Los valores de la ausencia en la representación de lo imposible:
un libro de historias contadas por Rita Martín Arredondo

Sobre Sin perro y sin Penélope

Leonel Capote Hernández

Un espíritu libre no se contenta con ser libre:
tiene que poner en libertad a lo que le rodea,
aún a lo inanimado. Ahora bien: la única
expresión posible de la libertad
es el fenómeno de la belleza.
Schiller.

SinperroysinPenelopeHace ya algunos años que la escritora Rita Martín Arredondo publicó un libro que recoge parte de su creación en prosa a la que ha hecho extensivos, sin embargo, muchos recursos poéticos al ser en esencia una “poliphille” o poeta que, para muchos y en especial para Lezama como para La Fontaine, era un amateur de todas las cosas… Para llegar aquí, Rita ha entremezclado distintos recursos estilísticos en extremo creativos y numerosas vivencias que abarcan dos espacios geográficos completamente distintos: Cuba y los Estados Unidos de América. Los dos espacios simbólicos citados se fusionan en una u otra de las dos partes del Atlántico donde se encuentre la narradora en cuestión de cualquiera de las historias, cuentos o relatos que se recogen en este libro. De este modo, la propia edición del libro ha sido obra de una Editorial asentada en territorio norteamericano, pero de propiedad de una familia cubano-norteamericana: las Ediciones Universal de José Manuel Salvat. Así mismo, el título del libro recoge elementos que recuerdan no solo a José Martí en la presencia de la preposición sin –por el valor representativo que alcanza en su poesía–, sino también a la Literatura Griega a partir de los referentes de un personaje legendario que personifica la esperanza y al mismo tiempo la paciencia, quedando finalmente la selección bajo la unión de dos frases unidas, pero llenas de ausencia: Sin perro y sin Penélope.

No obstante, a pesar de los elementos consustanciales a la escritora desde el punto de vista territorial (nace y vive durante años en La Habana y se traslada desde hace más de una década a vivir entre Miami y Carolina del Norte, Estados Unidos), el libro tiene puntos de contacto también con las visiones más recientes de una escritora italiana como Susanna Tamaro en su obra Anima Mundi (1998), en especial porque Rita desacraliza y rompe con las visiones ortodoxas y aceptadas de las cosas–entre ellas la de la Historia–para proponer una visión más dinámica y personal de los acontecimientos que le ha tocado vivir y de la propia existencia; para ello se apoya en su concepción de las relaciones humanas, en los amigos, en la cultura y en la propia creación. Además de lo anotado anteriormente, en Rita también se evidencia una gran influencia de escritores alemanes como Goethe, Mann, Hesse… a los que siempre ha admirado y que la han hecho especialmente reflexiva y crítica sobre la naturaleza humana; por tal motivo, la escritora no acepta los estereotipos, ni concede tregua a quien no la da, es incorrecta en todos los sentidos y, como dijera el historiador inglés Raymond Carr sobre esa cualidad, eso la hace más verídica cuando desciende a los infiernos cotidianos para retratar allí la maldad, hipocresía, estupidez y estulticia de la gente…

Irreverente, descarnada como el pintor James Endsor, Rita deja ante escena el lector una veces triste, a veces conmovedora y, por momentos, también profundamente humana. Sus narraciones recogidas aquí, no solo son críticas de un tiempo y unas circunstancias que le ha correspondido vivir sino que también destacan el lado sensible de las cosas. Muestra de ello es su dedicatoria de algunas de estas historias a amigos o figuras admiradas por ella–entre los cuales destacan Beatriz Maggi, Salvador Redonet, Esperanza Hernández. Raúl Hernández Novás, María Zambrano, Lourdes Renzoli, entre otros–algunos de ellos presentes y otros ya desaparecidos, y todos, además, por lo que conozco de la escritora, han tenido en ella una influencia de carácter vital, si tomamos en consideración que bebe en las fuentes de lo mejor que se ha publicado en lengua española en el siglo XX, no solo por interés personal, sino también al haber dedicado su trabajo de diploma final como alumna de la carrera de Filología Hispánica en la Universidad de La Habana a la poesía de uno de los miembros de la revista de Orígenes–Cintio Vitier– y su tesis doctoral en la Universidad de Carolina del Norte a otro de los miembros más críticos dentro del contexto de esa revista: Virgilio Piñera.

En Miami también publicó, junto a dos investigadoras y prestigiosas bibliotecarias cubano-norteamericanas como Ana Rosa Núñez y Lesbia Orta de Varona, una recopilación de poemas acompañada de un estudio crítico de la obra del poeta purista cubano Eugenio Florit, fallecido hace pocos años en Estados Unidos, también en coordinación con las Ediciones Universal y que constituye una muestra de otra de las variantes en que ha destacado Rita desde su graduación en la Universidad de La Habana, al dedicarse desde entonces, en el Instituto de Literatura y Lingüística, a la investigación de la obra de escritores cubanos, especialmente poetas, por los que siempre Rita sintió una inclinaci6n particular, en consonancia con su interés por este género literario, a pesar de lo cual también ha trabajado el relato.

Sin embargo, en sus cuentos son recurrentes los lugares que ella también visita a través de su poesía–parte de ella publicada entre Cuba y los Estados Unidos–. En ese sentido, el marco habanero es de cardinal importancia, sobre todo las áreas más relevantes desde el punto de vista histórico y, paralelamente, también las de mayor atractivo. No es casual que la escritora recorriera ese periplo habitualmente con parte de sus amigos al final de la década de los ochenta, para disfrutar del paisaje y de la agradable conversación por las tardes, después de visitar las librerías de la zona. Los recodos habaneros son vistos desde distintas ópticas y, generalmente, prevalece en ellos la nostalgia, al ser contemplados con un profundo sentimiento lleno de ausencia, en el que el contacto con los recuerdos muchas veces acude a través de distintas circunstancias u objetos, como si emplease la memoria afectiva, de modo tal que evidencia también su compromiso orteguiano a través de su relación con la obra de María Zambrano, en el sentido de que constantemente va revelando de qué modo la circunstancia constriñe su posibilidad y su libertad; pero, al mismo tiempo, sintiéndose deudora de todas las situaciones que la han rodeado y que la han hecho del modo que ella es: amante de las cosas pequeñas pero significativas al modo teresiano. No es casual que, por momentos, sus propias evocaciones del espacio habanero recuerden el contacto de la propia María Zambrano con la realidad física y espiritual cubana en su ensayo La Cuba secreta (1940), publicado en la revista de Orígenes, y en el cual María aludía a muchos elementos de la realidad cubana, en los que comúnmente no reparaba cualquier persona, para ofrecer una visión atractiva y sorprendente de todo lo que en Cuba resultó para ella relevante. De ese modo, dejó un fresco de un valor estético inigualable para conocer Cuba y especialmente La Habana y su ambiente, cuando ella lo conoció al llegar a la Isla después de la Guerra Civil Española (1936-1939), mientras que, por parte y otra más distante en el tiempo, Rita, por medio de los recursos propios del cuento, va incorporando toda una serie de evocaciones de su contacto con La Habana que vivió y de la cual trata de recuperar también todo lo que visualmente la impactaba en el terreno de lo estético, lo axiológico y especialmente en lo sensible, que es el nexo más evidente con la propia María Zambrano. No en balde uno de los más hermosos retratos de la Acrópolis de Atenas que han quedado en lengua castellana lo ofrece también María Zambrano a través del sentimiento de la muerte de su hermana y en contacto con aquel paisaje mediterráneo, distante de su España natal, y que describió por medio de una carta a Lezama. Rita, por su parte, comparte con María el desasosiego de la distancia, del mundo perdido y recurrente, en el cual la memoria y, por tanto, el pasado sirven de marco para evocar constantemente todo lo que formó parte de lo más significativo para ella: el paisaje, la infancia, la familia, los amigos… con los cuales se reúne a través de los recuerdos.

Los recursos estilísticos que emplea la escritora en estos cuentos son también muchas veces extensivos desde la poesía o la pintura a sus historias, pues en ellos están presentes, en algunos casos, juegos visuales en la disposición del texto, una carga de imágenes considerable y un lenguaje lleno de referencias poéticas, de metáforas, símiles y elementos lúdicos. Tampoco resulta casual el nexo de los mismos con el teatro, manifestando de alguna forma el carácter post-moderno de algunas de sus historias en las cuales resulta recurrente el hecho de levantar constantemente las máscaras, de supervisar el simulacro que se oculta debajo de lo ecléctico y de llegar siempre a la anagnórisis para reconocer el carácter vulnerable de los seres humanos al descubrir su talón de Aquiles. A pesar de todo ello, en modo alguno su prosa manifiesta momentos de oscuridad o claridad de ella misma, más bien es una prosa conclusiva, estado al que ha llegado después de reflexionar sobre los temas que le sirven de referencia para sus historias.

Con mucha frecuencia la escritora alude al arte en su prosa, elemento en el cual no es de descartar su contacto frecuente con la poesía y los dibujos de Federico García Lorca, influencia que recibió a partir de la lectura de un ejemplar de la obra del autor andaluz, publicado por Ediciones Aguilar en los años cincuenta, que ella ojeaba con frecuencia en su casa de La Habana. De la misma manera, alude en su prosa a pintores concretos y penetra también en el acontecer cultural de una época para dejar un fresco del debate cultural en torno a la expresión artística de hace un decenio en Cuba. En ese sentido, resulta significativo detenerse en su afán por visitar las exposiciones más renovadoras, por calar en el carácter de esas rupturas que ella recoge para representar sus observaciones como intelectual coincidente, desde el punto de vista creativo, con esos otros artistas cercanos a ella en muchos sentidos, especialmente a nivel estético y temporal. Quizás por ello su cercanía al feminismo literario es también diferente, pues demuestra que es capaz de relatar, de ocuparse de actividades disímiles desde su cuarto empapelado en tonos amarillos como el del personaje por excelencia de Charlotte Perkins. Al mismo tiempo, evidencia sensibilidad y delicadeza, preferencia por lo sereno, hermoso y amable de la existencia, siendo el suyo, por tanto, un feminismo amateur, entre tazas de porcelana antigua y poemas de Dulce María Loynaz dedicados a un faraón que murió muy joven, entremezclados con interiores de los palacetes del Cerro de Amelia Peláez, en los cuales está presente lo aprendido en Le Grande Chaumier; pero con la mirada puesta en los sufrimientos y la injusticia, como Alice Walker, mientras repite como puede la frase de Martin Luther King referida a su sueño sobre la libertad de los seres humanos.

Las historias de Rita no adolecen tampoco de ingenuidad, de arribada o pasmo de maravillas. En ellas la presencia del cuadro La Inocencia de Bouguereau–que actualmente forma parte de las colecciones del Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana– parece hacer acto de presencia constantemente. Su ingenuidad se manifiesta en su descubrimiento de lo que resultaba apartado de la vista de los demás, recurso que también utilizaba María Zambrano para presentar una nueva realidad recién descubierta pero existente y en la que nadie se había detenido. Aquí también se evidencia la cercanía a la escritora Susanna Tamaro, sobre todo en la novela Donde el corazón de lleve (1994), en la que deja que paulatinamente los sentimientos afloren como en un descubrimiento, para recalar a través de la inocencia en la seriedad de la vida, como si diese la vuelta al mundo a la manera de Vicente Blasco lbañez descubriendo el Yosiwara de modo más emotivo, en lugar de la forma racional del Phileas Fogg de Julio Verne.

Otro elemento importante en esta obra de Rita Martin, y al que de alguna manera aludíamos al principio, está en consonancia con su relación muy cercana a la obra de algunos autores de la Literatura Alemana y de los cuales aprovecha su saber reflexivo y su contacto con la música. Así mismo, Goethe y la propia Filosofía alemana, a los cuales estudió de una manera profunda, fueron constantes referentes en su obra. Su interés personal por ellos se vio acrecentado a través del magisterio de Beatriz Maggi y de Lourdes Renzoli, profesoras de Literatura Universal y de Historia de la Filosofía, respectivamente, en la Universidad de La Habana y que se relacionaron con Rita desde el punto de vista intelectual frecuentemente en la década de los años ochenta. Por otra parte, evidencia a su vez en estas historias un profundo sentimiento de desamparo consustancial al del joven Werther de Goethe, que la escritora retoma con profunda dulzura al evocar la estructura del diario en su última historia Del diario de Elisa, o al acercarse también a las referencias que hace Kant sobre los valores de las sociedades liberales contemporáneas en sus distintas variantes y que ella desvela, hasta cierto punto, en su contacto con la sociedad norteamericana en su “Ciudad de perros muertos y patos caminantes”. Además, deja sentir constantemente la necesidad del alter ego tan recurrente en las obras de Herman Hesse, pues ella misma personifica esa necesidad de completar a otros seres humanos como hace Hesse, para completarse y, de ese modo, no perder su condición humana en medio de las dificultades que le ha tocado vivir. De Thomas Mann retoma el hecho de expresar el dolor humano de forma descarnada y presentarlo, como en La montaña mágica, a través de los problemas de salud de alguno de sus propios personajes, aludiendo a ello en las más disímiles circunstancias, incluida a veces la presencia de los médicos o del propio hospital para relatarlo.

En estas historias de Rita se produce también la insatisfacción inevitable que describe el filósofo postmoderno Francis Fukuyama en su obra El fin de la Historia y el último hombre (1991), alusiva a las sociedades liberales contemporáneas y muchos de sus intelectuales. Siendo la autora una de ellos, y tal vez por experimentar esa insatisfacción al haber alcanzado un horizonte, al decir del propio filósofo, se percata en sus propias narraciones de que necesariamente su satisfacción está en la conquista de otro horizonte diferente, porque detrás de lo conquistado no estaba toda la sorpresa que esperaba descubrir por muy disímiles razones. El camino inevitable de todos los personajes de la escritora en este libro es el de la espera. De ellos se desprende un sabor en los cuales la piña laqueada de Julián del Casal está presente en el color verde predominante, junto a la propia pintura abstracta que hizo su aparición mucho después de morir el escritor modernista… Al reflexionar sobre estas historias, inevitablemente hay que acudir a Kandisnky, porque deben imaginarse acompañadas con música, debido a que, sin lugar a dudas, la requieren para entenderlas y también para explicarlas. No en balde a Rita le agrada tanto la obra de Goethe, especialmente el Doctor Faustus. Aunque los cubanos gustan de la música su adicción a ella les hace diferentes, porque no a todos ellos les agrada escuchar la misma… Para otear la prosa de esta autora, desde luego que haría falta una música peculiar y apoyarse siempre en la abstracción lírica desde la cual contemplar su Habana y sus recuerdos, desde el silencio de un interior lejano en el que esperan los silencios, mientras una gota de agua termina su propia obra. Por otra parte, esta prosa traza también su propio horizonte y-su reino de maravillas en el cual una lectura de Sin perro y sin Penélope nos hará partícipes de la obra de una excelente escritora, una gran cubana, una buena amiga y una gran persona…  Indudablemente, en ella se cumple el cometido casaliano, el sueño de Lezama y la espera de Mercedes Matamoros a través de la inevitable imagen casi fotográfica de Rita recogida en estas historias caminando por el Parque Central de La Habana, la Plaza de Armas o el Café de O’Reilly, mientras se detiene a conversar sobre el art noveau en Cuba y las diferencias entre dos poetisas cubanas muy diferentes en una exposición en la Biblioteca Nacional o dirige la mirada al cielo azul y a un horizonte distinto desde las aguas claras de Santa María del Mar en una tarde de verano, pensando en algo secreto y con alas, mientras la música le llega a su cuadro abstracto y encuentra Rita su horizonte, al mismo tiempo que los personajes de sus cuentos.

Del Autor

Leonel Capote Hernández
Crítico de arte, poeta y profesor. Ha trabajado como investigador de temas históricos y culturales en museos. Ha ejercido la docencia universitaria y la enseñanza media. Entre sus publicaciones destacan críticas de artes y literarias, y La visualidad infinita (La Habana: Letras Cubanas, 1994), una compilación en la que introduce al lector en la crítica de arte de José Lezama Lima. Conduce la bitácora Escuchado aparte.