todo lo huraños que nos enseñaron los patricios. Yo tengo diferencias con algún tipo de periodismo independiente que se hace desde la Habana, pero eso no me puede llevar a anularlos a ellos. Puedo no estar de acuerdo con algunos métodos de la no-violencia, pero yo tendría que inventar mis métodos para rehusar de ellos. No pasa nada extraño, nada que no haya sucedido dos siglos atrás, esas cosas ni me asombran ni me quitan el sueño.

 

Soy de los que cree que los intelectuales, los artistas, tenemos una asignatura pendiente: una plural y abierta lucha porque se nos devuelva el rol como gestores del pensamiento social y cultural cubano que tuvimos en otras épocas de nuestra historia. Sé que hablar sobre las cobardías, los individualismos, los oportunismos que impiden esa integración en busca de nuestros derechos es siempre caldo de cultivo a más división, pero me gustaría escuchar tu opinión sobre el papel de la intelectualidad en la política en estas cinco décadas.

Ha habido una hipocresía intelectual y una frialdad ante las injusticias Cuba adentro, que hielan a cualquiera. Golpes bajos, triquiñuelas, de todo. Somos una masa intelectual que espera los empujen para decir algo, si no lo decimos a escondidas. Los intelectuales cubanos le deben a la historia de Cuba, todo el silencio cómplice de 54 años, ya saldrán más verdades. No me voy a perder en soliloquios que ya bastante se ha dicho sobre esto.

 

¿Qué sueños tiene el Luis Felipe Rojas en materia política para nuestro país?

La pluralidad, la tolerancia, la coexistencia  entre todos los iones que andamos sueltos, sin temor a dejar de existir por el hecho simple de coexistir juntos y revueltos… como en cualquier sociedad.

 

 

El exilio

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Sé bien que siempre te resististe a partir al exilio. Y como sé también que muchos de los ataques contra los opositores se basan en la afirmación de la dictadura de que se trata de opositores que sólo buscan hacer méritos para salir del país con una visa de los países “enemigos” de Cuba, te pregunto: ¿cuándo y por qué decidiste que debías aceptar el exilio como opción?

Yo no pensaba venir, eso lo saben mis amigos más cercanos y lo sabe mi esposa Exilda. Me gané una beca (no quiero hablar de eso) para escribir fuera del país, pero al final los organizadores se aparecieron con que debía salir solo, después que prometieron saldría con el niño y la mujer. Entonces decidí quedarme, pero empezó la presión y el ostracismo, y las pedradas y manchas de pintura en la casa. Cada vez que mi hijo tenía que ir a la escuela y veía a la decena de soplones y policías en la esquina entraba en pánico, y eso me ablandó, no resistí. Yo tuve que decir, ante un oficial estadounidense de inmigración que tenía miedo, y eso lo hice con la mayor tranquilidad de conciencia del mundo. Sí, tuve miedo de no ver más a mis hijos y mi madre, de que me fueran a encerrar y no aguantara, como los héroes de las películas o como la gente hace las historias de sus hazañas en prisión. No mostré miedo ante mis captores y represores, pero tenía miedo y decidí largarme al demonio. Tuve miedo por mis hijos, eso lo voy a decir hasta que muera.

 

Miami y los Estados Unidos vistos desde Cuba y Miami y los Estados Unidos vistos a pie de calle… ¿en qué sentidos se confirman  y en cuáles se contradicen o desmoronan los conceptos que traías desde Cuba sobre vivir en el exilio y, específicamente, en una ciudad como Miami?

Miami es el patio de mi casa, con sol, matas de mango, unas tojosas que suenan al lado de mi edificio a las 5 de la tarde. Aquí he contado casi cincuenta galerías de arte, unas librerías y bibliotecas que ya quisieran muchas ciudades. Diez obras de teatro en un solo fin de semana, cine cubano y universal y la mar de amigos de la infancia, eso hace añicos todos los mitos y  despotrica de los mitómanos sobre Miami. Miami, me ha dado la posibilidad de ver a Cuba de manera distinta, ya publiqué aquí mi primer poemario, ya tengo amigos nuevos, ayudo a mis amigos en Cuba, a mi familia y me reencontré con mis creencias. Trabajo en lo que siempre soñé: una emisora y un periódico a la vez, y encima se oye en Cuba como si fuera la radio oficial, ¿qué más puedo pedir?

 

Me molesta mucho escuchar a funcionarios culturales (e incluso a algún que otro escritor o artista de la isla) menospreciar la cultura hecha en el exilio entre otras razones porque “han perdido las raíces”; pero también me irrita bastante escuchar a escritores y artistas del exilio denigrar de la cultura y de quienes la hacen en Cuba, entre otras lindezas, llamándolos “oficialistas” y “ovejas domesticadas”. Es un tema complejo, pero ahora que has podido vivir  en, digamos, las dos orillas de la Cultura, ¿qué experiencia tienes sobre esa insistencia, a mi modo de ver, estúpida, de seguir alimentando las divisiones que precisamente, y con tanto éxito, el régimen nos ha inoculado?

Son dos prejuicios, y los prejuicios limitan a quienes los soportan, amigo. Te voy a poner dos ejemplos. Yo no conozco a una escritora más libre que Mariela Varona Roque, la narradora holguinera que me recibió cada tarde en Cuba sin preguntarme de donde venía ni hacia donde iba, sino que me preparaba el baño inmediatamente y me daba de comer, me regalaba libros y figuritas de papel y sigue su vida como nada. Mariela escribe como si se fuera a morir mañana. Otro ejemplo, ¿quieres a una cantante con más raíces que La Reina, Celia Cruz? No pudieron ni arrancarla de Cuba. Pero igual, hay gente que hace su obra pensando en el gallardete que le va a dar la UNEAC el año que viene, y hay quien no lleva un año en Europa y llena infolios de jotas y pasodobles, ¿qué se les va a hacer?

 

Hace unos años escuché decir a algunos colegas cubanos que Miami era una selva cultural; a otros, que habían emigrado desde Miami a Europa, que era un desierto o un cementerio de la cultura, pero en los últimos años he escuchado a algunos diciendo que cada vez más se va convirtiendo en la capital de la cultura cubana en el exilio. ¿Selva, desierto, cementerio, paraíso? ¿Cómo la ves?

Aquí y no en San Germán o Guantánamo puedo escuchar mejor a Carlos Varela, Oscar de León y Pablo Milanés. El teatro que se pone hoy en La Habana, la semana que viene se pone aquí, y no te voy a hablar de cine, porque puedo ver todo el cine cubano de ahora mismo, que no es ni tan bueno ni mucho, pero lo puedo ver, con un click en el teléfono. Ni qué decir de los libros y los escritores que viven o vienen a pasear aquí. El abrazo y el café que me debía con amigos desde hace cinco años, lo  encontré aquí, con escritores cubanos que vinieron desde España, Texas o Londres. Miami es el patio de la casa.

 

Tu poemario Para dar de comer al perro de pelea es el primer libro que publicas en el exilio y, además, tu primer libro después de que te cerraran todas las puertas del mundo cultural en Cuba. Te propongo que miremos atrás y me hables de cuánto ha cambiado aquel escritor que publicó Secretos del monje Luis, en el 2001 y este escritor que ahora ve aparecer este reciente libro. Pero te reto a que lo hagas rememorando el proceso escritural de cada uno de tus libros hasta llegar a este que ahora publica NeoClub Press, es decir, intentando recordar qué significaron esos libros en cada momento de tu vida, rememorando si es posible, las alegrías, las tristezas, alguna anécdota. ¿Te animas?

Escribí Secretos… como un poseído, en unos meses de tristeza y hambre. Cantos del mal vivir, lo escribí en las noches, cuando mi hijo dormía, nos estábamos muriendo de hambre y me gané un premio de cinco mil pesos cubanos, toda una fortuna para mi 2003 de hambre y miedo. Después troceé un par de libros y conformé Anverso de la bestia amada, un libro más suelto, con un lenguaje más calmo y quedo, eso me dio la medida de que dominaba, no el lenguaje, sino ‘mi lenguaje’, y ya me dio la confirmación de que podía lanzarme a mi sueño de jugar con la palabra y hacer de ella una lanza o una pedrada. Eso es Para dar de comer…, una herramienta, un logro (para mí). Lo escribí y lo guardé sin desespero, sin temblor por no volver a publicar. Cuando lo terminé, sabía que tarde o temprano iba a salir, y ahí está, en amazon.com. ¡Ponle el link, compadre, para que me lo compren, jajajaja!

Yo no veo la arquitectura de mis libros como nada extraordinario. Escribo y tacho, punto. No hay más secreto. Eso sí, nunca publico nada que no tenga menos de dos o tres años de añejo.

 

Vivo convencido de que, parafraseando a Becquer, siempre que exista especie humana, habrá exilio, porque así como hay determinadas cosas que condicionan la existencia de la poesía, el exilio tiene que ver con esas inconformidades que siempre tiene el ser humano, por lo cual se verá siempre forzado a buscar esos sueños en otros horizontes. ¿Qué sueños tiene, ahora mismo, el Luis Felipe Rojas exiliado?

El de meterme en el río sin ser visto como un extraño y Miami y decenas de ciudades americanas son cada vez más latinas, más cubanas. Ir y venir entre el Caribe y Miami es mi sueño, entre Miami y Europa, no tengo secretos para la felicidad que vayan más allá de la taza de café, el buen libro y la buena conversación, y eso se hace hasta en Alaska. El exilio que me hubiera gustado es este, ya está, es pintoresco, rabioso, alegre y difícil, y eso estimula. Si pido un reto más, soy un ambicioso.

 

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