La escritora habanera Rita Martín ofrece en esta entrevista su muy intimista visión sobre la poesía y su propia obra. La autora de El cuerpo de su ausencia (1991) y Sin perro y sin Penélope (2003), entre otros libros publicados en la isla y el exilio, ha mantenido una sólida carrera como poeta, ensayista, dramaturga, narradora e investigadora literaria. Hace poco tiempo su obra Flores no me pongan, conmovedor monólogo donde recrea la vida de la escritora Virginia Woolf, resultó uno de los textos más aplaudidos en Miami durante las lecturas dramatizadas del Instituto Cultural René Ariza. Con ella abordamos algunos aspectos de su obra literaria.
1 – Tienes una notable trayectoria como escritora que se remonta a Cuba, donde publicaste algunos libros. En el exilio, das a conocer Tocada por el astro. ¿Cómo definirías tu poesía?
¡Caramba! Este tipo de pregunta se las trae. Definir su poesía; es decir, la mía, resulta un acto improbable cuando ya es de por sí difícil definir la poesía. Y es que toda definición poética es una invención, una recreación, una peligrosa mentira que des/ubica religiones e ideologías. Tal vez este, su sentido imaginativo, unido al elemento lúdicro de la ejecución (juego, palabra que en español pierde su contenido de performance), me hace entrever la poesía como un paisaje paradójicamente real. La mía es poesía de imágenes que ha pasado por el vidrio de la cámara fotográfica desde el que se destruye el cuadro, dado que el lente anula siempre la imagen anterior que parecía perfecta; pero que no lo era, para ofrecer otras sucesiones de instantáneas y disímiles perspectivas. Y a pesar de las destrucciones, o tal vez por ellas, la mía que debería ser la suya, o una anti-poesía, resulta, irónicamente, en poemas más bien líricos, repletos también de silencio. Y el silencio, por supuesto, es igualmente otro modo de hablar, una política y/o estrategia literaria que exige al lector preguntarse las razones de la elipsis y responderse a sí mismo miles de tentativas, quién sabe si creando en cada lectura un coro intrigante de melodiosas afonías.
2 – Otro de tus libros, Sin perro y sin Penélope, parece marcar un momento en tu literatura, al fusionar géneros. ¿Cuál es la cosmovisión que te propusiste con este volumen?
¿Usted sabe que hay palabras que me aterran? Esta de “cosmovisión” es una de ellas. Al enunciarla, el referente inmediato es de orden filosófico, en otras palabras, ordenador, clasificador, de escrutinio. Y a mí me interesa la literatura justo por todo lo contrario; es decir, por su capacidad de desautorizar las definiciones, desclasificarlas, desordenarlas. Ahora bien, cuando uno tiene este propósito, entre otras, se presentan dos avenidas principales: mostrar el hecho claro, casi obvio, o indagar en la percepción de las cosas por parte del sujeto. Me interesó mucho más lo segundo; y en la búsqueda de ángulos, miradas desde el sujeto hacia el hecho, el texto comenzó a mezclarse. Si de algo tuve conciencia fue que la voz que enlaza las narraciones debía evidenciar que la palabra (pensamiento e imaginación) es una creación de cada individuo. Y como la imaginación es reactiva, nacieron estos cuentos performativos. Era necesario que lo individual se manifestase para, en virtud, presentar el cuerpo social de una nación a través del signo del control de la enfermedad psicológica y física, o físico-psicológica. No es casual que en “Kraustlo”, la narración más extensa y ubicada al centro de la colección, los fragmentos incidan en mostrar bien el hambre y el racionamiento como padecimiento moral, bien los métodos psiquiátricos de aniquilamiento de la personalidad, bien los procedimientos de interrogación policial destruyendo la más mínima familiaridad, bien el des/conocimiento entre sujetos afines, bien las ruinas de una ciudad en paralelo con la ruina humana. Por ello tampoco es fortuito que los personajes sean más bien sombras, oscuras entelequias, ensueños aprisionados en una realidad y unos tiempos ya pasados o porvenir, dentro de un presente negado. ¿El resultado literario? Quizás sea la abundancia de delirios y confesiones como casi procedimientos de esta breve colección.
3 – Fuiste, junto a Ana Rosa Núñez y Lesbia Orta Varona, del equipo que preparó el libro Homenaje a Eugenio Florit. ¿Qué recuerdas de ese trabajo de conjunto?
-Para mí, todo se resume en una palabra: extraordinario; no por el trabajo mismo que como toda edición Homenaje es siempre una insuficiencia; sino por la posibilidad extraordinaria de trabar amistad con Eugenio, Ana Rosa y Lesbia. Al llegar a Miami, una ciudad tan dispersa y transitoria, éste fue un rencuentro con el eslabón perdido, con la humildad de la grandeza (Florit), con el gracejo criollo (Ana Rosa) y la sana picardía (Lesbia). Después de este encuentro comprendí a Dulce María Loynaz y su nostalgia por aquel momento cubano pre Castro en que los hombres y mujeres reían tan espontáneamente. Hemos seguido riendo porque la risa salva y amansa la bestia; pero la magia blanca del humor fue reemplazada por la suporación y la bilis.
4 -La actriz Miriam Bermúdez realizó para el Instituto Cultural René Ariza, una lectura dramatizada de tu obra teatral Flores no me pongan recrea, donde se recrea un conmovedor texto a partir del Diario de Virginia Woolf. ¿Qué nos puedes decir del monólogo?
Virginia Woolf es una de esas figuras corajudas de más de mil rostros que está muy presente en nuestro fin de siglo veinte y estos primeros años del veintiuno. El monólogo reactualiza a Virginia Woolf en el 2006. Por un lado, es la aristocrática y mordaz escritora inglesa de entreguerras; mientras que del otro, y perteneciente a ningún país en específico, su extrañamiento llega cuando tropieza en Miami con un espacio y un lenguaje des/conocidos con el que bregar. Ubicada dentro de dos épocas y territorios desemejantes, el monólogo de Virginia es el de la muerte que desea recuperar la vida, el de la incredulidad que ansía recobrar el sentido de esta experiencia humana. Su muerte es otro alarido contra las hipócritas convenciones.
5 – Una parte de tu obra la realizas en Cuba y otra en el exilio. ¿Qué nos podrías decir de esas dos etapas en tu escritura?
Modesta opinión: creo que el escritor de hoy en día es un ser exílico y por elemental coincidencia, su obra también lo es. La escritura en Cuba muestra una angustia existencial del exilio de adentro. El exilio de afuera que he llevado en EE.UU. me ha afirmado en esta escritura destructiva. A estas alturas, es visible que las democracias y los totalitarismos han aprendido el uno del otro. ¿Cuánto miedo hay bajo un sistema absoluto? Tanto que se llega a comer miedo con carne. Pero, ¿cuánto miedo hay en una democracia? Tanto, que se llega a comprar pólizas para asegurar lo imprevisto. Así que, como artista, poeta, escritor y se quiere, intelectual (palabra ésta un tanto problemática), seguimos en los mismo.