En poesía, la fórmula ideal es el silencio de las raíces,
la oscuridad ordenada, tan ordenada que se haga luz
a la presencia del tacto.
Emilio Ballagas
He aquí un libro de raíces oscuras, con una oscuridad de templo abandonado que sueña en silencio los ecos de plegarias antiguas, nunca olvidadas, presas en el espacio largamente huérfano de fieles. Una oscuridad con un orden tal que al roce de la memoria se inflama; el resultado es la proyección, como las sombras en la pared de la cueva platónica, de un mundo tan vívido como fantasmal.
Si aceptamos, a la manera de Rilke, que la poesía está hecha de experiencia, de recuerdos, cuando ya estos se convierten en sangre nuestra, habremos de concordar en que el sedimento de las memorias, puestas en el crisol de una sensibilidad afilada, adquiere la densidad necesaria para sostener el andamiaje de un discurso donde lo anecdótico nos observa sin mostrar su perfil, porque es proyectado sobre nuestra percepción como una sombra de tiempos idos. Leer más…


